Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi hermano y yo hicimos en el balcón esa noche

Me convertí por una noche en la puta de mi hermano. La frase suena cruda y, dicha así, despierta todos los reflejos morales que llevamos dentro, pero en mi cabeza esa madrugada tenía una lógica perfecta. Hace ya unos meses que Mateo y yo cruzamos una línea de la que no sabíamos cómo volver, y desde entonces lo que hacemos cuando nadie nos mira no se parece en nada a lo que se supone que comparten dos hermanos. Follamos como animales, como si el apellido compartido fuera un combustible extra, y cada vez que me llena el coño con su semen siento que le arranco un pedazo más a la cordura.

Después llegó Iván, mi novio actual, un huracán de seguridad y dinero que entró en nuestras vidas y nos arrastró a los tres a un terreno todavía más complicado. La primera vez que terminamos los tres en la cama de su casa, pensé que algo se rompería para siempre. No se rompió. Solo se desplazó. Mi cuerpo se volvió un puente entre ellos, la verga nerviosa de Mateo empalándome el culo mientras la polla gruesa de Iván me abría el coño de par en par, y yo en medio, gimiendo como una perra, tragándome uno tras otro las corridas de los dos hombres que más me importaban.

El problema no era yo. Yo no hacía distinciones. Mi piel los recibía a los dos sin medir, sin pensar en cuál merecía más. Chupaba una polla mientras la otra se me hundía por detrás, y me daba igual de quién era cada corrida que me tragaba. El problema era que entre ellos empezó a colarse una corriente que nadie nombraba pero todos sentíamos. Celos, supongo, aunque ninguno lo diría así. Y Mateo, con sus veinticinco años y la rebeldía de quien me conoce desde que nacimos, estaba siendo el que peor llevaba el reparto.

Iván vive en un chalet a las afueras de Sitges, en una urbanización de calles anchas y vecinos que se saludan con la cabeza. Por las noches, allí no se oye casi nada, salvo el motor lejano de algún coche perdiendo el rumbo entre las rotondas. Cuando él se va de viaje por trabajo, la casa entera se queda dormida, y yo no soy capaz de dormirme sin antes haber follado bien. Necesito una polla que me reviente antes de cerrar los ojos, necesito sentirme el coño hinchado y el semen escurriéndome por los muslos. Llevo así años. No lo elegí, simplemente es como funciona mi cuerpo.

En esas noches en las que Iván no está, Mateo viene a hacerme compañía. Nadie pregunta. Nadie tiene por qué preguntar. Subimos al dormitorio del primer piso, cerramos el balcón, y nos entregamos a un ritual que ya conocemos de memoria. Mi hermano me arranca el camisón de un tirón, me tira sobre la cama, me abre las piernas con las rodillas y me clava la verga hasta el fondo sin preguntar. A veces tan ruidoso que me da miedo que los vecinos nos oigan. La urgencia de lo prohibido se cuela en cada embestida, en cada gemido tragado contra una almohada, en cada "mírame, hermana, mírame mientras te la meto".

La última noche de agosto pasada, algo se desvió del guion.

***

Mateo se había quedado en el salón con el final de una película. Yo subí antes, me di una ducha rápida y me preparé para él. Me depilé el coño con cuidado, me eché crema por las tetas y por el culo, me pellizqué los pezones frente al espejo hasta dejarlos duros como piedras. La cama olía a las sábanas nuevas que Iván había estrenado el fin de semana anterior. Puse algo de música baja, apagué la luz principal y dejé encendida la lámpara de la mesilla, esa que tiene la pantalla color ámbar y vuelve la habitación más pequeña de lo que es.

Mi hermano tardaba. La casa estaba en silencio. Encendí un cigarrillo y salí al balcón, descalza y desnuda, confiada en que nadie miraría hacia arriba a esa hora. La brisa venía del mar, todavía tibia de agosto, y se enredaba entre mis piernas como si quisiera lamerme el coño. Apoyé los codos en la barandilla, di una calada larga y me dejé llevar por esa paz extraña que dan las noches sin viento. Los pezones se me endurecieron con el aire fresco y sentí un cosquilleo bajarme hasta el clítoris.

Cuando Mateo entró por fin en el dormitorio, lo hizo con su habitual aire de chico que llega tarde a todas partes y aun así te perdona la espera con una sonrisa. Se tiró en la cama, se cruzó de brazos detrás de la nuca y me observó desde atrás durante unos segundos, sin decir nada. Vi por el reflejo del cristal cómo se le marcaba el bulto en el pantalón.

—Así, de espaldas y con el cigarrillo en la mano, pareces la dueña de un burdel —dijo al fin, con esa voz que pone cuando quiere provocarme.

Reí sin volverme. La idea me gustó más de lo que debería.

—¿Y cuánto pagaría un cliente por una noche conmigo? —pregunté, tirando la ceniza al vacío.

—Cualquier precio sería caro —respondió—. Tú me robas el alma sin pedirme un euro. Pero si insistes, te pago veinte por verte tocarte el coño un rato.

No necesitaba sus veinte euros, claro que no. Pero el juego había empezado y yo nunca he sabido decirle que no a un juego con él. Cambié el cigarrillo de mano y dejé que la otra subiera despacio por el costado, por la curva del pecho, por el pezón que se endureció sin que tuviera que pedírselo. Me lo pellizqué fuerte, lo estiré hasta que un gemido pequeño se me escapó entre los dientes. Tomé otra calada y eché el humo hacia arriba, hacia ese cielo de Sitges en el que casi no se ven estrellas pero esa noche sí.

—¿Suficiente? —pregunté, mirándolo por encima del hombro.

Mateo negó con la cabeza, divertido, con la mano ya frotándose la polla por encima del pantalón. Tiré el cigarrillo por la barandilla y dejé que mi mano siguiera bajando, lenta, paseando por la cintura, por la cadera, por la cara interna del muslo. Separé las piernas un poco, apoyada de espaldas contra el frío del metal, y dejé que los dedos jugaran con los labios del coño, abriéndolos, mostrándole a mi hermano lo mojada que ya estaba. Metí el dedo del corazón hasta el nudillo, lo saqué brillante, y me lo llevé a la boca. Me detuve antes de tiempo, lo miré con una severidad fingida.

—Las reinas no se entregan a precio de mercadillo —le dije—. Si quieres más, sube la apuesta.

—No tiene sentido pagar por algo que ya es mío —respondió, riéndose, sacándose la verga del pantalón para que la viera. Estaba dura, gruesa, con la cabeza brillante de saliva y de deseo.

Le saqué la lengua, fingí indignarme, y bajé descalza hacia la cocina. Abrí la nevera, saqué una botella de agua y bebí pegada al borde de la encimera, dejando que el frío me bajara por la garganta. Me apoyé el cristal helado en la nuca y me asomé un momento por la ventana de la cocina, que da a la calle de enfrente.

***

Y entonces lo vi.

Al principio fue solo el perro. Un perro grande, color canela, que correteaba entre los coches aparcados sin rumbo claro. Me quedé mirándolo, porque siempre me ha podido la ternura por los animales perdidos. Pero un perro así no andaba solo a las tres de la madrugada en una urbanización como esta. Levanté un poco más la vista y entonces lo encontré, una figura quieta, sentada en el banco que hay justo enfrente del chalet de Iván, al otro lado de la calle.

Pasó un coche, los faros barrieron la acera y, durante un segundo, vi a un chico delgado, de mi edad o poco más, con la mirada fija en el balcón del dormitorio. En el balcón en el que yo había estado desnuda hacía cinco minutos, con las tetas al aire y los dedos entre las piernas.

Sentí algo extraño. No miedo. Algo más antiguo, más visceral. Un calor que me subió del bajo vientre y se me instaló entre los muslos como una brasa. Me quedé observándolo desde la ventana de la cocina, donde la luz apagada me hacía invisible. Cuando se levantó del banco y se subió al respaldo, intentando estirarse hacia arriba para ver mejor, lo entendí. No estaba ahí por casualidad. Llevaba un rato mirando. Llevaba un rato empalmándose con lo que había visto de mí.

En lugar de retroceder, una chispa rara se encendió en mí. Bajé la mano, me abrí los labios del coño con dos dedos y empecé a frotarme el clítoris allí mismo, en la oscuridad de la cocina, mientras lo veía a él de espaldas, sin saber que lo estaban mirando. Me metí dos dedos hasta el fondo, después tres, notando cómo se me escurrían los jugos por la muñeca. Con la otra mano me pellizcaba el pezón, me lo retorcía hasta hacerme daño. El orgasmo llegó rápido, casi sin esfuerzo, una ola breve que me hizo morderme los labios para no gritar y me dejó temblando contra el azulejo, con el coño palpitando y las piernas flojas. Fue íntimo y estúpido, y al mismo tiempo el secreto más excitante que había tenido en mucho tiempo.

Volví al dormitorio con un plan ya formado en la cabeza. Antes pasé por el bolso, saqué el móvil, y lo apoyé en una repisa interior del balcón, encajado entre dos macetas, con la cámara grabando hacia la calle. No lo pensé mucho. Solo hice lo que algo dentro de mí me empujó a hacer.

—Hoy es tu noche de suerte —le dije a Mateo cuando entré—. Promoción especial. Por un euro más, tienes mi cuerpo entero para esta noche. Todos los agujeros, todas las corridas que puedas. Los veinte de antes ya me los gané.

Mateo sonrió como un crío que acaba de oír una promesa imposible. Se acabó de bajar los pantalones y los calzoncillos de un tirón, y me quedó delante con la polla dura apuntándome al ombligo. Asintió. Yo cogí una de las sillas del dormitorio, la coloqué en mitad del balcón, ligeramente lateral, y subí el pie derecho sobre el asiento. Apoyé la espalda en la barandilla, dejé que el pelo cayera por encima del vacío. Una mano en el pecho, apretándome la teta, la otra entre las piernas, dos dedos hundidos en el coño hasta el nudillo. Cuidando, eso sí, de que el chico de enfrente viera lo justo. Lo bastante para entender qué estaba pasando, no lo bastante para tenerlo todo.

Los primeros gemidos me salieron solos en cuanto los dedos rozaron el clítoris hinchado. Me lo froté en círculos, despacio, mientras con la otra mano me abría los labios del coño para que el desconocido de enfrente pudiera adivinar el brillo mojado entre mis piernas. Llamé a Mateo con un susurro.

—Ven aquí. Esta noche me apetece raro. Quiero que me folles en el balcón. Quiero tu polla dentro ya.

Mi hermano, que no suele atreverse a tanto, esta vez no dudó. Bajé el pie de la silla, alcé los brazos y le rodeé la nuca, encerrándolo contra mí. Nos besamos con esa rabia que ya conocemos, la lengua buscando algo que no se encuentra del todo, los labios calientes, los dientes chocando. Mi mano derecha bajó por su pecho, por el vientre, hasta dar con su verga, dura como una barra, palpitando en la palma de mi mano. Se la apreté, se la moví arriba y abajo, sentí la primera gota de líquido pre-corrida asomarse por la punta. Me la llevé al dedo y me la lamí delante de sus ojos.

—Quiero que me lo hagas desde atrás —le susurré—. Quiero que esta calle entera lo sepa. Quiero que oigan cómo me follas, cómo me revientas el coño tu hermanita.

Lo aparté un paso, me agaché de rodillas sobre las baldosas frías y me la metí en la boca. Se la chupé entera, hasta el fondo, hasta notar la cabeza rozándome la garganta y las lágrimas subiéndome a los ojos. Le agarré los huevos con una mano, se los masajeé, mientras con la otra me abría el coño para él. La saqué chorreando de saliva, escupí sobre el glande y volví a metérmela, más despacio esta vez, saboreando cada centímetro. No mucho rato. Solo lo suficiente para que entendiera que iba en serio, que esta noche era yo la que mandaba. Cuando su mano me agarró el pelo y tiró con la fuerza justa, marcándome el ritmo, dejándome sin aire, supe que estábamos listos. Me levantó, me giró contra la barandilla, y con un movimiento que ya tenía aprendido de las dos me abrió las piernas de una patada. Me agarré al metal con las dos manos, los brazos extendidos, la espalda arqueada, el culo levantado y ofrecido, y solté un grito que se debió de oír en toda la urbanización cuando lo sentí entrar de una sola embestida, hasta el fondo, hasta que me chocaron sus huevos contra el clítoris.

—Joder, Mateo, así, no pares, méteme toda la polla, revientame —jadeé, mordiéndome el labio.

Busqué con la mirada al chico del banco. Seguía ahí, ahora de pie, sin moverse, con la mano metida por dentro del pantalón. Lo desafié en silencio, sin apartar los ojos, mientras Mateo se hundía en mí una y otra vez con esa furia que solo le sale cuando sabe que no le voy a pedir que pare. El sonido de la carne contra la carne, de sus caderas chocando contra mi culo, rebotaba en las fachadas dormidas. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo, más agudo, más obsceno.

—Más, hermano, por favor, más, dame más polla —le pedí, con una voz que no parecía la mía—. Que se me note mañana, que me la deje bien abierta.

—Nunca un euro dio para tanto —respondió él, riéndose entre jadeos, agarrándome de las caderas con las dos manos, clavándome los dedos en la carne—. Mira cómo se te traga el coño, hermanita, mira cómo pide más.

Me llevó una mano al clítoris y me lo frotó al mismo ritmo que me embestía. Me reí también, justo antes de que el orgasmo me reventara como una ola en la cara. Sentí el coño cerrarse en espasmos alrededor de su verga, aprisionándosela, ordeñándosela. Sacudí la cabeza, dejé que el pelo me cayera por delante, apoyé la espalda contra su pecho mientras él seguía dentro, quieto, dejándome sentir cada palpitación. Tragué aire fresco a bocanadas, sin dejar de mirar al chico de enfrente. Vi un movimiento acelerado en su pantalón, un gesto que me devolvió todo lo que yo le había dado. Se estaba haciendo una paja mirándome, y esa idea me humedeció otra vez. Le hice una señal con los labios para que esperara. La noche todavía no había terminado.

—Ahora por el culo —le pedí a Mateo, en voz muy baja, todavía con su verga clavada en el coño—. Pero empieza como sabes.

Uno de mis vicios menos confesables, quizá el más íntimo, es notar cómo el glande se abre paso, dilatando el ano una y otra vez, entrando y saliendo despacio, repetidamente, antes de quedarse dentro. Mateo lo sabe. Sacó la verga del coño, chorreando de mis jugos, y la apoyó contra el ojete apretado. Empujó despacio, muy despacio, hasta que la cabeza pasó el primer anillo. Se quedó ahí un segundo, dejándome sentir el estiramiento, la quemazón deliciosa. Después salió. Volvió a entrar. Salió otra vez. Lo hizo diez, doce veces, con una paciencia que nunca le pido en otras cosas, cada vez un poco más adentro, cada vez arrancándome un gemido más ronco. Mientras tanto, mis dedos buscaban el clítoris con la prisa que la otra mano no tenía. Me lo frotaba en círculos rápidos, sin piedad, mientras notaba cómo el culo se me iba abriendo para él, cómo mi propio cuerpo cedía y le pedía más.

—Métemela entera ya, hermano —le supliqué—. Que me llene el culo.

Mateo empujó de una y me la clavó hasta la raíz. El grito que se me escapó no fue humano. Se me llenaron los ojos de lágrimas de placer, se me aflojaron las rodillas, y solo la barandilla me sostuvo. Empezó a bombear, primero despacio, después más fuerte, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Cuando me corrí, después de unos minutos así, fue una marea distinta, más profunda, casi muda, una descarga que me subió por la columna y me hizo ver blanco. El mundo se me fue por un instante. Sentí a Mateo temblar detrás de mí, apretar los dientes, tratar de aguantar.

El chico del banco seguía ahí, con la mano ahora fuera, moviéndose rápido sobre su propia polla. Lo miré una última vez, desde el otro lado de la calle, y le sonreí.

***

Me aparté de Mateo con la picardía de quien sabe que ha incumplido la mitad de un trato y no piensa pagarlo. Sentí su verga salir de mi culo con un chasquido húmedo, y un hilo de mis jugos me bajó por el muslo. Apenas había dado dos pasos descalzos hacia el interior cuando su mano me agarró el antebrazo. Tiró sin avisar, me levantó como si no pesara nada, y me sentó sobre el filo helado de la barandilla.

—No te has ganado el último céntimo —gruñó, con la voz ronca de quien todavía no se ha corrido y ya no aguanta más—. Yo todavía no me he vaciado.

Me agarré a su nuca instintivamente, con miedo a perder el equilibrio y caerme tres pisos. Él me abrió los muslos sin pedir permiso, se agarró la polla con la mano y se la metió otra vez, esta vez de frente, en el coño, de un solo golpe. Me dejé llevar, sin pelear, sin pensar, con las piernas rodeándole la cintura y las tetas rebotando contra su pecho a cada embestida. Sentí cómo se le hinchaba dentro, cómo aceleraba, cómo el ritmo se le rompía. Cuando se corrió, lo hizo con un gruñido animal, vaciándose dentro reclamando su parte, chorro tras chorro de semen caliente inundándome hasta el fondo. Quedamos un instante así, suspendidos, con su pecho pegado al mío y la calle muda detrás, con su verga latiendo dentro y su semen escurriéndose ya por mis muslos hacia el asfalto.

Cuando por fin entré, sintiendo el semen de mi hermano bajarme por las piernas a cada paso, corrí las cortinas con un gesto lento, casi ceremonial. Me asomé un segundo por una rendija. El chico de enfrente se alejaba calle abajo, una silueta delgada que se diluía bajo las farolas, con una mancha oscura visible en la parte delantera de sus vaqueros. El perro, vaya a saber qué perro era, se había marchado con él.

Esa misma noche, mientras Mateo dormía boca arriba con la polla todavía brillante entre los muslos, bajé al estudio y volqué los vídeos del móvil en el ordenador. Las imágenes eran oscuras, casi inservibles. Pero con un programa básico fui subiendo el brillo, ajustando el contraste, hasta que la cara del chico apareció con una claridad casi mágica. Y al verlo claro, supe lo que iba a hacer.

La verdad que esa noche me dejó sin aire no era la del balcón ni la de mi hermano. Era otra, más callada. Que dejarme mirar mientras me follan me excita más que cualquier orgía que haya tenido. No es lo mismo que cuando estamos los tres en casa de Iván y uno mira mientras el otro me la mete. Aquello tiene público pero no tiene secreto. Lo de esa noche, sí.

Y eso, ese fuego nuevo que ahora arde en algún sitio dentro de mí, entre las piernas y en la cabeza al mismo tiempo, todavía no sé bien cómo se llama.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(8)

TabuFan

Buenisimo!!! Me encanto

FanaticoNocturno

La tension desde el principio es increible, se siente muy real. Seguí así!!

MiraCeles

Por favor que haya una segunda parte, me quedé con ganas de mas

lectora_noc

Lo leí de un tirón y no quería que terminara jaja. Tremendo relato

Nico_Bs

El detalle del balcon y el mar le da una atmosfera muy buena. Me gusto mucho

Esteban_Sur

Pocas veces un relato me atrapa desde la primera linea. Excelente de verdad.

curioso_lector99

¿vas a escribir mas relatos de este estilo? Espero que sí

PabloMdp

Me recordó a algo que viví hace unos años, de esos momentos que no se olvidan. Gracias por compartir

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.