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Relatos Ardientes

Confesión: aquel aviso a domicilio en el jacuzzi

Llamé al timbre con la caja de herramientas colgando del hombro y el papel con la dirección arrugado en la mano. El chalet quedaba al final de una calle tranquila, de esas en las que no se oye el tráfico aunque sea media tarde. Las persianas estaban a medio bajar y se filtraba música amortiguada desde algún punto del interior.

Me abrió un chico de poco más de veinte años. Apenas iba vestido: un pantalón de chándal blanco tan fino, corto y ajustado que se le marcaba todo de cintura para abajo. El resto del cuerpo era delgado, fibrado, bronceado del verano, con el pelo oscuro muy corto y unos ojos azules que se quedaron clavados en los míos sin disimulo.

No pude evitar repasarlo de arriba abajo, y él tampoco hizo el menor esfuerzo por disimular que estaba haciendo lo mismo conmigo. Mis piernas duras saliendo del vaquero recortado, los brazos marcados por la camiseta de tirantes, el vientre plano, el pecho ancho. Me sostuvo la mirada cuando llegó otra vez a la mía.

—Hola. Tenían un aviso. Un desagüe atascado.

—Ah, sí. Ven por aquí.

Lo seguí por un pasillo largo sin perder de vista cómo se le movían las nalgas dentro de aquel pantalón de tela imposible. Cualquier persona con ojos en la cara se habría fijado en lo mismo. Yo, además, llevaba media vida con esos ojos abiertos.

Me condujo a un baño enorme con dos lavabos, una ducha de obra y, al fondo, un jacuzzi de varios chorros que parecía sacado de un catálogo de revista. El supuesto desagüe atascado no iba a darme más de veinte minutos de trabajo, pero el chico se quedó sentado en la tapa del inodoro charlando conmigo, y yo decidí tomarme las cosas con calma.

Me dijo que se llamaba Damián. Le di mi nombre y le di la mano un segundo más largo de lo necesario. Él tampoco la retiró antes de tiempo.

—¿Estás solo en casa? —pregunté con el destornillador entre los dientes.

—De momento sí. ¿Es buena o mala noticia?

—Depende.

—Pues ahora mismo es buena noticia.

Aflojé la junta a propósito por el lado equivocado y dejé que un chorro de agua me empapara la camiseta de tirantes. No es algo que se me escape por accidente. Llevo demasiados años en esto como para mojarme sin querer.

—Vaya. Estaba más dura de lo que pensaba.

Damián se rió y me alargó una toalla pequeña de la balda.

—Quítate la camiseta y sécate, anda. No vayas a coger frío.

Con la temperatura que hacía en aquel baño, lo del frío era una excusa muy elegante. Me saqué la camiseta por la cabeza pasando bien cerca de él, dejé la prenda mojada sobre el borde del lavabo y me sequé el pecho y el cuello sin prisa. Él me miraba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el torso.

—¿Vas al gimnasio? —preguntó.

—No. Esto es lo que le hace al cuerpo cargar todos los días con herramientas y arrastrarse por debajo de los lavabos. Tú sí pareces de los que pisan el gimnasio.

—Nado. Tres veces por semana, en serio. El resto es genética, te lo juro.

Dobló un brazo para enseñarme el bíceps. No estaba presumiendo de músculo: estaba presumiendo de piel.

—¿Puedo tocar? —preguntó.

—Claro.

Le pasé la mano por el brazo, primero con suavidad, después apretando un poco. Él me puso la palma sobre los abdominales y siguió cada surco con la yema de los dedos, despacio, como si memorizara el camino.

—Estos los tienes muy bien.

—Gracias. Déjame terminar con el desagüe, anda. Lo demás, para después.

—Eso espero.

Sonreí sin levantar la vista. Me metí debajo del lavabo en una postura imposible y le pedí que me alcanzara una llave inglesa de la caja. Cuando me la tendió, sus dedos rozaron los míos un segundo de más. El tacto fue suave, casi sedoso, como si todo en aquel chico estuviera afinado para eso.

Volvió a los pocos minutos con dos latas de refresco en la mano. Al darme la mía, los dedos se nos engancharon otra vez. La suya debía de haberse agitado al traerla porque, en cuanto la abrió, la presión hizo saltar el líquido por todas partes. Nos empapamos los dos. Nos echamos a reír.

Él se pasó la mano abierta por el pecho extendiendo el refresco dulce sobre la piel bronceada. Luego se llevó un dedo a la boca y lo chupó despacio, mirándome.

—¿Puedo? —pregunté yo.

Y antes de que respondiera, pasé un dedo por su pecho, muy cerca del pezón, y me lo llevé a la boca. La barrera estaba rota. Me cogió la mano entre las suyas y se llevó ese mismo dedo, ahora mío, a la lengua para chuparlo también él.

Me acerqué un paso. Le puse una mano en la cintura, sobre la piel todavía pegajosa, y la otra en la mandíbula. Busqué su lengua con la mía. Estuvieron unos segundos jugando antes de meterse del todo. Noté la suya recorriéndome los dientes y yo le clavé la mía hasta donde alcanzaba. Sabía a refresco y a algo más: a piel caliente y a juventud.

Estaba sudado yo, pringoso él, y el jacuzzi al fondo del baño parecía un anuncio. Le bajé el chándal hasta los tobillos de un solo gesto. Le solté un azote suave en una nalga y se la noté apretada como una piedra.

—Hala. A la ducha.

Se giró para enseñarme el culo, bronceado del todo, y le solté otro azote igual de suave mientras lo seguía. Llenó el jacuzzi de agua tibia. Se sentó en el borde y empezó a desnudarme él a mí. Yo estaba de pie delante.

Me desabrochó el vaquero y me lo bajó despacio, acariciándome los muslos por el camino. Lo dejó caer y me libré de él de una patada. Las sandalias salieron en el mismo movimiento.

Llevaba un bóxer ajustado y la polla bien colocada hacia el lado derecho. La miró un instante. Después, sin usar las manos, agarró la goma del bóxer con los dientes y tiró hacia abajo. Cuando me quedó la prenda atrapada justo bajo el culo, acercó la cara y aspiró hondo por la nariz.

—Hueles a tío. A sudor.

—Tú hueles de maravilla.

Me incliné a besarlo y, mientras me agachaba, vi su polla apuntándome a la cara desde entre los muslos. No la había visto bien hasta ese momento. Estaba completamente depilado, los testículos suaves, la piel tan limpia que parecía recién tratada.

—Qué piel tienes.

La sostuve un rato entre los dedos, acariciándolo sin prisa, mientras nuestras bocas seguían pegadas. Él terminó de desnudarme sacándome el bóxer por los pies. Después me devolvió la caricia con calma. Descubrió que yo también me depilaba, salvo una tira que dejo justo encima del rabo.

Por fin nos metimos en el agua. Seguimos acariciándonos con gel, recorriéndonos las pieles húmedas, dándonos lengua, cruzándonos las pollas duras bajo la superficie. Le metí un dedo en el ano con el gel y el agua de ayuda. Estaba tenso, pero no se apartaba.

—No quiero hacerte daño.

—No me lo haces.

Primero un dedo. Después dos. Cada vez que se los metía me mordía un poco el labio o la lengua. Se giró dándome la espalda, dejándome el culo cerca y la nuca al alcance de la boca. Le mordí ahí mientras seguía dilatándolo. Me pasó el aceite de baño y le eché un buen chorro por la columna. Resbaló entre las nalgas y mis dedos se aprovecharon de la pendiente.

Después me lubricó él la polla, casi sin girarse, con la mano por entre los muslos. Apoyó mi glande justo donde había estado preparándolo con los dedos.

—Qué dura está. Despacio.

Empujé suave. No quería hacerle daño. Se la fui clavando sin parar hasta que la piel de sus nalgas me tocó la zona depilada de los muslos. Los dos soltamos el aire a la vez con un gemido cortado, idéntico, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en cómo sonarlo.

Y en ese preciso momento se abrió la puerta del baño.

***

El gemido debió de alertar a quien fuera. Entró una chica en tanga negro y camiseta corta, descalza, con el pelo oscuro hasta los pezones y unos ojos azules iguales a los de Damián. Demasiado iguales. Se quedó mirándonos como si la escena no la sorprendiera en absoluto.

—Hola, hermanito. Me parece muy mal que te diviertas tú solo.

Tardé tres segundos en procesar la palabra «hermanito». Tres segundos en los que Damián, conmigo todavía dentro, sonrió como si lo tuviera todo bajo control desde el principio.

—Acabamos de empezar —contestó.

—No me habías dicho que teníamos compañía tan agradable. ¿Quién es?

—Noelia, deja de decir bobadas y métete aquí —dijo él—. Por cierto: mi hermana.

Ella se acercó al jacuzzi sacándose la camiseta por la cabeza. Tenía los pechos pequeños y muy firmes, los pezones marcados por el frío relativo del pasillo. Cuando llegó a nuestro lado, me apartó la mano que yo tenía agarrada a la polla de su hermano y la sustituyó por la suya. Después se inclinó sobre mí y me besó como si me conociera de mucho antes. Lengua, dientes, saliva, todo a la vez.

Esto va a otra escala.

Con la mano libre tiré del lateral del tanga para intentar bajárselo. La prenda era tan endeble que se rompió sola entre mis dedos. Tiré el trapo al suelo, fuera del agua, y le metí los mismos dedos en la vulva. Estaba muy caliente, muy húmeda. La saliva del beso resbalaba por el cuello de ella y caía sobre la espalda de Damián, que seguía empalado encima de mí.

No iba a aguantar mucho más. No con lo que llevaba acumulado encima. Empujé otra vez dentro de Damián, marcando el ritmo, y me corrí ahí dentro, con su hermana mordiéndome el cuello y la palma de ella en mi escroto.

Noelia resultó ser tan morbosa como cualquiera de los tres. Cuando me la saqué del culo de Damián, se arrodilló entre los dos y le separó las nalgas a su hermano. Le pasó la lengua por el ano para limpiar lo que había quedado mío ahí dentro. Le acariciaba a la vez los testículos para que no perdiera la erección.

Nunca imaginé que me iba a tocar ver algo así, y menos protagonizarlo. Pero ahí estaba, sin poder apartar la vista. Damián, mientras tanto, se hizo cargo de mi polla. La aclaró un segundo bajo el chorro del jacuzzi y se la metió en la boca para terminar de exprimirla. Era imposible que se me bajara con esos dos delante.

—Ahora me follas a mí, hermanito —dijo Noelia cuando se levantó—. Y a ti te comemos entre los dos.

Era una organizadora nata. Hizo sentar a Damián en el escalón de la bañera, se montó encima de él de espaldas y me colocó a mí justo delante, de pie, con ella sentada a su altura y él detrás. La coreografía era evidente. Y la habían ensayado: eso lo entendí en cuanto empezaron a moverse.

Noelia se inclinó hacia mí. Empezó a comerme la polla con un nivel de detalle que solo da la costumbre. Chupaba los testículos, recorría todo el tronco con la lengua, se la tragaba entera. Damián, por detrás, me agarró el culo con las dos manos y empezó a lamerme primero, después a meterme dos dedos lubricados con el mismo aceite de antes. Yo gemía sin disimulo.

Se movían despacio, coordinados, sin perder el ritmo en mi cuerpo. Conseguían hasta encontrarse las lenguas debajo de mi perineo, rozándose entre ellos como si llevaran años haciendo exactamente esa figura.

Entre los dos lograron que volviera a ponérseme dura. Me corrí por segunda vez, esta vez en la boca de Noelia. Su hermano estaba más cerca y fue el primero con el que ella compartió mi leche en un beso. Yo llegué a tiempo de meter la lengua entre las suyas, todo mezclado, en un beso a tres del que no quiero contar más detalles. Para entonces ellos también se habían corrido: Damián, dentro de su hermana.

—Qué tres guarros somos —dijo ella, riéndose con la cabeza apoyada en el hombro de su hermano.

Y para entonces yo tenía que continuar la ruta del día. Me esperaba otro aviso a treinta minutos en coche que, desde luego, no iba a parecerse en nada a este. Me sequé con la toalla, recogí la caja de herramientas y dejé el desagüe arreglado de paso. Lo había arreglado, sí, en algún momento entre la primera lata y el primer beso.

Me quedé con las ganas de probar a Noelia a fondo, sin reservas. Lo dejamos pendiente. Lo dejamos pendiente y me llevé un número apuntado en una servilleta de papel, con la idea muy clara de repetir. Con más calma, esta vez. Mejor en una cama. Y, si me animaba, llevando conmigo a mi novia, que es tan morbosa como yo. Estoy bastante seguro de que la idea de pasar la tarde con dos hermanos así le va a encantar.

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Comentarios (4)

Nahuel_BA

Excelente relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, muy bien narrado

Sole22

Buenisimo!!!

JuanCruz88

jajaja ese "aviso" termino siendo muy diferente a lo esperado... tremendo

MarcelaSur

Quiero la segunda parte, no puede terminar ahi!! me quede con ganas de mas

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