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Relatos Ardientes

Marcos llevaba años mirando a su madre de esa manera

4.6 (17)

Carmen estaba secando los últimos platos cuando escuchó el primer golpe sordo contra la pared del pasillo. No necesitó asomarse para saber qué significaba ese sonido. Lo había escuchado demasiadas veces en su propia vida, décadas atrás, para no reconocerlo.

Se acercó despacio, sin hacer ruido. La puerta del cuarto de la plancha estaba entreabierta. A través de la ranura vio las caderas de su yerno Rodrigo moviéndose con un ritmo que no dejaba lugar a la interpretación, mientras sus manos aferraban algo que, cuando Carmen parpadeó dos veces, confirmó que eran las caderas de Laura. Su hija menor. La hermana de Sandra.

Cerró la puerta del todo y se quedó quieta en el pasillo, con el paño de cocina apretado entre las manos. En eso escuchó pasos en la escalera. Vio bajar a Marcos, el hijo mayor de Sandra y Rodrigo. Diecinueve años recién cumplidos, alto como su padre, con los mismos ojos claros que todo lo notaban aunque pareciera que no miraba a ningún sitio concreto.

Marcos también lo había visto. Eso quedó claro por la sonrisa que llevaba cuando llegó al último escalón.

***

En la cocina, padre e hijo se miraron durante un segundo que se extendió demasiado. Rodrigo se había abrochado los pantalones deprisa y se había sentado en la silla de madera junto a la mesa, con esa postura forzada de quien intenta parecer normal.

—Ya sé lo que estabas haciendo —dijo Marcos, sin levantar la voz, sin ningún dramatismo—. Con la tía Laura.

Rodrigo pasó una mano lenta por la nuca.

—Marcos, escúchame.

—Ya te escucho, papá. Pero primero dime cuánto llevas así con ella.

—Eso no importa ahora.

—A mí sí me importa. —Marcos abrió la nevera, sacó un refresco, lo destapó con calma—. Porque si se lo cuento a mamá, el matrimonio se termina. Y eso tampoco te conviene a ti.

Rodrigo lo miró un momento largo.

—¿Qué quieres?

Marcos tomó un sorbo, dejó la botella sobre la encimera y se volvió hacia su padre.

—Quiero a mamá.

El silencio que siguió fue espeso y duró varios segundos.

—Estás loco —dijo Rodrigo en voz muy baja.

—Puede ser. Pero llevo años pensando en ella y no se me pasa. —Lo dijo sin agresión, sin vergüenza, con la misma calma con que había abierto el refresco—. Es la mujer más guapa que conozco. Eso no lo puedo controlar.

—Marcos, es tu madre.

—Lo sé perfectamente.

Rodrigo se levantó y le dio dos pasos.

—No puedo entregarte a tu propia madre. ¿Qué te pasa?

—Papá, tú acabas de correrte dentro de tu cuñada en el cuarto de la plancha. No estás en posición de hablarme de límites.

Rodrigo no respondió nada.

—¿Tenemos un trato? —preguntó Marcos, y lo preguntó como si ya supiera la respuesta.

***

Carmen escuchó el clic de la puerta de entrada y corrió hacia el pasillo. Sandra apareció en el umbral quitándose la chaqueta, con esa expresión relajada de quien llega a casa de su madre esperando encontrar café y tranquilidad.

—¡Hija! —exclamó Carmen, y en ese solo sonido metió todo lo que no podía decir.

Sandra tenía treinta y ocho años y llevaba unos vaqueros negros ajustados que marcaban unas caderas anchas y generosas. Se había recogido el pelo en una coleta alta. Tenía el aire despreocupado de un domingo por la tarde.

—Mamá, ¿qué pasa? Pareces nerviosa.

—No, no es eso, es que… tu marido y Marcos están en la cocina y creo que no es el mejor momento para…

—¿Por qué no iba a serlo? —Sandra ya caminaba hacia allá.

Carmen la siguió sin saber qué decir.

***

La cocina olía a café de hace horas. Rodrigo estaba sentado a la mesa y Marcos apoyado en la encimera cuando Sandra entró. Ambos la miraron al mismo tiempo, con una milésima de segundo de demasiada atención que Sandra no notó.

—¡Vaya sorpresa! —dijo, y fue hacia Marcos a darle un beso en la mejilla—. ¿Qué hacéis aquí los dos sin avisarme?

—Vine con Tomás —dijo Marcos—. Está arriba con su novia.

—¿Tomás ya tiene novia? Ay, hay que conocerla.

—Luego, luego —murmuró Carmen desde la puerta.

Rodrigo se levantó y besó a su mujer en los labios.

—Cariño, estás muy guapa hoy.

—¿Sí? —Sandra se giró con una sonrisa despreocupada—. Llevo estos vaqueros desde las nueve de la mañana, no me he arreglado para nada.

—No necesitas arreglarte —dijo Marcos, y lo dijo con una calma que hizo que Rodrigo lo mirara de reojo.

Sandra rió.

—Qué galante estás hoy.

—Es que es verdad. —Marcos no apartó los ojos de ella—. Papá tiene mucha suerte de tenerte cerca todos los días.

—Parece que los hombres de esta casa estáis muy cariñosos esta tarde. —Sandra abrió la alacena buscando algo.

—¿Sabes qué envidia me da tu padre? —dijo Marcos.

Sandra se giró, confundida por el tono.

—¿Envidia? ¿De qué?

—De tenerte a ti cerca todos los días. De tener a una mujer como tú. —Marcos lo dijo despacio, sin apartar los ojos—. Cuando encuentre a alguien, quiero que sea como tú.

—Ay, hijo, eres muy joven todavía. La encontrarás.

—No lo creo, mamá. —Sonrió levemente—. Las de mi edad no son como tú.

Rodrigo se acercó a Sandra por detrás y le puso las manos en la cintura.

—El chico tiene razón, cariño. Estás espectacular.

—¡Rodrigo! —Sandra se volvió a medias, incómoda—. Que está el niño aquí.

—Que el niño ya tiene diecinueve años, mujer.

—Y además —dijo Marcos—, una pareja necesita confianza. Me alegra que vosotros la tengáis.

Sandra los miró alternativamente. Algo en esa cocina no cuadraba, pero no supo nombrarlo.

—¿Sabes lo que me gusta de ti, mamá? —continuó Marcos—. Que no te das cuenta de lo guapa que estás. Y eso te hace todavía más atractiva.

—Marcos, para ya —dijo Sandra, aunque sin dureza real.

—Solo digo lo que pienso. —Se encogió de hombros—. Tus caderas, tu pelo, tu cara… No conozco a ninguna mujer con esa combinación.

Rodrigo no decía nada. Observaba.

—¡Ay, hijo, que soy tu madre! —exclamó Sandra, mitad avergonzada, mitad algo más difícil de definir.

—Lo sé. No te estoy faltando al respeto. Solo soy honesto.

Rodrigo se acercó de nuevo y le dio una palmada firme en el glúteo a su mujer, haciendo rebotar la tela del vaquero.

—¡Rodrigo! —protestó Sandra.

—¿Te molestó? —preguntó él, sonriendo.

Sandra abrió la boca. La cerró.

—Pues… no. Pero que está el niño.

—El niño ya es un hombre, mujer. Y tiene ojos. Ve perfectamente lo que tienes.

—Es verdad, mamá —dijo Marcos, con voz más baja—. Yo tampoco podría contenerme.

Sandra los miró a los dos y en su expresión había algo que oscilaba entre la indignación y una curiosidad que no quería reconocer.

—Deberías ponerte de espaldas un momento —dijo Rodrigo.

—¿Qué?

—Para que Marcos vea. Solo eso.

—Rodrigo, ¿qué te pasa hoy?

—Cariño, el chico lleva años mirándote y nunca ha dicho nada. ¿No crees que se merece…?

—Que no. —Sandra cortó—. Soy su madre.

Marcos no dijo nada. Se quedó mirándola con esa paciencia suya que empezaba a parecerle diferente a como la recordaba.

Rodrigo se colocó detrás de ella y le habló muy cerca del oído.

—Solo date la vuelta. Un momento. Nada más.

***

No supo por qué lo hizo.

Quizás fue la insistencia tranquila de Rodrigo, que siempre había sabido cómo convencerla sin levantar la voz. Quizás fue algo que llevaba semanas sin nombrarse, algo en la manera en que Marcos la miraba desde hacía meses, con esa calma que no era indiferencia sino todo lo contrario.

Sandra dio media vuelta.

Detrás de ella, el silencio duró varios segundos.

—Dios —murmuró Marcos.

Sandra no dijo nada. Sentía el peso de esa mirada en la espalda como algo físico, como calor.

—¿Puedo tocarte? —preguntó Marcos.

—No.

—Solo las caderas.

—Que no.

—Un momento. Solo un momento.

Rodrigo se puso delante de ella y le sostuvo la cara con ambas manos.

—Mírame. Somos tu familia. No te va a pasar nada.

—Esto está mal, Rodrigo.

—¿Lo está? ¿De verdad? —La besó despacio—. El chico te quiere. Yo te quiero. No hay nadie más en esta cocina.

Marcos se acercó por detrás sin esperar más permiso. Puso las manos en las caderas de su madre muy despacio, como si estuviera tanteando algo que creía que podía romperse. Sandra no se movió.

Las manos de Marcos se deslizaron hacia abajo, apretando con una firmeza que no era brusca sino deliberada. La tela del vaquero cedió bajo sus dedos y él tomó nota de cada centímetro.

—Mamá —murmuró, y en esa palabra había algo que Sandra no le había oído antes.

—Marcos —respondió ella, y tampoco supo si era una advertencia o algo distinto.

—¿Te molesta?

Sandra no respondió.

Rodrigo la besó de nuevo, más despacio. Le pasó una mano por la nuca y la sostuvo.

—¿Ves lo que le haces? —le dijo—. ¿Ves lo que provoca que estés aquí?

Marcos le pegó las caderas con suavidad. Sandra notó lo que notó y no lo nombró. Rodrigo la sostuvo cuando ella apoyó los codos en la encimera.

Esto no puede estar pasando, pensó. Esto no puede estar pasando y yo no me estoy moviendo.

Pero no se movió.

***

Lo que siguió ocurrió paso a paso, como si cada momento necesitara del anterior para justificarse. Rodrigo le bajó los vaqueros despacio. Las manos de Marcos tomaron lo que encontraron con más confianza que antes, amasando sin prisa, aprendiendo una forma que llevaba años imaginando.

—Mamá, eres perfecta —murmuró él.

—No digas eso —respondió Sandra, pero su voz ya no tenía el peso que necesitaba.

Rodrigo se colocó delante de ella. Le levantó la barbilla con dos dedos.

—Mírame a mí —le dijo—. Solo a mí.

Sandra lo miró. Detrás, Marcos seguía sus propios tiempos, torpe y minucioso al mismo tiempo, con una intensidad que la desconcertaba porque era nueva y porque venía de él.

Es mi hijo, pensó. Eso es mi hijo ahí detrás.

Rodrigo le tapó el pensamiento con otro beso.

—No pienses —le dijo—. Solo siente.

Las caderas de Marcos encontraron un ritmo. Sandra apretó los dedos en el borde de la encimera y cerró los ojos. La cocina se llenó de respiraciones entrecortadas y del sonido sordo de los cuerpos que se buscaban.

Marcos fue el primero en hablar.

—Mamá…

—Calla.

—Es que no puedo más.

—Calla, te digo.

Rodrigo le acarició la mejilla a Sandra sin dejar de mirarla.

—Déjale hablar, cariño.

—No quiero escucharle —susurró ella, aunque ya no había convicción en esas palabras.

Marcos la rodeó con los brazos por la cintura. Acortó el ritmo y apretó. Sandra sintió cómo él se tensaba, cómo sus dedos se clavaban en ella, cómo la respiración de su hijo se iba rompiendo contra su hombro en jadeos irregulares.

—Mamá, no puedo aguantar más.

—Entonces no aguantes —dijo Rodrigo.

Lo que siguió duró apenas unos segundos. Marcos se apretó contra ella con un sonido que no era un grito sino algo más honesto y más desnudo. Sandra sintió el temblor de su hijo recorrerle la espalda, las manos que no la soltaban aunque todo lo demás se deshacía.

Después, silencio.

Marcos apoyó la frente en el hombro de su madre. Tenía la respiración completamente deshecha y los brazos todavía rodeándola.

—Gracias —murmuró. Solo eso.

En esa palabra había algo que no era solo satisfacción física. Era algo más indefenso, más honesto de lo que Sandra había esperado. Algo que se quedó flotando en la cocina mucho después de que todo terminara.

***

Rodrigo fue el primero en apartarse. Fue al grifo, se lavó las manos, buscó un vaso de agua. Sandra se incorporó despacio, sin mirar a ninguno de los dos, y se vistió en silencio, metódicamente, como si pudiera ordenar también lo que acababa de ocurrir con el mismo gesto mecánico de abrochar un botón.

—¿Estás bien? —le preguntó Rodrigo.

—Sí —dijo ella.

—¿Seguro?

—He dicho que sí.

Marcos seguía apoyado en la encimera, sin recomponerse del todo, mirándola con una expresión que mezclaba algo parecido a la gratitud con algo parecido a la vergüenza tardía.

—Mamá —empezó.

—Ahora no —dijo Sandra sin girarse.

Salió de la cocina sin prisa pero sin pausa, con esa forma de andar que tenía cuando no quería que nadie le viera la cara.

Carmen estaba en el pasillo con el paño de cocina todavía en las manos, igual que una hora antes, como si no hubiera movido un músculo en todo ese tiempo. La miró cuando Sandra pasó a su lado.

—No digas nada, mamá —murmuró Sandra.

Carmen no dijo nada.

***

En el piso de arriba, Laura salió del baño con el pelo mojado y la cabeza algo más despejada. Se había cepillado los dientes dos veces. Se había prometido que lo de esa tarde con Rodrigo había sido un error que no se repetiría, que mañana todo volvería a ser normal, que podía controlarse.

Abrió la puerta del cuarto de la plancha para buscar una toalla limpia.

Tomás estaba dentro. Solo. Con algo en la mano que Laura reconoció de inmediato: unas bragas de encaje de color negro que ella recordaba haber dejado sobre la silla hacía dos horas.

Su hijo la miró con los ojos muy abiertos y el cuerpo paralizado.

Laura no dijo nada durante un segundo que pareció durar mucho más.

Luego cerró la puerta despacio.

En esta casa todos tienen sus secretos, pensó mientras se quedaba quieta en el pasillo, con la espalda contra la madera. Y hoy todos salieron a la luz de golpe.

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4.6 (17)

Comentarios (9)

GabrielCordo

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Federico_arg

Por favor una segunda parte. Me quede con ganas de saber como sigue todo esto entre ellos.

Tomas_46

La tension que se construye de a poco es lo mejor del relato. Se nota que sabes escribir, no es algo que se ve seguido por aca.

NachoQuilmes

jajaja eso de 'era solo un momento' me mato. tremendo

papillon68

Buenisimo!!!

MarcelaRosario

Me sorprendio la sutileza, para la categoria que es lo manejaste muy bien. Felicitaciones de verdad.

Gaston_MDQ

Me enganche desde el principio y cuando llegue al final tuve que volver a leerlo. Ese detalle de los años mirando dice mucho sin decir nada. Espero mas relatos tuyos.

Luisa_M

lo lei de un tiron, no pude parar. Seguí así!

RobertoBA77

Hay continuacion? Necesito saber que pasa despues jajaja

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