La noche que mi sobrino rompió todas mis reglas
Nunca pensé que llegaría a hacer algo así. Tengo cuarenta años, me considero una mujer sensata, y siempre había marcado con claridad los límites entre lo que se puede y lo que no. Hasta que Sebastián, el hijo de mi hermano, vino a quedarse unos días en mi apartamento.
Tenía veintiún años y yo no lo había visto desde la Navidad anterior, cuando todavía era ese adolescente torpe que se quedaba en el rincón con el teléfono. Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, alto, con los hombros anchos y una sonrisa que ya no era la de un niño, noté algo que no me gustó sentir. Lo dejé pasar y me dije que no era nada.
El primer error fue no cerrar bien la puerta del baño.
Salí después de ducharme sin acordarme de que ya no estaba sola en casa. Caminé por el pasillo hacia mi cuarto con la toalla en la mano y lo encontré a mitad de camino, también sin ropa, con la misma sorpresa pintada en la cara que yo debía de tener en la mía. Nos quedamos paralizados los dos. Debieron de ser tres segundos, quizás cuatro. Los suficientes para que yo mirara sin querer lo que no debía mirar: la tenía a media asta, gruesa, cayéndole pesada entre los muslos, con el glande brillante asomando bajo el prepucio a medio recoger. No una polla de niño. Una polla de hombre, de las que se marcan en los vaqueros y hacen girar la cabeza.
Corrí hacia mi cuarto. Me encerré con llave. Me senté en el borde de la cama con el corazón acelerado y la toalla apretada contra el pecho, y sentí cómo el coño se me humedecía sin permiso, latiendo como si tuviera vida propia.
No pasó nada. Fue un accidente. Ya está.
Más tarde tomamos café en silencio. Él se disculpó, torpemente, con la mirada fija en la taza. Le dije que no tenía importancia. Ahí debería haber terminado todo.
Pero esa noche no pude dormir. Me daba vueltas en la cama pensando en esa imagen que no pedí ver y que no podía borrar. Me metí la mano entre las piernas y me encontré empapada, el clítoris hinchado y sensible al primer roce. Me froté despacio, imaginando esa polla endureciéndose delante de mí, imaginándola en mi boca, y me corrí mordiendo la almohada. A los diez minutos ya estaba otra vez con dos dedos hundidos en el coño, follándome sola mientras pensaba en cómo se sentiría tenerlo encima. Me corrí de nuevo, más fuerte, y me odié por ello. A la mañana siguiente le escribí a Camila, una amiga del chat con quien hablo de todo, y le conté lo que había pasado.
—¿Y qué sentiste? —me preguntó, directa como siempre.
Le dije la verdad. Que estaba confundida. Que por un lado sabía perfectamente quién era él, pero que por el otro tenía esa imagen metida entre los ojos y no podía sacarla. Que me había masturbado dos veces pensando en su polla y que esa noche no había podido conciliar el sueño.
—Provócalo —me dijo—. A ver hasta dónde llega.
Lo hice. No mucho, solo un poco. Me vestí con más cuidado esos días. Algo que ya hacía de todas formas porque tengo buen cuerpo y me gusta sentirme bien. Pero ahora era consciente de que había alguien mirando. Faldas más cortas, blusas con un botón menos, ropa interior fina cuando sabía que él iba a estar cerca.
***
Fue un viernes por la noche. Estábamos cenando y él me preguntó, sin rodeos, qué había sentido yo ese día en el pasillo.
Me quedé quieta un momento. Pensé en lo que me había dicho Camila. Luego le respondí que me había parecido atractivo y que me sentí halagada de gustarle a alguien tan joven.
Él se recostó en la silla con una media sonrisa.
—Yo pensé en ti la última vez que estuve con una chica —dijo—. Se la metía a ella y pensaba en ti. Me hice una paja aquella misma noche en la ducha imaginando que eras tú la que me la chupaba. No puedo evitarlo. Me vuelves loco.
Le respondí que era normal sentir ese tipo de cosas pero que éramos tía y sobrino, y que no podíamos seguir por ese camino. Me levanté para llevar los platos a la cocina. Él me siguió.
Me agarró de los hombros antes de que llegara al fregadero. Me di vuelta. Tenía la cara a diez centímetros de la mía y los ojos fijos en mi boca.
—Tú también quieres —dijo—. Tienes las tetas duras desde que me senté enfrente. Se te marcan los pezones a través de la blusa.
Me besó antes de que pudiera responder. No fue un beso vacilante. Fue un beso que sabía exactamente lo que hacía. Abrí la boca sin decidirlo, y cuando sentí su lengua entrar y buscar la mía, dejé los platos en el fregadero y le puse las manos en el pecho. No para apartarlo. Para agarrarme.
Me empujó contra la encimera. Sus manos bajaron por mi espalda hasta la falda, que llevaba bastante corta esa noche. Me metió las manos por debajo, me agarró el culo con las dos, y me apretó contra él. Sentí su polla dura empujándome la barriga a través del pantalón. Era exactamente igual de gruesa que en el recuerdo, y estaba dura como una piedra.
—Esto está mal —dije contra su boca.
—Lo sé —respondió, y siguió besándome el cuello, mordiéndome despacio, chupándome la piel debajo de la oreja hasta hacerme temblar.
Me subió a la encimera de un movimiento. Me abrió las piernas y se colocó entre ellas. Me arrancó los botones de la blusa uno a uno, sin prisa pero sin dudar, y me bajó el sujetador de golpe hasta dejarme las tetas al aire. Se quedó mirándomelas un segundo, con la respiración pesada.
—Joder, tía —susurró—. Llevo semanas pensando en estas tetas.
Bajó la boca y me chupó un pezón entero, lo mordisqueó, lo lamió en círculos hasta ponerlo duro y sensible. Pasó al otro y repitió lo mismo, más despacio, más profundo, hasta que yo tenía las dos manos hundidas en su pelo y le empujaba la cara contra mí. Me chupó las tetas como si tuviera hambre de ellas, y yo sentí cómo el coño se me contraía cada vez que su lengua trazaba un círculo alrededor del pezón.
Bajó por el escote, me lamió entre los pechos, me besó el estómago. Me agarró la falda y me la subió hasta la cintura. Yo llevaba unas bragas negras muy finas, y él se detuvo un segundo a mirar la mancha oscura de humedad que las cruzaba por el centro.
—Estás empapada —dijo, con una sonrisa de medio lado—. Y no es de ahora.
Me apartó las bragas a un lado con dos dedos. No se molestó en quitármelas. Bajó la cabeza y me pasó la lengua por el coño de arriba abajo, entero, muy despacio, saboreándome. Se me escapó un gemido que no pude retener. Volvió a hacerlo, esta vez apretando la lengua contra el clítoris al llegar arriba. Me aferré al borde de la encimera con las dos manos.
—Dios —murmuré—. Sebastián, joder…
Me abrió los labios con los dedos y empezó a chupar. Me chupó el clítoris con los labios, con la lengua, alternando presión y velocidad de una forma que no esperaba de alguien de su edad. Me metió dos dedos dentro y los curvó hacia arriba mientras seguía trabajándome el clítoris con la boca. Me mordí el labio para no gritar. Sentí el orgasmo subir desde los pies, arrasarme la barriga, explotarme entre las piernas mientras su lengua no paraba. Me corrí en su boca, apretándole la cabeza contra mí con las dos manos, con los muslos temblándome alrededor de su cara.
Cuando levantó la cabeza tenía la barbilla brillante. Se pasó el dorso de la mano por la boca sin dejar de mirarme.
—Al cuarto —dijo.
Me bajó de la encimera y me llevó al dormitorio casi en brazos. Me tiró en la cama y se desnudó de pie delante de mí. Cuando se bajó los calzoncillos y la polla le saltó dura, gruesa, con el glande morado y una gota brillante en la punta, se me hizo la boca agua. Me arrodillé en el borde de la cama, se la agarré con las dos manos, y me la metí en la boca sin pensarlo.
Estaba caliente, dura, y me llenaba entera. La chupé con ganas, ahogándome cuando llegaba al fondo, sacándomela para lamerle los huevos, volviendo a tragarla hasta la base. Él me agarró el pelo por detrás y empezó a marcarme el ritmo, empujando la cadera contra mi cara. Yo lo miré desde abajo con los ojos llorosos y la boca llena de su polla, y él soltó un gemido ronco.
—Joder, tía, mira cómo mamas —jadeó—. Nadie me la ha chupado así en la vida.
La saqué de un tirón, con un hilo de saliva conectándome los labios al glande.
—Fóllame —le dije—. Sin cuidado. No quiero que te andes con cuidado.
Me tiró de espaldas sobre la cama, me agarró las piernas y me las abrió. Se colocó entre ellas, se agarró la polla con la mano, y me la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí que me llenaba hasta la garganta. Cerré los ojos y solté un gemido largo. Llevaba mucho tiempo sin sentirme tan abierta, tan invadida.
Empezó a follarme fuerte desde el primer embiste. La cama golpeaba contra la pared con cada empujón. Yo le clavé las uñas en la espalda y le rodeé la cintura con las piernas para tirarlo hacia dentro cada vez que embestía. Él me chupaba las tetas mientras me follaba, me mordía el cuello, me susurraba al oído las cosas más sucias que me habían dicho nunca.
—Así, tía, aprieta el coño, ordéñame la polla…
Me dio la vuelta a media follada, me puso a cuatro patas, y me la volvió a meter desde atrás de un solo golpe. Me agarró de las caderas y empezó a bombearme, más rápido, más fuerte, hasta que se me escapaba un gemido con cada embestida. Metió un pulgar mojado de saliva en el otro agujero y lo dejó ahí, apretándome, y yo grité contra la almohada porque me corría otra vez, con todo el cuerpo, con el coño apretándole la polla en espasmos.
—Me corro —jadeó él—. Dónde…
—Dentro —le dije sin pensar—. Córrete dentro, joder.
La embistió tres o cuatro veces más y se descargó dentro de mí con un gruñido, apretándome las caderas tan fuerte que al día siguiente tenía marcas. Sentí cómo la polla le palpitaba mientras me llenaba de semen, chorro a chorro. Cuando la sacó, un hilo espeso me bajó por la cara interna del muslo.
Enterré las uñas en la sábana y no me importó dejar marca en él ni en la cama.
***
Quedamos los dos tumbados, mirando el techo. Él tenía una sonrisa. Yo no sabía qué cara poner.
—No puede volver a pasar —dije.
—Claro —dijo él.
Pasó cuatro veces más esa semana.
***
Una tarde puse música mientras esperaba que llegara. Cuando entró, ya no había necesidad de fingir que nada había cambiado entre nosotros. Me besó nada más cerrar la puerta, me empujó contra la pared, me metió la mano por debajo de la falda y comprobó que no llevaba nada debajo. Sonrió contra mi cuello. Me arrastró al cuarto, me arrancó la ropa, y pasamos el resto de la tarde en mi cama con las persianas bajas.
Había algo en vernos reflejados en el espejo grande del armario. Yo de rodillas en la cama, él detrás, con las manos en mis caderas y la polla entrando y saliendo del coño con un ritmo lento y hondo. Me gustaba mirar esa imagen y pensar lo que pensaba, que era exactamente lo que no debía pensar: que era mi sobrino, que tenía veintiún años, y que me estaba follando de espaldas mientras yo me miraba correrme en el espejo.
Ese día probamos algo nuevo. Lo guié yo. Le agarré la mano y le llevé el dedo pulgar a la boca. Se lo chupé bien, lo dejé brillante, y le guié la mano hasta mi culo.
—Despacio —le dije—. Nunca lo he hecho.
Él sacó la polla del coño, me la restregó bien mojada entre las nalgas, y me apoyó el glande contra el otro agujero. Empujó despacio. Al principio yo me tensé, y él se paró, esperó, me acarició la espalda con la mano libre. Volvió a empujar, con más aceite de su propia saliva y la humedad que le había dejado el coño, y esta vez el glande entró de golpe. Me arqueé y solté un gemido que no reconocí como mío.
—Sigue —dije, apretando los dientes—. No pares.
Fue metiéndomela centímetro a centímetro, muy despacio, hasta que la sentí toda dentro. Me quedé quieta un momento acostumbrándome al tamaño, a esa sensación nueva de estar tan llena en un sitio donde nunca había tenido nada. Yo no aparté los ojos del espejo en ningún momento. Miraba mi propia cara desencajada, mis tetas balanceándose, y a él detrás de mí con los ojos entrecerrados y los dientes apretados.
Empezó a moverse. Al principio con cuidado, luego con más ritmo. Me metí dos dedos en el coño mientras él me daba por el culo, y el placer fue distinto, más profundo, más completo, como si tuviera dos orgasmos formándose a la vez y peleándose por salir primero. Cuando llegué al orgasmo tuve que hundir la cara en la almohada para ahogar el grito, y él se corrió detrás de mí un segundo después, con la polla enterrada hasta el fondo.
Salió de mí despacio y se quedó de rodillas detrás, jadeando. Alcancé a girarme y lo miré con los ojos entrecerrados.
—Repite —dije.
Y lo hizo. Esta vez me montó él encima, boca arriba, con las piernas por encima de sus hombros, y me folló el culo con la mano en mi coño mientras yo me retorcía debajo de él sin poder hacer nada más que recibir.
***
Un sábado llegó con un amigo al que me presentó como Diego. Era alto, de hombros anchos, con ese físico de quien pasa horas en el gimnasio. Me saludó con un beso en la mejilla y noté que me miraba un segundo más de lo normal.
Los tres tomamos unas copas. Yo sabía lo que Sebastián tenía en mente. Lo había mencionado días antes, a media voz, como si no fuera del todo en serio. En ese momento me había parecido imposible. Pero ahora, con las copas sobre la mesa y los dos mirándome, ya no me parecía tan imposible.
Fue Sebastián quien se levantó primero. Se arrodilló delante de mí y empezó a besarme las piernas lentamente, sin apresurarse, subiendo por la cara interna de los muslos. Diego me miraba desde el sillón con la respiración más corta y un bulto claro marcándosele en el pantalón. Me acerqué a él y lo besé. Respondió de inmediato, agarrándome la nuca con una mano.
Sebastián me subió la falda, me apartó las bragas, y empezó a comerme el coño mientras yo besaba a Diego. Le desabroché el pantalón con una mano y le saqué la polla. La tenía más gruesa que Sebastián, más corta pero más ancha, con las venas marcadas. Se la agarré y empecé a masturbarlo despacio mientras seguía besándolo, con la lengua de Sebastián trabajándome entre las piernas.
Me deslicé del sillón hasta quedar de rodillas frente a Diego. Le bajé el pantalón hasta las rodillas y me metí su polla en la boca. Estaba caliente y me llenaba entera. Cerré los ojos y empecé a chuparla con ganas, mientras notaba cómo Sebastián me subía por detrás, me abría las piernas, y me metía la polla en el coño de una sola embestida.
Me quedé un segundo con la polla de Diego en la boca y la de Sebastián dentro, y pensé que era una imagen que nunca en la vida había imaginado protagonizar. Luego dejé de pensar.
Los siguientes minutos fueron una acumulación de sensaciones que no podría ordenar aunque quisiera. Cambiamos de sitio varias veces. Diego me tumbó boca arriba en la alfombra y me folló despacio mientras Sebastián me sentaba encima de su boca y yo se la chupaba a él tirada de lado. Sebastián me montó encima suyo y me hizo cabalgarlo mientras Diego me la metía en la boca de pie a un lado. En algún momento tuve dos pollas en las manos y no supe cuál chupar primero.
Diego se corrió el primero, en mis tetas, después de que yo lo masturbara con la boca hasta el final. Sebastián aguantó más, me embistió por detrás hasta que yo me corrí gritándole al oído que no parara, y después vació dentro de mí con un rugido que me estremeció.
Me corrí tres veces antes de que alguno de los dos pidiera un descanso. Después, los tres quedamos tumbados en el sofá, agotados, con la ropa esparcida por el suelo del salón y yo con las piernas todavía abiertas y sin fuerzas para cerrarlas.
***
La noche que Natalia apareció fue completamente diferente.
Natalia es mi amiga desde hace años. La que siempre llega sin avisar y con una botella de vino en la mano. Esa noche trajo también dos películas y el plan de pasar una noche tranquila. Lo que ninguna de las dos había planeado era lo que ocurrió después.
Estábamos tumbadas en el sofá, las copas casi vacías, cuando ella me preguntó qué me estaba pasando. Llevaba semanas con esa cara, dijo. Diferente. Más despierta.
No respondí. Ella se volvió hacia mí y me miró con esa expresión suya que no admite mentiras. Luego se inclinó y me besó despacio, como si llevara tiempo pensándolo.
Lo que ocurrió a continuación fue gradual y completamente natural, como si lo hubiéramos hecho antes, aunque no lo habíamos hecho. Sus manos eran distintas a las de Sebastián. Más atentas, más lentas, más pendientes de lo que yo necesitaba en cada momento. Me desabrochó la blusa botón a botón y me besó las tetas por encima del sujetador, mordisqueándome los pezones a través de la tela hasta ponerlos duros.
Me quitó la ropa entera con una calma que me tenía temblando. Cuando bajó la cabeza entre mis piernas y me pasó la lengua por el coño por primera vez, cerré los ojos y me agarré al respaldo del sofá. Nunca me habían comido el coño así. Me lo lamía en círculos, me metía la lengua dentro, me chupaba el clítoris con los labios como si fuera un caramelo, y todo con una paciencia que yo no tenía. Me hizo correrme dos veces con la boca antes de subir a besarme y hacerme saborear mi propio sabor en su lengua.
Le devolví el favor. La tumbé, le abrí las piernas y me pasé un tiempo largo entre ellas, aprendiendo lo que le gustaba, lo que la hacía arquear la espalda, lo que la hacía morderme el pelo. La hice gemir alto, sin vergüenza, con el sabor de otra mujer llenándome la boca por primera vez en mi vida.
Estaba con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, con los dedos de Natalia moviéndose despacio dentro de mí, cuando escuché la llave en la puerta.
Sebastián se quedó paralizado en el umbral. Natalia levantó la vista y lo miró sin moverse, con los labios brillantes y dos dedos todavía dentro de mí. Él tardó dos segundos. Luego cerró la puerta y se acercó al sofá, ya desabrochándose el pantalón.
Esa noche los tres cruzamos una línea que ninguno habíamos cruzado antes. Natalia no era ninguna ingenua, y Sebastián tampoco. Yo estaba en el centro, recibiendo lo que uno y otra tenían para dar. Sebastián me follaba por detrás mientras Natalia me sentaba su coño en la cara y yo se lo comía. Luego Natalia se puso a horcajadas sobre mí de espaldas, se agachó a chuparle la polla a Sebastián mientras yo le lamía el coño desde debajo. Ella se corrió en mi boca con la polla de mi sobrino entre los labios, y yo me corrí dos veces más antes de que Sebastián se descargara en mi vientre y Natalia bajara a lamerme el semen de la piel.
En algún momento dejé de pensar en palabras y solo sentí.
Me dormí entre los dos mucho después de medianoche, exhausta y completamente satisfecha, con la mano de Natalia en mi tetas y la respiración de Sebastián caliente contra mi cuello.
***
La semana siguiente Sebastián me llamó.
—Tengo una propuesta —dijo—. Puedes decir que no.
Me lo explicó sin adornos. Cinco amigos suyos, todos entre dieciocho y veintitrés años, una noche que él quería organizar para mí. Les había contado cosas, no todo, pero suficiente. Querían conocerme. Querían follarme.
Colgué y me quedé mirando el techo durante un buen rato, con la mano metida entre las piernas sin acordarme de cuándo la había puesto ahí.
Luego le escribí que sí.
***
Me preparé con más cuidado de lo habitual. Lencería negra, medias, los tacones que guardo para ocasiones que los merecen. Me miré en el espejo antes de que llegaran y me gusté mucho.
Cuando entraron los seis, el apartamento se llenó de una energía distinta a todo lo que había sentido antes. Cinco desconocidos y Sebastián, todos mirándome con esa mezcla de curiosidad y deseo que es difícil de describir pero imposible de confundir.
Hablamos un rato. Bebimos algo. El más joven, que aparentaba menos edad de la que tenía, no despegaba los ojos de mis piernas. El más alto se quedaba callado pero sonreía cada vez que yo hablaba. Los demás alternaban entre mirarse entre ellos y mirarme a mí.
Fue Sebastián quien se levantó primero, como siempre. Se arrodilló frente a mí y empezó a besarme la rodilla, subiendo despacio por el muslo. Los demás observaron unos segundos, luego alguien se levantó, y después otro, y de repente había manos en todos los sitios a la vez. Alguien me desabrochó el sujetador por detrás y me lo quitó. Otro me bajó las bragas por las piernas. El más joven se me arrodilló al lado y me metió un pezón en la boca sin decir palabra.
No sentí miedo. Solo una excitación que no cabía en el cuerpo.
Las horas siguientes fueron una acumulación de sensaciones que no podría ordenar aunque quisiera. Me pasaron de un sillón al sofá, del sofá a la alfombra, de la alfombra a la mesa del comedor. Tuve una polla en cada mano y otra en la boca al mismo tiempo. Tuve una lengua en el coño mientras chupaba a dos a la vez. Me follaron por delante y por detrás simultáneamente, con un tercero de rodillas junto a mi cara pidiéndome que le mamara mientras los otros dos me embestían.
El más callado resultó ser el más bruto en la cama. Me agarró del pelo mientras me follaba boca abajo sobre la mesa, y yo grité pidiéndole más. El más joven se corrió el primero, en mis tetas, con las piernas temblándole. Los otros aguantaron por turnos, follándome uno detrás de otro mientras los que esperaban se hacían pajas mirándome o me metían la polla en la boca para que la chupara caliente.
Sebastián se guardó para el final. Cuando los cinco ya se habían corrido —dos en mi boca, uno en mis tetas, dos dentro de mí, uno de ellos por el culo—, mi sobrino me tumbó en la alfombra, me abrió las piernas empapadas de todo lo que me habían dejado dentro, y me folló despacio mientras los demás nos miraban en silencio desde el sofá. Yo lo miré a los ojos todo el rato. Me corrí una vez más, la que hacía no sé cuántas de la noche, y él se descargó dentro de mí con la frente apoyada en la mía.
Me corrí más veces de las que conté. Pedí más de una vez que siguieran cuando podría haber pedido que pararan. Respondí a cada uno con la misma atención y la misma falta de vergüenza.
Al final estaba tumbada en el suelo del salón, agotada, con los seis a mi alrededor y semen chorreándome entre los muslos. Sebastián se sentó a mi lado y me pasó el brazo por los hombros.
No dijo nada. No hacía falta.
***
Aquella noche me quedé sola después de que se fueron todos. Me duché largo rato, sintiendo cómo el agua caliente se llevaba las huellas físicas de la noche, y me puse el albornoz y me senté en el sofá con una infusión caliente entre las manos.
Intenté sentir culpa. La busqué con cierta dedicación. No la encontré.
Lo que encontré fue algo más parecido a la claridad. Había cruzado una línea que pensaba que nunca cruzaría, y al otro lado no había catástrofe ni arrepentimiento. Solo la certeza de que sabía perfectamente lo que quería y que, por primera vez en mucho tiempo, había tenido el valor de pedirlo sin disculparme.
Sebastián siguió viniendo a verme esas semanas. La dinámica entre nosotros cambió, como cambia la luz después de una tormenta. Más cómodos, más directos, sin la tensión ansiosa de los primeros días. Me follaba con la misma calma con la que me hacía el café por la mañana, y a mí me gustaba las dos cosas por igual.
Camila me preguntó cómo había terminado todo.
Le respondí que no había terminado. Que apenas había empezado.