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Relatos Ardientes

La tarde que compartí a mi suegro con mi cuñada

Quien haya seguido lo que he ido contando en otros relatos sabrá que la historia con mi suegro empezó cuando aún era novia de Mateo. Pasaron muchos años así, entre cenas familiares y miradas que nadie más entendía, hasta que su salud le quitó las ganas y las fuerzas. Pero antes de que eso pasara, hubo una tarde en concreto que vale la pena contar, porque metió en el juego a la mujer de mi cuñado.

El cuñado en cuestión se llama Eduardo y es lo opuesto a Mateo. Donde mi marido es tranquilo y se deja llevar, Eduardo es un déspota que necesita demostrar a todas horas quién manda. Y la persona sobre la que descargaba esa necesidad era Carmen, su mujer. Carmen tenía, y sigue teniendo, un cuerpo precioso: caderas anchas, cintura corta, unos pechos que parecían diseñados para que cualquier hombre se arrepintiera de pestañear. Yo había notado desde hacía tiempo que mi suegro la miraba con la misma intensidad con la que me miraba a mí, solo que con ella se contenía.

Aquel sábado habíamos comido los seis en casa de mis suegros. En medio del postre, Eduardo le soltó a Carmen una bronca por no haber traído un vino concreto que él había pedido. La humilló delante de todos. Carmen apretó los labios, bajó la mirada y no contestó. Mi suegra cambió de tema con una agilidad que solo dan los años de aguantar. Mateo y Eduardo se fueron a dar una vuelta con su madre al mercadillo del pueblo, y Carmen subió a su cuarto con la excusa de un dolor de cabeza.

Mi suegro y yo nos quedamos solos en el salón, con la mesa todavía sin recoger. Y entonces se me ocurrió.

***

Me senté en el brazo de su sillón y le di un beso largo en la boca, de los que él ya conocía. Cuando me separé, le pregunté en voz baja, casi rozándole la oreja:

—¿Carmen te pone caliente?

Él se removió. Era una pregunta nueva, distinta a las que solían cruzarse entre nosotros, y por un segundo me miró como si lo hubiese pillado en falta.

—No digas tonterías —murmuró.

—No es ninguna tontería, cariño —le respondí, riéndome contra su cuello—. Es lo más natural del mundo. Y hoy te voy a ayudar a conseguirla.

Se lo expliqué en dos frases. Él tenía que esperar detrás de la puerta del cuarto, sin hacer un solo ruido, y entrar cuando ya no pudiera más. Yo me encargaba del resto. Le besé otra vez, le aparté el pelo de la frente como si fuera un niño y subí las escaleras.

***

Carmen estaba de pie junto a la ventana, mirando al jardín como si esperara que el cristal se rompiera por sí solo. Llevaba un vestido rojo de cremallera trasera, sin medias, con sandalias bajas. Cerré la puerta a mi espalda con un cuidado que ella no notó.

—¿Estás triste? —le pregunté.

—Estoy cansada, Marisol —dijo sin girarse—. Cansada de él.

—Eduardo no se merece una mujer como tú. —Caminé hasta colocarme detrás suyo. Le aparté el pelo de la nuca y se la besé despacio—. No tiene ni idea de lo que tiene en casa.

Cuando se giró para mirarme, fui yo la que la besé en la boca. Pensé que me apartaría. Pensé que diría algo, que se reiría incómoda, que se haría la sorprendida. Lo que hizo fue llevar una mano a mi cintura, bajarla hasta mi culo y apretarme contra ella. Llevaba años aguantando demasiadas cosas y aquel beso era la primera grieta.

—No sabes desde cuándo necesitaba esto —susurró cuando nos separamos.

La hice girarse. Le bajé la cremallera del vestido despacio, vértebra a vértebra. No llevaba sujetador. Cuando la tela cayó hasta su cintura, le rodeé el torso con los brazos por detrás y le sostuve los pechos en las palmas. Eran más pesados de lo que había imaginado, con los pezones ya endurecidos.

—Tienes unos pechos preciosos —le dije al oído—. Solo por esto, Eduardo debería besarte el suelo.

El vestido terminó de caer. Carmen se quedó con un tanga oscuro tan estrecho que apenas dividía la curva de sus nalgas. La empujé suavemente hacia la cama, me senté en el borde y la coloqué de pie delante de mí. Le besé el culo cachete a cachete, marcas pequeñas que iba a tardar en olvidar.

—Por favor —dijo ella, con la voz ya cambiada—, vuelve a tocarme los pechos. Eso me ha vuelto loca.

Se giró y se acuclilló frente a mí. Llevé la boca a un pezón y se lo chupé despacio, mientras le pellizcaba el otro entre los dedos. Carmen gemía bajito, con la cabeza echada hacia atrás.

—Marisol, me estás matando.

—Te queda mucho —le contesté.

Hizo un gesto para que la soltara. Se levantó y, con una decisión que no le había visto en años, me bajó el vestido hasta la cintura y metió las manos por dentro.

—Las tuyas también son preciosas —dijo, mientras me las acariciaba.

Me terminó de desnudar. Yo me puse a cuatro patas sobre la cama y fue ella la que me besó el culo, los muslos, la curva donde la espalda se vuelve cintura. En un momento se tumbó debajo de mí y juntó sus pechos con los míos, piel contra piel, pezón contra pezón. Era una caricia rara, pensada por ella en ese mismo instante, y funcionaba.

—Ahora me toca compensarte —dijo.

Me quitó el tanga, me abrió las piernas y se puso de rodillas en el suelo, conmigo sentada al borde de la cama. No era una experta. Se notaba. Pero le ponía tanta atención a cada detalle que daba igual: lamía despacio, miraba mi cara para corregir el ritmo, volvía a empezar desde el principio cuando dudaba.

***

Y entonces se abrió la puerta.

—Lo siento, niñas —dijo mi suegro desde el umbral—. Llevo un rato escuchándoos y ya no puedo más.

Yo, fingiendo una sorpresa que no sentía, me incorporé un poco.

—Mira, Carmen, aquí tenemos a nuestro suegro. Va a haber que hacer algo para que mantenga el secreto. ¿No me digas que nunca has tenido curiosidad por saber si la tiene más grande o más pequeña que sus hijos?

Carmen no contestó. Se levantó del suelo, fue hasta él y le bajó los pantalones de un tirón. El bóxer no daba abasto.

—Pues no parece que lleve poca cosa —dijo, casi divertida.

Nos miramos un segundo, cómplices, y entre las dos lo desnudamos. Lo tumbamos en la cama, una a cada lado, y le chupamos la polla por turnos, lentas, sin prisa ninguna. Mi suegro tenía los ojos cerrados y se mordía el labio como si estuviera concentrado en no terminar antes de tiempo.

—Eduardo se merece unos cuernos del tamaño de una casa —le dije a Carmen—. Aprovecha.

—De acuerdo —murmuró—. Pero es la primera vez que se los pongo desde que estoy con él. Prefiero darle la espalda. No quiero verle la cara.

Mi suegro asintió sin abrir los ojos. Carmen se sentó a horcajadas sobre él, dándole la espalda, y bajó despacio hasta encajárselo entera. Empezó a moverse arriba y abajo. Yo no podía quedarme quieta, así que me arrodillé delante de ella, le sostuve los pechos y le chupé un pezón mientras le retorcía el otro con suavidad. Carmen gemía con una intensidad que no sonaba a su voz habitual.

—Esto es increíble. Os adoro a los dos.

Se corrió antes que él, con un temblor que le recorrió las piernas y la dejó casi sin aire. Pidió un descanso y se bajó de él. La polla de mi suegro seguía dura, brillante. Me miró y yo entendí.

Ocupé el sitio de Carmen, pero al revés: me senté de cara a él, mirándolo. Él me pidió que me agachara para alcanzarme los pechos y yo le obedecí. En esas estábamos cuando sentí una lengua entre las piernas, por detrás. Carmen se había puesto de rodillas a nuestra espalda y estaba lamiéndonos a los dos, su lengua subía por su polla y bajaba por mis labios sin descanso.

Me corrí pronto. Él aguantó un poco más y, cuando se vino, lo dejé acabar dentro. Después le pedí a Carmen que me limpiara con la lengua. Lo hizo con una entrega que me sorprendió, pasada por pasada, hasta dejarme seca.

—Menudo carácter tiene nuestro suegro —dijo cuando se dejó caer en la cama, entre los dos—. Más que el gruñón de su hijo. Aunque me da que tú eso ya lo sabías.

Se rio, sin malicia. Mi suegro y yo no contestamos, pero la mirada que cruzamos fue una respuesta de sobra.

***

El descanso duró poco. Carmen tenía una urgencia rara, como si tuviera miedo de que la tarde se le acabara. Volvió a montarlo, esta vez de cara, y mientras subía y bajaba se giró un poco para retarlo:

—Vamos, suegro, métemela bien.

Yo me puse detrás de ella, le pasé la mano por delante y le acaricié el clítoris al ritmo en que él la embestía. Carmen gemía como si no le importara que la oyeran desde el jardín. Cuando se corrió, se desplomó hacia adelante sobre el pecho de mi suegro.

—Ahora te toca a ti —me dijo girándose, con los ojos brillantes—. No te quedes sentada, guarra.

Cambiamos otra vez. Me cabalgué a mi suegro con una determinación que no sé si era deseo o competencia con ella. Carmen se inclinó por un costado, me besó en la boca y me metió dos dedos donde la polla no llegaba.

—Disfruta —me dijo al oído.

Me corrí en menos de un minuto.

***

Hubo otra pausa, breve. Carmen, tumbada de espaldas, miró al techo y soltó como si tal cosa:

—Suegro, me encantaría que me la metieras otra vez. Pero quiero comerle el coño a esta zorra al mismo tiempo.

Reírse así, en confianza, era algo que en su casa nunca se permitía. Nos colocamos: yo tumbada bocarriba, ella encima de mí en sesenta y nueve, y mi suegro detrás de ella entrando con cuidado. Repartí mi lengua entre los dos, lamiéndolos sin pensar a quién tocaba en cada momento. Carmen se reía y gemía a la vez.

—Decididamente, tía, me estáis regalando el mejor rato de mi vida.

Hasta que mi suegro nos avisó:

—Me voy a correr.

—Que sea en las tetas de las dos —pidió Carmen.

Nos arrodillamos juntas, hombro contra hombro, los pechos pegados los unos a los otros. Él se colocó delante, le sujetamos la polla a cuatro manos y lo acariciamos hasta que terminó sobre nosotras, todo a la vez.

***

Mientras nos limpiábamos con la sábana, mi suegro miró a Carmen con una sonrisa cansada y le dijo lo que ninguno se había atrevido a decir:

—Me encantaría follarte el culo.

—Me da que el de Marisol hace tiempo que te lo conoces de memoria —contestó ella, riéndose.

Ni él ni yo dijimos nada, pero la complicidad se quedó flotando entre los tres. Carmen me empujó suavemente para que volviera a tumbarme y se subió encima en sesenta y nueve otra vez, dejando el culo bien arriba.

—Aquí lo tienes, suegro. Bien abierto.

Él entró de un golpe. Carmen hizo un gesto de dolor.

—Más despacio. Por ahí no me la mete nadie desde que empecé con tu hijo.

Bajó el ritmo. Carmen se relajó, fue volviendo a gemir, y poco a poco los gemidos pasaron de la queja al placer. Mientras tanto, su lengua hacía cosas con mi clítoris que me obligaban a apretar las sábanas. Sus pelotas se movían cerca de mi cara, tan cerca que llevé la lengua hasta ellos sin pensarlo. Mi suegro reaccionó con un gruñido y aceleró.

—¿Mi hijo nunca te lo hace por ahí? —le preguntó a Carmen, casi sin aire.

—Nunca. Dice que es una guarrería.

Se corrió ella primero, con un orgasmo que me llenó la boca. Yo fui la siguiente, con el mejor que recuerdo en mucho tiempo. Mi suegro aguantó hasta el final y terminó dentro de su nuera, agarrándole las caderas con las dos manos.

***

Nos vestimos rápido. La hora del paseo al mercadillo no daba para mucho más. Carmen se peinó delante del espejo del cuarto y se pintó los labios con una calma que no había tenido al subir las escaleras.

—Gracias —me dijo en voz baja, sin mirarme—. No por lo de ahora. Por lo de antes. Por el «no se merece una mujer como tú».

Le apreté la mano y bajé al salón.

Esa misma tarde, durante la merienda, mi suegro, Carmen y yo nos pasamos el rato mirando a mi suegra y a nuestros maridos con una mezcla de burla y compasión que no pudimos disimular del todo. Eduardo le pidió a Carmen que le acercara la jarra de agua y ella se la pasó sin levantar los ojos. Pero por debajo de la mesa, su pie buscó el mío y se quedó allí, cómplice, mientras el resto del mundo seguía sin enterarse de nada.

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Comentarios (7)

RosaM_27

Que relato... me dejó sin palabras literalmente. Muy bueno!

confesando_todo

El suspenso desde el inicio me enganchó de inmediato. Muy bien narrado todo, se nota que saben escribir.

Claudio_BA

Por favor continua esta historia, quedé con ganas de saber que pasó despues

Lorena_Mdq

Se siente tan real, como si estuvieras ahi viviendo cada momento. Increible de verdad, de los mejores que leí acá.

PabloMR88

Que locura de situacion jaja, pero muy buen relato la verdad!!

SantiagoOK

Me gustan los relatos que tienen tensión antes de llegar al punto, no solo el acto en si. Este lo tiene de sobra. Felicitaciones

UnLectorDeMedianoche

Llegué a este relato de casualidad y no me arrepiento para nada. Tiene algo que te atrapa desde el primer parrafo y no te suelta hasta el final. Espero la continuacion con ansias!

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