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Relatos Ardientes

La tarde que mi suegra cerró la puerta del cuarto

A Ramiro lo apodaban «el sargento de hierro» en el barrio, no por una serie de televisión sino por la manera en que caminaba cuando todavía caminaba: erguido, con la mirada por delante, como si esperara una orden propia que nunca terminaba de llegar. Lo habían condecorado tres veces antes de los cuarenta, y se decía en las panaderías de la zona que era preferible cruzarse con un mal recuerdo antes que con él. Pero todo aquello había quedado lejos. Cuando lo conocí, él ya era un hombre encogido por los años, sostenido a duras penas por un bastón gris y por la paciencia de su única hija, Camila, mi esposa.

Beatriz, su mujer, había muerto el otoño pasado. La velamos en una sala fría, con flores blancas y demasiada gente apretándose las manos. Ramiro estuvo tres días sin pronunciar una sola frase completa. Cuando por fin abrió la boca, lo hizo solo para mí, y no recuerdo haber escuchado algo más triste en mucho tiempo.

—Era la mejor compañera que tuve. Leal hasta el final.

Yo asentí, porque no había otra cosa que pudiera hacerse. Asentí y miré el suelo. Y en ese silencio incómodo, mientras él se aferraba a mi brazo con la mano que todavía le respondía, recordé lo que había pasado quince años atrás, en aquella casa de techo bajo donde Beatriz me había enseñado lo que era el deseo verdadero.

***

Camila y yo cumplíamos años el mismo día de febrero. Aquel verano cumplíamos treinta y cuatro y habíamos planeado una cena con torta y velas en lo de sus padres. Ramiro nunca llegó a probar el merengue. A las siete de la tarde, mientras volvía de la comisaría en su moto, un camión sin frenos se le cruzó en una avenida y le partió el cuerpo en silencio. Sobrevivió por terquedad. Dos meses internado, una decena de operaciones, y al final lo enviaron a casa con la mitad izquierda destrozada, el cuello inmovilizado por una férula de plástico y la mirada clavada en el techo, como si lo estudiara para escribirle una carta.

Por aquel entonces yo trabajaba en la inmobiliaria de mi padre, pero había estudiado dos años de enfermería antes de abandonarlo todo, y los conocimientos básicos me alcanzaban para echar una mano. Pasaba por la casa de mis suegros todas las tardes a las cinco. Le cambiaba el catéter, le pasaba el antibiótico, controlaba el suero. Beatriz me dejaba entrar con una sonrisa cansada y un café recién hecho sobre la mesada. Después se sentaba a mirarme trabajar, las manos cruzadas sobre el regazo, callada.

Tenía cincuenta y seis años y aparentaba diez menos. No por cirugías ni por trucos, sino por una manera particular de moverse que no había perdido pese al cansancio. Era baja, de uno sesenta y poco, con un pecho generoso heredado de generaciones de mujeres del litoral y una cintura que aún se marcaba bajo la ropa. Vestía con sobriedad: pantalones rectos, blusas claras, alguna calza negra cuando la espalda le exigía elasticidad. Nada provocativo. Nada que pudiera leerse como invitación.

Y, sin embargo, me calentaba. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero tampoco voy a esconderlo: cada tarde, mientras ella me preguntaba por mi día con la voz suave de quien quiere desviar pensamientos más oscuros, yo trataba de no mirarle el escote por demasiado tiempo. De ahí a imaginar lo que terminó pasando había, en mi cabeza, una distancia oceánica.

***

Aquella tarde fue distinta desde el principio. Cuando entré, Ramiro estaba alterado. Un compañero suyo de la fuerza, un tal Ferreira, había pasado a saludarlo y le había contado algo que lo dejó murmurando entre dientes. No le di importancia. Le acomodé la almohada, le pasé la medicación habitual y, mientras la somnolencia comenzaba a vencerlo, lo escuché farfullar una frase que recordaría durante años.

—Andrés… Andrés la quiere coger. Coger… —y se durmió.

Quedé congelado un momento al lado de la cama. Ramiro respiraba pesado, ya en el sueño profundo del calmante. Salí del cuarto despacio, cerré la puerta con cuidado y caminé hasta la cocina sintiendo que el corazón me golpeaba el cuello.

Beatriz estaba sirviendo dos cafés, uno para cada uno, como hacía siempre antes de que me fuera. No levantó la mirada cuando me oyó llegar.

—Hay una caja en mi habitación, con cosas viejas de Camila, de cuando iba al liceo —dijo—. ¿Te las podrías llevar?

Asentí. Bebimos el café en silencio. Ella me miraba con una calma extraña, los ojos marrones encendidos por algo que entonces no supe leer. Cuando terminó, dejó la taza en la pileta y caminó hasta el pasillo sin decir nada más.

***

El cuarto de Camila había quedado intacto desde que se mudó conmigo. Cama de una plaza, alfombra con un sol bordado, un póster torcido de una banda inglesa de los setenta y otro de una película que ya nadie veía. Había un olor leve a perfume guardado, a ropa que llevaba años sin estrenarse. La caja estaba sobre el escritorio, cerrada con cinta de embalar.

Yo me quedé parado en el centro de la habitación, calculando si me cabría bajo el brazo o si tendría que volver al auto a buscar una bolsa. Y entonces escuché el clic de la puerta detrás de mí. Beatriz había entrado y la había cerrado por dentro. Subió un poco el volumen de la radio que tenía sobre la mesita de luz. Se descalzó. Yo seguía mirando la caja, con la mano apoyada en la tapa, como si fuera lo único real en la habitación.

—¿Y… la caja? —pregunté, porque era la pregunta más estúpida que se me ocurrió.

Ella sonrió de costado. Se llevó las manos al borde del pulóver y se lo sacó de un movimiento limpio, sin acrobacias, sin pose. Lo dejó caer al suelo. Después se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el corpiño. Cuando el sostén cayó al lado del pulóver, el pecho se le acomodó con su propio peso, y yo sentí la respiración de mi entrepierna golpeándome el pantalón como si tuviera vida propia.

Iba a decir algo. Algún disparate. Pero ella se acercó y me cerró los labios con un dedo. Después tomó mis manos y las llevó a sus pechos. Y nos besamos. Y la cabeza se me apagó.

***

Lo que vino después no lo puedo contar en orden. Recuerdo escenas sueltas, no una secuencia. Recuerdo la forma en que sus manos buscaron el botón de mi pantalón y, al no poder con él, terminaron metiéndose por el costado de la pretina hasta encontrar lo que buscaban. Recuerdo el calor de su palma cerrándose alrededor. Recuerdo que pensé, con una claridad absurda en medio del aturdimiento: esto mismo estuvo dentro de su hija anoche. Y recuerdo que el pensamiento, lejos de detenerme, me empujó hacia adelante.

Me desvestí sin saber cómo. Caí de espaldas en la cama de una plaza, que crujió como si protestara. Beatriz se subió encima de mí, apoyó las rodillas a los lados de mi pecho y giró el cuerpo. Me ofreció todo lo que tenía y, al mismo tiempo, descubrió lo que ella esperaba de mí. La habilidad de la boca de una mujer de cincuenta y seis años no se compara con nada que hayas conocido a los treinta. Trabajaba con paciencia. Trabajaba sabiendo. Cada vez que yo creía estar al borde, ella se apartaba un par de centímetros, esperaba, y volvía. Tres veces lo hizo. Tres veces me llevó al borde y me dejó respirando contra su muslo.

Y entonces, sin avisar, se dio vuelta. Se acomodó en la entrada y, con los ojos cerrados, dejó caer el peso del cuerpo despacio, milímetro a milímetro, hasta que estuvo enterrada hasta el fondo. Soltó un «sí» largo, contenido, casi un susurro. La radio en la mesita de luz disimulaba el resto.

—Date vuelta —le pedí.

Lo hizo. Se acostó boca arriba sobre la colcha de su hija, con el pelo desparramado en formas que jamás le había visto, y yo me arrodillé entre sus piernas y la miré. Tenía un par de lunares en el costado del pecho, otro en la cadera, otro en el muslo izquierdo. Le pasé la mano por el vientre. Después la cogí despacio, como un jinete que recorre una pradera conocida, alargando el momento porque ya sabía que no iba a haber otro.

Nos miramos a la cara. No éramos nada en ese cuarto: ni suegra ni yerno ni nombre ni apellido. Éramos un hombre y una mujer, y eso era todo lo que había para decir.

Hasta que una voz nos volvió a la realidad.

—¡Bea… Beatriz! —llamó Ramiro desde el dormitorio del fondo, con la voz pastosa del calmante.

—Todavía hay tiempo —susurró ella, y aceleró el movimiento de las caderas con una decisión que no admitía discusión.

Dos minutos después, los dos cuerpos se sacudieron al mismo tiempo. Yo le mordí el hombro para no hacer ruido. Ella me clavó las uñas en la espalda. Y cuando todo terminó, lo hizo con una agonía que no había sentido en mi vida y que tampoco volvería a sentir.

***

—¡Bea! ¡Beatriz!

Nos vestimos rápido, callados, sin mirarnos demasiado. Ella se peinó frente al espejo del placard con la mano, recuperando la compostura de cincuenta y seis años en treinta segundos. Yo me até los cordones con las manos temblando. Antes de que abriera la puerta, ella me agarró del brazo.

—No te confundas —dijo, y por primera vez en toda la tarde su voz era firme—. Hay cosas que pasan una sola vez en la vida. Esta fue una de ellas.

Asentí. No tenía nada para responder. Tomé la caja con las cosas viejas de Camila, salí de la habitación y atendí a Ramiro, que pedía agua. Le acomodé la almohada y le pasé el vaso. Él ni siquiera me miró a la cara: tenía los ojos cerrados y la frente perlada. Después me despedí y salí a la vereda, a la luz violeta del atardecer.

Llegué a casa esa noche vacío de sexo y lleno de culpa. Camila me esperaba con la cena lista. Le dije que estaba cansado, que el tratamiento se estaba alargando más de la cuenta. Comimos en silencio. Esa noche no la toqué. La culpa, eso sí, se evaporó en menos de veinticuatro horas. La intentaba traer de regreso al pecho y se me escurría como agua entre los dedos.

A la tarde siguiente, cuando volví a la casa de mis suegros, Beatriz me recibió en la puerta con la misma calma de siempre, como si nada hubiera ocurrido. Me sirvió el café. Hablamos del clima. Le cambié el catéter a Ramiro. Cuando intenté demorarme un poco más, buscando alguna mirada cómplice, ella me palmeó el hombro y me acompañó a la salida con la firmeza con la que se acompaña a un hijo a la escuela.

Una semana después rechazó mi ayuda. Contrató una enfermera profesional, dijo, para no complicar a nadie. Nunca volvimos a tocarnos. En las cenas de cumpleaños y en las navidades en las que ella todavía estuvo, sostuvo siempre la misma sonrisa amable, los mismos ojos marrones encendidos, y solo a veces, al brindar, dejaba que su mirada se cruzara con la mía un segundo más de lo necesario. Después volvía a ocuparse del tenedor.

***

—Sí —le contesté a Ramiro aquella tarde de velorio, quince años después, mientras él lloraba apoyado en mi hombro—. Fue la mujer más fiel que conocí.

Y, a su manera, era cierto.

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Comentarios (6)

Guti83

tremendo relato, me dejo sin palabras

SebasLector

Por favor que haya segunda parte! quede con ganas de saber que paso despues

tinta_y_morbo

Lo que mas me gusto es como construiste la tension antes del momento clave. Esa sensacion de que algo iba a pasar sin que lo digas directamente... muy bueno.

Rodrigo_mza

increible!!! sigue asi

Lautaro_BA

Me recordo a situaciones que uno solo se atreve a imaginar. Bien narrado, sin volverse burdo en ningun momento.

ValentinaRos

Me pregunto si esto le paso de verdad o es ficcion... en todo caso muy bien escrito, se siente real

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