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Relatos Ardientes

La novia de nuestro hijo nos cambió ese verano

El verano llegó con el calor pegado a la piel desde la mañana y la noticia de que Mateo traía a casa a su novia. Mi hijo de diecinueve años llevaba meses hablando de ella: Vera, estudiante de arquitectura en Madrid, nacida en Moscú, veinte años recién cumplidos. En las fotos del móvil tenía ojos claros casi grises, una sonrisa ligeramente torcida que parecía esconder algo, y ese aire de las personas acostumbradas a ser miradas sin moverse. Elena, mi mujer, escuchó el nombre veinte veces antes de que Mateo finalmente preguntara si podía pasar el verano en la casona de la sierra.

—Dos meses —dijo Mateo—. Julio y agosto. Os lo prometo, no da guerra.

Elena me miró de reojo. Yo me encogí de hombros.

—Mientras os portéis —respondí, sin saber muy bien qué quería decir con eso.

Elena sonrió de esa forma suya que siempre guarda un secreto.

Vera llegó un viernes por la tarde en el autobús desde Alicante. Maleta pequeña, vestido de lino color crema, sandalias planas. Besó a Mateo en la boca sin importarle que estuviéramos delante: un beso largo, tranquilo, con lengua, como si llevara años haciéndolo. Elena apretó mis dedos sin querer mientras los mirábamos desde el andén.

De vuelta a casa, Vera se instaló en el asiento del copiloto sin que nadie se lo indicara, puso los pies descalzos en el salpicadero y encendió la radio. Hablaba un español perfecto, con un acento que convertía las palabras más normales en algo vagamente exótico. Respondía a las preguntas de Elena con precisión y hacía pausas antes de hablar, como si escogiera cada frase.

Va a ser un verano interesante, pensé.

La primera noche lo supe con certeza.

Elena y yo estábamos tumbados en la oscuridad, con la ventana entreabierta y el olor a resina de los pinos, cuando empezamos a oírlos. No eran crujidos de cama ni golpes contra la pared: eran sus voces. La de Vera, baja al principio, ronca, mezclando español y ruso en frases que sonaban a órdenes. La de Mateo, respondiendo. Los gemidos llegaban perfectamente a través de las paredes finas de la casona.

—¿Los oyes? —susurró Elena.

No respondí. Claro que los oía.

Me di la vuelta hacia ella y la atraje hacia mí. Esa noche nos acostamos con una urgencia que llevábamos meses sin sentir, tapándonos la boca para no hacer ruido, escuchando los sonidos del otro lado del pasillo como si fueran la banda sonora de algo que ninguno de los dos quería apagar. Nos corrimos juntos y luego nos quedamos quietos en la oscuridad, sin decir nada.

A la mañana siguiente, Vera bajó tarde al desayuno. Solo llevaba una camiseta vieja de Mateo que apenas le llegaba a los muslos. Se sentó frente a mí, se sirvió café sin pedir permiso y cruzó las piernas lentamente. Cuando levantó la vista hacia mí, había algo en su expresión que no era inocente. Se lamió una gota de mermelada del labio inferior y no apartó los ojos de los míos mientras lo hacía.

Elena lo vio. Yo lo vi. Ninguno dijo nada.

***

A la tercera noche, Elena me propuso lo de la cámara.

Lo dijo directamente, mientras se cepillaba el pelo frente al espejo del baño.

—Quiero verlos.

La miré a través del reflejo.

—Elena…

—Ya lo sé. —Se encogió de hombros—. Pero quiero verlos.

Al día siguiente fui a una tienda de electrónica en Valencia y compré una cámara pequeña. La instalamos dentro de la estantería del cuarto de invitados, entre un diccionario y un jarrón de cerámica azul. El cable llegaba hasta nuestro dormitorio, donde conectamos el portátil sobre la mesita de noche.

Esa noche esperamos.

Vera entró a las once y cuarto. Encendió la lamparita de la mesita y se quitó la ropa con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo cómoda con su cuerpo. Era delgada, de pechos pequeños y firmes, los pezones oscuros ya erectos. Se sentó en el borde de la cama y esperó, con las manos sobre los muslos.

Mateo llegó dos minutos después. Se quitó la camiseta de un tirón. Vera lo tomó por las caderas, lo empujó suavemente hacia atrás y se arrodilló en el suelo. Lo tomó con las dos manos primero, apretó despacio, y luego se lo metió en la boca hasta la garganta sin apartar los ojos de su cara. Mateo le agarró el pelo con los dedos y ella dejó que lo hiciera, marcando el ritmo con la cabeza, con ruiditos húmedos que llegaban perfectamente por el altavoz del portátil.

Elena soltó un sonido muy bajito a mi lado y me metió la mano dentro del pijama.

—Mírala —susurró—. Qué bien se lo hace.

Yo ya llevaba rato duro. Elena se colocó encima de mí, mirando la pantalla por encima de mi hombro, moviéndose despacio mientras en la imagen Vera chupaba a Mateo con ansia, dejando que la saliva le resbalara por la barbilla. Luego Vera se tumbó boca arriba, abrió las piernas hasta el límite y le guió la cabeza de Mateo hacia abajo.

—Fóllame como él a ella —me pedía Elena al oído, clavándome los dedos en el muslo—. Más fuerte.

La embestí desde atrás mientras mirábamos cómo Mateo se incorporaba y la penetraba. Vera arqueó la espalda y agarró las sábanas. Elena se tapó la boca con el dorso de la mano para no gritar. Nos corrimos casi al mismo tiempo que ellos, apretados el uno contra el otro en silencio, respirando fuerte con la cara escondida en el cuello del otro.

***

Aquello se convirtió en ritual.

Todas las noches, a las once y pico, los dos estábamos frente al portátil. A veces Elena se ponía de espaldas a mí y miraba la pantalla mientras yo la sujetaba por las caderas. Otras veces era yo quien la veía de perfil mientras se montaba encima, siguiendo el ritmo que marcaba Vera en la imagen. Decíamos cosas que nunca nos habíamos dicho en veintitrés años de matrimonio. Cosas concretas, sucias, en voz muy baja, dichas contra la oreja del otro.

El deseo nos había devuelto algo que no sabíamos que habíamos perdido.

De día, los cuatro convivíamos con normalidad aparente. Desayunábamos juntos, salíamos a la playa, cenábamos en la terraza. Vera era agradable, inteligente, directa. Hacía reír a Elena. A mí me miraba a veces un segundo más de lo necesario, con esa sonrisa levemente torcida.

Una noche de finales de julio, todo cambió.

Estábamos mirando la pantalla como siempre cuando, después de hacerlo, Vera se acercó a la oreja de Mateo y le habló durante un buen rato. Él se rio primero, nervioso. Luego escuchó. Luego miró directamente hacia la estantería.

Directo a la cámara.

Y sonrió.

A Elena se le cortó la respiración. A mí el corazón me dio un golpe seco en las costillas.

Apagamos el portátil sin decir nada y nos quedamos tumbados en la oscuridad durante un buen rato.

—Saben que miramos —dijo Elena al final.

—Sí —respondí.

Ninguno de los dos durmió bien esa noche.

***

Al día siguiente, Vera estaba en la cocina cuando bajamos a desayunar. Solo llevaba una camiseta larga y el pelo recogido. Se movía con la calma de siempre, como si nada hubiera pasado.

Cuando se giró hacia mí, con la taza de café en la mano, dijo:

—Sé que tenéis una cámara en mi cuarto.

Elena dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—No os estoy recriminando nada —siguió Vera, sin alterar el tono—. Al contrario. Me gusta. Me pone mucho saber que estáis al otro lado viéndonos.

Hubo un silencio. El tipo de silencio que llena toda la habitación y no deja espacio para nada más.

Vera se apoyó en la encimera y nos miró a los dos, despacio, de uno al otro.

—Mateo me ha contado cosas de vosotros —dijo—. Lo que hacéis mientras nos veis.

Elena no respondió, pero tampoco apartó los ojos de ella.

—¿Y qué propones? —pregunté yo.

Vera dejó la taza, se separó de la encimera y se encogió de hombros con la naturalidad de quien cambia los planes de la cena.

—Esta noche dejamos la puerta abierta.

***

Esa noche Elena y yo esperamos en nuestra habitación hasta las once.

—No tenemos que hacer nada —dije.

—Ya lo sé —respondió ella.

A las once y cinco, fuimos al cuarto de invitados.

La puerta estaba abierta de par en par. Vera estaba apoyada en el cabecero con las rodillas dobladas. Mateo estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba la excitación con algo más difícil de nombrar. Ninguno de los dos había apagado la lamparita.

—Entrad —dijo Vera.

Elena entró primero. Se quitó el camisón con un movimiento lento y lo dejó caer al suelo. Tenía cuarenta y cuatro años y un cuerpo que el tiempo había tratado bien: pechos grandes, pezones ya duros, la cintura firme. Vera la miró con atención durante un momento.

—Mateo tenía razón —dijo.

Gateó hasta ella, le lamió un pezón y luego el otro, mirándome a mí todo el tiempo. Elena cerró los ojos un segundo y luego los abrió y me buscó desde la cama.

Yo me había quedado parado en el umbral sin poder moverme. Mateo se acercó y me palmó el hombro.

—Venga, papá —dijo en voz baja.

Me desnudé. Vera dejó a Elena y vino hacia mí gateando por la cama. Me agarró con las dos manos, apretó despacio para calibrar, y luego me metió en la boca hasta la garganta sin apartar los ojos de los míos. Detrás de mí, Elena soltó un gemido ronco. Me giré y la vi tumbada junto a Mateo, que le besaba el cuello, los pechos, el vientre, bajando despacio con la boca.

—Ven —le dijo Elena a nuestro hijo con una voz que yo no le había oído nunca en veintitrés años.

Mateo se colocó entre sus piernas y la penetró de un solo empujón. Elena soltó un grito largo, de placer y de sorpresa a la vez. Yo miré cómo mi hijo follaba a mi mujer y sentí que se me ponía aún más dura dentro de la boca de Vera.

Vera se separó de mí, se puso a cuatro patas en la cama y me miró por encima del hombro.

—Entra despacio —pidió.

Entré despacio. Estaba húmeda y caliente y se apretó en torno a mí desde el primer segundo. Al lado, Elena tenía a Mateo encima, con las piernas enredadas en su cintura, sin dejar de mirarme. Jadeaba con la boca contra su cuello y a veces levantaba la cabeza y me buscaba los ojos.

—No pares —me dijo Elena.

No paré.

Vera empezó a hablar, mitad en ruso mitad en español, diciendo frases que sonaban a órdenes y que hacían que fuera imposible contenerme. Cambiamos de posición sin pensarlo demasiado. Vera se tumbó sobre Elena y las dos se enredaron. Mateo y yo nos quedamos quietos un momento, mirándonos.

—Joder —fue lo único que dijo.

Vera estiró un brazo hacia atrás y me tiró de la cadera.

—Aquí —dijo.

Me puse detrás de ella. Elena me miró desde abajo, con los ojos brillantes y los labios entreabiertos. Le acaricié la cara con la mano y ella me la sujetó.

Vera se corrió primero, con un grito ronco y una frase entera en ruso que nadie tradujo. Se clavó las uñas en las sábanas y apretó los muslos. Elena poco después, mordiéndole el hombro a Vera y apretándome la mano con fuerza, susurrando mi nombre una sola vez. Mateo terminó sobre el vientre de Elena, jadeando, con la frente apoyada en su clavícula. Yo salí de Vera en el último momento y me corrí sobre su espalda, sujetándola por las caderas, incapaz de articular nada.

Nos quedamos los cuatro tumbados en la cama, sudorosos, en silencio.

Vera fue la primera en hablar, con la voz ronca y un hilo de satisfacción que lo teñía todo.

—Mañana quiero que las chicas miremos vosotros —dijo—. Que hagáis el espectáculo.

Elena se rio. Una carcajada real, suelta, de las que salen solas sin que nadie las convoque.

—Hecho —dijo.

Y eso fue solo la tercera semana de julio.

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Comentarios (5)

PatricioZ

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!! me quede con ganas de mas

Cintia_Mx

Por favor necesito una segunda parte. Me dejó muy intrigada con todo lo que se va insinuando. Tremendo.

VeroF_25

excelente!!!

nocturno77

jaja ese final no me lo esperaba para nada, me mató. Muy bien llevado todo

Mariana_ok

Que situación tan extraña y excitante al mismo tiempo... me imagino perfectamente esa atmosfera de verano. Muy buen relato.

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