Lo que descubrí en mi cama después del temblor
Lo cuento ahora porque ya pasaron muchos años y todavía no sé cómo seguir mirando a mi madre a la cara cuando nos juntamos a comer. Pasó en una cabaña en la cordillera, durante esas vacaciones de verano que mi familia repetía cada enero. La casa era enorme, perdida entre pinos, sin vecinos a la vista en kilómetros y con la única luz que llegaba del generador a nafta del fondo.
Ese fin de semana habíamos hecho una fiesta con mi hermano Andrés, su mujer Carolina, dos amigos del barrio y mis viejos. Empezamos a tomar después del asado y a las dos de la mañana ya nadie estaba sobrio. Mi madre se había escapado a la casa del vecino —un jubilado viudo que la invitaba seguido a tomar pisco— y mi padre se había desplomado en el sillón con la última copa todavía en la mano.
Andrés y Carolina venían peleados desde el almuerzo. Carolina lloró, Andrés gritó, ella se encerró en la pieza del medio y él se fue a dormir a la galería con un saco de campamento. Mis amigos cayeron tirados en los sofás del living, uno boca abajo, el otro hablando solo. Yo me arrastré hasta la pieza del fondo, la más alejada, y me dejé caer en el colchón con la ropa puesta.
Acá tengo que confesar algo que llevo guardado hace años. Carolina, mi cuñada, me trastornaba. Tendría unos cuarenta entonces, dos hijos ya criados, un cuerpo grueso y suave que llenaba los vestidos de verano. Tenía esos muslos firmes que se le marcaban cuando se sentaba, y unas tetas grandes que no necesitaban sostén caro para verse bien. Cada vez que se agachaba a servir el mate, yo no sabía adónde mirar.
Esa noche, con el cuerpo caliente por el alcohol, fantaseé con que ella viniera a buscarme. Estaba peleada con mi hermano, ebria, sola en una pieza al otro lado del pasillo. Las paredes de la cabaña eran finas. El bosque alrededor no dejaba pasar ni una luz. La pieza estaba completamente a oscuras, una oscuridad densa que nunca había visto en la ciudad.
Me estaba quedando dormido cuando escuché la puerta abrirse. Un crujido lento, pasos torpes, el ruido de alguien chocando contra la cómoda. No vi nada. Una mano tanteó la cama, encontró las sábanas, y sentí un peso hundir el colchón a mi lado.
—¿Quién es? —pregunté en voz baja.
No hubo respuesta. Solo una respiración pesada, con olor a licor barato y a perfume dulce. La mujer se acomodó dándome la espalda y, en menos de un minuto, ya estaba dormida. Llevaba el vestido puesto, las medias, todo. No me había tocado, no me había hablado. Solo se había metido a mi cama porque sí.
Yo estaba seguro. Era ella. Era Carolina, escapando de la pieza donde Andrés roncaba, buscando un refugio caliente. Mi cabeza armó la historia entera en dos segundos: estaba ebria, peleada, sabía que yo dormía solo, y vino a propósito.
No la voy a despertar todavía. La dejo dormir un rato. Después.
Me costó esperar. Tenía la verga tan dura que me dolía contra el calzoncillo. La oí respirar profundo, segura, y empecé a moverme despacio. Le pasé una mano por la cintura. Era ancha, generosa, justo como me la había imaginado tantas veces. Subí la palma hasta el pecho y, sobre la tela del vestido, le apreté una teta. Era enorme. Llenó la mano y todavía sobraba.
Ella gimió bajito, sin despertar del todo. Eso me terminó de calentar. Le bajé el escote y le saqué un pecho. El pezón se paró entre mis dedos, ancho y duro como un dedo más. Me incliné y se lo metí en la boca. Lo chupé largo rato, con los ojos cerrados, oyéndola jadear bajo en sueños.
—Sabía que ibas a venir —murmuré sin pensar.
Ella no contestó. Solo se removió, abriendo un poco las piernas. Le bajé la bombacha hasta los tobillos. Estaba mojada. Mojada de verdad, no esa humedad fingida que a veces uno se inventa; tenía la concha empapada, peluda, gruesa. Le pasé los dedos por encima y se le escapó un quejido más fuerte.
Me saqué los pantalones del pijama y la di vuelta para que quedara boca arriba. Le abrí las piernas y me hundí en ella de una sola vez. Estaba apretada y tibia, con un olor fuerte, a mujer madura, que me terminó de nublar el cerebro. Le clavé la cara en el cuello mientras la cogía despacio, sin hacer ruido, controlando cada empuje para no despertarla del todo.
Estuve así diez minutos. Sin condón, sin pensar, dejándome llevar por la idea de que esa mujer era mi cuñada y que esa noche iba a ser mía y de nadie más. Cuando sentí que iba a venirme antes de tiempo, paré. La di vuelta otra vez. La puse boca abajo, le levanté las caderas y me arrodillé entre sus piernas.
***
Su culo era grueso, redondo, con esa carne firme de mujer madura que ningún ejercicio reproduce. Le separé las nalgas y le pasé la lengua por el medio. El sabor era amargo, sucio, animal. Le chupé el ano largo rato hasta que la oí gemir más fuerte, todavía con la cabeza hundida en la almohada, atrapada entre el sueño y el alcohol.
Le metí dos dedos en la concha mojada y los moví hasta que se le aflojó del todo. Después los saqué y me los pasé por la verga para usarlos como lubricante. Apunté al hoyo apretado y empujé despacio. Ella se tensó. Yo seguí. Centímetro a centímetro la fui abriendo hasta que entré entero.
—Quieta —le susurré al oído.
Le agarré las caderas y empecé a moverme. Estaba apretada como nunca había estado en otra mujer. Le mordí la nuca, le chupé el cuello, le metí la mano debajo del vestido para apretarle de vuelta las tetas. Ella gemía bajito, sin despertar del todo, una mezcla de sueño profundo y borrachera total que la mantenía en un estado a medio camino entre dormir y soñar.
No duré mucho. La idea de estar cogiéndome a mi cuñada en la cabaña, mientras mi hermano roncaba al otro lado del pasillo, me terminó. Le clavé las manos en las caderas y me vine adentro tratando de no hacer ruido. Ella suspiró largo, como si por fin se rindiera, y se quedó quieta otra vez.
Me acosté a su lado, sudado, pegado a esa espalda ancha y caliente. Pensé en pedirle que volviera a su pieza antes de que amaneciera, pero no me salió la voz. Me quedé escuchando su respiración, todavía con la verga blanda contra su muslo, sintiéndome el rey del mundo.
Pasó como una hora. Yo no terminaba de dormirme. Empecé a calentarme de nuevo. La idea de que estaba ahí, de que era mía esa noche, de que podía hacer lo que quisiera, no me dejaba descansar. Le busqué la cara con la mano. Le pasé los dedos por los labios. Tenía la boca floja, abierta apenas. Me arrodillé al lado de la cama y le acerqué la verga.
—Abrí —le pedí, sin esperar respuesta.
Le metí el glande entre los labios. Ella reaccionó por instinto, succionando despacio, casi sin fuerza. Era una mamada de borracha, blanda, sin técnica, pero a esa altura cualquier cosa me prendía. La agarré del pelo y empecé a moverme yo, despacio, cuidando de no ahogarla. Sentí que se me escapaba otra vez. Saqué la verga de su boca y, apoyándole una mano en la mejilla, terminé sobre su cara. Le cayó todo: en la frente, en el pelo, en la boca abierta.
Volví a acostarme. Cerré los ojos. Pensé que en cualquier momento ella se iba a despertar y se iba a ir a su pieza antes de que se hiciera de día.
***
Y entonces tembló la tierra.
No fue un temblor cualquiera. Fue uno de esos de los que se hablan por años, de esos que dejan grietas en las paredes y árboles caídos en la ruta. La cabaña se sacudió como si alguien la levantara y la dejara caer. Las puertas batían solas. Los vidrios reventaban en la cocina. Algo grande se desprendió del techo del living. La oscuridad seguía siendo total, pero ahora con el ruido espantoso de la madera rajándose y los pinos del bosque chocando entre ellos afuera.
Salté de la cama desnudo, sin pensar. Tropecé con el marco de la puerta, salí al pasillo, choqué con alguien. Era mi hermano Andrés. En camiseta y calzoncillos, gritando preguntas que yo no entendía. Detrás venían mis amigos, los dos completamente despelotados de borrachera, sin saber para qué lado correr.
Y al final del pasillo, sosteniéndose del marco de la puerta, llorando a los gritos, estaba Carolina.
Carolina. Mi cuñada. Vestida con su camisón, despeinada, asustada, con el rímel corrido por las lágrimas. No había salido de mi cama. Nunca había estado en mi cama. Había salido de la pieza donde había dormido sola toda la noche.
El temblor seguía. Yo no entendía nada. La miré como si fuera un fantasma. Algo dentro de mí se empezó a apagar, despacio, mientras una pregunta sin nombre me crecía en la garganta.
Si Carolina está acá, en el pasillo, ¿quién carajos está en mi cama?
Volví a mi pieza casi a los tropezones, agarrando una vela del aparador. La encendí con manos temblorosas mientras los vidrios seguían cayendo en la cocina. Empujé la puerta. La luz amarilla iluminó el cuarto a medias.
La mujer seguía ahí. Boca abajo en mi cama, todavía dormida, con el vestido subido hasta la cintura y el pelo enredado sobre la almohada. La luz de la vela le pegó en el costado de la cara. Reconocí el perfil. Reconocí el lunar bajo la oreja. Reconocí la cadena con la cruz que yo mismo le había regalado para su cumpleaños hacía dos años.
Era mi madre.
Borracha, dormida, con la cara y el pelo cubiertos de mi semen. Con el vestido roto en el escote y la marca de mis dedos todavía caliente en las caderas.
Me caí de rodillas sin soltar la vela. Por la ventana entraba el ruido del bosque desarmándose y, encima de todo, los gritos de mi hermano llamándome desde el pasillo. Yo no podía contestar. No podía moverme. Solo podía mirar a la mujer que me había parido, dormida en mi cama, y entender que esa noche ya no se iba a ir nunca de mi cabeza.