Llamé a mi suegro mientras él se duchaba
La luz del baño me daba en la cara cuando cerré la canilla. Eran las cinco y diez. En la habitación, Esteban dormía boca arriba, con un brazo cruzado sobre los ojos y la respiración pesada de los hombres que han trabajado bien. Lo había dejado satisfecho, pero yo me había despertado antes de que sonara el despertador con una idea fija en la cabeza.
Saqué del estante el frasco grande de aceite de bebé. Me senté en el banquito y empecé a frotármelo en las piernas, en las caderas, en la entrepierna y, sobre todo, en las nalgas, hasta que la piel me quedó brillante de arriba abajo. Después llevé el frasco conmigo y volví al cuarto.
Encendí la lámpara de la mesita. Esteban abrió un ojo, después el otro, y se quedó mirándome desde la almohada con esa media sonrisa lenta que pone cuando algo le gusta más de lo que esperaba.
—Buen día —dijo, con la voz todavía ronca—. Se me ocurren bastantes cosas al verte brillar así.
Me acerqué, lo besé en la boca y me acosté a su lado. Le eché un chorro de aceite en la palma y empecé a frotarle la verga con paciencia, sintiendo cómo iba despertando bajo mis dedos.
—Tomá —le dije, y le puse el frasco en la mano—. Quiero que me masajees el culo.
Me puse en cuatro al borde de la cama. Él se acomodó detrás, se llenó las manos de aceite y empezó a amasarme las nalgas, deslizando los pulgares hacia adentro, jugando con el orificio sin forzar nada. De a ratos bajaba la boca y me lamía la concha, que yo había dejado deliberadamente sin aceitar para que tuviera por dónde entretenerse.
—Vení —le dije después de un rato.
Me di vuelta, me acosté boca arriba y levanté las rodillas. Le hice una seña para que se pusiera enfrente, con las piernas estiradas a los costados de mi cuerpo. Le ofrecí los pies. Tardó un segundo en captar la idea, pero cuando la captó se le iluminó la cara. Me los untó con aceite, me los masajeó un rato y después me acercó la pija. Yo formé un agujero con el arco de los pies y empecé a masturbarlo así, despacio, mirándolo a los ojos.
No es la posición más cómoda del mundo. Pero el efecto en él fue inmediato. Mientras yo le subía y bajaba con los pies, me acariciaba las tetas y se mordía el labio. Cuando estuvo del todo dura, le solté la verga y me di vuelta otra vez.
—Quiero la cabezona adentro —le dije.
—¿No vas a llamar a tu marido?
—Quiero la tuya. Ya.
Se puso semiparado junto al borde de la cama, con las rodillas flexionadas. Me encanta que me cojan así porque puedo arquear la espalda como quiero. Apoyó la cabeza en el orificio y empujó despacio, sin forzar, dejando que el aceite hiciera lo suyo. Un nuevo chorrito justo en el lugar exacto y, cuando todavía estaba distraída sintiendo el frío del aceite, me dio una palmada sonora en la nalga y empujó de una sola vez.
El relámpago de dolor me hizo clavar las uñas en la sábana. Después, cuando la cabeza ya estaba dentro, todo cambió. El tronco de Esteban es de grosor normal, así que el resto entró sin pelea. Me dio unos cuantos bombazos sosteniéndome de la cintura y, con cuidado, pasamos a la posición clásica en cuatro.
Ahí pude tomar las riendas. Empecé a moverme yo, hacia adelante y hacia atrás, con él casi quieto, controlando el ritmo desde mi lado. En un momento se salió, me empujó contra la cama hasta dejarme estirada boca abajo y me la metió otra vez con las dos manos abriéndome las nalgas. En esa posición el control era suyo. La verga entraba y salía casi sin fricción.
Pasó por mi cabeza, como un relámpago, una sola idea. Me pagan por esto.
Sin avisar se acostó boca arriba y me dijo que lo montara. Me subí en vaquera invertida y él me ayudó a apuntar la pija al orificio. Casi me senté sobre él. Empecé a subir y bajar tan rápido como pude, sintiendo esa cabeza estirarme por dentro. Aguantó muy poco. Soltó la leche adentro y, por primera vez en mucho tiempo, no me importó.
***
Después de los besos y los abrazos en la cama, nos fuimos a la ducha. Agua bien caliente, jabón dos veces, hasta que no quedó ni rastro de aceite. Cuando salimos eran las siete y media. El sol entraba por la ventana del cuarto.
—Bueno —dijo, con un tono más triste que alegre—. Se hizo de día. Tendría que irme.
—No sin desayunar. Me visto, te bajo a la cocina y armamos algo.
—¿Harías eso?
—Por supuesto.
Lo besé despacio, con una ternura que me sorprendió a mí misma. Mientras él se vestía en el cuarto, yo me puse, en el vestidor, unas sandalias y un vestido suelto de verano. Es uno de los favoritos que me hizo mi modista de siempre: corto, escote en V pronunciado, una abertura ancha bajo la axila que deja ver de costado, y la espalda casi al aire con tiritas horizontales que se acortan hacia abajo. No es un vestido de salir. Es un vestido de mostrarse.
Cuando bajaba la escalera ya tenía la idea. No quería que Esteban se fuera triste.
En cinco minutos había preparado dos cafés con leche y unas tostadas con manteca y mermelada de naranja. Él bajó vestido y se sentó en la barra. Empezamos a comer.
—¿Sabés? —dijo, removiendo el café—. Voy a volver pronto. Y voy a hablar con la madre naturaleza para que las noches sean más largas. Tal vez la próxima vez podría participar tu marido. Lo pensé toda la noche, después de lo que me contaste de la subasta. Me hubiera gustado verte cogiendo con otro.
Levanté la vista de la tostada.
—¿Me estás diciendo que quedaste con ganas? ¿De hacerlo otra vez?
—Promesas son promesas. Y lo nuestro estaba pactado por la noche. Ya es de día.
—Esteban. ¿Tenés un rato más? Quiero contarte algo.
—Tengo todo el tiempo del mundo. En la oficina saben que llego cuando puedo.
Dejé la tostada y le miré las manos un segundo antes de hablar.
—Lo que voy a contarte no se lo cuento a cualquiera. No me juzgues hasta el final. Después me decís si te quedás o te vas. Tengo libre hasta las doce y media.
Asintió, serio.
—Hace un par de años, después de que probé con Andrés, mi primer hombre fuera de Damián, empecé a tener clientes. Eso ya lo sabés. Pero algo se me metió en la cabeza. Empecé a desear al padre de Damián.
Se quedó quieto, con la taza a mitad de camino.
—Lo hablé con Damián. Varias veces. Su respuesta fue que si yo lo deseaba de verdad, lo intentara. Me llevó tiempo seducirlo. Primero unas insinuaciones en un crucero familiar. Después en la casa de los suegros, en la pileta. Y al final, en la ciudad. Hoy pasa seguido. A veces con Damián mirando, feliz de ver a su padre así. Su madre, con la menopausia, ya no tiene casi sexo. Y él hasta me ha presentado clientes.
—¿En serio?
—Esa persona es a quien puedo llamar ahora, si vos lo aprobás. Si te incomoda, dejamos de hablar del tema y se acabó.
Se tomó un momento. Después soltó una risa baja.
—¿Estás diciendo que puede venir y me dejás verlos?
—Exactamente. Y si te animás, podés participar. Aunque participar es más difícil que mirar. Implica que los voy a besar a los dos, se las voy a chupar a los dos y, quizás, me cojan los dos.
—¿Y la pregunta es…?
—¿Lo llamo?
Me besó en lugar de responder.
—Cómo no querer estar más tiempo con vos. ¿Te das cuenta de lo que sos?
***
Tomé el teléfono y le mandé un mensaje en clave que tenemos arreglado de antes. «Buen día, suegro, ¿cómo han pasado? Días sin saber de ustedes». Eso quería decir, entre nosotros, «tengo tiempo libre y ganas, llamame».
A los dos minutos el teléfono vibró. Estaba afuera de su casa, manejando, y tenía la mañana libre. Le expliqué la situación sin entrar en detalles. Me dijo que llegaba en media hora.
—Entrá con tu llave —le dije.
Esteban hizo dos llamadas rápidas a la oficina. En cinco minutos estaba libre.
—Te adelanto algo —le dije, jugando con el borde del vestido—. Voy a hacer algo que vimos con Damián en un video de una actriz porno canadiense que nos encanta.
—¿Qué cosa?
—Sorpresa.
Subimos. En el medio de la escalera me agarró la mano y me hizo girar para mirarme. Comentó el vestido. Lo del costado, lo de la espalda. Le encantó cómo mostraba todo sin mostrar nada. Le agradecí los cumplidos con un beso. Mientras subía delante de él fui levantando el vestido, despacio, hasta que al llegar arriba se vio que abajo no llevaba absolutamente nada.
—Cómo me calienta ese culo.
—¿Y las tetas?
—También. Pero ese culo es lo que tengo enfrente.
Entramos al cuarto. Lo desvestí, lo hice acostarse en la cama y me arrodillé en la alfombra para chupársela. Mi culo, aunque tapado por el vestido, apuntaba hacia la puerta de la suite. No fue casualidad.
Le chupé los huevos un rato. Después subí a la cabeza y me concentré ahí. Pequeños golpes con la lengua, lamidas circulares, después chupada profunda. Quería tenerla bien dura para cuando llegara Rodolfo.
Lo escuché entrar abajo. Subió la escalera tranquilo. Cuando lo sentí en la puerta, levanté el vestido y, sin dejar de tener la pija de Esteban en la boca, le mostré toda la concha y el culo abiertos.
—Hola, suegro —dije, girando apenas la cabeza—. Te presento a Esteban.
Rodolfo no respondió. Se desvistió en quince segundos y se arrodilló detrás de mí. Empezó a lamerme todo el trasero, alternando entre el ano y la concha, babeándome, masajeándome las nalgas con la saliva. Yo seguía con Esteban en la boca, los ojos cerrados, sintiendo a los dos hombres trabajándome al mismo tiempo.
Me paré despacio y los atraje hacia mí, quedando entre los dos. Esteban me acariciaba las tetas y la concha por delante. Rodolfo me pasaba la verga entre las nalgas y me besaba la nuca, que es algo que me vuelve loca. Empecé a girar la cabeza y a besarlos alternadamente, una vez a uno, una vez al otro. Ninguno rechazaba mis besos.
Rodolfo se escupió la mano y se humedeció la pija. Repitió el gesto. A esa altura, Esteban ya estaba arrodillado lamiéndome la concha.
—¿Qué querés hacer, Lucía? —preguntó Rodolfo.
—Mmm. ¿Cogerlos?
Los empujé a la cama. Los hice acostarse boca arriba, paralelos, uno al lado del otro. Empecé a chupárselas alternadamente, sin orden fijo, preparándome el terreno para lo que iba a hacer después. Copiar a la canadiense.
No les avisé. Me monté a Esteban primero, mirando fijo a Rodolfo, mordiéndome el labio inferior. Me incliné hacia adelante, apoyé las tetas en su pecho y empecé a moverme suavemente con su pija dentro, mientras Rodolfo se masturbaba al lado, escupiéndose la mano otra vez.
Esteban me apretaba las nalgas y me chupaba las tetas por turno. La cabeza de su verga me iba puliendo las paredes a mi ritmo. Aguanté dos o tres minutos así. Después me incliné hacia su oreja.
—Ahora podés mirar.
Me salí de él y, en el mismo segundo, me subí a Rodolfo, que estaba pegado a nosotros. Yo misma le metí la pija. Repetí la posición. Esteban se reacomodó detrás para ver cómo me entraba y salía la verga de mi suegro. Sobaba mis nalgas, me pasaba saliva en el ano.
Rodolfo llevaba varios días sin verme. No iba a aguantar mucho, y yo lo sabía.
Le hice una seña a Esteban para que se acostara otra vez. Aceleré los movimientos, encantada de imitar el video, y logré que Rodolfo se viniera ya en esa primera entrada. Lo besé sin sacármelo, hasta que casi se me escurría. Después salté a Esteban.
Imagínenlo. La pija de Esteban entrando en mí, navegando por la leche tibia que había dejado adentro Rodolfo. La fricción casi desaparecía. El glande se deslizaba según mis impulsos. Me acabé yo, con unos temblores que casi lo expulsan, pero no. Aguantó adentro.
Cansada, casi sin fuerzas, lo llevé al final. Esteban acabó con poco semen, era previsible. Tres veces en una noche.
Me dejé caer hacia el costado libre de la cama, entre aplausos de los dos. Me puse a limpiarles las vergas, como corresponde. Ellos me lamieron y me chuparon todo el cuerpo de punta a punta.
—Gracias —dijo Esteban, besándome de lengua sin importarle dónde había estado mi boca treinta segundos antes—. ¿Te gustó tu sorpresa?
—Me encantó.
—Sos una diosa.
Y me susurró algo al oído que prefiero guardarme.
***
Mientras Esteban se duchaba otra vez, Rodolfo y yo aprovechamos para un rapidito en misionero. Terminó cuando se la chupé y me acabó en la boca. No desperdicié nada.
Cuando Esteban estuvo listo, los dos se saludaron como si se conocieran de toda la vida. Lo acompañé desnuda hasta la puerta de calle.
Casi llegando, me preguntó.
—Decime la verdad, ¿él es uno de los que te van a inseminar?
—Sí. Es uno.
—O sea, ya sé de Damián, de Rodolfo y del francés. ¿Quién es el otro? ¿Un tío? ¿Un primo?
—Adiviná —le dije, guiñándole el ojo—. Pensá mal y vas a acertar.
—¿Es lo que estoy pensando?
—Quizás.
Y lo besé en la puerta, despacio, antes de que terminara de armar la pregunta.