Marcos llevaba años mirando a su madre de esa manera
Carmen estaba secando los últimos platos cuando escuchó el primer golpe sordo contra la pared del pasillo. No necesitó asomarse para saber qué significaba ese sonido. Lo había escuchado demasiadas veces en su propia vida, décadas atrás, para no reconocerlo.
Se acercó despacio, sin hacer ruido. La puerta del cuarto de la plancha estaba entreabierta. A través de la ranura vio las caderas de su yerno Rodrigo moviéndose con un ritmo brutal, embistiendo con la polla enterrada hasta el fondo, mientras sus manos aferraban con fuerza las caderas de Laura. Su hija menor. La hermana de Sandra. Laura estaba doblada sobre la tabla de planchar, con la falda subida hasta la cintura, las bragas colgando de un tobillo y las tetas balanceándose bajo la blusa arrugada al ritmo de cada estocada. Carmen vio cómo Rodrigo le clavaba la verga hasta las pelotas, cómo el coño de Laura chorreaba y hacía ruidos húmedos cada vez que él la penetraba de un golpe seco.
—Fóllame más fuerte, cabrón —jadeó Laura, mordiéndose el labio para no gritar—. Rómpeme el coño, dámela toda.
—Cállate, zorra —gruñó Rodrigo, hundiéndosela con una embestida que hizo temblar la tabla—. Que nos van a oír. Pero mira cómo aprieta este coño de puta.
Rodrigo la agarró del pelo, tiró de él y la penetró con más rabia, chocando las caderas contra el culo de Laura con un golpeteo húmedo y obsceno. Laura ahogó un gemido, empujando el trasero hacia atrás para recibir cada estocada. Carmen vio la polla de su yerno entrar y salir empapada de los jugos de su hija, con las venas marcadas, brillante bajo la luz amarilla del cuarto.
—Me voy a correr, hijo de puta —gimió Laura—. Córrete dentro, córrete dentro de mí, lléname.
Rodrigo se agarró a sus caderas con las dos manos y aceleró. Carmen escuchó los jadeos rotos, el chasquido de las pieles chocando, el gemido ahogado de Laura corriéndose con espasmos que le sacudían el culo entero. Y después el gruñido gutural de Rodrigo vaciándose dentro de ella, chorros de semen desbordando el coño de Laura y resbalándole por los muslos.
Cerró la puerta del todo y se quedó quieta en el pasillo, con el paño de cocina apretado entre las manos. En eso escuchó pasos en la escalera. Vio bajar a Marcos, el hijo mayor de Sandra y Rodrigo. Diecinueve años recién cumplidos, alto como su padre, con los mismos ojos claros que todo lo notaban aunque pareciera que no miraba a ningún sitio concreto.
Marcos también lo había visto. Eso quedó claro por la sonrisa que llevaba cuando llegó al último escalón.
***
En la cocina, padre e hijo se miraron durante un segundo que se extendió demasiado. Rodrigo se había abrochado los pantalones deprisa y se había sentado en la silla de madera junto a la mesa, con esa postura forzada de quien intenta parecer normal.
—Ya sé lo que estabas haciendo —dijo Marcos, sin levantar la voz, sin ningún dramatismo—. Con la tía Laura.
Rodrigo pasó una mano lenta por la nuca.
—Marcos, escúchame.
—Ya te escucho, papá. Pero primero dime cuánto llevas follándotela.
—Eso no importa ahora.
—A mí sí me importa. —Marcos abrió la nevera, sacó un refresco, lo destapó con calma—. Porque si le cuento a mamá que estabas empotrando a su hermana contra la tabla de planchar, el matrimonio se termina. Y eso tampoco te conviene a ti.
Rodrigo lo miró un momento largo.
—¿Qué quieres?
Marcos tomó un sorbo, dejó la botella sobre la encimera y se volvió hacia su padre.
—Quiero a mamá. Quiero follármela.
El silencio que siguió fue espeso y duró varios segundos.
—Estás loco —dijo Rodrigo en voz muy baja.
—Puede ser. Pero llevo años pajeándome pensando en ella y no se me pasa. —Lo dijo sin agresión, sin vergüenza, con la misma calma con que había abierto el refresco—. Es la mujer más guapa que conozco. Ese culo, esas tetas… Se me pone dura cada vez que pasa por delante. Eso no lo puedo controlar.
—Marcos, es tu madre.
—Lo sé perfectamente.
Rodrigo se levantó y le dio dos pasos.
—No puedo entregarte a tu propia madre. ¿Qué te pasa?
—Papá, tú acabas de correrte dentro del coño de tu cuñada en el cuarto de la plancha. Vi cómo le llenabas la concha a la tía Laura. No estás en posición de hablarme de límites.
Rodrigo no respondió nada.
—¿Tenemos un trato? —preguntó Marcos, y lo preguntó como si ya supiera la respuesta.
***
Carmen escuchó el clic de la puerta de entrada y corrió hacia el pasillo. Sandra apareció en el umbral quitándose la chaqueta, con esa expresión relajada de quien llega a casa de su madre esperando encontrar café y tranquilidad.
—¡Hija! —exclamó Carmen, y en ese solo sonido metió todo lo que no podía decir.
Sandra tenía treinta y ocho años y llevaba unos vaqueros negros ajustados que marcaban unas caderas anchas y generosas, un culo redondo, alto, que estiraba la tela hasta lo indecente. Se había recogido el pelo en una coleta alta. La blusa entallada le dibujaba dos tetas grandes que subían y bajaban con cada respiración. Tenía el aire despreocupado de un domingo por la tarde.
—Mamá, ¿qué pasa? Pareces nerviosa.
—No, no es eso, es que… tu marido y Marcos están en la cocina y creo que no es el mejor momento para…
—¿Por qué no iba a serlo? —Sandra ya caminaba hacia allá.
Carmen la siguió sin saber qué decir.
***
La cocina olía a café de hace horas. Rodrigo estaba sentado a la mesa y Marcos apoyado en la encimera cuando Sandra entró. Ambos la miraron al mismo tiempo, con una milésima de segundo de demasiada atención que Sandra no notó.
—¡Vaya sorpresa! —dijo, y fue hacia Marcos a darle un beso en la mejilla—. ¿Qué hacéis aquí los dos sin avisarme?
—Vine con Tomás —dijo Marcos—. Está arriba con su novia.
—¿Tomás ya tiene novia? Ay, hay que conocerla.
—Luego, luego —murmuró Carmen desde la puerta.
Rodrigo se levantó y besó a su mujer en los labios.
—Cariño, estás muy guapa hoy.
—¿Sí? —Sandra se giró con una sonrisa despreocupada—. Llevo estos vaqueros desde las nueve de la mañana, no me he arreglado para nada.
—No necesitas arreglarte —dijo Marcos, y lo dijo con una calma que hizo que Rodrigo lo mirara de reojo.
Sandra rió.
—Qué galante estás hoy.
—Es que es verdad. —Marcos no apartó los ojos de ella—. Papá tiene mucha suerte de tenerte cerca todos los días.
—Parece que los hombres de esta casa estáis muy cariñosos esta tarde. —Sandra abrió la alacena buscando algo.
—¿Sabes qué envidia me da tu padre? —dijo Marcos.
Sandra se giró, confundida por el tono.
—¿Envidia? ¿De qué?
—De tenerte a ti cerca todos los días. De tener a una mujer como tú. —Marcos lo dijo despacio, sin apartar los ojos de su culo—. Cuando encuentre a alguien, quiero que sea como tú.
—Ay, hijo, eres muy joven todavía. La encontrarás.
—No lo creo, mamá. —Sonrió levemente—. Las de mi edad no son como tú. No tienen ese culo, esas caderas, esas tetas.
—¡Marcos! —Sandra abrió los ojos, pero no se giró a mirarlo.
Rodrigo se acercó a Sandra por detrás y le puso las manos en la cintura.
—El chico tiene razón, cariño. Estás espectacular. Cualquier hombre se pondría duro solo con verte.
—¡Rodrigo! —Sandra se volvió a medias, incómoda—. Que está el niño aquí.
—Que el niño ya tiene diecinueve años, mujer. Y ya folla como los mayores.
—Y además —dijo Marcos—, una pareja necesita confianza. Me alegra que vosotros la tengáis.
Sandra los miró alternativamente. Algo en esa cocina no cuadraba, pero no supo nombrarlo.
—¿Sabes lo que me gusta de ti, mamá? —continuó Marcos—. Que no te das cuenta de lo buena que estás. Y eso te hace todavía más follable.
—Marcos, para ya —dijo Sandra, aunque sin dureza real.
—Solo digo lo que pienso. —Se encogió de hombros—. Tus caderas, tu pelo, tu cara, esas tetas que se te marcan bajo la blusa… No conozco a ninguna mujer con esa combinación.
Rodrigo no decía nada. Observaba.
—¡Ay, hijo, que soy tu madre! —exclamó Sandra, mitad avergonzada, mitad algo más difícil de definir.
—Lo sé. No te estoy faltando al respeto. Solo soy honesto. Me la pones dura, mamá. Ahora mismo la tengo dura por ti.
Sandra tragó saliva. No respondió.
Rodrigo se acercó de nuevo y le dio una palmada firme en el glúteo a su mujer, haciendo rebotar la tela del vaquero.
—¡Rodrigo! —protestó Sandra.
—¿Te molestó? —preguntó él, sonriendo, y le amasó una nalga entera con la mano abierta.
Sandra abrió la boca. La cerró.
—Pues… no. Pero que está el niño.
—El niño ya es un hombre, mujer. Y tiene ojos. Ve perfectamente el culo que tienes.
—Es verdad, mamá —dijo Marcos, con voz más baja—. Yo tampoco podría contenerme.
Sandra los miró a los dos y en su expresión había algo que oscilaba entre la indignación y una curiosidad que no quería reconocer. Sintió cómo el coño se le humedecía debajo de los vaqueros, y odió sentirlo.
—Deberías ponerte de espaldas un momento —dijo Rodrigo.
—¿Qué?
—Para que Marcos vea ese culo. Solo eso.
—Rodrigo, ¿qué te pasa hoy?
—Cariño, el chico lleva años mirándote y nunca ha dicho nada. ¿No crees que se merece…?
—Que no. —Sandra cortó—. Soy su madre.
Marcos no dijo nada. Se quedó mirándola con esa paciencia suya que empezaba a parecerle diferente a como la recordaba. Ella pudo ver, sin querer verlo, el bulto que se le marcaba a su hijo en el pantalón.
Rodrigo se colocó detrás de ella y le habló muy cerca del oído, con una mano deslizada por debajo de la blusa, subiéndole el vientre.
—Solo date la vuelta. Un momento. Nada más. Deja que te vea el culo. Deja que se le ponga bien dura.
***
No supo por qué lo hizo.
Quizás fue la insistencia tranquila de Rodrigo, que siempre había sabido cómo convencerla sin levantar la voz. Quizás fue algo que llevaba semanas sin nombrarse, algo en la manera en que Marcos la miraba desde hacía meses, con esa calma que no era indiferencia sino todo lo contrario.
Sandra dio media vuelta.
Detrás de ella, el silencio duró varios segundos. Sandra sintió los ojos de su hijo clavados en su culo, recorriéndolo, midiéndolo, desnudándolo mentalmente.
—Dios —murmuró Marcos—. Joder, mamá, qué culo tienes.
Sandra no dijo nada. Sentía el peso de esa mirada en la espalda como algo físico, como calor. Y entre las piernas, la humedad empezaba a mojarle las bragas.
—¿Puedo tocarte? —preguntó Marcos.
—No.
—Solo las caderas.
—Que no.
—Un momento. Solo un momento. Deja que te toque, mamá.
Rodrigo se puso delante de ella y le sostuvo la cara con ambas manos.
—Mírame. Somos tu familia. No te va a pasar nada. Solo va a tocarte un poco. Es tu hijo, quiere sentirte.
—Esto está mal, Rodrigo.
—¿Lo está? ¿De verdad? —La besó despacio, metiéndole la lengua en la boca—. El chico te quiere. Yo te quiero. No hay nadie más en esta cocina.
Marcos se acercó por detrás sin esperar más permiso. Puso las manos en las caderas de su madre muy despacio, como si estuviera tanteando algo que creía que podía romperse. Sandra no se movió.
Las manos de Marcos se deslizaron hacia abajo, apretando con una firmeza que no era brusca sino deliberada. Le agarró las dos nalgas por encima del vaquero, apretando, amasando, sintiendo cómo la carne cedía y volvía. La tela del vaquero cedió bajo sus dedos y él tomó nota de cada centímetro del culo enorme y firme de su madre.
—Mamá —murmuró, y en esa palabra había algo que Sandra no le había oído antes.
—Marcos —respondió ella, y tampoco supo si era una advertencia o algo distinto.
—¿Te molesta que te toque el culo?
Sandra no respondió.
Rodrigo la besó de nuevo, más despacio, y le desabrochó los primeros botones de la blusa. Le sacó una teta del sujetador y empezó a chuparle el pezón hasta ponérselo duro. Le pasó una mano por la nuca y la sostuvo mientras succionaba.
—¿Ves lo que le haces? —le dijo entre lametones—. ¿Ves lo que provoca que estés aquí, con ese cuerpo, sin ropa interior debajo del vaquero, la puta que eres?
—Llevo bragas —jadeó Sandra.
—Pues no por mucho tiempo.
Marcos le pegó las caderas con suavidad y ella notó la polla dura de su hijo apretándose contra su culo a través de la tela. Sandra notó lo que notó y no lo nombró. Rodrigo la sostuvo cuando ella apoyó los codos en la encimera.
Esto no puede estar pasando, pensó. Esto no puede estar pasando y yo no me estoy moviendo. Y tengo el coño empapado.
Pero no se movió.
***
Lo que siguió ocurrió paso a paso, como si cada momento necesitara del anterior para justificarse. Rodrigo le desabrochó el botón del vaquero, le bajó la cremallera y se los deslizó por las caderas despacio, sacándoselos hasta las rodillas. Las bragas de algodón blanco se le pegaban al coño, con una mancha oscura de humedad justo en el centro.
—Mira cómo está tu madre —le dijo Rodrigo a Marcos por encima del hombro de Sandra—. Está chorreando.
—Joder —susurró Marcos.
Marcos le bajó las bragas con dos dedos, sacándoselas por las nalgas hasta la mitad del muslo. El culo de Sandra quedó al descubierto, redondo, blanco, con la carne perfecta de una mujer que había parido dos veces y no había perdido la firmeza. Marcos tomó lo que encontró con más confianza que antes, amasando sin prisa, aprendiendo una forma que llevaba años imaginando en secreto mientras se pajeaba en su cuarto.
—Mamá, eres perfecta —murmuró él, separándole las nalgas con los pulgares, mirando por primera vez el coño de su madre—. Joder, tienes el coño empapado.
—No digas eso —respondió Sandra, pero su voz ya no tenía el peso que necesitaba.
Marcos se agachó y le pasó la lengua por el coño de abajo hacia arriba, lamiéndoselo entero, chupando los labios hinchados y llegando hasta el clítoris. Sandra ahogó un gemido y se aferró al borde de la encimera con las dos manos.
—Ay, Marcos, no —jadeó—. No hagas eso.
Pero él lo hizo. Le clavó la lengua en el coño y empezó a comérselo con hambre, chupando, lamiendo, metiéndole la lengua hasta el fondo. Le rodeó el clítoris con los labios y lo succionó, y Sandra soltó un gemido que se le escapó de la garganta antes de poder detenerlo.
—Cállate ese coño, mamá —dijo Marcos entre lametones—. Está riquísimo.
Rodrigo, mientras tanto, se había bajado los pantalones y se había sacado la polla. La tenía dura, gruesa, todavía brillante con los restos del semen que se había vaciado dentro de Laura. Se colocó frente a Sandra y le levantó la barbilla con dos dedos.
—Chúpamela, cariño. Mientras el niño te come el coño, tú me mamas a mí.
Sandra abrió la boca sin pensarlo y Rodrigo le metió la polla entera de una sola vez. La agarró del pelo, tirando de la coleta, y empezó a follársela la boca con embestidas cortas y hondas. Sandra sintió cómo la punta le golpeaba el fondo de la garganta y se dejó, se dejó porque la lengua de Marcos en el clítoris no la dejaba pensar en otra cosa que en correrse.
—Chupa, puta —jadeó Rodrigo—. Chupa la polla de tu marido mientras tu hijo te come.
Marcos le metió dos dedos en el coño, curvándolos, buscando el punto que había leído en internet. Sandra apretó las paredes alrededor de esos dedos y sintió cómo empezaba a subir la primera oleada. Marcos aceleró, lamiendo el clítoris con la punta de la lengua mientras la penetraba con los dedos, y Sandra se corrió con un gemido ahogado por la polla de Rodrigo en la boca. El coño se le contrajo entero y le chorreó sobre los dedos de su hijo.
—Se ha corrido —dijo Marcos, sacando los dedos brillantes y chupándoselos uno a uno—. Mamá se ha corrido conmigo.
Rodrigo sacó la polla de la boca de Sandra, que quedó jadeando con un hilo de saliva colgando de la barbilla.
—Túmbale la cabeza en la encimera —le dijo a Marcos—. Y métesela. Ya no aguantas más.
Marcos se sacó la polla del pantalón. La tenía dura hasta hacer daño, larga, con las venas gordas, la punta enrojecida y goteando. Se colocó detrás de su madre, se la pasó por las nalgas, la restregó por la raja del culo, y luego la apoyó en la entrada del coño empapado de Sandra.
—Mamá —murmuró—. Voy a metértela.
—Marcos, no…
—Sí.
La penetró de un solo empujón, hundiéndose hasta las pelotas en el coño de su madre. Sandra soltó un grito ronco, se aferró a la encimera, y Marcos se quedó quieto un segundo, aguantando, con la polla enterrada hasta el fondo en el coño donde había sido concebido diecinueve años antes.
—Joder, mamá, qué apretado lo tienes —jadeó—. Aprieta como el coño de una virgen.
—Muévete, hijo de puta —susurró Sandra, y ella misma se sorprendió al oírse—. Muévete ya.
Marcos empezó a follársela. Al principio despacio, saliendo casi entera y volviéndola a meter, aprendiendo el ritmo. Después más rápido, agarrándola de las caderas con las dos manos, chocando las pelvis contra el culo de su madre con un chapoteo húmedo y obsceno. La cocina se llenó del sonido de los cuerpos, de los gemidos de Sandra que ya no intentaba callarse, del jadeo entrecortado de Marcos y de los golpes secos de la carne contra la carne.
Rodrigo se puso a un lado, con la polla en la mano, mirando cómo su hijo se follaba a su mujer. Se acercó a Sandra por delante y le metió otra vez la polla en la boca.
—Mírame mientras te folla, cariño. Mírame a mí. Solo a mí.
Sandra lo miró, con la boca llena de la polla de su marido y el coño destrozado por la polla de su hijo. Detrás, Marcos seguía sus propios tiempos, torpe y minucioso al mismo tiempo, con una intensidad que la desconcertaba porque era nueva y porque venía de él.
Es mi hijo, pensó. Eso que me está entrando por el coño es la polla de mi hijo.
Rodrigo le tapó el pensamiento con otra embestida en la boca.
—No pienses —le dijo—. Solo siente cómo te folla el niño. Cómo te la mete tu propio hijo.
Las caderas de Marcos encontraron un ritmo brutal. Le agarró la coleta con una mano, tirando de ella hacia atrás, y con la otra le dio una palmada seca en la nalga que dejó la marca roja de los cinco dedos. Sandra apretó los dedos en el borde de la encimera y cerró los ojos.
—Papá, la voy a poner a cuatro patas —dijo Marcos.
—Sí, ponla —respondió Rodrigo sacándole la polla de la boca.
Entre los dos la tumbaron en el suelo de la cocina, sobre las baldosas frías. Sandra se puso a cuatro patas, con el culo levantado y la espalda arqueada. Marcos se colocó detrás y volvió a metérsela, esta vez hasta el fondo de una sola embestida. Rodrigo se puso delante y le presentó la polla en la cara.
—Sigue chupando, puta. Sigue.
Sandra abrió la boca y Rodrigo se la metió otra vez. El doble empalamiento la hizo perder la cabeza. Marcos la follaba por detrás con la desesperación acumulada de años, y Rodrigo se la follaba la boca con la calma de quien ya se ha vaciado una vez esa tarde. La cocina olía a sexo, a sudor, a coño mojado.
—Mamá, no puedo más —jadeó Marcos, agarrándose a las caderas de Sandra—. Me voy a correr.
—Córrete dentro —dijo Rodrigo, apartándose de la boca de su mujer—. Llénale el coño de leche a tu madre.
—Sí —jadeó Sandra sin pensar, sin creerse a sí misma—. Córrete dentro, hijo, córrete dentro de mamá.
Marcos aceleró. Los últimos empujones fueron salvajes, golpeando el fondo del coño de su madre con cada estocada. Sandra sintió cómo la polla de su hijo se hinchaba dentro de ella, cómo se ponía todavía más dura un instante antes de reventar. Marcos soltó un gemido gutural que no era un grito sino algo más honesto y más desnudo, y se vació dentro de ella en chorros calientes que Sandra sintió salpicar sus paredes internas una y otra vez. Se corrió con el segundo chorro, con los espasmos del coño ordeñando la polla de Marcos hasta la última gota.
Después, Rodrigo la agarró del pelo, le levantó la cara y se corrió sobre ella, chorros gruesos de semen que le cayeron en la frente, las mejillas, los labios, la barbilla. Sandra abrió la boca para tragar lo que le entraba y se lamió los labios llenos de leche.
Después, silencio.
Marcos apoyó la frente en la espalda de su madre, todavía con la polla dentro, sintiendo cómo su semen se le escurría por los muslos a ella. Tenía la respiración completamente deshecha y las manos todavía aferradas a las caderas de Sandra.
—Gracias —murmuró. Solo eso.
En esa palabra había algo que no era solo satisfacción física. Era algo más indefenso, más honesto de lo que Sandra había esperado. Algo que se quedó flotando en la cocina mucho después de que todo terminara.
***
Rodrigo fue el primero en apartarse. Fue al grifo, se lavó las manos, se limpió la polla con un paño húmedo, buscó un vaso de agua. Marcos sacó por fin la verga del coño de su madre, y un chorro de semen espeso salió detrás y le resbaló por los muslos hasta las rodillas. Sandra se incorporó despacio, sin mirar a ninguno de los dos, y se vistió en silencio, metódicamente, como si pudiera ordenar también lo que acababa de ocurrir con el mismo gesto mecánico de abrochar un botón. Se limpió el semen de la cara con un trozo de papel, se subió las bragas todavía notando cómo la leche de su hijo le chorreaba dentro, se abrochó el vaquero.
—¿Estás bien? —le preguntó Rodrigo.
—Sí —dijo ella.
—¿Seguro?
—He dicho que sí.
Marcos seguía apoyado en la encimera, con la polla todavía fuera, medio flácida y brillante con los jugos del coño de su madre, mirándola con una expresión que mezclaba algo parecido a la gratitud con algo parecido a la vergüenza tardía.
—Mamá —empezó.
—Ahora no —dijo Sandra sin girarse.
Salió de la cocina sin prisa pero sin pausa, con esa forma de andar que tenía cuando no quería que nadie le viera la cara. Notaba el semen resbalándole por el interior de los muslos con cada paso.
Carmen estaba en el pasillo con el paño de cocina todavía en las manos, igual que una hora antes, como si no hubiera movido un músculo en todo ese tiempo. La miró cuando Sandra pasó a su lado.
—No digas nada, mamá —murmuró Sandra.
Carmen no dijo nada.
***
En el piso de arriba, Laura salió del baño con el pelo mojado y la cabeza algo más despejada. Se había cepillado los dientes dos veces, después de haberle chupado la polla a Rodrigo hasta hacerle correrse la primera vez, antes de que él se la follara contra la tabla de planchar. Se había prometido que lo de esa tarde con Rodrigo había sido un error que no se repetiría, que mañana todo volvería a ser normal, que podía controlarse aunque todavía sintiera el semen de su cuñado escurriéndosele del coño.
Abrió la puerta del cuarto de la plancha para buscar una toalla limpia.
Tomás estaba dentro. Solo. Con la polla dura en una mano y en la otra unas bragas de encaje de color negro que Laura reconoció de inmediato: eran las que ella recordaba haber dejado sobre la silla hacía dos horas, después de que Rodrigo se las arrancara. Su sobrino se las estaba pasando por la cara, oliéndolas, mientras se pajeaba con fuerza.
Su hijo la miró con los ojos muy abiertos y el cuerpo paralizado, con la polla todavía en la mano.
Laura no dijo nada durante un segundo que pareció durar mucho más. Miró la polla de su sobrino, dura, goteando, y luego sus propias bragas empapadas de semen ajeno en la mano de él.
Luego cerró la puerta despacio. Por dentro. Con ella dentro.
En esta casa todos tienen sus secretos, pensó mientras se acercaba a Tomás sin dejar de mirarle la polla. Y hoy todos salieron a la luz de golpe.
