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Relatos Ardientes

Seguí a mi hermana y vi lo que no debí ver

Me llamo Mateo. Cuando ocurrió esto tenía veinte años recién cumplidos. Mi hermana Laura tenía veinticuatro y llevaba cuatro con su novio Sebastián, un tipo de buen carácter con quien ya tenían fijada la fecha del casamiento. A ellos no les faltaba mucho.

Laura y yo nunca fuimos demasiado cercanos. La diferencia de edad había creado entre nosotros esa distancia educada de quien comparte sangre pero no mucho más: comidas de domingo, algún mensaje de cumpleaños, preguntas de cortesía sobre los estudios. Mis amigos, cada vez que la veían, me lo decían sin rodeos: que mi hermana estaba muy bien. Y era verdad. Laura era morena, de ese moreno que da el sol desde pequeño, con el pelo largo y ondulado y una figura que no necesitaba ayuda de nadie para llamar la atención. Yo era más corriente: alto, con rasgos sin mucho relieve, el tipo de cara que uno olvida en cuanto se da la vuelta.

Con Sebastián, en cambio, sí me llevaba bien. Tenía cinco años más que yo y esa clase de paciencia que parece venir de haber vivido cosas. Se tomaba el tiempo de preguntarme cómo iban los estudios, de invitarme a tomar algo cuando nos cruzábamos, de tratarme como a alguien cuya opinión importaba. Era, sin complicaciones, un buen tipo. Lo que hace que todo esto sea más difícil de contar.

Esa noche de viernes salí con unos amigos a un bar del barrio. Llevábamos un par de horas entre música y vasos cuando Tomás me dio un codazo.

—¿No es tu hermana esa de allá?

Me giré sin darle importancia, esperando que se confundiera con alguien. Pero no se confundía. Laura estaba al fondo del local, con un vestido negro que yo nunca le había visto. El pelo suelto, los ojos maquillados. Bailaba pegada a un hombre que no era Sebastián, y la forma en que ese hombre le ponía la mano en la cintura no era la de alguien que acaba de conocerse esa noche.

Me quedé mirando. Laura no me veía. Tenía la cabeza apoyada un momento en el hombro de ese tipo, luego se separaba, luego volvía. El tipo le decía algo al oído y ella se reía de una manera que yo no le conocía.

Lo raro no era solo que estuviera allí. Lo raro era que esa noche, según yo sabía, Laura tenía cena con amigas en otro lado de la ciudad.

Mis amigos querían moverse a otro local. Me inventé un dolor de cabeza y me quedé.

***

A medianoche los vi salir juntos. Caminaban por la acera hablando en voz baja, cogidos de la mano, con esa familiaridad de los que ya saben bien lo que van a hacer. Los seguí a distancia, pegado a los portales, sintiéndome ridículo y sin poder parar.

Cuando vi que tomaban la calle donde estaba el piso de Laura y Sebastián, algo se me cerró en el pecho. Conocía ese edificio. Meses antes, Sebastián me había dado un juego de llaves «para emergencias», con la seriedad de alguien que te hace el honor de confiar en ti. Esas llaves estaban esa noche en el bolsillo de mi chaqueta, sin ningún motivo especial, porque no me había molestado en quitarlas.

Me adelanté. Abrí el portal antes de que ellos llegaran. Subí corriendo los tres pisos y entré en el piso sin encender la luz. Conocía la distribución del salón casi tan bien como el mío. Me metí detrás del cortinón grande del fondo, ese cortinón de tela oscura que Sebastián odiaba y Laura se negaba a quitar porque era «decorativo». Me quedé quieto, con el corazón golpeando más fuerte de lo necesario.

Los escuché entrar dos minutos después. La voz de Laura, baja, con una risa que no le conocía. La voz del tipo respondiendo algo. Pasos, un roce, el sonido de un beso largo.

—Aquí estamos solos —dijo ella.

***

Cuando encendieron la lámpara del salón me quedé sin aire.

Laura se había quitado el abrigo y estaba dejándose besar de una manera que no dejaba dudas sobre lo que los dos querían. Las manos de él recorrían su espalda, sus caderas, el borde del vestido. Ella le desabotonaba la camisa con calma, sin prisa, con una concentración que me resultó más perturbadora que cualquier otra cosa.

El tipo —Cristian, la escuché llamarlo así— le bajó los tirantes del vestido. La tela cayó al suelo. Laura llevaba debajo una ropa interior que claramente no era de todos los días, y ese detalle me golpeó de una manera extraña: eso significaba que lo había planeado. Que había ido a ese bar con la intención de terminar exactamente donde estaba terminando.

Me quedé inmóvil detrás del cortinón, con el aliento contenido, mientras mi hermana —mi hermana que en pocas semanas iba a casarse— se dejaba tocar por ese hombre sin ninguna resistencia. Cristian le metió las manos por debajo del sujetador y le apretó las tetas con hambre, hundiendo los dedos en la carne morena mientras Laura soltaba un gemido corto, de esos que se escapan cuando algo pega justo en el centro del cuerpo. Él le chupó el cuello, la mandíbula, y ella le tiró la cabeza hacia un lado para darle más espacio, abriéndole la garganta como si quisiera que siguiera.

Cristian la sentó en el sofá y se arrodilló frente a ella. Laura separó las piernas y dejó que él le levantara la falda hasta la cintura. La tela le arrugó en las caderas, y debajo apareció el borde mínimo de la bombacha negra, empapada ya en el centro. Él le pasó la lengua por encima de la tela primero, lento, haciendo presión con la boca justo donde ella temblaba. Laura apoyó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Los sonidos eran bajos al principio, luego más directos, más sin filtro. Después ella se puso de rodillas y le correspondió: le bajó el cinturón, le abrió el pantalón, le sacó la verga dura y gorda con una mano segura, y se la tragó sin jugar a nada. Le lamía el glande, le chupaba el tronco, se la metía hasta el fondo de la boca con ese ritmo obsceno que hace que el hombre pierda la compostura en minutos. Cristian le agarraba el pelo, pero sin lastimarla, guiándola para metérsela más y más, mientras Laura respiraba por la nariz y seguía, tragándose la polla como si la estuviera probando de verdad.

No voy a mentir sobre lo que sentí. Habría sido más sencillo si solo hubiera sentido asco, o indignación, o la rabia limpia de quien descubre una traición. Pero había ahí otra cosa, más difícil de nombrar: la tensión de estar viendo algo que no deberías ver, de no poder apartar los ojos, de que el cuerpo reaccione antes de que la cabeza tenga tiempo de opinar. Me avergonzaba. Y seguí mirando.

Me toqué sin haber tomado la decisión de hacerlo. Fue mecánico e inevitable, y me avergonzó mientras lo hacía y también después.

Laura se incorporó, se sacó la bombacha con un movimiento rápido y quedó abierta de piernas en el sofá, mojada, brillante, con el coño expuesto y latiendo como si la piel misma pidiera más. Cristian se puso de pie, se desnudó del todo y le rozó la entrada con el glande, un par de veces, como castigándola con la punta antes de empujar. Ella le sujetó los hombros y, en cuanto la polla empezó a entrarle, soltó un quejido ronco que me hizo apretar los dientes detrás de la tela. Él la fue abriendo despacio, centímetro a centímetro, hundiéndose en ese coño apretado hasta que las caderas le chocaron contra el pubis. Luego empezó a cogerla con golpes secos, marcados, haciendo temblar el sofá entero. Laura le clavaba los talones en los muslos, le pedía más con la voz rota, le decía que no parara, que la reventara ahí mismo, que la hiciera correrse de una vez. Cristian le respondió con una mano en la cintura y la otra en una teta, follándola con esa violencia medida que solo tienen los que saben escuchar el cuerpo ajeno.

Después la puso boca abajo, arqueándole la espalda, y volvió a meterla por detrás. Laura apoyó las manos contra el asiento, el culo en alto, la cara hundida en el respaldo, mientras él le apartaba las nalgas y le encajaba la verga desde atrás, una y otra vez, hasta que cada golpe sonaba húmedo, obsceno, lleno. Ella gemía más fuerte ahora, con la voz amortiguada entre los dientes, y se agarraba al sofá como si la estuvieran desarmando. Cristian la escupió entre las nalgas, le frotó el clítoris con dos dedos y la hizo temblar entera, retorciéndose de placer mientras él seguía embistiéndola sin aflojar.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que, cuando noté que él se tensaba, cuando empezó a respirar más hondo y a soltar esos gruñidos de animal al borde, Laura se giró para mirarlo con la boca entreabierta y la cara roja. Se sentó encima de él sin dejarlo salir, se lo metió entero de nuevo y empezó a cabalgarlo con furia, rebotando sobre esa polla dura como si quisiera exprimirle todo. Le sujetó la cara, lo besó con hambre, y en un momento Cristian le agarró el culo con las dos manos y la apretó tan fuerte que ella soltó un grito.

Entonces sí, él se vino. Lo vi en la cara, en la tensión del abdomen, en el modo en que la sostuvo mientras la polla le palpitaba adentro. Laura no se apartó. Lo mantuvo dentro, sintiendo cómo le llenaba el coño de semen, mientras él soltaba una corrida caliente que la hizo estremecer. Ella le siguió moviendo las caderas para ordeñarlo hasta el final, como si quisiera exprimirle hasta la última gota. Después se quedó quieta un segundo, respirando rápido, con el cuerpo todavía montado sobre él y la humedad derramándose entre sus muslos.

Cuando todo terminó entre ellos, los dos se quedaron quietos un rato. Murmuraban cosas que yo no entendía. Luego Cristian empezó a vestirse.

Aproveché ese momento. Saqué el móvil y marqué el número del teléfono fijo del piso.

Sonó una vez. Dos veces. El efecto fue inmediato. Cristian se paralizó, recogió el resto de su ropa a toda velocidad, ignoró a Laura que le pedía que no se fuera, y salió por la puerta sin mirar atrás. Sabía perfectamente lo que estaba en juego.

Escuché el agua de la ducha. Me senté en el sillón, del lado opuesto al sofá, y esperé.

***

Laura salió del baño con una toalla enrollada y el pelo húmedo. Me vio y el color le cambió en la cara.

—¿Qué haces aquí? —dijo, con la voz dura.

—Tenía las llaves de Sebastián. Las de emergencias. Las que él me dio.

Ella procesó eso un segundo. Apretó el nudo de la toalla.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Desde antes de que llegarais.

Silencio. Laura no se movió del umbral del pasillo.

—Mateo, no puedes...

—¿Lo quieres? —la interrumpí—. A Sebastián. Dímelo.

—Claro que lo quiero.

—Entonces no lo entiendo.

—Es complicado. Eres demasiado joven para comprenderlo.

—Tengo veinte años. No soy un crío. Explícamelo.

Ella cruzó los brazos sobre el pecho y tardó un momento en hablar.

—Sebastián es el único con quien he estado. El único. Y quería saber cómo era con otro antes de casarme, antes de que eso quedara cerrado para siempre. No quería nada serio. Solo una noche.

—O sea que él no puede saber nada.

—No puede saber nada.

Nos miramos. Yo pensé en Sebastián dándome esas llaves con toda su confianza. Pensé en lo que había hecho detrás del cortinón y me pregunté una vez más qué clase de persona era yo.

—No te voy a decir nada —dije al final.

Ella soltó el aire.

—Gracias.

—Pero necesito entender una cosa.

Me levanté del sillón. Me acerqué despacio, sin apuro. Laura no se movió, aunque algo en su postura cambió: los brazos un poco menos cruzados, los ojos un poco más abiertos.

—Llevas toda la noche buscando algo que no tienes —dije, a poca distancia de ella—. ¿Y nunca se te ocurrió mirar más cerca?

Laura abrió la boca. Tardó en entender. Cuando entendió, frunció el ceño.

—Somos hermanos.

—Ya lo sé.

—Mateo, eso es una locura.

—¿Peor que lo de esta noche?

No respondió. Me senté en el brazo del sillón, a su lado, sin tocarla. Solo cerca. Esperando.

—Estás borracho —dijo.

—Apenas.

Otro silencio largo. Laura miraba al frente. Luego me miró.

—¿Qué fue exactamente lo que viste? —preguntó, con una voz diferente. Más baja.

—Todo.

Ella asimiló eso. Me sostuvo la mirada más tiempo del que habría sido razonable entre dos personas que son solo hermanos. Luego bajó los ojos un momento, los subió, y el nudo de la toalla se soltó solo, o casi.

***

Lo que ocurrió después no lo voy a detallar entero. Sí puedo decir que Laura no se parecía en nada a lo que yo habría imaginado si hubiese sido el tipo de persona que imagina esas cosas sobre su hermana. Era directa, sin rodeos. Sabía lo que quería y lo pedía con las manos y con la voz, sin pedir disculpas. En un momento dado me tomó la cara entre las palmas y me miró fijo, como tomando una decisión que sabía que no tenía vuelta atrás, y esa mirada fue más íntima que cualquier otra cosa que pasara esa noche. Me besó con la boca aún salada de la respiración agitada, me empujó contra el sofá y se subió encima de mí sin quitarse del todo la toalla, abriéndola apenas para dejarme ver sus tetas pesadas y el vientre brillando de sudor. La piel olía a jabón, a sexo reciente, a ese calor que queda cuando alguien acaba de correrse y ya quiere otra cosa.

Le desaté la toalla y cayó al suelo. Laura se quedó desnuda entre mis piernas, con las curvas llenas y la mirada fija en la mía, como si me estuviera desafiando a echarme atrás. No lo hice. Ella me bajó el pantalón, sacó mi polla endurecida y se la llevó a la boca con una naturalidad brutal, lamiendo la punta, chupando con la misma hambre con la que había tomado la de Cristian. Me miraba desde abajo mientras me mamaba, tragándose cada vez más profundo, hasta que le corría la saliva por la barbilla. Yo le sujeté el pelo, la obligué a marcar el ritmo con la lengua y el hueco de la boca, y cuando la saqué me lamió el glande otra vez antes de ponerse a horcajadas sobre mí.

Laura se acomodó encima, me guió la verga hasta su entrada y se dejó caer despacio, abriéndose con un gemido largo, tenso, como si el cuerpo se rindiera al mismo tiempo que la cabeza. Sentí su coño apretándome en oleadas, húmedo, caliente, agarrándome entero. Empezó a moverse sin esperar ninguna instrucción, rebotando primero con suavidad y después con más fuerza, clavándome las uñas en los hombros mientras se inclinaba para besarme el cuello, la boca, la mandíbula. La agarré de la cintura y la levanté un poco para follarla mejor, hundiéndola más, sacándole gemidos cada vez más sucios. Ella me pedía que la cogiera fuerte, que no aflojara, que la llenara, y yo le respondía con embestidas cortas, profundas, sintiendo cómo me apretaba cada pared del coño alrededor de la polla.

Después la giré y la puse de espaldas sobre el sofá, con las piernas abiertas y el culo al borde. Le levanté las caderas y le volví a entrar desde atrás, despacio al principio, luego con más ritmo, escuchando el golpe húmedo de nuestros cuerpos. Laura hundía la cara en el cojín y gemía sin filtro, repitiendo mi nombre con una voz que no le había escuchado nunca. Cuando le toqué el clítoris con los dedos, se arqueó de golpe, se estremeció entera y me empapó la mano. Entonces la alcé otra vez, la senté sobre mí, y la hice correrse otra vez mientras yo mismo aguantaba a punto de reventar, sintiendo que el cuerpo me latía desde el abdomen hasta los muslos.

Después nos quedamos tumbados en el sofá, la lámpara encendida todavía, el ruido del tráfico colándose por la ventana entreabierta.

—Sebastián no puede saber nada de esto —repitió ella, en voz baja.

—Ya lo sé.

—Y esto no puede volver a pasar.

Lo dijo con convicción. Yo no respondí, porque hay cosas que se dicen en ciertos momentos y que la vida después decide si son verdad o no.

La primera parte se cumplió. Sebastián nunca supo nada. La segunda, en cambio, duró lo que duran las promesas hechas cuando todavía tenés el calor de alguien encima: muy poco.

No sé explicar bien lo que quedó entre Laura y yo después de esa noche. No era amor de ese que uno planifica. Era otra cosa: el peso de un secreto compartido, la atracción que no desaparece solo porque uno decida que debería. Cada vez que nos quedábamos solos, en alguna visita familiar, en algún descuido del calendario, algo se imponía entre los dos que ninguno había pedido en voz alta y que los dos facilitábamos sin decirlo.

Laura se casó con Sebastián. Yo seguí con mi vida. Y aun así, de vez en cuando, cuando el tiempo y las circunstancias lo permitían, nos encontrábamos en ese espacio sin nombre que ninguno de los dos había diseñado pero que los dos habíamos elegido, de alguna manera, no destruir.

No sé si eso está bien. Probablemente no. Pero tampoco sé cómo habría terminado aquella noche si no hubiera seguido a Laura por la calle, si no hubiera abierto esa puerta, si no me hubiera quedado quieto detrás del cortinón esperando a que se encendieran las luces.

Hay cosas que pasan porque uno no las detiene. Y a veces, esas son exactamente las cosas que más importan.

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Comentarios(9)

NachoBsAs

tremendo relato!!! quede pegado hasta el final

Cristina_MX

Por favor tiene que haber una segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues

vikingo88

Muy bien escrito, se siente real y el suspenso al principio engancha mucho. Sigue asi!

Estela_cba

Lo lei de una sentada jaja. Me recordo a situaciones de cuando era joven donde uno ve cosas que no deberia... la vida da estas sorpresas. Buen relato.

Juanki_norte

Una duda, el final queda abierto a proposito? Espero que la continues, el relato tiene mucho potencial

GabrielRdz

buenisimo!!

MartaV

Me encanto como narraste la tension, se siente muy real y eso es lo dificil de lograr

Santi_cba

El titulo solo ya te atrapa. Excelente relato, el final te deja pensando y con ganas de mas

rositamx

Ufff que situacion mas intensa. Lo lei dos veces jaja, tremendo

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