La noche que mi madre dejó la puerta entreabierta
Me llamo Mateo, tengo veintisiete años y la historia que voy a contar pasó hace dos meses, en la casa donde crecí. Mi madre siempre fue una mujer atractiva, de esas que se queda mirando la gente en la calle aunque ronde los cincuenta. Tiene el pelo castaño largo, una espalda firme de los años de natación, pechos grandes que disimula mal con cualquier camiseta y unas caderas que terminaron de formarse después del divorcio. Yo había aprendido a mirarla de reojo desde que entré en la adolescencia y, con los años, ese reojo se volvió un hábito inconfesable.
Aquel sábado fui a verla porque se quejaba de un grifo que goteaba en la cocina. Mi padre se había ido hacía siete años y, desde entonces, los pequeños arreglos quedaban para mí. Llegué cerca de las siete con la caja de herramientas, comimos juntos una pasta con tomate que ella había preparado mejor que de costumbre y, cuando estábamos terminando de fregar los platos, me dijo, sin mirarme:
—¿Te quedas a ver una película? Hay una vieja que querías ver de chico y la encontré en una caja de la mudanza.
Le dije que sí. No tenía planes, no tenía a nadie esperándome, y la idea de irme a las diez de la noche a un piso vacío no me apetecía. Subimos juntos al primer piso. Mi habitación seguía intacta, igual que la dejé al irme a la facultad, pero ella encendió la luz del cuarto principal y me hizo un gesto para que pasara.
—El reproductor de cintas está aquí —explicó—. En tu cuarto solo tienes el ordenador.
El cuarto olía a la crema de manos que usaba desde siempre, a algo de lavanda, a sábanas limpias. Mi madre se arrodilló frente a una caja apilada al lado del armario y empezó a sacar cintas. Llevaba puesta una bata de algodón, blanca con flores azules pequeñas, atada con un nudo flojo en la cintura. Cuando se inclinó hacia adelante, la bata se abrió por delante y le vi el inicio de los pechos, sostenidos por un sujetador color crema.
Aparté la mirada de inmediato, pero ya era tarde. Sabía que ella me había visto mirar. Lo supe porque tardó dos segundos más de la cuenta en levantarse, porque al hacerlo se ajustó el nudo de la bata muy despacio, porque cuando se giró hacia mí tenía una sonrisa pequeña en la comisura de los labios.
—Esta —dijo, levantando la cinta—. Te volvía loco a los doce.
No recuerdo cuál era. Asentí, me senté al borde de la cama y ella metió la cinta en el reproductor. Después se acostó a mi lado, encima del cobertor, con la espalda apoyada en el cabezal.
La película arrancó. Era una de aventuras, nada erótica, pero a los pocos minutos había una escena en una cabaña, una mujer y un hombre, ella desabrochándole la camisa. Yo sentí que el pulso se me iba al cuello. Mi madre no se movió. Solo, en cierto momento, levantó una rodilla y la dejó caer hacia un lado, abriendo apenas los muslos bajo la bata.
Yo miré al techo. Después al televisor. Después, por error, a su cara.
—¿Te pongo nervioso? —me preguntó, en voz baja, sin sonreír esta vez.
—No. ¿Por qué iba a ponerme nervioso?
Ella se rió por la nariz, sin alegría. Después giró la cabeza y me miró fijo.
—Mateo, hace meses que me miras de un modo que no es de hijo. ¿Te crees que no me doy cuenta?
Pensé en negarlo. No pude. Bajé la vista a mis manos, sentí que el calor me subía a la cara y me quedé callado.
—No tienes que disculparte —dijo, todavía mirándome—. No voy a fingir que no me halaga.
Me levanté. Le dije que iba al baño. Cerré la puerta detrás de mí, me apoyé en el lavamanos y me miré en el espejo. El corazón me latía como si hubiera subido las escaleras corriendo. Abrí la ducha más por reflejo que por necesidad, me metí debajo del agua tibia y traté de pensar con claridad. Pensar con claridad fue lo último que hice esa noche.
Cuando salí, me había envuelto en una toalla blanca, atada a la cintura. Pensaba caminar hasta mi cuarto antiguo, vestirme y volver a despedirme con calma. Pero al abrir la puerta del baño, ella estaba ahí, parada en el pasillo, con la luz apagada detrás y la del baño iluminándola apenas.
Se había soltado la bata. La sostenía cerrada con una mano, sin nudo.
—Quiero que me digas que me vaya y me voy —dijo, en un tono más suave de lo que esperaba—. Si te lo callas, esto pasa.
Lo iba a decir. Tenía la frase ya formada en la lengua. No salió.
Ella dejó caer la mano. La bata se abrió. Llevaba todavía el sujetador color crema y unas bragas a juego, simples, sin encaje, sin teatro. La piel del vientre, más clara que la del pecho, se le marcaba con la respiración. Yo no me moví. Ella se acercó, despacio, y me puso una mano abierta en el pecho desnudo, justo debajo de la clavícula. Tenía los dedos fríos.
—Decídelo tú —dijo.
La besé. La besé como nunca había besado a nadie, no porque fuera ella, sino porque tenía treinta años de mirarla acumulados detrás de los dientes y no sabía dónde ponerlos. Ella me devolvió el beso despacio, firme, sin prisa, con una mano todavía sobre mi pecho. Sentí que la otra me bajaba la toalla con un solo tirón.
***
Caminamos los dos, tropezando con la alfombra del pasillo, hasta el cuarto. Caímos en la cama sin separarnos. Ella se quitó el sujetador con un movimiento rápido detrás de la espalda y me dejó verla. Los pechos le caían un poco con el peso de los años, pero eran enormes, redondos, con los pezones oscuros y duros. Le pasé la lengua por uno y noté que se le escapaba un sonido de la garganta que nunca le había escuchado a nadie.
—Hace mucho —dijo, casi sin aliento—. Hace mucho que nadie me toca así.
Le pregunté si estaba segura. Me agarró la cara con las dos manos.
—Mateo, si te paras ahora, me muero.
Le bajé las bragas. La besé en el vientre, después más abajo. Ella separó las piernas, no como en las películas, sino con timidez al principio, y me dejó hacer. Estaba muy mojada. La oí llorar un poco mientras le pasaba la lengua, no de tristeza, sino de algo que no sé nombrar, una mezcla de alivio y vergüenza, y quise consolarla con la boca, hacerle olvidar todos los años en los que se había acostumbrado a no pedir nada para ella.
Cuando se vino, me apretó el pelo con tanta fuerza que pensé que iba a arrancarme un mechón. Se quedó quieta unos segundos, jadeando. Después tiró de mí hacia arriba.
—Ahora yo —murmuró.
Me empujó hasta dejarme acostado boca arriba. Me tomó con la boca, despacio, mirándome desde abajo, como si quisiera grabarse mi cara. Yo cerré los ojos. Era demasiado: la imagen, la idea, el sonido. Le dije que parara, que no quería terminar todavía, y ella me hizo caso. Se incorporó, se sentó encima de mí, y se introdujo despacio, centímetro a centímetro, mordiéndose el labio inferior.
—Despacio, Mateo —pidió—. Hacía años, ya te dije.
Me quedé quieto debajo de ella, dejándola elegir el ritmo. Ella se movía con los ojos cerrados, las manos apoyadas en mi pecho, los pechos balanceándose sobre mi cara. De vez en cuando abría los ojos, me miraba un instante y volvía a cerrarlos, como si necesitara confirmar que era yo y, al mismo tiempo, no soportarlo.
Después de un rato ella se inclinó sobre mi cuerpo, me besó largo, y me pidió, muy bajo, que le diera la vuelta. La giré con cuidado. Le besé la espalda desde la nuca hasta la cintura. Ella levantó las caderas y yo me hundí en ella desde atrás, agarrándola por los costados, despacio al principio, después más fuerte. Mi madre apretaba la sábana entre los dientes.
—Así —dijo, contra la almohada—. Justo así, no pares.
Cuando ya no pude más, le dije que iba a terminar. Ella se incorporó, se giró sobre las rodillas, y me llevó hasta su boca con las dos manos. Cerré los ojos cuando me vine. La sentí tragar y, después, apoyar la frente contra mi vientre, todavía respirando agitada.
***
Cuando terminamos, los dos estábamos empapados. Me dejé caer a su lado, boca arriba, con el corazón retumbándome en los oídos. Ella se acomodó contra mi hombro, todavía respirando agitada, y me pasó una pierna por encima.
—No digas nada —pidió.
—No iba a decir nada.
Nos quedamos así mucho rato. La película había terminado y la pantalla mostraba el menú azul del reproductor, repitiendo en bucle un fragmento de música. Nadie se levantó a apagarla.
A las cuatro de la madrugada, ella se incorporó sobre un codo y me miró largo, en la penumbra. Me apartó el pelo de la frente con una mano que ya no temblaba.
—Mateo, lo que pasó esta noche no se puede deshacer —dijo—. Pero tampoco te voy a pedir que finjamos que no pasó. ¿Está claro?
Le dije que sí. Le pregunté si se arrepentía. Lo pensó un instante.
—Mañana, cuando vea la luz, capaz que sí —admitió—. Esta noche, no.
Después se acostó otra vez contra mi hombro. La sentí dormirse sin esfuerzo, como una mujer que llevaba años sin dormirse de verdad.
Me fui antes de que amaneciera, cuando todavía era oscuro. La tapé con la sábana, le di un beso en la sien que ella no llegó a sentir, y bajé las escaleras descalzo, con los zapatos en la mano. No quería despertarla. No por vergüenza, sino porque no sabía qué cara poner cuando abriera los ojos.
Volví a mi piso, me senté en la cocina con un vaso de agua y miré por la ventana cómo se aclaraba el cielo. No me sentía culpable. Tampoco eufórico. Sentía algo más raro y más difícil de cargar: la certeza de que esa puerta, una vez abierta, no se iba a cerrar nunca. Y la sospecha, todavía más incómoda, de que ninguno de los dos quería que se cerrara.