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Relatos Ardientes

Lo que mami me pidió a cambio del viaje al Caribe

En los círculos de gente bien siempre hay una palabra para chicas como yo: «princesa». Significa que tu padrastro tiene una empresa con sucursales en cuatro países, que tu madre se cambia el vestido tres veces al día y que tú pasas las mañanas en el club y las tardes decidiendo si Tulum o Mikonos. Significa, también, que nadie te ha dicho nunca que no.

Hasta aquella tarde de marzo.

Estábamos almorzando en el patio de la mansión, bajo la pérgola que mamá había hecho traer de Bali. Damián, mi padrastro, leía un informe en su tablet con esa media sonrisa que siempre ponía cuando las acciones le subían. Helena, mi madre, removía la ensalada con elegancia robótica. Y yo, Renata, hacía planes en voz alta.

—Las chicas y yo queremos ir a Cayo Levantado en julio —dije, sin levantar la vista del teléfono—. Son diez días, todo incluido. ¿Me pasas los pesos antes del fin de semana, papi?

El silencio que siguió no cuadraba con la rutina. Damián cerró la tablet despacio. Helena bajó el tenedor.

—De eso queríamos hablarte, hija —dijo ella, con un tono que jamás le había escuchado.

—¿De qué?

—De que se acabó —cortó Damián—. Tienes veintidós años, una mensualidad indecente y una vida que se sostiene en mi tarjeta. Tu madre y yo decidimos cerrar el grifo.

Levanté la cara. Esperaba que se riera. No se rió.

—¿Es una broma?

—No.

No puede estar pasando.

—Pero… —tartamudeé—, haré lo que quieran. Trabajaré, estudiaré algo, lo que sea. Solo no me dejen sin el viaje.

Helena miró a Damián. Damián miró a Helena. Esa mirada larga, sucia, que solo se intercambian dos personas que llevan años durmiendo en la misma cama y planeando cosas que el resto de la casa no debería saber.

—Querido —dijo mamá, y su voz se aterciopeló—, creo que nuestra hija quiere de verdad complacernos.

—¿De qué hablan? —pregunté, y un nudo se me apretó en la garganta.

Damián se reclinó en la silla. Cruzó las piernas con la calma del que ya tiene la respuesta preparada.

—Tu madre y yo llevamos un tiempo conversando sobre cómo darle un poco de chispa al matrimonio. Ya sabes cómo es esto, después de tantos años. Hablamos de fantasías. La mía favorita es verla a ella con otra mujer.

—Y yo acepté —siguió Helena, sin parpadear—, pero con una condición. La otra mujer tienes que ser tú.

El tenedor se me cayó al plato. Sentí cómo el sonido del metal contra la porcelana cortaba el aire.

—¿Qué carajos están diciendo?

—Lo que oíste —dijo mi madre, con esa firmeza que usaba para despedir empleadas—. Quiero acostarme contigo. Una vez. Damián nos filma. Si lo haces, te pago el viaje y los pasajes de tus amigas. Si no… mañana mismo cancelo tu tarjeta y te busco un departamento de un ambiente.

Sentí el sol pegándome en la nuca. Las cigarras. El olor del jazmín. Todo lo que siempre había sido mío, lo que daba por hecho, de pronto colgaba de un hilo muy fino.

—Me prometen que esto queda entre los tres —murmuré, sin reconocer mi voz—. Que jamás se vuelve a hablar.

—Te lo juro —dijo Damián, y por primera vez en años parecía sincero.

—Está bien.

***

Helena se levantó. Rodeó la mesa con esa cadencia de modelo que mi padre le pagaba en clases privadas. Cuando llegó a mi silla, me agarró del mentón y me besó. Así, sin más, delante de su marido, con la lengua tibia y firme, sabiendo a vino blanco y a algo más, algo que mi madre jamás había sido para mí.

—Ven, princesa —susurró cuando se separó—. A mami se le antoja algo dulce.

—Yo solo lo hago por la plata —dije, ya colorada, ya temblando.

—Mentirosa. —Su mano se metió por debajo de mi falda y subió hasta mi ropa interior. La sacó húmeda. La levantó al sol como si fuera una prueba en un juicio—. Mira esto, amor. Solo con un beso.

Damián soltó una carcajada corta.

—De tal palo tal astilla —dijo, y se levantó él también—. Vamos arriba antes de que esta nena cambie de opinión.

Yo no iba a cambiar de opinión. Ese era el problema.

Subimos a la suite principal. Damián acomodó dos almohadones en el sillón rinconero, apoyó el celular sobre un trípode pequeño que sacó de un cajón —como si lo tuviera preparado, como si esto no fuera una idea de hoy— y revisó el ángulo con cuidado de director. Helena se sentó en el borde de la cama y dio una palmadita a su lado.

—Ven, zorrita.

—No me digas así.

—Te diré como me dé la gana, mientras yo te pague la tarjeta.

El piloto rojo del celular se encendió. Una luz mínima, ridícula, y sin embargo fue lo único que vi durante varios segundos.

—Empiecen —dijo Damián.

Helena me agarró por la nuca y me besó otra vez, ahora más despacio, marcando cada movimiento como una directora ensayando una escena. Sus dedos me fueron desabrochando la blusa botón por botón, y me sorprendió notar que me los soltaba mejor que cualquiera de los chicos con los que había estado.

—Te voy a enseñar todo lo que tu padrastro me hizo a mí cuando lo conocí —murmuró contra mi oreja—. Va a ser justo.

—No es justo nada de esto.

—Es lo más justo que vas a tener en tu vida.

Cuando me quedé sin sostén, Helena se inclinó y me lamió el cuello, bajando hasta la clavícula, hasta los pechos. Me chupó el pezón izquierdo con la calma de quien sabe lo que hace. Yo tenía las manos cerradas en puños sobre las sábanas. No quería tocarla. No quería darle el gusto.

—Acaríciame —ordenó, sin sacar la boca de mi piel.

—No.

—Acaríciame o le digo a Damián que apague la cámara y que mañana no hay viaje.

Levanté la mano. Toqué su pelo. Después su cuello. Después, casi sin darme cuenta, sus pechos, que eran mucho más grandes que los míos y caían con un peso distinto al de las chicas con las que me había probado el bikini en los vestidores del shopping.

—Eso es —dijo ella—. Ahora chúpame, princesa.

***

El tiempo dejó de funcionar como funcionaba abajo, en el patio. No sé cuánto duró aquello. Sé que en algún momento estuve arrodillada en la alfombra, con la cara contra los muslos de mi madre, oliendo un perfume que me había acompañado en los aviones y los desayunos y las navidades, pero pegado ahora a una zona de su cuerpo que jamás debí oler.

—Buena chica —dijo Helena, y me empujó la nuca hacia abajo—. Demuéstrale a tu padrastro cuánto quieres ese viaje.

—Son unos cerdos —dije, más para mí que para ellos.

—Y tú estás disfrutando como una cerda más.

Le hice sexo oral a mi madre. Lo escribo así, simple, porque cualquier otra forma de decirlo sería peor. Su mano me agarraba del pelo, marcando un ritmo que me obligaba a respirar cuando ella decidía. Damián se había bajado los pantalones y se masturbaba sin filmar de cerca, dejando el celular fijo en el trípode, y eso de algún modo era lo más obsceno: que ya ni siquiera pretendiera ser un espectador, que se sumara a la escena como si fuese la cosa más natural del mundo.

Cuando levanté la vista, Helena me sonrió.

—¿Quién diría que serías tan obediente?

—Cállate.

—No, dilo. Di «mami». Para la cámara.

Que se vaya al diablo. Que se vayan los dos.

—Mami —dije.

—Otra vez.

—Mami.

—Buena niña.

***

Después se puso en cuatro. Me pidió algo que no puedo escribir sin que me dé vergüenza. Yo me negué. Damián vino, me agarró del cabello con una mano y me empujó la cara contra ella con la otra, sin dejar de filmar, y por un instante odié a ese hombre con una fuerza que no sabía que tenía dentro. Después dejé de odiarlo. Después solo había calor, y olor, y mi propia respiración rebotándome contra la piel de mi madre, y la idea espantosa de que algo en mí —algo escondido en una parte que no había visto nunca— estaba respondiendo a aquello.

Helena gritó. Damián se rió.

—Cariño —dijo él, en ese tono de oficina que usaba para cerrar contratos—, la próxima vez que se te antoje un beso negro, ya sabes a quién pedírselo.

—Tomada la palabra —contestó ella.

***

Hubo más. Hubo un consolador con arnés que mi madre se ajustó como quien se pone los aros para una cena. Hubo un tirón de pelo cuando le mentí que era casi virgen y los dos se rieron a la vez, ese aullido idéntico que ponen los matrimonios largos cuando el chiste es a costa de un tercero. Hubo una negociación corta que perdí cuando me pidió que le diera la espalda. Hubo un dolor súbito y profundo, una protesta mía sofocada contra la almohada, y un orgasmo que me agarró desprevenida, traidor, mientras mamá me mordía el hombro y me decía al oído cosas que prefiero olvidar.

—Tu padrastro siempre te ha dado todo lo que pediste —jadeó ella en mi nuca—. Lo mínimo que le debes es un espectáculo completo. Sin recortes.

—No puedo más —murmuré.

—Sí puedes. Y vas a poder otra vez.

Cuando todo terminó, yo estaba boca abajo, con las sábanas pegadas al sudor de la espalda, sin saber dónde quedaban las paredes ni qué hora era. Damián guardó la grabación en una carpeta cuyo nombre no alcancé a ver. Helena se sentó en el borde de la cama, tomó agua, se acomodó el pelo como si volviera del peluquero.

—¿Te gustó, amor? —le preguntó a su marido.

—Lo mejor que vi en mi vida.

—Mi turno, entonces —dijo ella, y se acostó contra él. Se besaron como si yo no estuviera, como si fuese una toalla más sobre la cama.

Cerré los ojos. Hice como que dormía. Ellos hicieron el amor al lado mío sin bajar la voz, y yo no sé si fue peor escucharlos o entender, en algún rincón cobarde de mi cabeza, que en esa familia siempre habíamos sido tres jugadores, y yo recién había descubierto en qué partida estábamos.

***

Un mes después, en una hamaca de Cayo Levantado, una de mis amigas se inclinó hacia mí con un mojito en la mano.

—Renata, en serio, ¿cómo lo convenciste a tu padrastro de pagarnos todo? Vuelos, all inclusive, hasta los masajes en la suite. Es muy raro. Es… casi sospechoso.

El sol me caía sobre los hombros. La arena ardía. Más allá, el mar abría ese verde imposible que solo tiene el Caribe.

—Prefiero no hablar de eso —dije.

Y mientras lo decía, sentí en el pecho ese revoltijo nuevo —vergüenza, asco, deseo, todo junto— que me había acompañado desde aquella tarde y que, lo presentí en ese mismo instante, no me iba a abandonar nunca. Pedí otro trago. Cerré los ojos. Y, en lugar del mar, lo que apareció detrás de mis párpados fue la cara de mi madre encima de la mía, susurrándome «otra vez».

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Comentarios (5)

Lectora77

Tremendo relato, me quede pegada desde la primera linea. Muy bueno!!

Jorge_MP

Por favor necesito una segunda parte. No me podes dejar con ese final tan abierto, es una crueldad jajaja

Abel

excelente, uno de los mejores que lei ultimamente

noche_eterna88

Me sorprendio la forma en que lo escribiste. No es el tipico relato de esta categoria, tiene algo diferente, mas humano. Me gusto mucho.

Facu_Granda

Que relato mas increible!! me tuvo enganchado de principio a fin sin poder parar. Espero que sigan los proximos!!!

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