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Relatos Ardientes

Mi sobrina vino a estudiar y descubrí que la deseaba

Nací en un pueblo del norte de la provincia de Buenos Aires, igual que mi hermana Marisol. Cuando éramos chicos, nuestros padres se mudaron a Mar del Plata para abrir una inmobiliaria, y allí crecimos los dos. Yo soy Esteban, el mayor por dos años. Estudiamos en un colegio religioso de buena fama, el San Genaro, que tenía primaria, secundaria y un terciario de magisterio. Yo terminé el secundario y entré al negocio familiar; ella siguió con la docencia.

Mi padre murió de un infarto cuando yo tenía veintiséis. Mi madre lo siguió al año siguiente, casi como si lo hubiera estado esperando. Marisol ya se había ido a vivir a San Pedro con un muchacho que conoció en el terciario, y la casa paterna quedó para mí. Me casé poco después con Lorena, una chica del barrio a la que conocía desde el secundario. Marisol también se casó por esos años y tuvo dos hijos: un varón y una mujer.

Lorena y yo nunca pudimos tener hijos. No fue por falta de ganas en los primeros años, simplemente no se daba. Después, cuando ella empezó con los problemas de salud, dejamos de intentarlo. La rutina nos fue ganando y la vida sexual se nos murió de a poco, sin que ninguno de los dos hiciera el esfuerzo de revivirla. Yo me había acostumbrado a las pajas en la ducha y a algún video por la noche, cuando ella ya dormía con la pastilla.

Una tarde de marzo, mientras cebaba mate en la cocina, sonó el teléfono.

—Hola, Estebancito —era Marisol, la única que todavía me llamaba así—. Tengo que pedirte algo. Ya lo hablamos con Camila y queremos saber qué te parece.

—Decime.

—Camila quiere estudiar magisterio. Quiere hacerlo en el San Genaro, igual que yo. Pensé que podría ir a vivir con ustedes, así no tiene que pagar pensión y, de paso, les hace compañía. ¿Qué decís?

—Tengo lugar de sobra. Y a Lorena le va a venir bien que haya alguien más en la casa.

No me di cuenta, en ese momento, de lo que estaba aceptando.

—Después te mando los papeles para que la inscribas. Andá al colegio cuando puedas.

—¿Qué edad tiene Camila ahora? La última vez que la vi era una nena de catorce.

—Acaba de cumplir dieciocho. Y está hermosa. No lo digo porque sea mi hija.

Inscribí a Camila por la mañana siguiente. Acomodé el cuarto que había sido de Marisol, el que usábamos para las visitas, y le puse sábanas nuevas. Lorena, desde la cama, supervisaba todo lo que podía. Estábamos los dos entusiasmados. Para ella, era una bocanada de aire fresco; para mí, una sobrina a la que casi no conocía y a la que iba a tener que aprender a cuidar.

***

Camila llegó un domingo de febrero a la terminal de Retiro. La esperé en el andén doce, con un café aguado de la cantina en la mano, y cuando empezó a bajar la gente del ómnibus de San Pedro casi no la reconozco.

Bajó una chica espectacular. Minifalda de jean, remera blanca ajustada que marcaba dos pechos pequeños y firmes, una cara de muñeca con anteojos redondos y el pelo negro atado en una cola alta. Me quedé mirándola sin reaccionar, hasta que ella me clavó los ojos, sonrió y vino corriendo hacia mí con las dos valijas a rastras.

—¡Tíoooo! —gritó, y se me colgó del cuello.

Yo, como un idiota, atiné a preguntar:

—¿Camila? ¿Cómo me reconociste?

—Por la foto que me mandó mamá, bobo —y me mostró una foto vieja que llevaba doblada en el bolsillo.

Cargué las valijas en un changuito y caminamos hasta el estacionamiento. Ella iba colgada de mi brazo, hablando sin parar, sin notar las miradas de los tipos que pasaban. Yo respondía con monosílabos. En el auto, mientras esperábamos para salir a la avenida, se me ocurrió de dónde me sonaba la cara.

Una semana atrás, harto de la abstinencia, había entrado a una página y me había hecho la paja con el video de una actriz menudita, de pelo negro y anteojos. Camila se le parecía demasiado. Sentí un cosquilleo en la entrepierna y apreté el volante.

En el camino le conté cómo estaban las cosas en casa. Que la tía Lorena estaba muy enferma, pero que entre nosotros no hablábamos del tema. Que la cuidábamos sin darle dramatismo. Camila asentía con la cabeza, seria, y me dijo que iba a colaborar en lo que hiciera falta.

***

Las primeras semanas fueron una bendición y una tortura a partes iguales. Camila se llevó de maravilla con Lorena. Se quedaba con ella por las mañanas, le hacía el desayuno, le leía revistas, la peinaba. Mi mujer salía menos de la cama por debilidad, pero se la veía más viva, más conectada con todo.

Yo decidí trabajar solo media jornada para poder estar en casa por las tardes, cuando Camila se iba al colegio. Pero antes de que arrancaran las clases, esos primeros días los pasamos los tres juntos, y ahí empezó todo.

Camila andaba por la casa con unas calzas grises que se le metían en la raya del culo y le marcaban la concha por delante. La primera vez que la vi así, casi se me cae el mate de las manos. Le pedí a Lorena, en privado, que le dijera algo.

—Dejala, Esteban —me contestó, sonriendo—. Si yo tuviera ese cuerpo a los dieciocho, andaría igual. Y por lo menos vos te recreás la vista con algo joven.

Lo dijo sin enojo, casi como si me autorizara. Me miró a los ojos un segundo de más, como si entendiera lo que me estaba pasando antes que yo.

Esa misma tarde, mientras yo cebaba mate en la cocina, Camila entró del jardín, le dio un beso a su tía y, en lugar de sentarse en una de las sillas, dio la vuelta a la mesa y se me sentó en las rodillas.

—¿Por qué no te sentás en una silla? —le dije, tirándome para atrás.

—Porque soy tu sobrina preferida —contestó, y me dio un beso en la mejilla.

Lorena se reía bajito desde la silla de al lado. Yo me quedé tieso, con la verga durísima debajo del pantalón, sintiéndola apoyada contra mi entrepierna como si nada. Cuando Camila se levantó y se fue al baño, Lorena me miró con una sonrisa que no le había visto en años.

—No te preocupes —me dijo—. Está todo bien.

No le entendí en ese momento.

***

Empezaron las clases y la rutina se acomodó. Camila se iba al mediodía con la pollera del uniforme y volvía a las siete. Yo trabajaba hasta las dos, después almorzaba con Lorena y, cuando Camila llegaba, cebaba mate en la cocina. Y todas las tardes, sin falta, ella entraba, saludaba a la tía y se me sentaba en las rodillas.

Pero ahora venía con la pollera del colegio. Una pollera tableada, de tela liviana, que se le subía cuando se sentaba. Yo sentía la bombachita refregándose contra mi bragueta, y ella ni se inmutaba. Charlábamos los tres de cualquier cosa: del profesor de literatura que era un pesado, de la chica del banco de adelante que la tenía cansada, del libro que le había prestado Lorena.

Por la noche, en el baño, me hacía la paja pensando en ella. En el culo redondo, en las tetitas que se le marcaban debajo de la remera, en el calor que dejaba sobre mis piernas cuando se levantaba. Después me dormía con culpa, miraba a Lorena dormida al lado y me prometía que no iba a pasar de ahí.

Pasaron los meses. En agosto, Camila viajó a San Pedro a festejar su cumpleaños número diecinueve. Fueron solo cuatro días, pero fueron eternos. La casa quedó vacía de un modo que no había estado nunca. Lorena dormía casi todo el día y yo me daba cuenta de que la presencia de mi sobrina se había vuelto el centro de mis horas. Las pajas ya no me alcanzaban. Quería tenerla, abrazarla, morderle el cuello, hundirme entre sus piernas hasta perder la cabeza.

Cuando volvió, no me animé a decirle nada. Seguimos con el ritual del mate, las rodillas, la pollera del colegio. Yo apretaba la mandíbula y aguantaba.

***

Lorena murió una mañana de septiembre, sin avisar. Se durmió la noche anterior como siempre, y cuando me desperté, estaba fría. Quedé viudo a los cuarenta años, con una sobrina de diecinueve a la que deseaba con cada fibra del cuerpo y a la que ahora no me atrevía ni a mirar.

El velorio fue corto. Vino mi hermana, vinieron los pocos parientes que nos quedaban, vinieron los vecinos. Camila se portó como una adulta. Cocinaba, atendía a la gente, me sostuvo del brazo en el cementerio. Marisol se quedó cinco días con nosotros y después se volvió a San Pedro.

Cuando quedamos solos, todo se volvió incómodo. Yo evitaba la cocina cuando ella estaba. Ella se vestía con ropa más holgada, dejó de sentarse en mis rodillas. La casa se llenó de un silencio raro, denso, como si los dos estuviéramos esperando algo y ninguno quisiera ser el que daba el primer paso.

Una tarde, dos semanas después del entierro, yo estaba cebando mate en la cocina, mirando por la ventana sin pensar en nada concreto. Escuché la puerta de la calle, sus pasos en el pasillo, la voz alegre que hacía meses no escuchaba.

—¡Ya llegué! ¿Tío, dónde estás?

—En la cocina —respondí.

Vino derecho hacia mí, sin saludarme con un abrazo desde la puerta como hacía siempre. Se paró a un costado de la silla, me agarró la cara con las dos manos y me miró seria.

—Tío querido, no puedo verte así.

Y me besó en la boca.

No fue un piquito de sobrina. Fue un beso largo, con la lengua buscando la mía, con una urgencia que no esperaba. Yo respondí sin pensar, le metí la mano debajo de la pollera y le corrí la bombacha a un costado. Le metí el dedo del medio entre los labios mojados. Ella gimió contra mi boca y de golpe cerró las piernas, atrapándome la mano.

—Mi primer orgasmo con vos lo quiero en la cama —me dijo al oído—. Y con tu pija adentro.

La levanté en brazos sin soltarle la boca. Pesaba muy poco. La llevé hasta su cuarto, el mismo que había sido de mi hermana de chica, y la tiré sobre la cama. Le subí la pollera, le saqué la bombacha de un tirón. Bajé la cabeza y me hundí entre sus piernas como un sediento que encuentra agua después de días en el desierto.

La lamí entera. Le chupé el clítoris, le metí la lengua adentro, le pasé los labios por la cara interna de los muslos. Ella jadeaba y me agarraba el pelo con las dos manos, levantando la pelvis para encontrar mi boca.

—Por favor, ya, metémela —me dijo, casi sin aire—. No aguanto más, tío, cogeme.

Saqué la cabeza de su entrepierna, me bajé los pantalones y el calzoncillo de un tirón. Subí buscando su boca, pero hice una parada en sus pechos, esos pechos chiquitos y firmes que se me habían metido en la cabeza desde el primer día. Le mordí los pezones uno por uno. Ella se había desabrochado la blusa y los tenía duros, parados.

Mi pija no es enorme, pero sí gruesa. Cuando la apunté contra la entrada de su concha, ella se contrajo apenas.

—Despacio, tío. Por favor.

—Tranquila, mi amor. No te quiero hacer daño. Quiero que disfrutes vos también.

Empujé despacio. Estaba mojadísima, pero apretada. Avancé de a poco, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración. Cuando estuve adentro hasta el fondo, me quedé quieto un segundo. Después empecé a moverme, primero suave, después con más ritmo. Sus gemidos se transformaron en grititos cortos.

—Sí, tío, así. Qué bien se siente.

Yo resoplaba como un caballo. Hacía años que no cogía y el cuerpo me lo recordaba. Sentí cómo se le contraía la concha alrededor de mi pija, cómo se ponía rígida, cómo gritaba más fuerte. Después un líquido caliente me mojó la pelvis.

Me di cuenta de que estaba por acabar yo también. Tuve un segundo de lucidez —pensé en los métodos, en la responsabilidad, en todo lo que no habíamos hablado— y la saqué a tiempo. Acabé sobre su pubis, en chorros que me dejaron sin aire.

***

Nos quedamos los dos boca arriba, mirando el techo. Yo encendí mentalmente un cigarrillo que no tenía hacía años. Con Lorena, después de coger, siempre fumábamos uno a medias, hasta que ella enfermó y dejamos las dos cosas al mismo tiempo. Pensé en ella y se me escapó en voz alta:

—Perdoname, Lorena. Pudo más que yo.

Camila estaba quieta a mi lado. Se había abrochado la blusa y se había bajado la pollera sobre los muslos. Tardé en darme cuenta de que me estaba diciendo algo.

—¿Qué decías?

—Que la tía Lorena ya te perdonó. De eso tenemos que hablar, tío. Me doy una ducha y lo hablamos.

Me dio un piquito y se fue al baño. Me quedé sentado en la cama, con la cabeza dándome vueltas. Recién en ese momento caí en que había acabado, en que no me había puesto nada, en que las consecuencias de esto no terminaban en el orgasmo. Me levanté, me lavé en el otro baño, me puse ropa limpia y bajé a la cocina.

Cuando ella entró, ya con las calzas grises, las mismas que me habían roto la cabeza el primer día, yo estaba cebando mate de nuevo. No la pude mirar a los ojos.

—Hablemos, tío.

—Camila, lo que hice…

—Lo busqué yo. Y me gustó. Pero tengo algo que contarte. Algo que hablé con la tía.

—¿Cómo?

Me senté frente a ella. Recordé las sonrisas de Lorena cuando Camila se sentaba en mis rodillas, esas sonrisas que en el momento no entendí.

—Una tarde, pocas semanas antes de que se muriera, me llamó al cuarto. Me dijo que sabía que le quedaba poco. Que estaba preocupada por vos, porque te ibas a quedar solo. Que se daba cuenta de que yo te quería, y me pidió que no me fuera. Que te ayudara a encontrar a alguien que te hiciera feliz. Le pregunté si me daba permiso a mí. Me dijo que ustedes dos se gustaban, que ella lo veía. Le confesé que estaba enamorada de vos. Me dijo que sería hermoso.

No supe qué decir. Me quedé mirándola, con los ojos llenos de lágrimas que no había derramado en el velorio.

—Estoy loco por vos desde el primer día —le dije, finalmente—. Pero hay cosas que pensar. Tu mamá. Lo de hoy, sin cuidado. La diferencia de edad.

—Mamá ya lo sabe. Le dije que me quedo con vos hasta terminar el magisterio, y después vemos. Tomo pastillas desde los dieciséis, así que tranquilo, podés acabar adentro la próxima.

Vino y se me sentó en las rodillas, otra vez, como hacía con Lorena mirando. Refregó la concha contra mi pija, que ya empezaba a despertar de nuevo, y me susurró al oído:

—A la noche quiero más, tío. Mi conchita tiene hambre de esa pija.

Cocinamos juntos. Nos toqueteábamos como dos adolescentes. Cenamos, lavamos los platos y nos fuimos al dormitorio antes de que se hiciera tarde. Mientras me acostaba boca arriba y la veía desnudarse despacio frente a la cama, pensé que tenía tres años de magisterio por delante para tenerla así, todas las noches. Después se vería. El destino, o lo que fuera, dirá.

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Comentarios (5)

Rodrigo_22

excelente relato!!! me dejo sin palabras, de lo mejor que lei en mucho tiempo

Lautaro_mdp

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

noctambulo_r

Me recordo a una situacion que viví hace años. Esa tension que describes al principio, sin poder nombrarla... esta muy bien captada

ToniBA87

Que bien lo contaste, se siente real y eso es lo que mas me gusta de estos relatos. Seguí así!

DiegoCba88

¿Vas a escribir la continuacion? Quedaria genial saber como siguio todo despues

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