La noche que mi hermana bajó descalza a la cocina
El verano en que Sofía cumplió diecinueve años fue también el verano en que dejé de verla solo como a mi hermana.
Yo tenía veintidós. Vivíamos juntos con nuestros padres en una casa de barrio con patio y una pileta pequeña que mi viejo había armado años atrás. Sofía siempre había sido Sofía: mi hermana menor, la del cuarto de al lado, la que me robaba las papas fritas del plato y me cambiaba los canales. Pero ese verano había algo distinto en cómo se movía por la casa, en la ropa que elegía, en la manera de entrar a una habitación y hacer que uno levantara la vista sin querer. Era difícil de describir y más difícil de ignorar.
Intenté ignorarlo durante semanas. No me fue tan bien.
El primer momento concreto fue un viernes a la noche. Había tenido una pelea con Camila, mi novia de entonces, porque intenté aprovechar que estábamos solos en el auto y ella se enojó y se bajó antes de llegar a su casa. Llegué al barrio de mal humor y con la cabeza en otro lado. Cuando abrí la puerta del pasillo me encontré de frente con Sofía.
Llevaba una remera blanca muy ajustada y una pollera corta que le llegaba a mitad del muslo. Iba descalza, con el pelo suelto. Me miró y sonrió.
—¿Y? ¿Qué pasó?
—Pelea con Camila —dije.
—¿Grave?
—No sé todavía.
Se dio vuelta para ir a la cocina y yo me quedé parado en el pasillo mirándola irse. Tenía esa forma de caminar en que las caderas se mueven más de lo que parece necesario. Puede que no lo hiciera adrede. Puede que sí.
Nos sentamos a hablar en la cocina. Me contó que nuestros padres habían ido al cine hacía una hora y que probablemente no volvían antes de la medianoche. Tomamos agua, hablamos de cosas sin importancia, y yo traté de no pensar en lo que estaba pensando. No lo logré del todo.
Fue entonces cuando se cortó la luz.
El barrio la cortaba seguido ese verano, especialmente los viernes. Un instante todo negro, y después ese silencio extraño sin heladeras ni ventiladores que hace que la oscuridad se sienta más densa.
—Las velas están en el cajón de abajo —dijo Sofía.
Se levantó a buscarlas. La escuché moverse en la penumbra y me puse de pie también, diciéndome que iba a ayudar. La encontré de espaldas, agachada frente al cajón de la mesada baja, y me coloqué detrás de ella sin pensar demasiado bien en lo que hacía. Puse las manos en sus caderas.
—Oye —dijo en voz baja.
No era una pregunta. Tampoco sonaba exactamente a rechazo. Era algo en el medio que decidí interpretar como lo segundo.
Le pasé las manos por la cintura sobre la tela de la remera. Ella se incorporó despacio sin darse vuelta. Yo acerqué mi cuerpo al suyo y apoyé la boca en su cuello. Sofía exhaló por la nariz con una lentitud que no era disgusto. Empecé a pasar una mano hacia la cintura de su pollera.
Y entonces sonó el timbre.
Mis padres habían vuelto antes de lo esperado. Sofía y yo nos separamos al mismo tiempo, como por reflejo. Ella fue a abrirles la puerta y yo me quedé en la cocina oscura tratando de regularizar la respiración.
Esa noche no dormí bien.
***
Las dos semanas siguientes fueron un extraño equilibrio. Sofía y yo no hablamos de lo que había pasado en la cocina, pero algo entre nosotros había cambiado de temperatura. Me miraba distinto durante el desayuno. Tardaba más de lo necesario en salir del baño cuando yo estaba en el pasillo. Bajaba a la planta baja con el short de dormir cuando antes siempre se cambiaba primero.
Yo la miraba y trataba de no mirarla demasiado. No siempre lo lograba.
El punto de quiebre llegó un sábado al mediodía.
Nuestros padres anunciaron que iban al supermercado y que tardarían un par de horas. Sofía estaba en el patio, tumbada boca abajo en la reposera, con un traje de baño entero de color rojo que le marcaba cada curva. Tenía el pelo mojado y los ojos cerrados. Las piernas ligeramente separadas.
Me cambié y salí al patio. Me senté en la otra reposera sin decir nada.
—¿Me ponés crema en la espalda? —dijo sin abrir los ojos.
Así, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Me arrodillé a su lado. Destapé el frasco y empecé por los hombros: despacio, pasando los pulgares por cada vértebra, bajando por los omóplatos hasta la curva de la cintura. Sofía no dijo nada. Respiraba lento, con los brazos cruzados bajo la cabeza. Cuando llegué al borde del traje de baño la sentí tensarse apenas y después relajarse.
—¿Nos metemos? —propuse.
—Dale.
Se tiró al agua antes que yo. Empezamos a nadar de un extremo al otro, a competir, a hacernos zancadillas bajo la superficie como cuando éramos chicos. Después ella se zambulló y en un segundo me bajó el short. Cuando saqué la cabeza del agua lo tenía en la mano, agitándolo sobre la superficie con una carcajada.
—Devolvémelo —le dije.
—Ni loca.
Me acerqué a ella. Ella retrocedió hacia el borde de la pileta riéndose todavía, y yo la alcancé y la tomé de los brazos. La risa se fue apagando. Nos miramos de cerca, sin agua entre los dos, y sin que ninguno de los dos hiciera nada para alejarse.
La besé.
Tardó un segundo en corresponderme, y después lo hizo sin dudar. Le tomé la cara con una mano y con la otra la rodeé por la cintura, pegando su cuerpo al mío bajo el agua. Sofía me tomó entre sus dedos y empezó a moverse con calma, con una seguridad que no esperaba de ella.
La tomé de los hombros y la guié hacia abajo. Sofía no dudó. Me tomó entre sus labios y lo hizo despacio, con atención, mirándome de tanto en tanto desde abajo. Tuve que apoyar la espalda en el borde de la pileta para no perder el equilibrio.
Cuando la levanté por los brazos ella ya sabía qué venía. La giré de cara a la pared. Le corrí el traje de baño hacia un costado y la penetré lentamente, sintiendo cómo su cuerpo cedía. Sofía apoyó los antebrazos en el borde y bajó la cabeza. Sus gemidos eran suaves, mezclados con el sonido del agua moviéndose alrededor de los dos.
Estuvimos así un buen rato. Yo aumentaba el ritmo y ella lo acompañaba. Todo era exactamente lo que había imaginado durante semanas, pero en algún momento de esa tarde empecé a querer más. Cambié el ángulo apenas.
Sofía se tensó entera. Me empujó hacia atrás con fuerza.
—Ni se te ocurra —dijo.
Salió de la pileta. Se ajustó el traje de baño y entró a la casa sin mirarme.
No me habló en todo el día.
***
Esa noche di vueltas en la cama durante horas. Repasé la tarde en la pileta, la sensación de su cuerpo contra el mío, el momento en que todo se cortó. Pensé en lo que quería y en que probablemente no iba a conseguirlo.
Pasada la una de la mañana, bajé a buscar agua.
La cocina estaba en penumbra. Solo la luz del pasillo se filtraba por la puerta entreabierta, dibujando un rectángulo amarillo sobre las baldosas. Llenaba el vaso cuando escuché pasos en la escalera.
Sofía apareció en el marco de la puerta.
Llevaba un short de lycra negro ajustado y una remera sin mangas. Los pies descalzos sobre las baldosas frías. El pelo suelto, medio revuelto de haber estado en la cama. Me miró fijo durante unos segundos sin decir nada.
—¿Por qué hiciste eso en la pileta? —dijo.
—Porque quería.
—Es una guarrada.
—Sí.
Hubo un silencio largo. Sofía se apoyó contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Yo esperé sin moverme.
—Estuve pensando —dijo finalmente.
No terminó la frase. En cambio, se dio vuelta, se acercó a la mesa de la cocina y se inclinó sobre ella apoyando los antebrazos. Me miró por encima del hombro.
No podía creer que estuviera viendo lo que estaba viendo.
—Pero despacio —dijo—. Y si te digo que pares, parás.
Me acerqué sin apuro. Le bajé el short hasta las rodillas y después la ropa interior. Le pedí en voz baja que abriera las piernas un poco y se aferrara bien al borde de la mesa. Sofía obedeció sin decir nada.
Empecé con los dedos, tomando tiempo, hasta que sentí que su cuerpo se aflojaba y su respiración cambiaba. Sofía apoyó la frente en el antebrazo y dejó escapar un sonido bajo que no era dolor. Seguí así, sin apurar nada, hasta que movió las caderas levemente hacia mí.
Cuando empecé a penetrarla lo hice muy despacio, deteniéndome cada vez que notaba tensión, esperando que se relajara antes de seguir. Al cuarto intento llegué hasta el fondo.
Sofía exhaló con fuerza y tensó los dedos alrededor del borde de la mesa.
—¿Bien? —susurré.
—Seguí.
Empecé a moverme con cuidado, atento a cualquier señal de su cuerpo. Sus gemidos eran distintos a los de la pileta: más profundos, más involuntarios, arrancados desde algún lugar que ella no controlaba del todo. De vez en cuando recordaba que mis padres dormían arriba y reducía el ritmo, y ella protestaba entre dientes diciéndome que no parara.
No paré.
Me incliné sobre su espalda para profundizar el ángulo y Sofía hundió la cabeza entre los brazos y empezó a gemir con más fuerza, así que le tapé la boca con la mano libre. Con la otra le tomé el pelo y le eché la cabeza ligeramente hacia atrás. Ella sacó mi mano de su boca casi de inmediato y siguió gimiendo en voz baja, controlándose, con los nudillos blancos alrededor del borde de la mesa.
Cuando terminé fue con la frente apoyada en su nuca y el aliento cortado. Me quedé quieto un momento, todavía dentro de ella, escuchando el silencio de la cocina.
Sofía tardó un minuto en incorporarse. Se subió la ropa sin apuro, se sirvió agua del mismo jarro que yo había dejado sobre la mesada y tomó un sorbo largo.
—Mañana no te hagas el que no pasó nada —dijo, y subió la escalera.
No me hice.
***
A partir de esa noche las cosas entre Sofía y yo cambiaron de nuevo, pero de una manera diferente. Era algo más silencioso, más calculado. Aprendimos a leer cuándo la casa quedaba realmente vacía, cuánto tiempo teníamos, qué excusa usar si alguien llegaba antes de lo esperado. Lo hicimos en el baño de la planta alta, en el altillo, una vez en la habitación de nuestros padres durante un fin de semana que ellos se fueron a visitar a unos tíos.
Cada vez era Sofía quien daba la señal. Nunca hablamos de lo que era ni de adónde iba.
Tampoco lo necesitamos.