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Relatos Ardientes

La confesión que le hice a Diego sobre mi padre

Diego llegó al campo a las nueve en punto. Yo lo esperaba en la puerta, bajo los focos del frente, con tacos altos y una lencería negra de las que ya no se consiguen: liguero, medias, tanga y un sostén media copa. Si alguien pasaba por la carretera, no creo que llegara a verme entre los árboles del sendero. Y si me veía, que me viera.

Mi marido, Martín, había bendecido la invitación esa misma mañana con un beso en la frente. Diego era cliente nuevo y había cumplido bien dos días antes. Cuando llamó a Martín para agradecerle, le dejó claro que no tenía segundas intenciones, que solo quería repetir cuando pudiera. A Martín eso le bastó. Decidimos invitarlo a pasar la noche del domingo conmigo, sola, en la casa del campo.

—Estás divina —dijo bajándose del coche.

Me colgué de su cuello, lo besé largo y lo guié hasta la puerta con su mano apoyada en mi trasero.

—No esperaba esta invitación —murmuró—. Me sorprendiste.

—El viernes te vi muy entusiasmado. Y yo lo pasé muy bien. Cuando llamaste a Martín y le aclaraste lo que le aclaraste, decidimos invitarte. Como extensión de aquello.

—Es un gesto enorme —dijo, y sonrió—. Esperá, dejé el champagne y unos dulces en el coche. No te quería dejar sin nada.

Volvimos juntos a buscarlos. Al regresar, el champagne fue al refrigerador y nosotros al sofá. Los minutos volaron entre copas, manos, besos. En menos de media hora él ya me había bajado el sostén con esa lentitud suya, y yo le había abierto el cinturón.

***

Nos fuimos a la cama. Diego me desvistió tomándose todo el tiempo del mundo. Acarició mis pezones largo rato antes de bajarme la tanga. Me dejó puestos el liguero, las medias y los zapatos, y me pidió que caminara así frente a él. Pasé tres veces, lenta, dejándome mirar.

Cuando le bajé el bóxer, su verga saltó dura, hermosa, con la cabeza todavía cubierta por el prepucio. La acaricié sin apuro. Él me empujó boca arriba, me abrió las piernas y me las estiró hasta su pecho. Empezó por los pies. Me lamió los tobillos, me chupó cada dedo, ensalivó las plantas. Mientras tanto, la cabeza de su pija rozaba mis labios ya empapados.

—Cogeme —le pedí—. Por favor.

Empujó hasta el fondo de una sola embestida. Solté un grito bajo. Siguió chupándome los pies mientras me cogía y eso me llevó a un orgasmo rápido, casi violento. Después me soltó las piernas, se acomodó en misionero y entró y salió de mí hasta vaciarse adentro. Lo sentí abundante, pese a que ya me había cogido dos veces el sábado.

Lo di vuelta y me tiré sobre él a besarlo. Le acaricié la pija escurrida en leche y flujo. Más tarde se la chupé despacio, hasta dejarla limpia, y me tomé lo que escurría por mi cuerpo.

***

—Quiero ir afuera —le dije al oído—. Así, desnudos.

Aceptó. Tomamos dos mantas del armario y caminamos descalzos hasta el patio donde están construyendo la pileta. Tendí las mantas sobre el césped, cerca de la casa, y nos acostamos a mirar el cielo. Hacía esa frescura suave de las noches de campo a finales del verano. La luna llena alumbraba todo como si alguien hubiera dejado encendida una lámpara enorme.

Diego sacó un sobre del bolsillo del pantalón antes de salir y me lo dio. No precisé abrirlo.

—Cariño, hoy te invité yo. No es necesario.

—Quiero. Me enloquece dártelo.

—Gracias.

Nos acariciamos largo rato sin urgencia. Sus dedos recorrían mi vientre, mis caderas, el costado de los pechos. Conversamos. Me preguntó por qué me dedicaba a esto. Le conté que la idea había nacido de una pregunta inocente de Martín una noche cualquiera, y de una respuesta mía igual de inocente: que me intrigaba estar con otro hombre y, encima, recibir dinero por hacerlo. La respuesta de Martín había sido directa: «Si vas a ser puta, quiero que seas la mejor y la más cara». Le hablé también de Esteban, mi único «novio» hasta esa noche. Una figura especial: novio sin amor, alguien con derecho a disponer de mí, que me regalaba dinero cuando quería, cuanto quería, sin tarifa fija.

Y entonces, todavía con la piel encendida del primer encuentro, le conté lo que nunca le había contado a un cliente.

—Hay algo más, Diego. Si te lo digo es porque me pone hablarlo en este momento.

—Decime.

—Me he acostado con mi suegro. Y con mi padre.

Lo miré por el rabillo del ojo. La luna le caía justo en el rostro. No retiró la mano que me acariciaba la cadera. Al contrario, la apoyó con más firmeza.

—Contame cómo —dijo.

Le conté. Empecé por mi suegro. Habían pasado años de roces, de miradas demasiado largas en los almuerzos del domingo, de chistes con doble sentido que él soltaba mirándome a los ojos. Yo, ya en mi rol de puta, había aprendido que el deseo no avisa: se filtra por debajo de las puertas. Una tarde de invierno me quedé sola con él en esta misma casa, esperando a Martín, que llegaba tarde de Montevideo. Bajé en bata a la cocina con la excusa de prepararme un té. Él estaba sentado en la mesa, leyendo el diario. Le pregunté, sin más rodeos, si alguna vez se había imaginado conmigo.

—¿Y qué contestó? —preguntó Diego.

—No contestó nada. Me senté en su regazo, tomé su mano y la apoyé sobre mi muslo desnudo. Lo demás fue cuestión de minutos. Esa misma tarde lo cogí en el sofá. Esa misma noche se lo conté a Martín, y Martín solo me preguntó si lo había disfrutado.

—¿Y tu padre? —preguntó con la voz un poco más ronca.

Su verga, que había estado descansando contra su muslo, empezaba a moverse otra vez.

—Mi padre fue distinto. Tardé yo, tardó él. Una cosa es desear al padre del marido y otra muy distinta es desear al hombre que te crió. Pero pasó. Lo invité a pasar una noche en el campo con la excusa de ayudarme a recibir un cargamento de plantas para el patio. Cenamos solos. Yo me había puesto un vestido sin nada debajo. Él lo notó. Yo noté que él lo notó. Y no dijimos nada hasta el café. Después del café me senté frente a él, le tomé la mano y le dije que no había venido a hablar de plantas.

—¿Y qué hizo?

—Me llevó a la cama. Sin decir una palabra. Como si lo hubiera estado pensando desde hacía años. Lo había pensado, claro. Yo también.

—¿Y Martín?

—Martín fue quien lo propuso, en realidad. No esa noche, pero antes. Hicimos los análisis de compatibilidad genética semanas después. Salieron limpios. Mi padre podría embarazarme sin riesgos.

—¿Tu padre podría embarazarte?

—Es una de las opciones que tenemos sobre la mesa. Junto con Martín, su padre, Esteban y un señor de Francia.

Diego se quedó en silencio un rato. Después largó una risa suave, incrédula. Su pija ya estaba dura del todo.

—Sos un caso —dijo.

—Me hago cargo.

***

Bajé hasta él, le tomé la pija con las dos manos y me la puse en la boca. Me giró en sesenta y nueve y me chupó la concha y el culo a la vez. Hice todo lo que sé hacer: huevos, lengüetazos al tronco, beso negro, dedo en su esfínter, deep throat ocasional para sentirlo asfixiarse de placer.

—Quiero cogerte aquí, sobre la manta —le dije.

—Subite vos —contestó tirándose boca arriba.

Me senté sobre él y me la metí entera de un solo movimiento. Empecé a moverme con desesperación. A veces lento, a veces rápido, sin orden. Me oí gritar cosas que no recuerdo del todo, pedidos, súplicas, palabras que solo digo cuando estoy fuera de mí. Sus manos amasaban mis pechos y a veces bajaban a acariciarme el clítoris, que tenía hecho un fuego.

Cuando se vino, cuando sentí ese chorro caliente adentro, me dejé caer sobre su pecho. Después le di la concha en la cara para que me chupara todo lo que escurría, y nos pasamos el sabor de boca a boca, lengua contra lengua.

Nos quedamos abrazados bajo la luna. Hicimos una videollamada corta a Martín para que me viera caminar desnuda por el patio. Después le pedí el teléfono a Diego y hablé yo sola con él.

—Te noto contenta —dijo Martín.

—Lo estoy. Y pensaba algo.

—¿Puedo adivinar?

—¿Lo presentís?

—Sí. Lo querés como segundo novio.

—Sí.

—Tenés mi beneplácito. ¿Lo querés también para el grupo?

—Sí.

—Entonces decíselo. Y que pasen muy bien lo que queda.

Volvimos a la casa. Abrí los dulces, serví champagne. Diego tomó jugo de naranja porque manejaba a la madrugada.

***

Me dormí con una mano entre sus piernas y él rodeándome los pechos.

A las cinco abrí los ojos. Mi reloj interno no falla nunca. Tenía ganas de que me culeara antes de que se fuera. Lo desperté a besos. Su verga se sacudía en ese punto medio entre dura y blanda, esa textura mía favorita: gorda y todavía dócil. Pasé una pierna sobre su cuerpo y nos acomodamos frente a frente. La cabeza, gorda como es, entró en mi vagina como si nada. Mi flujo me había ganado de mano. Me cogió de costado, despacio, mientras nos pasábamos la lengua. Después me hizo girar y nos pusimos en cucharita. Tomé una foto y se la mandé a Martín.

—Ahora en el culo —le pedí—. Acabame adentro.

La sacó, me abrió las nalgas, ensalivó todo, apoyó la cabeza en el esfínter y empujó sin detenerse. Sin piedad pero sin lastimar. Solté un grito largo, no de dolor, de satisfacción de que mi macho me complaciera. En dos minutos volcó adentro la poca leche que le quedaba.

***

Desayunamos en la cocina, vestidos para irnos cada uno por su lado. Café con leche, tostadas, mermelada de naranja. Martín contestó la foto con un mensaje que me hizo reír: «Qué bien te la puso. Tendrías que publicar esa foto».

—Tengo algo que decirte —le dije pasándole la taza—. Lo hablé anoche con Martín.

—¿Qué cosa?

—Si querés, podés ser mi segundo novio. Como Esteban.

Diego dejó la taza sobre el plato. Tomó mi mano por encima de la mesa.

—¿Qué significa eso, exactamente?

—Significa que podés disponer de mí. Tendrás preferencia de turno. Podés entregarme a amigos de tu confianza. Podés pagarme lo que quieras, cuando puedas, sin tarifa fija. Pero no hay amor de por medio. Mi amor es de Martín.

—Acepto.

—Y otra cosa. Podés ser parte del grupo de embarazo, si querés. Cuando decida quedar.

—Acepto todo. Y desde ya quiero disponer de vos. Quiero verte cumpliendo de nuevo con ese desafío del que me hablaste anoche en el campo de tu amiga. Estoy desesperado por verlo.

—Se puede arreglar.

Me besó largo en la puerta. Le pedí, como único capricho, que cuando volviera lo hiciera con diez días de abstinencia. Quería que me llenara de semen, más de una vez, en el mismo encuentro. Le encantó el pedido.

***

Se fue a las nueve. Yo me quedé limpiando, descalza, con un solero floreado y nada debajo. A media mañana tocaron la puerta. Era Bautista, el casero, el hombre que cuida el campo cuando no estamos.

—Buen día, Bautista. ¿Qué cuenta?

—Vine a ver si estaba bien, señora. Anoche oí gritos.

—¿Y vino?

—Vine. Vi los dos autos. Reconocí el suyo. Después seguí los gritos hasta el patio y vi todo desde el cerco. Con la luna se veía bien.

—Ay, Bautista, qué mirón.

—Era por si precisaba protección, señora. Vi que no.

—¿Y se fue a dormir tranquilo?

—Tranquilo, no. No dormí.

Me reí. Bautista debe tener sesenta años, las manos curtidas, el cuello quemado de tanto sol. Ya habíamos estado juntos un par de veces. No es mi tipo, pero hay algo en su contención de hombre respetuoso que me prende fuego.

—¿Quiere levantarme el vestido?

—Quiero, sí.

—No tengo nada debajo.

Me arrimé al sofá del living, me apoyé sobre el respaldo doblada en dos, los pies apoyados en el piso. Bautista me levantó el solero con esas manos ásperas suyas. Me acarició los glúteos.

—Despacio, Bautista, despacio. Disfrute mirar primero.

—Como querer, quiero más —dijo.

Lo escuché escupirse la palma. Sentí la verga refregarse entre mis nalgas.

—En el culo —le dije—. Tengo ganas todavía.

No se hizo rogar. Apoyó y empujó. Me cogió hasta que empezó a jadear. Le pedí que me acabara en la boca. Me arrodillé y recibí todo: cara, lengua, vestido, escote.

—¿Está contento, Bautista?

—Le agradezco, señora —dijo, siempre respetuoso—. Para cuando vuelva, va a estar todo en orden. Esta semana le terminan la pileta.

Se fue como entró, con el sombrero en la mano. Me duché, me cambié y me fui a Montevideo a atender a los dos clientes nuevos que Esteban me había mandado el viernes. Pero esa es otra historia, y se las cuento la próxima.

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Comentarios (6)

CarlosN_88

increible relato, no me lo esperaba para nada

MarisolBA

me quede con ganas de saber como sigue... por favor una segunda parte

CuriosaLectora

Que historia tan intensa. Se nota que hay algo muy real atras, lo narraste con una honestidad que impresiona.

Nando77

buenisimo!! segui asi

MateoK91

Los relatos en primera persona siempre enganchan mas, y este especialmente. Muy bien escrito.

SusanaRP

Y Diego ¿como reacciono cuando te escucho todo? me quede con esa pregunta dando vueltas

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