Lo que descubrí en la playa solitaria de Boa Vista
Me llamo Renata, tengo cuarenta y ocho años, dos hijos en la universidad y un marido que firma contratos en cualquier zona horaria. Hace mucho que aprendí a no preguntar dónde duerme cuando viaja sin mí. Ya no era una cuestión de orgullo ni de celos: yo era la dueña del sesenta por ciento del grupo hotelero que él presidía, y eso bastaba para mantenernos atados sin que ninguno de los dos se sintiera prisionero.
Su última distracción se llamaba algo así como Paola, una asistente joven con el pelo siempre recién planchado. Me daba lo mismo. Las mujeres lo buscaban por el dinero y el apellido, no por otra cosa. Yo conocía la verdad: en la cama, mi marido era previsible y rápido, y eso, a estas alturas de mi vida, me parecía a la vez una bendición y una condena.
Esta vez viajamos a Cabo Verde, a un resort recién inaugurado en la isla de Boa Vista. Habíamos estado en otras zonas del archipiélago, en Sal y en Praia, pero esta vez quise un sitio sin masajes en grupo ni coreografías de animadores. Una playa larga, palmeras inclinadas, agua del color del azulejo viejo y nada más.
El primer día, mi marido se encerró en la suite con su computadora y tres pantallas de reuniones. «Que disfrute su asistente», pensé sin amargura. Me puse las zapatillas, un par de shorts y la pieza de arriba de un bikini, bajé al lobby y caminé hasta la piscina con la idea de empezar el trote desde ahí.
La piscina no era la mejor idea. En las hamacas de la zona reservada para adultos había dos parejas demasiado entusiastas: lenguas, manos por debajo de las telas, gemidos disimulados con un trago de daiquiri. Apreté el paso y salí por la puerta lateral hacia la arena. Trotar fue un alivio.
Soy buena para correr. Hago al menos cinco kilómetros casi todos los días desde que cumplí los cuarenta. No tengo cuerpo de revista: tengo caderas anchas, piernas firmes y un pecho que pide sostén con varilla, pero todo lo que ven los hombres cuando paso lo agradezco a las mañanas en el parque y a la disciplina de no dejar de moverme nunca.
Después de dos kilómetros ya no quedaba ni un turista a la vista. Solo arena blanca, palmeras inclinadas y el rumor del oleaje. Me detuve a la sombra de un cocotero, jadeando, con las palmas apoyadas en las rodillas. Cuando levanté la cabeza, vi un bote pintado de verde acercándose desde el mar.
El que saltó del bote era un muchacho alto, de piel oscura y brillante, con la espalda mojada y un short corto. No tendría más de veinticinco años. Caminó hacia mí mientras me decía algo en una mezcla de criollo y portugués que apenas alcancé a descifrar. No sonaba amenazante. Sonaba curioso.
—No te entiendo —dije, sonriendo a medias.
Él me hizo un gesto con la mano. «Ven, sígueme». Señaló más allá de las palmeras. Lo lógico habría sido dar media vuelta y trotar de regreso al hotel. Lo lógico siempre fue lo que hice durante veinte años de matrimonio. Esta vez asentí y empecé a caminar detrás de él.
Avanzamos unos cien metros entre los troncos delgados, hasta un claro donde había una choza de madera con techo de palma seca. Olía a sal, a humo de leña y a pescado fresco. Y había tres hombres más esperando, todos jóvenes, todos descalzos, todos con esa mirada que no necesita traducción.
Pude haber salido corriendo. Yo trotaba cinco kilómetros. Estoy segura de que no me hubieran alcanzado. No lo hice.
Algo más antiguo que la prudencia me clavó los pies en la arena. Un calor que reconocí enseguida me subió desde el bajo vientre hasta los pezones, y respiré hondo, despacio, como si llevara años esperando ese aire. Ellos se acercaron sin prisa, como quien se acerca a un animal que podría asustarse. Pero yo no me iba a asustar.
El primero me apartó el pelo del cuello con dos dedos. El segundo apoyó la palma en la base de mi espalda. El tercero, el del bote, me miró a los ojos como pidiendo permiso. Asentí con la barbilla. La pieza de arriba del bikini cedió antes de que yo entendiera quién había soltado el nudo. Sentí la brisa marina contra los pezones duros y se me escapó un suspiro que no fue de pudor.
Dos bocas bajaron al mismo tiempo, una por cada pecho. Otras manos se ocuparon de los shorts. Cuando los dejé caer junto a las zapatillas, ya estaba húmeda hasta los muslos.
***
Los cuatro me llevaron al interior de la choza. Habían tirado al piso unas mantas viejas y un par de toallas blancas, todavía dobladas. El suelo de tablas crujía bajo los pies. Olía a sol caliente y a sudor.
Me senté de rodillas y dejé que se desnudaran delante de mí. No tengo costumbre de mentirme a mí misma: sus cuerpos me parecieron magníficos. Brazos largos, abdómenes finos, hombros redondeados de cargar redes desde la madrugada. Y entre las piernas, lo que ya me imaginaba mientras caminaba detrás del primero.
Intenté llevármelas a la boca, una tras otra, pero no había modo. Apenas alcanzaba a pasar la lengua por los glandes y a rodear con los dedos lo que la mano cubría. Eso bastó. Vi cómo se les ponían más duras, cómo respiraban con más fuerza, cómo uno de ellos se apoyó en el poste de la choza para no caerse cuando le besé la punta.
—Vengan —dije, y me eché de espaldas sobre las mantas, abriendo las piernas todo lo que pude.
El primero en subirse encima fue el del bote, como si los demás le hubieran cedido el turno por respeto. Apoyó la cabeza de su sexo en mi entrada y empujó muy despacio, mirándome todo el tiempo. Yo le clavé las uñas en los hombros. Mi cuerpo todavía no se acostumbraba al tamaño y al principio me dolió, pero el dolor duró menos que un suspiro y se transformó en algo nuevo, denso, urgente. Cuando entró del todo, grité. No fue un grito de comedia barata. Fue un grito real, de alguien que llevaba años sin saber cómo sonaba su propio placer.
Él me embistió con un ritmo paciente, asegurándose de que yo lo recibiera entero antes de acelerar. Cuando sentí su pecho aplastándome los pezones, supe que estaba a punto de terminar. Lo dejó ir adentro y yo todavía temblaba cuando se retiró. El segundo ocupó su lugar antes de que pudiera respirar. Era un poco más grueso. Mi cuerpo, ya rendido, se abrió sin dificultad.
Mientras él se movía, llamé con la mano a los otros dos para que se acercaran. Quería sentirlos cerca de la cara, quería tenerlos en los dedos, quería que ninguno se aburriera esperando. Empecé a alternar besos con uno y caricias con el otro. La saliva, el sudor y la arena se mezclaron en mi pelo y no me importó. Hace cuánto que no estoy presente del todo en mi propio cuerpo, pensé.
***
El tercero me pidió con señas que me sentara encima. Le obedecí con avidez. Me bajé sobre él muy despacio, controlando el ángulo, deteniéndome cuando empezaba a doler, retomando cuando volvía a respirar. Él dejó las manos quietas en las mantas, dándome el control. Cabalgué hasta que las piernas me ardieron. Cuando terminé, terminé con tanta fuerza que se me nubló la vista.
Apenas estaba bajándome cuando el cuarto, el más callado, se acercó por detrás y me pasó un dedo entre las nalgas. Tomó del muslo la humedad que escurría y la deslizó hacia arriba, embadurnándome despacio. Sentí el primer dedo y me tensé. Sentí el segundo y respiré. Sentí el tercero y me reí, sin saber por qué.
Quería los dos a la vez. Lo dije sin palabras: levanté las caderas, miré por encima del hombro y arqué la espalda. El que estaba debajo de mí me sostuvo de la cintura. El de atrás se hizo paso lentamente, con una paciencia que no esperaba. Cuando entró, no fue dolor lo que sentí. Fue una saturación distinta, más absurda y más limpia. Estaba llena por todos lados y a la vez vacía de todo lo que había llevado conmigo durante años.
Grité otra vez. Grité mucho. Terminé otra vez, no sé cuántas veces.
***
Me dejaron descansar un rato. Tomé agua de una botella que sacó alguno del bote, agua tibia con sabor a plástico, y me supo a gloria. Después uno me puso a cuatro patas y empezó a alternar entre los dos sitios, no de manera brusca, sino con una atención que me pareció casi tierna. Cuando se vino, lo hizo dentro de mí y se desplomó a mi lado en la manta.
Cuando salí de la choza, el sol ya estaba más bajo. Me lavé en el mar, dejé que las olas me arrastraran la sal y la arena de los muslos. Ellos me despidieron desde la orilla con una risa franca, sin pedir nada. Caminé los dos kilómetros de regreso sintiendo cada paso, y a cada paso me sonreí.
***
Mi marido seguía en la suite, hablando inglés con alguien al otro lado de tres pantallas. Me preguntó por encima del hombro si había trotado bien.
—Mucho —contesté—. Demasiado.
Le di un beso seco en la coronilla. Esa noche me acosté temprano. Le dije que el calor me había dejado fundida.
Volví a la choza dos días después. Y otra vez al penúltimo día. Para entonces, había corrido la voz entre los pescadores. La última tarde, cuando aparecí entre las palmeras, eran siete los que esperaban con esa misma mirada paciente. Imaginen ustedes, si pueden, cómo lo gocé.