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Relatos Ardientes

La tarde que mi hijastra dejó de ser una niña

Estas cosas le pueden pasar a cualquiera, hasta al hombre más cabal del barrio. Yo siempre me consideré una persona honrada, de esas que duermen tranquilas. Pero uno está hecho de carne y hueso, no de mármol. Voy a contar lo que sucedió aquella primavera para que se entienda por qué hoy no puedo cruzarme con cierta mirada sin sonrojarme.

Mi pareja anterior, Soraya, vino a vivir conmigo cuando su hija Camila tenía cinco años. Estuvimos juntos algo más de trece. Nos llevamos siempre bien, sin secretos, compartiendo cada cuenta y cada conversación. Cualquiera que haya convivido sabe que el truco está en aceptar las manías del otro, y eso intentamos hacer todo el tiempo.

Yo fui paciente con la niña: con sus carreras por el pasillo, con los cuadros que tumbaba en sus juegos, con el ordenador que tomaba prestado para los trabajos del colegio. La crié casi como propia, aunque nunca le pedí que me llamara papá. La traté con cariño y respeto, y durante años eso me bastó.

Cuando Camila cumplió los dieciocho, Soraya tuvo que mudarse a Granada para cursar un máster en Economía. Le ofrecieron una beca demasiado buena para rechazarla. No fue una época sencilla para mí: la casa se sintió enorme y el silencio, denso. Mantuve mis rutinas como pude, entre ellas llevar a la chica al instituto cada mañana y prepararle algo de comer cuando volvía.

Una tarde de marzo, mientras leía el periódico en el salón, escuché la puerta del baño abrirse. Camila salió de la ducha sin nada encima, pensando quizá que yo estaba en el balcón fumando. Tropezó con el borde de la alfombra del pasillo y cayó al suelo. Por instinto me levanté y corrí a ayudarla.

—¿Estás bien? —pregunté, ofreciéndole la mano.

—Sí, qué tonta —respondió, riendo nerviosa.

Fue en ese instante cuando descubrí que ya era una mujer. Como hombre, no pude evitar sentir un tirón en el bajo vientre. Lo disimulé como pude, pero admito que la miré de reojo. Tenía los pechos firmes y redondos, con las aréolas pequeñas y rosadas. Llevaba el sexo recortado, apenas una franja oscura sobre la vulva. Los labios asomaban algo más prominentes de lo que esperaba. Todo duró un segundo, y aun así me bastó para excitarme. Le di la espalda enseguida.

—A partir de ahora sales vestida del baño, Camila. ¿Estamos?

El incidente quedó allí, en apariencia. Yo regresé al periódico y ella desapareció en su habitación. Pero esa misma noche, mientras cenábamos macarrones, me preguntó por qué me había puesto tan serio.

—Ya eres una mujer. No está bien que andes desnuda por la casa.

Como pude, le expliqué que yo era humano, que el cuerpo reacciona aunque la cabeza no quiera, y que prefería evitar situaciones incómodas. Ella se rio a carcajadas, dijo que vaya tontería, que de todas formas eso no tenía nada de malo.

No supe muy bien cómo encajar su reacción. Aparentemente lo dejó pasar, pero después hizo algo que me desconcertó: se levantó y volvió de la cocina con dos latas de cerveza, que puso sobre la mesa con una sonrisa lenta.

—Si ya somos adultos, podemos beber alcohol, ¿no?

Una jugada lista. No pude más que asentir. El alcohol nos soltó la lengua a los dos. Me preguntó si alguna vez le había sido infiel a su madre. Le dije que no, por supuesto.

—¿Por qué me preguntas eso?

—No sé… Tú no eres mi padre verdadero. Los hombres a veces hacen cosas, ¿no?

—Algunos sí. Pero no es mi caso.

Ella me confesó algo que me dejó frío: que nunca había estado con un chico, que sus amigas hablaban de sexo todo el rato y ella no entendía la mitad. Lo único que hacía, contó bajando la voz, era frotarse contra la almohada y meterse los dedos cuando estaba sola. Quería aprender, dijo. Quería entender de qué hablaba todo el mundo.

—Ten paciencia. Ya conocerás a alguien.

Tomó otro sorbo y me sostuvo la mirada.

—¿Y por qué no ahora? —dijo, y deslizó las yemas de los dedos sobre la blusa, justo encima del pecho.

Yo no daba crédito. Me agarró con la guardia baja. No llevaba sujetador y los pezones se le marcaban contra la tela. La camisa se le subió un poco al moverse y dejó al descubierto la curva del costado. Bajó la otra mano hacia su entrepierna, ocultando lo que hacía detrás del borde de la mesa. No hacía falta verla: yo sabía perfectamente lo que estaba pasando.

Se quitó la camisa con un movimiento limpio y la dejó caer al suelo. Se levantó y bajó el pantaloncito de algodón hasta los tobillos. Quedó en bragas blancas, tan finas que se transparentaba la sombra del vello. Algunos pelillos rebeldes asomaban por los costados de la tela. Yo la miraba petrificado. La mesa cubría mi erección.

—Sabes que no puedo hacer eso, Camila.

—Pero yo sí —contestó—. Ya te he visto, ¿sabes?

—¿Cómo que me has visto?

—Te he visto duchándote. Y a veces te he visto haciéndolo con mamá. Voy de puntillas hasta vuestro cuarto y empujo la puerta poco a poco. —Se llevó la mano a la boca con una risita traviesa—. Sé que ella no te deja metérsela por detrás. Yo te vi intentándolo más de una vez.

Mi erección era ya indisimulable y el corazón me golpeaba la garganta. Bebí un trago largo de cerveza para ganar tiempo.

—Camila, eso es íntimo. No deberías espiar.

Volvió a reírse. Seguía de pie, descalza sobre las baldosas, acariciándose las bragas con la punta de los dedos. Se pellizcaba un pezón mientras me miraba. Era imposible apartar la vista.

—Yo soy más abierta que ella —dijo, con una chulería que no le había visto antes.

—¿Más abierta cómo?

—Más. Quiero probarlo todo. Y quiero que me ayudes tú. Que me enseñes a disfrutar sin tabúes.

—Estás loca. Ya te he dicho que no puedo hacer eso.

—No diré nada, te lo juro —insistió bajando la voz—. ¿Qué te cuesta?

Se acercó descalza, se sentó a horcajadas sobre mis piernas y me rodeó el cuello con los brazos. Intentó besarme. Yo no sabía qué hacer. Por más que quise evitarlo, mi pene se le clavaba a través del pantalón, justo entre las nalgas. Ella presionaba sus pechos contra mi camisa y balanceaba las caderas en un movimiento lento, deliberado, que aumentaba la fricción. La barrera se me derrumbó por dentro de golpe. La rodeé con los brazos y le devolví el beso. Nuestras lenguas se buscaron.

—Es suave —murmuró.

—Sí, mucho. Y tú más todavía.

—Otra vez —pidió juguetona, y nos besamos de nuevo, lento, mordiendo apenas.

Ya no hay vuelta atrás, pensé.

Recorrí su cuerpo con las yemas de los dedos. Le acaricié los pechos, le mordisqueé el lóbulo de la oreja, le bajé la mano hasta la braguita, que estaba caliente y mojada al tacto. Con disimulo me llevé los dedos a la nariz. Su olor me cortocircuitó la cabeza por completo.

—Me gusta cómo me tocas —susurró.

Se mecía contra mi mano y empezaba a soltar pequeños gemidos. Era irresistible. Quizá lo hacía a propósito, pero ya no importaba. La levanté en brazos sin pensarlo y la coloqué tendida sobre la mesa de la cocina. Por un instante estuve a punto de detenerme. No podía creer lo que estaba pasando. Y aun así me incliné sobre ella y comencé a devorarla: le besé el cuello, le mordisqueé la clavícula, le lamí los pechos, le chupé los pezones hasta dejarlos firmes.

—Ay, qué rico —respiraba agitada.

Le besé el ombligo y su cuerpo se contrajo. Soltó una risilla.

—¡Me hace cosquillas!

Le quité las bragas con un tirón suave y me las llevé un segundo a la nariz. Aspiré despacio.

—¿Qué haces? —preguntó sorprendida.

—Nada.

—Dímelo —insistió—. ¿Por qué hiciste eso?

—Es por el olor. A los hombres nos vuelve locos.

Le abrí las piernas con cuidado y me quedé mirando su sexo, los labios rosados que asomaban entre el vello recortado. Acerqué la cara y se lo olí lentamente, como si pudiera embotellarlo. Cualquier resto de barrera moral se desintegró ahí mismo. Empecé a saborearla. Los gemidos de Camila ya no eran provocaciones: eran involuntarios.

Sus caderas comenzaron a moverse arriba y abajo. Le abrí más las piernas y le succioné los labios, ya hinchados, ya rojos. Le mordí las nalgas duras, las separé y le pasé la lengua por el ano cerrado. Se estremeció de pies a cabeza.

—¡Eso no es la vagina! —exclamó entre risas.

—¿No te gusta?

—Sí… mucho.

Seguí ahí. Después empapé dos dedos en saliva y los hundí despacio en su sexo. Estaba empapada. Los moví adentro y afuera, buscando el ritmo de su respiración.

—Ay…

—¿Te gusta?

—Sí…

Aumenté la velocidad y rocé con las yemas la pared de adelante. Me incliné sobre ella sin dejar de penetrarla y comencé a chuparle el clítoris. Su cuerpo se sacudía cada vez con más fuerza.

—Joder, qué pasada. Sigue, sigue…

Continué hasta que las contracciones la doblaron por la mitad. Camila se llevó la mano a la boca para ahogar un jadeo largo. Apretó los muslos contra mi cabeza, atrapándome, muerta de gusto. Cuando su cuerpo se calmó, paré. Tenía la frente perlada de sudor y respiraba como si hubiera corrido.

—Joder… —fue todo lo que dijo.

***

La senté en el borde de la mesa, le tomé la cara entre las manos y la besé. Después le hice un gesto.

—Ven, siéntate en la silla.

Yo me puse de pie, me bajé el pantalón y los calzoncillos y me subí a la mesa, ofreciéndole mi erección a la altura de la boca.

—Te toca a ti. Haz lo que te apetezca.

Miró mi pene un poco desconcertada, como si fuera un objeto nuevo. Lo acarició con las yemas. Me hizo gracia su curiosidad. Acercó la cara, lo olfateó un segundo y arrugó la nariz.

—Qué raro huele —dijo, y por la sonrisa supe que no le desagradaba.

Sacó la lengua y empezó a lamerlo de abajo arriba, como si fuera un helado. Le daba besitos al glande, a veces succionaba la punta como si fuera un caramelo. Después de un rato le puse la mano en la nuca y la atraje un poco.

—Métetela en la boca.

Empezó a chupar con los ojos abiertos, como asombrada de su propia osadía. Después los cerró y comenzó a mover la cabeza, despacio.

—¿Así? —preguntó levantando la mirada.

—Así, perfecto. Sigue.

Le fue cogiendo confianza. Rodeaba el glande con la lengua, jugaba con el orificio, bajaba a los testículos cuando se lo pedía. De la pura excitación me agarré yo mismo y le di golpecitos en los labios y en las mejillas. Le puse la mano en la base.

—Pajéame mientras me lames.

Lo hizo durante varios minutos hasta que se detuvo y, mirándome desde abajo, soltó:

—Quiero ver cómo sale.

Sus palabras me electrizaron entero. Bajé de la mesa y le pedí que se arrodillara en la alfombra. Le presenté el pene a la altura de la boca.

—Chúpamela ahora muy seguido.

Empecé a moverme acompañando el ritmo de su cabeza, atrayéndola con la mano. La saliva se le escurría por la comisura de los labios. De vez en cuando la sacaba para respirar y la lamía de abajo arriba. Yo se la tomaba en la mano y se la pasaba por toda la cara. Cuando lo hacía, ella levantaba la vista buscándome los ojos, con esa curiosidad nueva de descubrir lo que le gustaba a un hombre.

Continuó así hasta que sentí el orgasmo subir por las piernas. Los primeros chorros la pillaron desprevenida. Soltó un quejido de sorpresa, abrió la boca, sacó la lengua. Yo me agarré y seguí masturbándome con la mano. Le caí en la mejilla, en la nariz, en el pelo recogido sobre la frente. Algunas gotas le bajaron al cuello.

Quedó impresionada, casi orgullosa. Con los dedos se restregó las gotas que le habían caído sobre los pechos, como si jugara con un descubrimiento. Yo me apoyé en la mesa, sin aire, sin terminar de creérmelo.

—Sentí un chorro en la garganta —dijo sonriendo—. ¡Sabe dulce! —Y se chupó los dedos.

Me incliné, la levanté del suelo y le aparté un mechón pegado a la cara. La besé en la boca, larga, como cerrando algo.

—Ha sido fantástico —le dije—. ¿Te gustó?

Asintió con la cabeza, todavía sin respiración del todo.

—Pues este será nuestro secreto. Nadie puede saberlo. Recuérdalo siempre.

—Claro que sí —contestó—. Pero… ¿me seguirás enseñando?

La besé en la mejilla, despacio.

—Sí. Anda, ve a ducharte.

Recogió la ropa del suelo, contenta, y salió descalza hacia el baño dando saltitos. Admiré una vez más su cuerpo joven mientras se alejaba por el pasillo. Hay tipos con suerte, pensé.

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Comentarios (7)

Raul_lector

Tremendo!! Me dejo con ganas de mas, ojala haya continuacion

Patricio_85

Muy bien narrado, la tension del relato es increible. Seguí publicando por favor!

Chucho85

excelente relato, de lo mejor que encuentro por aca ultimamente

MarcelaRo

No suelo comentar pero este me atrapo desde la primera linea. Muy bueno, esperando mas relatos tuyos :)

BernarDo_K

La forma en que describe la situacion es muy convincente, se siente real. Hay segunda parte?

GusLector

se hizo cortisimo!!! quiero mas

Karen931

Me encanto el ritmo con que esta escrito, fluye muy bien y no te deja soltar. Felicitaciones

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