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Relatos Ardientes

Lo que mi hermano y yo hicimos en el balcón esa noche

Me convertí por una noche en la puta de mi hermano. La frase suena cruda y, dicha así, despierta todos los reflejos morales que llevamos dentro, pero en mi cabeza esa madrugada tenía una lógica perfecta. Hace ya unos meses que Mateo y yo cruzamos una línea de la que no sabíamos cómo volver, y desde entonces lo que hacemos cuando nadie nos mira no se parece en nada a lo que se supone que comparten dos hermanos.

Después llegó Iván, mi novio actual, un huracán de seguridad y dinero que entró en nuestras vidas y nos arrastró a los tres a un terreno todavía más complicado. La primera vez que terminamos los tres en la cama de su casa, pensé que algo se rompería para siempre. No se rompió. Solo se desplazó. Mi cuerpo se volvió un puente entre ellos, la intensidad nerviosa de Mateo de un lado, la calma magnética de Iván del otro.

El problema no era yo. Yo no hacía distinciones. Mi piel los recibía a los dos sin medir, sin pensar en cuál merecía más. El problema era que entre ellos empezó a colarse una corriente que nadie nombraba pero todos sentíamos. Celos, supongo, aunque ninguno lo diría así. Y Mateo, con sus veinticinco años y la rebeldía de quien me conoce desde que nacimos, estaba siendo el que peor llevaba el reparto.

Iván vive en un chalet a las afueras de Sitges, en una urbanización de calles anchas y vecinos que se saludan con la cabeza. Por las noches, allí no se oye casi nada, salvo el motor lejano de algún coche perdiendo el rumbo entre las rotondas. Cuando él se va de viaje por trabajo, la casa entera se queda dormida, y yo no soy capaz de dormirme sin antes haber follado bien. Llevo así años. No lo elegí, simplemente es como funciona mi cuerpo.

En esas noches en las que Iván no está, Mateo viene a hacerme compañía. Nadie pregunta. Nadie tiene por qué preguntar. Subimos al dormitorio del primer piso, cerramos el balcón, y nos entregamos a un ritual que ya conocemos de memoria. A veces tan ruidoso que me da miedo que los vecinos nos oigan. La urgencia de lo prohibido se cuela en cada movimiento, en cada gemido tragado contra una almohada.

La última noche de agosto pasada, algo se desvió del guion.

***

Mateo se había quedado en el salón con el final de una película. Yo subí antes, me di una ducha rápida y me preparé para él. La cama olía a las sábanas nuevas que Iván había estrenado el fin de semana anterior. Puse algo de música baja, apagué la luz principal y dejé encendida la lámpara de la mesilla, esa que tiene la pantalla color ámbar y vuelve la habitación más pequeña de lo que es.

Mi hermano tardaba. La casa estaba en silencio. Encendí un cigarrillo y salí al balcón, descalza y desnuda, confiada en que nadie miraría hacia arriba a esa hora. La brisa venía del mar, todavía tibia de agosto, y se enredaba entre mis piernas como si quisiera quedarse. Apoyé los codos en la barandilla, di una calada larga y me dejé llevar por esa paz extraña que dan las noches sin viento.

Cuando Mateo entró por fin en el dormitorio, lo hizo con su habitual aire de chico que llega tarde a todas partes y aun así te perdona la espera con una sonrisa. Se tiró en la cama, se cruzó de brazos detrás de la nuca y me observó desde atrás durante unos segundos, sin decir nada.

—Así, de espaldas y con el cigarrillo en la mano, pareces la dueña de un burdel —dijo al fin, con esa voz que pone cuando quiere provocarme.

Reí sin volverme. La idea me gustó más de lo que debería.

—¿Y cuánto pagaría un cliente por una noche conmigo? —pregunté, tirando la ceniza al vacío.

—Cualquier precio sería caro —respondió—. Tú me robas el alma sin pedirme un euro. Pero si insistes, te pago veinte por verte tocarte un rato.

No necesitaba sus veinte euros, claro que no. Pero el juego había empezado y yo nunca he sabido decirle que no a un juego con él. Cambié el cigarrillo de mano y dejé que la otra subiera despacio por el costado, por la curva del pecho, por el pezón que se endureció sin que tuviera que pedírselo. Tomé otra calada y eché el humo hacia arriba, hacia ese cielo de Sitges en el que casi no se ven estrellas pero esa noche sí.

—¿Suficiente? —pregunté, mirándolo por encima del hombro.

Mateo negó con la cabeza, divertido. Tiré el cigarrillo por la barandilla y dejé que mi mano siguiera bajando, lenta, paseando por la cintura, por la cadera, por la cara interna del muslo. Separé las piernas un poco, apoyada de espaldas contra el frío del metal, y dejé que los dedos jugaran con la promesa de algo que todavía no estaba dispuesta a regalarle gratis. Me detuve antes de tiempo, lo miré con una severidad fingida.

—Las reinas no se entregan a precio de mercadillo —le dije—. Si quieres más, sube la apuesta.

—No tiene sentido pagar por algo que ya es mío —respondió, riéndose.

Le saqué la lengua, fingí indignarme, y bajé descalza hacia la cocina. Abrí la nevera, saqué una botella de agua y bebí pegada al borde de la encimera, dejando que el frío me bajara por la garganta. Me apoyé el cristal helado en la nuca y me asomé un momento por la ventana de la cocina, que da a la calle de enfrente.

***

Y entonces lo vi.

Al principio fue solo el perro. Un perro grande, color canela, que correteaba entre los coches aparcados sin rumbo claro. Me quedé mirándolo, porque siempre me ha podido la ternura por los animales perdidos. Pero un perro así no andaba solo a las tres de la madrugada en una urbanización como esta. Levanté un poco más la vista y entonces lo encontré, una figura quieta, sentada en el banco que hay justo enfrente del chalet de Iván, al otro lado de la calle.

Pasó un coche, los faros barrieron la acera y, durante un segundo, vi a un chico delgado, de mi edad o poco más, con la mirada fija en el balcón del dormitorio. En el balcón en el que yo había estado desnuda hacía cinco minutos.

Sentí algo extraño. No miedo. Algo más antiguo, más visceral. Me quedé observándolo desde la ventana de la cocina, donde la luz apagada me hacía invisible. Cuando se levantó del banco y se subió al respaldo, intentando estirarse hacia arriba para ver mejor, lo entendí. No estaba ahí por casualidad. Llevaba un rato mirando.

En lugar de retroceder, una chispa rara se encendió en mí. Bajé la mano, la metí entre las piernas y me toqué allí mismo, en la oscuridad de la cocina, mientras lo veía a él de espaldas, sin saber que lo estaban mirando. El orgasmo llegó rápido, casi sin esfuerzo, una ola breve que me dejó temblando contra el azulejo. Fue íntimo y estúpido, y al mismo tiempo el secreto más excitante que había tenido en mucho tiempo.

Volví al dormitorio con un plan ya formado en la cabeza. Antes pasé por el bolso, saqué el móvil, y lo apoyé en una repisa interior del balcón, encajado entre dos macetas, con la cámara grabando hacia la calle. No lo pensé mucho. Solo hice lo que algo dentro de mí me empujó a hacer.

—Hoy es tu noche de suerte —le dije a Mateo cuando entré—. Promoción especial. Por un euro más, tienes mi cuerpo entero para esta noche. Los veinte de antes ya me los gané.

Mateo sonrió como un crío que acaba de oír una promesa imposible. Asintió. Yo cogí una de las sillas del dormitorio, la coloqué en mitad del balcón, ligeramente lateral, y subí el pie derecho sobre el asiento. Apoyé la espalda en la barandilla, dejé que el pelo cayera por encima del vacío. Una mano en el pecho, la otra entre las piernas. Cuidando, eso sí, de que el chico de enfrente viera lo justo. Lo bastante para entender qué estaba pasando, no lo bastante para tenerlo todo.

Los primeros gemidos me salieron solos en cuanto los dedos rozaron el clítoris. Llamé a Mateo con un susurro.

—Ven aquí. Esta noche me apetece raro. Quiero que me folles en el balcón.

Mi hermano, que no suele atreverse a tanto, esta vez no dudó. Bajé el pie de la silla, alcé los brazos y le rodeé la nuca, encerrándolo contra mí. Nos besamos con esa rabia que ya conocemos, la lengua buscando algo que no se encuentra del todo, los labios calientes. Mi mano derecha bajó por su pecho, por el vientre, hasta dar con lo que ya estaba duro y esperando.

—Quiero que me lo hagas desde atrás —le susurré—. Quiero que esta calle entera lo sepa.

Lo aparté un paso, me agaché y me lo metí en la boca. No mucho rato. Solo lo suficiente para que entendiera que iba en serio. Cuando su mano me agarró el pelo y tiró con la fuerza justa, supe que estábamos listos. Me levantó, me giró contra la barandilla, y con un movimiento que ya tenía aprendido de las dos me abrió las piernas. Me agarré al metal con las dos manos, los brazos extendidos, la espalda arqueada, y solté un grito que se debió de oír en toda la urbanización cuando lo sentí entrar.

Busqué con la mirada al chico del banco. Seguía ahí, ahora de pie, sin moverse. Lo desafié en silencio, sin apartar los ojos, mientras Mateo se hundía en mí una y otra vez con esa furia que solo le sale cuando sabe que no le voy a pedir que pare.

—Más, por favor, más —le pedí, con una voz que no parecía la mía.

—Nunca un euro dio para tanto —respondió él, riéndose entre jadeos.

Me reí también, justo antes de que el orgasmo me reventara como una ola en la cara. Sacudí la cabeza, dejé que el pelo me cayera por delante, apoyé la espalda contra su pecho. Tragué aire fresco a bocanadas, sin dejar de mirar al chico de enfrente. Vi un movimiento pequeño en su pantalón, un gesto que me devolvió todo lo que yo le había dado. Le hice una señal con los labios para que esperara. La noche todavía no había terminado.

—Ahora por el culo —le pedí a Mateo, en voz muy baja—. Pero empieza como sabes.

Uno de mis vicios menos confesables, quizá el más íntimo, es notar cómo el glande se abre paso, dilatando el ano una y otra vez, entrando y saliendo despacio, repetidamente, antes de quedarse dentro. Mateo lo sabe. Lo hizo diez, doce veces, con una paciencia que nunca le pido en otras cosas. Mientras tanto, mis dedos buscaban el clítoris con la prisa que la otra mano no tenía. Cuando me corrí, después de unos minutos así, fue una marea distinta, más profunda, casi muda. El mundo se me fue por un instante.

El chico del banco seguía ahí. Lo miré una última vez, desde el otro lado de la calle, y le sonreí.

***

Me aparté de Mateo con la picardía de quien sabe que ha incumplido la mitad de un trato y no piensa pagarlo. Apenas había dado dos pasos descalzos hacia el interior cuando su mano me agarró el antebrazo. Tiró sin avisar, me levantó como si no pesara nada, y me sentó sobre el filo helado de la barandilla.

—No te has ganado el último céntimo —gruñó, con la voz ronca de quien acaba de correrse y todavía quiere más.

Me agarré a su nuca instintivamente, con miedo a perder el equilibrio y caerme tres pisos. Él me abrió los muslos sin pedir permiso y se metió otra vez, esta vez de frente. Me dejé llevar, sin pelear, sin pensar, hasta que se corrió dentro reclamando su parte. Quedamos un instante así, suspendidos, con su pecho pegado al mío y la calle muda detrás.

Cuando por fin entré, corrí las cortinas con un gesto lento, casi ceremonial. Me asomé un segundo por una rendija. El chico de enfrente se alejaba calle abajo, una silueta delgada que se diluía bajo las farolas. El perro, vaya a saber qué perro era, se había marchado con él.

Esa misma noche, mientras Mateo dormía, bajé al estudio y volqué los vídeos del móvil en el ordenador. Las imágenes eran oscuras, casi inservibles. Pero con un programa básico fui subiendo el brillo, ajustando el contraste, hasta que la cara del chico apareció con una claridad casi mágica. Y al verlo claro, supe lo que iba a hacer.

La verdad que esa noche me dejó sin aire no era la del balcón ni la de mi hermano. Era otra, más callada. Que dejarme mirar mientras me entrego me excita más que cualquier orgía que haya tenido. No es lo mismo que cuando estamos los tres en casa de Iván y uno mira mientras otro se mete dentro. Aquello tiene público pero no tiene secreto. Lo de esa noche, sí.

Y eso, ese fuego nuevo que ahora arde en algún sitio dentro de mí, todavía no sé bien cómo se llama.

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Comentarios (5)

TabuFan

Buenisimo!!! Me encanto

FanaticoNocturno

La tension desde el principio es increible, se siente muy real. Seguí así!!

MiraCeles

Por favor que haya una segunda parte, me quedé con ganas de mas

lectora_noc

Lo leí de un tirón y no quería que terminara jaja. Tremendo relato

Nico_Bs

El detalle del balcon y el mar le da una atmosfera muy buena. Me gusto mucho

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