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Relatos Ardientes

Mi prima ocupó el lugar de mi muñeca esa mañana

A Camila la conozco desde que dimos los primeros pasos. Es la hija de mi tía Lorena, hermana menor de mi madre, y crecimos pasando todos los veranos juntos en la casa de los abuelos. Tiene el cabello castaño oscuro, los ojos grandes color avellana y una piel clara con un tono dorado que parece estar siempre tocada por el sol. Desde chica se notaba que iba a ser de las que rompen corazones.

Cuando éramos niños, yo invitaba amigos a casa para jugar a los videojuegos y, si ella estaba de visita con mi tía, todos terminaban olvidándose del control. La mirábamos con esa mezcla de fascinación y torpeza que tienen los chicos a los doce años. En la escuela, mis compañeros me decían lo mismo: «Tu prima Camila es lo más lindo que vimos en la vida». Yo me reía, pero por dentro lo sabía. Le saco apenas dos años; eso, en la adolescencia, basta para empezar a mirarla distinto.

En los últimos años del colegio, Camila se transformó. Su sonrisa, sola, podía desarmar a cualquier hombre. Y, sin embargo, esa belleza también era su condena. Recuerdo una tarde, viendo un capítulo viejo de una serie norteamericana. El tío le decía al sobrino que las chicas más bonitas eran, casi siempre, las más solas, porque a la mayoría de los chicos les daba miedo hablarles. Esa frase se me quedó grabada. Esa misma tarde decidí comprobarla.

Le escribí a Camila por mensaje y le pregunté qué planes tenía. «Nada, aburrida en casa», me contestó. En el centro habían abierto un salón de máquinas enorme, lleno de luces y música, y la invité a acompañarme. Aceptó al instante. Pasamos la noche entera entre máquinas de pelea, autos de carrera y un juego de baile en el que había que pisar flechas en el suelo. Camila se enamoró de ese juego. En una canción rápida pisó mal y se fue de costado; alcancé a sostenerla en el aire, con las manos en su cintura, y aproveché esa cercanía para no soltarla del todo durante el resto de la noche.

Parecíamos novios. Lo notaba en la mirada de los otros hombres del local. Al salir, hasta el guardia me dio una palmada en el hombro y me sonrió. Después fuimos a comer un helado y ella me confesó algo que no esperaba: estaba sola, casi no tenía amigos, los chicos se paralizaban cuando se les acercaba a hablarles. El consejo de aquel personaje tenía razón. Las mujeres más lindas son las que más solas están.

Desde aquella noche todo cambió entre nosotros. Empezamos a ir solos a todos lados, a inventar excusas para vernos. Unos meses después le propuse un viaje al sur. En la habitación de aquel hotel pequeño, frente al mar, fui el primero en entrar dentro de ella. Tuve el privilegio de iniciarla en el sexo, y a partir de esa noche se volvió mi mujer en un sentido que nadie en la familia podía sospechar. Ella inventaba pijamadas con amigas, yo inventaba viajes con compañeros, y en el medio nos encontrábamos en cualquier rincón donde pudiéramos estar solos.

Han sido tantas las veces que la hice mía que ya ni las cuento. Esta es solo una de esas historias.

***

Yo tenía veintidós años; Camila, veinte. Era una mañana de agosto, calurosa y sin nubes. Me levanté tarde, cerca de las nueve. Mis padres ya se habían ido al trabajo, mi hermana estaba en la facultad y mi hermano en el colegio. Estaba solo en casa. O al menos eso creí.

Amanecí con el sexo duro y unas ganas insoportables de coger. Hacía meses había pedido por internet una muñeca de silicona traída desde Asia, pensada para esos momentos de sequía. Era de un metro sesenta, con el cabello rubio y liso, ojos azules artificiales y una piel suave que imitaba bastante bien la real. Se llamaba Lola, según el nombre estampado en la caja. ¿Quién le pone nombre a una muñeca?, pensé, y solté una risa.

Abrí el ropero y bajé la caja. La muñeca estaba apoyada de costado, vestida con un conjunto de lencería negro que venía incluido. La saqué con cuidado, leí por costumbre el folleto que ya había memorizado —vaginal, anal, oral, cabeza de silicona blanda— y la dejé sentada en el borde de la cama. Me desnudé. Le quité la lencería, una pieza a la vez. La levanté de la nuca, abrí su boca y empecé despacio, mirándole los ojos vacíos como si fueran reales.

Mientras se la metía a Lola me pareció oír pasos en el pasillo. Pasos suaves, casi imperceptibles. No le di importancia. Sabía que estaba solo. Pensé que serían las tablas del piso de madera, que crujían siempre con el cambio de temperatura.

Después de unos minutos la di vuelta y la coloqué en cuatro sobre el colchón. Le tiré una sábana encima de la cabeza, hasta dejarle solo el cuerpo a la vista. De la mesa de luz saqué un plug anal con forma de corazón y se lo encajé despacio. Estaba a punto de penetrarla cuando la puerta de mi habitación se entreabrió un poco más. El viento, me dije. Las ventanas estaban cerradas, pero quise creerme la mentira.

La agarré de la cintura y la penetré. La muñeca era autolubricante, una de las pocas cosas por las que valió la pena gastar tanto. Empecé a embestirla con fuerza, sin pensar en nada más. Sentía como si alguien me estuviera mirando. Giré la cabeza una sola vez. No había nadie.

Y entonces sonó el teléfono fijo de la sala.

Al primer timbre me pareció escuchar pasos rápidos, alguien moviéndose en puntillas hacia algún lado. Me detuve. ¿Qué está pasando? Solté a Lola, agarré un bóxer del piso y bajé a contestar antes de que cortaran.

Era mi madre.

—Hola, mi amor. ¿Te despertó el teléfono? —me preguntó—. Te llamo para avisarte que Camila está en casa.

Me quedé mudo medio segundo.

—¿Camila? —repetí, como si no entendiera.

—Sí, hijo. Anoche tuvo un evento en la agencia donde modela y se le hizo tarde. La casa de tu tía queda lejos, así que se vino para acá. La dejé durmiendo en el cuarto de huéspedes. Hay panqueques, café y leche en la cocina, no se olviden de desayunar.

Le agradecí, le dije que sí, que me iba a ocupar. Colgué con una sonrisa que se me dibujó sola. Camila estaba en mi casa. Solos los dos. Leche es lo único que pienso darle de desayunar, pensé.

Subí las escaleras de a dos. Pasé primero por el cuarto de huéspedes para despertarla, pero la cama estaba vacía y revuelta, como si se hubiera levantado hacía rato. La llamé en voz baja. Nada. Recorrí el pasillo, miré en el baño. Tampoco. Volví a mi habitación a guardar a Lola antes de que apareciera por algún lado y me viera con la muñeca a la vista.

Y ahí la encontré.

Sobre mi cama, en cuatro patas, completamente desnuda, en exactamente la misma posición en la que yo había dejado a la muñeca. La cabeza cubierta por la sábana. La espalda arqueada. El plug anal con forma de corazón asomando entre sus glúteos. Lola había desaparecido. Después la encontraría debajo de la cama, escondida con prisa.

***

Me quedé un instante en el umbral, mirándola. No se movía. Ni un suspiro, ni un temblor. Estaba interpretando el papel a la perfección. Había escuchado todo desde el primer minuto, había entendido el juego, y había decidido entrar.

Decidí seguírselo.

Me bajé el bóxer y me acerqué sin decir una palabra. La agarré de la cintura, fría como una estatua que finge serlo, y la penetré de un solo golpe. Camila no soltó ni un gemido. Apretó los puños sobre la sábana y aguantó. Empecé a embestirla con la misma fuerza con la que había embestido a Lola un rato antes, fingiendo, igual que ella, que no éramos nada más que un hombre y una muñeca.

La cogí durante minutos largos, sin pausa. Su cuerpo se acomodaba a cada empuje, pero seguía sin emitir sonido. Sentir su silencio mientras me hundía dentro de ella era más excitante que cualquier gemido. Cuando ya no pude aguantar más, me vacié dentro de ella en arremetidas cortas, mordiéndome los labios para no gritar yo tampoco.

Salí. Fui al baño, me lavé despacio, mirándome en el espejo con la sensación de estar dentro de una escena que no era del todo real. Cuando volví, ella seguía igual. Inmóvil. La sábana cubriéndole la cabeza. Las piernas separadas. Mi semen escurriéndose por la cara interna de los muslos.

Me acerqué y empecé a manosearla. Le pasé la mano por la espalda, por las nalgas, por los pechos colgando hacia el colchón. Camila no se movía. Era una muñeca. Mi muñeca. Sentí que el sexo se me volvía a poner duro mientras la tocaba.

Le quité la sábana de la cabeza, le tomé el mentón con dos dedos y lo levanté hasta que su cara quedó frente a la mía. Tenía los ojos cerrados. Le abrí la boca con el pulgar y le metí el sexo despacio, hasta el fondo. Empecé a moverme contra sus labios, ensalivándome, dejando todo bien húmedo. Sabía qué iba a hacer después.

Volví a la posición original. La tomé de los tobillos y la jalé hasta el borde de la cama. Le saqué el plug con cuidado y apoyé la punta contra su orificio. Lo acaricié un instante, casi con ternura, antes de hundirme de un solo empujón.

Camila pegó un grito.

Vaya, no sabía que las muñecas vinieran con sonido, pensé, y casi me reí en voz alta.

Ya no pudo seguir el juego. Empezó a gemir, primero bajito, después más fuerte, mordiendo la sábana para no gritar de más. Yo me hundía cada vez más profundo. Le tomé la cintura con las dos manos, le clavé los dedos sobre la piel, y la cogí por detrás con una intensidad que nunca antes me había permitido. La sentía abrirse alrededor de mí, ceder, temblar.

Cuando llegué al final, lo vacié todo dentro de ella. Camila gritó de nuevo, esta vez con un temblor que le recorrió toda la espalda. Se vino al mismo tiempo que yo, las piernas se le aflojaron y se desplomó hacia adelante con la cara contra el colchón.

***

Me quedé un momento sobre ella, recuperando el aire. Después salí. Volví al baño, me lavé despacio, y traje unas toallitas húmedas para limpiarla. Camila no se había movido. Seguía boca abajo, las nalgas levantadas, ambos orificios chorreando lo mío. La limpié con calma, primero el sexo, después el ano, secando despacio cada gota.

Cuando terminé, la cargué al hombro como si pesara la mitad de lo que pesa. La llevé hasta el ropero abierto. Bajé la caja de Lola y la dejé en el piso. Acomodé a Camila adentro, ajustándole los brazos y las piernas con el mismo cuidado con el que había acomodado a la muñeca el día que llegó por correo. Camila seguía con los ojos cerrados, sin abrir la boca, siguiendo el juego hasta el final.

Cerré la caja. Corrí el pestillo del ropero. Bajé a la cocina sin apuro, en bóxer, y serví el café que había dejado mi madre. Calenté los panqueques. Me los comí mirando por la ventana, pensando que cuando volviera al cuarto, mi nueva muñeca iba a seguir esperándome adentro de la caja, en silencio, lista para que la usara otra vez.

Esa mañana desayuné solo. Mi prima, según el guion de aquel juego, no tenía hambre. Las muñecas, dicen, no comen.

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Comentarios (5)

seba70

Buenísimo!! me dejó con ganas de mas

AndresCba

Estuvo muy bueno, ojala haya segunda parte

Nico_Bs

tremendo final jaja, no me lo esperaba

SofiaLec

Me encanto como lo contaste, se siente demasiado real. Sigue subiendo relatos asi!

TomásR

Que manera de escribir, te engancha desde el principio y no te suelta. La tension que genera es increible. Espero el proximo relato.

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