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Relatos Ardientes

La puerta entreabierta que lo cambió todo

Cuando me separé de Cristina, no tenía adónde ir. Compartíamos piso desde hacía cuatro años y, de un día para el otro, me encontré con dos maletas y ningún plan. Mis padres vivían en la misma ciudad, así que la solución fue la más obvia: volví a mi cuarto de adolescente, con sus paredes color crema y el olor a madera vieja que nunca había cambiado.

Ellos tenían unos cincuenta y tantos años, los dos en buena forma, todavía activos. Mi padre trabajaba como técnico de mantenimiento industrial y mi madre gestionaba la administración de una clínica dental privada. Eran una pareja estable, funcional, de esas que en apariencia no generan ninguna historia. Yo nunca había pensado en ellos como individuos con una vida sexual. Eran, simplemente, mis padres.

Los primeros meses en casa transcurrieron con normalidad. Me la pasaba saliendo los viernes y los sábados, llegaba tarde, dormía hasta el mediodía. Era como volver a tener diecinueve años, pero con la amargura adicional de saber que uno ya no los tiene.

***

El sábado en cuestión salí como siempre, pero la noche no tenía ningún ritmo. El bar estaba flojo, los conocidos llegaban tarde o no llegaban, y antes de la una ya me había aburrido de todo. Tomé un taxi y llegué a casa cerca de las dos de la mañana.

Entré en silencio. No quería despertar a nadie. Colgué las llaves sin hacer ruido, me saqué los zapatos en el recibidor y avancé por el pasillo en calcetines, con la única intención de llegar a mi cuarto y dormirme.

Fue entonces cuando lo noté.

La puerta de la habitación de mis padres estaba entreabierta. Por la rendija salía un hilo de luz cálida, la del velador de noche que mi madre siempre dejaba encendido cuando leía antes de dormir. Debería haber seguido de largo. Era lo lógico, lo correcto, lo que haría cualquier persona sensata.

En cambio, me detuve.

Oí un sonido que no supe identificar al principio. Húmedo, rítmico, apenas audible. Me acerqué un paso más sin pensarlo, con el corazón golpeando más fuerte de lo que la situación justificaba.

Miré por la rendija.

Mi madre estaba arrodillada sobre la cama, inclinada sobre mi padre. No había sábanas, no había ropa. Solo ella, moviéndose de una forma que no me dejó dudas sobre lo que estaba haciendo. Lo tenía en la boca. Completamente. Lo tomaba hasta el fondo con una concentración que me resultó casi hipnótica, y cuando lo sacaba, lentamente, volvía a meterlo antes de que uno pudiera siquiera respirar.

Me quedé paralizado.

No sé cuánto tiempo estuve ahí. El tiempo se comporta de forma extraña en esos momentos. Solo recuerdo que no podía moverme, que tenía la mano apoyada en el marco de la puerta sin haberme dado cuenta, y que algo en mí se había encendido de una manera que me avergonzó al instante y que, sin embargo, no consiguió apagarme.

Mi padre era un hombre grande, ancho de hombros, con manos que parecían herramientas. Lo que mi madre sostenía entre los labios era proporcional al resto: largo, grueso, un tamaño que en condiciones normales nunca me habría detenido a evaluar. Pero ahí estaba yo, evaluando, incapaz de hacer otra cosa.

Ella trabajaba con devoción. Con paciencia y voracidad al mismo tiempo. Levantó la vista hacia mi padre en un momento, y él le apartó el pelo de la cara con la palma abierta, con esa ternura concreta que solo existe entre dos personas que llevan décadas juntas.

—Así —dijo él, con la voz ronca.

Ella respondió sin separarse de él. No con palabras.

***

Al cabo de varios minutos, él la sujetó por los hombros y la hizo subir hacia él. La besó en la boca de una forma que no fue tierna sino urgente, y luego la hizo recostarse con el peso de su cuerpo. Bajó por su cuello, por su pecho, y cuando llegó a la altura de sus caderas, ella ya había abierto las piernas.

—Cómetela —escuché que decía ella, con una voz que no reconocí. No era la voz con la que me preguntaba qué quería para cenar o si había llamado al médico. Era otra voz completamente. —Sabes cómo me gusta.

Mi padre no respondió con palabras. Lo hizo directamente.

Mi madre agarró la sábana con los puños y arqueó la espalda. No gritó, pero emitió un sonido largo y contenido que no dejaba ningún lugar a dudas. Él la sujetaba por los muslos, la mantenía firme, y no aflojaba el ritmo por nada. Ella le apretaba la cabeza con ambas manos, empujando hacia abajo, diciéndole entre dientes que no parara, que siguiera así, que exactamente así.

No debería estar mirando esto.

Pero no me fui.

El primer orgasmo de mi madre llegó sin aviso. Se dobló sobre sí misma, juntó los muslos alrededor de la cabeza de mi padre durante unos segundos, y luego quedó extendida, respirando con la boca abierta. Mi padre levantó la vista hacia ella, satisfecho, y empezó de nuevo antes de que ella terminara de recuperarse.

El segundo fue más largo. Más ruidoso. Ella le repitió varias veces que no parara, y él no paró.

***

Cuando se incorporó, ella ya lo estaba buscando con las manos. Lo besó en la boca, lo tomó y lo guió sin que hiciera falta ninguna palabra. Él se acomodó entre sus piernas y entró de una sola vez.

El sonido que emitió mi madre en ese momento fue el que más me impactó. No fue de dolor ni de sorpresa. Fue de alivio. Como si llevara horas esperando exactamente eso.

Mi padre empezó a moverse con una contundencia que no esperaba de alguien que esa tarde había estado viendo el partido en el sillón. La cama crujía. Ella gemía sin intentar disimular nada.

—Más fuerte —le dijo.

Él obedeció.

—Así. Así. No pares.

Lo que siguió duró un buen rato. Cambiaron de posición sin que ninguno de los dos lo propusiera abiertamente: ella giró sola, se puso de rodillas. Él se colocó detrás. La tomó de la cintura con ambas manos y reanudó el ritmo como si no hubiera interrumpido nada, solo que desde un ángulo diferente, más profundo, con más fuerza.

Mi madre dejó caer la cabeza hacia adelante. Sus manos buscaron la cabecera de la cama para apoyarse.

—Sí —dijo ella—. Así. Así me gusta.

Yo tenía la espalda pegada a la pared del pasillo. Ni siquiera recuerdo cuándo me había movido de la puerta al pasillo. Solo sé que seguía mirando por la rendija, que estaba completamente excitado y que la vergüenza que sentía no era suficiente para hacer que me fuera.

Mi madre acabó de nuevo, con más intensidad que la vez anterior. Quedó casi sin fuerzas, apoyada sobre sus brazos, respirando pesado, con el cuerpo temblando de una forma que me pareció imposible desde donde la conocía.

Pero mi padre no había terminado.

***

La oyó recuperarse, la vio levantarse un poco, y le dijo algo al oído. Algo que yo no escuché completo, solo las últimas palabras:

—...como te gusta a vos.

Mi madre no protestó. Se acomodó exactamente como él le había pedido: pecho contra el colchón, caderas levantadas, manos abiertas sobre la sábana.

Desde donde yo estaba tenía una vista directa. Vi cómo mi padre se colocaba detrás de ella, cómo la sujetaba por las caderas con una firmeza que no admitía negociación, y cómo empujaba, lentamente al principio, buscando el ángulo correcto.

Mi madre contuvo el aliento.

La entrada fue deliberada, sostenida. Ella hizo un sonido entre el quejido y la exhalación, y tensó todo el cuerpo. Pero en ningún momento le pidió que parara. En ningún momento se movió para alejarse.

Lo contrario: en cuanto él encontró el ritmo, ella empezó a responder con movimientos propios, encontrándole el paso, sincronizándose. Los quejidos iniciales se fueron transformando en algo diferente a medida que el ritmo aumentaba. Más urgente. Más animal.

—Dame todo —dijo ella.

Él lo dio.

No voy a pretender que lo que siguió fue delicado. No lo fue. Fue intenso y prolongado y mucho más ruidoso de lo que yo hubiera imaginado posible detrás de una pared que separaba nuestros cuartos. Mi padre le decía que era su puta, su puta desde siempre, y ella le respondía que sí, que la tratara así, que así lo quería.

Frases que nunca, en ninguna versión de la realidad que yo hubiera imaginado antes de esa noche, habría esperado escuchar de ninguno de los dos.

***

El final llegó de forma abrupta. Mi padre salió de ella, la hizo darse vuelta con urgencia, y ella ya sabía lo que venía. Lo tomó con la boca en el momento exacto en que él ya no podía esperar más. Lo oí emitir un sonido corto y profundo, y luego el silencio se instaló en la habitación como si nunca hubiera pasado nada.

Mi madre no se movió hasta que él se quedó quieto. Luego levantó la vista hacia él con una expresión que no pude descifrar del todo desde donde estaba, pero que no era la expresión de alguien que hubiera hecho algo que no quería hacer.

—Todo mío —dijo ella, en voz baja.

Me fue imposible seguir ahí parado.

Me fui a mi cuarto con el corazón en la garganta y la ropa apretándome de una manera que ya no era cómoda. Cerré la puerta con cuidado, me recosté en la cama y me masturbé pensando en lo que acababa de ver, intentando no pensar con demasiada precisión en quiénes eran las personas que lo protagonizaban. No lo logré del todo. Me llevó mucho más tiempo del habitual dormirme después.

***

Al día siguiente me levanté cerca del mediodía. Mis padres estaban en el comedor, como cualquier domingo. Mi madre me preguntó cómo me había ido la noche, qué había hecho, si había llegado muy tarde. Con una naturalidad que me resultó casi cómica.

Le dije que había sido una noche tranquila. Que había visto cosas interesantes.

Ella asintió sin prestarle demasiada atención y se quejó de que le dolía la espalda, que no sabía de dónde venía ese dolor, que a veces el cuerpo le jugaba estas malas pasadas sin ningún motivo aparente.

Yo bebí el café mirando la taza.

El día continuó con la normalidad de siempre. Mi padre arregló algo en la cocina. Mi madre dobló ropa limpia. Yo leí en mi cuarto y traté de no pensar demasiado. No lo conseguí.

La imagen de esa rendija, de esa luz cálida, de esa voz que no reconocí en mi madre esa noche, no se fue. Todavía no se ha ido.

Al comenzar esto dije que así había empezado todo. Y es verdad. Porque después de aquella noche me obsesioné con lo que había visto, y esa obsesión fue creciendo de una forma que nunca me propuse ni habría querido anticipar. Pero eso es otra historia, y la cuento en otro momento.

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Comentarios (5)

Nico_mdq

tremendo relato, no pude parar de leer

Marta_Nocturna

Por favor que haya continuacion... no puede quedarse asi, necesito saber que paso despues!

Valentina_ok

Lo que mas me gusto es como describes ese segundo de duda. Ahi esta todo el relato, en ese momento. Muy bueno!

RiojaLector

¿Vas a escribir una segunda parte? Quede con muchas ganas de saber como sigue.

NochesBA

Uff, esa tension en el pasillo oscuro... tremenda. Se me hizo muy corto.

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