Mi hijastra me propuso un pacto que no debí aceptar
No supe en qué momento me venció el sueño, pero abrí los ojos cuando el sol entró de lleno por la rendija de la cortina y el cuarto se sentía pesado, casi sofocante. Estiré el brazo hacia el otro lado de la cama y no encontré a nadie. Estaba solo. La pregunta que se me clavó en la cabeza fue distinta: ¿estaba solo en el cuarto o solo en la casa?
Me incorporé despacio. Lo primero que necesitaba era una ducha. Después de la noche que había pasado con Lorena, mi cuerpo olía a alcohol, a sudor, a sexo, y no soporto andar así. Todavía tenía la polla pegajosa de haberme corrido dos veces dentro de ella, la última con las piernas de Lorena enroscadas en mi cintura y su coño apretándome hasta la última gota. El problema era que no conocía la casa. No sabía si el calentador funcionaba, dónde estaban las toallas, si podía abrir un cajón sin parecer un intruso. Respiré hondo, me puse el pantalón y la camisa de la noche anterior y crucé el pasillo descalzo.
La puerta del cuarto de Camila estaba cerrada. No se oía nada del otro lado. Caminé hasta el baño, toqué dos veces y, al no recibir respuesta, entré y eché el seguro. Me bajé el pantalón, me senté en la taza y, casi por casualidad, mi mirada cayó sobre el cesto de ropa sucia.
Encima de todo, doblado de cualquier manera, había un cachetero negro con encaje en la cintura. Lo había visto puesto la noche anterior, cuando ella pasó a despedirse de su madre antes de encerrarse en su cuarto. Una corriente eléctrica me bajó por la espalda y se me fue directo a la verga, que empezó a hincharse contra el muslo sin permiso. No debía. Sabía perfectamente que no debía. Pero estiré la mano y lo tomé.
Lo extendí entre mis dedos. Estaba húmedo. No era humedad de lavado: era el otro tipo de humedad, el que delata a una mujer, el que deja una chica que se ha estado tocando o que ha pasado el día apretando los muslos pensando en algo. Le di la vuelta, busqué el centro de la prenda —esa media luna de tela más oscura donde se acumula todo— y, sin pensarlo dos veces, me lo llevé a la cara.
El olor me golpeó. Dulce, ácido, joven. Un almizcle limpio con un fondo de sudor y de coño mojado que me hizo cerrar los ojos y respirar hondo, como si me estuviera drogando. Saqué la lengua y recorrí la tela despacio, apretando el paladar contra el encaje, intentando atrapar lo poco que quedaba antes de que se secara. El sabor era salado, ligeramente metálico, con esa acidez inconfundible del flujo de una mujer excitada. Chupé más fuerte. Recorrí cada milímetro con la punta de la lengua, buscando el rastro del clítoris, la costura donde se le habría metido entre los labios menores durante el día. Me sentí miserable y, al mismo tiempo, completamente fuera de mí. Nunca había hecho algo parecido. Nunca había tenido este tipo de fijación, y mucho menos por la hija de la mujer con la que apenas empezaba algo.
Sin darme cuenta, mi mano derecha ya estaba en mi polla, apretándomela por encima del pantalón. La tenía dura, palpitando, y una gota de líquido pre-seminal me estaba manchando el bóxer. Me obligué a soltarla. No iba a correrme ahí, sentado en la taza de una casa ajena, oliendo la ropa interior sucia de la hija de mi amante. O sí, pero no todavía.
Esto está mal. Esto está mal y no puedes pararlo.
Con el sabor de Camila todavía en los labios, decidí que no me iba a duchar ahí. Me subí el pantalón como pude, con la verga aún medio dura doblada contra la cadera, me lavé la cara con agua fría y, antes de salir, hice algo que terminó de condenarme: doblé el cachetero en cuatro y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón.
***
Bajé las escaleras y me encontré a Lorena en la cocina. Estaba ya peinada, maquillada, con un vestido recto y los tacones en la mano. Olía a perfume nuevo, no al de la noche anterior.
—Tengo que entrar al trabajo —dijo sin levantar la vista del bolso—. Te llamo entre semana.
Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura, le di un beso en el cuello. Sentí cómo se tensó. No mucho, pero lo suficiente para entender que algo había cambiado entre la madrugada y ese momento.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí, sí. Es solo que voy tarde.
No insistí. Le di un beso en la mejilla, ella me sonrió de medio lado y salió primero. Yo me quedé un momento parado en el recibidor, con la mano apoyada en el bolsillo donde guardaba aquel pedazo de tela negra. Después cerré la puerta detrás de mí y me fui a casa.
***
El trayecto en taxi se me hizo eterno. Era sábado y descansaba ese día, así que no tenía nada que me obligara a moverme rápido. Solo pensaba en una cosa: ¿por qué Lorena había estado tan distante, cuando la noche anterior se había deshecho debajo de mí como si llevara años sin tocar a un hombre? Me imaginé escenarios. Que se arrepentía. Que su hija había dicho algo. Que había escuchado algo. La cabeza me daba vueltas y, cada tanto, mi mano regresaba al bolsillo y palpaba la tela.
Llegué a mi departamento y me metí directo a la regadera. Dejé que el agua caliente cayera sobre la nuca durante mucho tiempo, hasta que el espejo del baño desapareció bajo el vapor. Cerré los ojos y, sin pedírselo a nadie, la imagen volvió: Lorena de rodillas frente a mí, con la boca abierta y la lengua afuera, mamándome la polla hasta el fondo, ahogándose un poco cada vez que se la metía entera. Sus tetas balanceándose, los pezones tiesos, la saliva escurriéndole por la barbilla y goteándole entre los pechos. Yo sujetándola del pelo, marcándole el ritmo, mientras la puerta de Camila se abría dos dedos y aparecía por la rendija el ojo de la hija. Yo, dándome cuenta a mitad de la noche y, en lugar de detener todo, devolviéndole la mirada mientras seguía cogiéndome a su madre a cuatro patas, hundiéndole la verga hasta las bolas. Ella, en la oscuridad, con la mano metida bajo la sudadera, con dos dedos moviéndose entre las piernas al mismo ritmo que las estocadas mías contra el culo de Lorena.
Cerré la llave. Me sequé. Salí desnudo a la habitación y me dejé caer sobre la cama. La polla ya la tenía dura otra vez, pegada contra el ombligo, brillando en la punta. Saqué del pantalón el cachetero y lo dejé sobre mi pecho mientras buscaba el aire. No duré nada en empezar a tocarme.
Llevé la prenda a la cara y la aspiré profundo hasta que el olor a coño de Camila me llenó los pulmones. Me escupí en la palma y bajé la mano a la polla, apretándola desde la base hasta la punta, despacio, sintiendo cada vena, cada latido. Me la imaginé encima de mí, en un sesenta y nueve, montada de espaldas, su culo joven abriéndose sobre mi cara mientras su boca tibia me rodeaba la verga. Yo le abría las nalgas con las dos manos y le pasaba la lengua desde el coño hasta el ojete, ida y vuelta, chupándole cada arruga, ensartándole la lengua entera dentro del culo mientras ella gemía con la boca llena de mi polla.
Aceleré la mano. Me relamí los dedos y con la otra me acaricié las bolas, apretándolas con suavidad. Cambiaba de fantasía cada pocos segundos: ahora la tenía a cuatro patas al borde de la cama, con esos leggings grises que le había visto imaginariamente rotos por el centro, y le entraba de un solo golpe hasta el fondo, hasta que ella gritaba y arqueaba la espalda. Ahora la tenía sentada encima de mí, cabalgándome, con los pezones que se le marcaban esa mañana bajo el top negro rebotándome en la cara, y yo se los mordía uno a uno mientras le hundía los dedos en el culo. Ahora era Camila y Lorena juntas, madre e hija comiéndose la boca encima de mi verga, turnándose para chupármela, con las lenguas jugando en la punta, escupiéndose entre ellas mientras yo me deshacía.
Volví a llevarme el cachetero a la cara y le metí la lengua otra vez, chupando esa zona más oscura como si le estuviera comiendo el coño en vivo. Sentí que ya no aguantaba. Las bolas se me subieron, los muslos se me tensaron, y solté un gemido ronco que rebotó contra las paredes vacías del departamento. Me arqueé sobre la cama y disparé un chorro grueso de semen que me cayó en el pecho, después otro que me manchó la mano y la ingle, y al final varios espasmos más cortos que fueron a parar directo a la tela negra que tenía apoyada sobre el estómago. Llegué rápido, demasiado rápido. Vacié todo sobre la propia tela y la dejé ahí, mezclada con lo que ella había dejado horas antes, empapada de mí y de ella, un mapa pequeño y sucio de las dos partes de la misma historia.
Me dormí con el cachetero todavía sobre el vientre, con el olor de Camila y mi corrida secándose juntos.
***
Me despertó el teléfono. Era Lorena.
—Perdón por lo de la mañana —dijo—. Tuve una pelea tonta con Camila justo antes de bajar y no sabía cómo contártelo. Ya está todo arreglado. Quiere conocerte bien. ¿Te animas a cenar con nosotras?
Tragué saliva. Acepté antes incluso de pensarlo. Le propuse comer algo afuera y, si quedaba tiempo, una película. A las ocho daban una en el complejo del centro comercial. Lorena me dijo que iba a consultarlo con su hija y me confirmaba.
Me bañé otra vez. Busqué algo que me hiciera ver presentable, pero no demasiado adolescente. Una camisa azul, unos jeans oscuros, unos zapatos cómodos. La ansiedad me empezó a sudar las manos. Me senté en el filo de la cama y me dije, en voz alta, lo que ya sabía:
—No es normal. Tengo cuarenta y cuatro años. No estoy buscando una aventura con una niña que tiene la mitad de los míos.
Y aun así, ahí estaba, escogiendo qué calzoncillos ponerme, con la polla otra vez medio dura solo de pensar en volver a verla.
El teléfono sonó otra vez. Mensaje de Lorena: «Camila aceptó. Nos vemos en Galerías a las seis. La función es a las ocho, da tiempo». Algo dentro de mí me decía que cancelara, que inventara un dolor de estómago, que no fuera. Pero el deseo pesaba más. Cogí las llaves y bajé al estacionamiento.
***
Llegué a Galerías una hora antes de la cita. No sabía qué hacer con ese tiempo. Me puse a caminar entre tiendas sin entrar en ninguna. Miraba los maniquíes y no los veía. Cualquier chica con el cabello largo y la cintura estrecha me hacía girar la cabeza. Mi nariz buscaba el olor a perfume floral de adolescente, ese que termina siempre en algo más íntimo, en un coño joven y limpio esperando debajo de la ropa.
Le mandé un mensaje a Lorena diciéndole que ya estaba en el centro comercial, que me avisara cuando llegaran para bajar a buscarlas. Me senté en una banca, me puse los audífonos y subí el volumen. Nada de lo que sonaba me sacaba la cabeza del lugar al que se había ido.
El mensaje llegó veinte minutos después: «Estamos abajo, en el área de bancos». Me quité los audífonos, me alisé la camisa y empecé a caminar. Trataba de no apurarme para no llegar sudando.
Las vi antes de que ellas me vieran a mí. Estaban recargadas en el cristal del banco, en la planta baja. Lorena llevaba un pantalón de mezclilla negro, una blusa con escote en uve y un suéter corto sobre los hombros. A su lado, Camila. Leggings grises pegados como una segunda piel, marcándole el hueco entre las piernas, un top negro tan fino que era casi transparente, una sudadera con el cierre abierto. No quise quedarme mirándola, pero alcancé a registrar lo que mis ojos buscaban: bajo el top, los pezones se le marcaban con descaro, duros, pequeños, apuntando hacia mí como dos avisos. No traía sostén. Los leggings, además, le dibujaban cada curva del culo, y al girar un poco se le adivinaba el pliegue del coño contra la costura central. Se me secó la boca.
Me acerqué con la mejor sonrisa que pude armar.
—Hola —saludé a Lorena con un abrazo y un beso pequeño en los labios. Después me giré hacia su hija—: Hola, Camila.
—Hola —contestó ella, estirándome la mano.
Yo se la tomé y, antes de que pudiera retirar el brazo, ella se acercó y me dio un beso en la mejilla. Demasiado cerca de la comisura. Sentí de reojo cómo apoyó, apenas un segundo, la punta de un pezón duro contra mi brazo, y después se retiró como si nada. Su olor se me quedó pegado a la cara: jazmín, vainilla, algo dulce y joven que no se vendía en ninguna tienda.
—Mucho gusto en conocerte, ya formalmente —dije, y se me escapó una risa nerviosa.
—Si ya te conocí anoche —contestó ella sin titubear—. No me dejabas ver mi película. Ni dormir.
Me guiñó el ojo. Lorena soltó una carcajada y se metió entre los dos, nos enganchó del brazo a cada uno y nos arrastró hacia el área de comida.
—Pórtense bien los dos —dijo, sin tener idea de lo que estaba diciendo.
***
Pedimos hamburguesas. Mientras esperábamos en una mesa apartada, Lorena se levantó.
—Voy al baño antes de que llegue la comida. No tardo. Pórtense bien.
La fila del baño se veía larga: dos mujeres esperando afuera, una niña jalando a su madre. Iba a tener tiempo. Camila esperó a verla doblar la esquina, se giró hacia mí y me lanzó la pregunta a quemarropa:
—¿Te gustó el regalo que te dejé en el bote de ropa sucia? Supongo que sí, porque cuando volví a casa ya no estaba.
El aire se me quedó atorado a la mitad de la garganta. Tartamudeé algo que no llegó a ser una palabra. Ella siguió, como si llevara horas ensayando el discurso.
—Desde que te vi salir del baño esta mañana supe que habías abierto el cesto. Quise comprobarlo. Por eso dejé el cachetero arriba de todo, mojado, para ver si lo veías. Me lo puse todo el día de ayer, sin cambiarlo, aunque me estuve tocando dos veces pensando en lo que estaban haciendo ustedes en el cuarto de al lado. Quería que estuviera bien empapado para cuando lo encontraras. Lo que no me imaginé es que te lo fueras a llevar. Pero ¿sabes? Me caes bien. Me gustas. Te lo regalo. El espectáculo que me regalaste anoche no me lo había dado nadie.
Yo no podía creer la naturalidad con la que hablaba. Eso fue lo que más miedo me dio: no lo decía con vergüenza, ni con malicia. Lo decía como quien cuenta lo que comió de desayuno.
—Mira, Camila, yo no quiero tener un problema con tu mamá. Lo de anoche fue…
Me tapó la boca con el dedo índice. Hizo el gesto universal de silencio.
—Si tú no le dices a mi mamá, yo tampoco. Será nuestro secreto. Te voy a contar algo. Llevo tiempo viendo a mi mamá con hombres. Siempre desde la rendija. Siempre sin que se enteren. Hasta anoche solo había sido espectadora. Nunca había tenido contacto con ninguno.
Hizo una pausa. Bajó la voz aún más.
—Siempre tuve la fantasía de meterme en lo que ella hace. Nunca había visto a mi mamá venirse así, ni mamarla así, ni abrir tanto las piernas para que se la ensartaran hasta el fondo, y cuando tú me volteaste a ver mientras ella te la chupaba con las dos manos agarrándotela, no pude no tocarme. Me metí dos dedos y me los saqué empapados. Fue lo más caliente que me ha pasado. Me corrí mordiendo la almohada mientras te veía cogértela.
—Tu regalo —dije, intentando seguirle el ritmo, con la voz ronca— ya tiene mi sello. Le vacié entera la corrida encima. Cada hilo tiene algo mío.
Reímos los dos, bajito, como cómplices. Vi cómo se le encendieron las mejillas y cómo, debajo del top, los pezones se le pusieron todavía más duros. No sabía en qué me estaba metiendo, pero llevaba años sin sentir nada parecido.
—Quiero proponerte algo —dijo.
Me incliné un poco. Ella siguió hablando, con la voz casi pegada a mi oreja, tan cerca que sentí su respiración tibia contra el lóbulo.
—Hoy te vienes a casa después del cine. Llevamos cervezas. Cogen ustedes dos. Bien. Como anoche o más fuerte. Quiero oírla otra vez cómo grita cuando se la metes. Quiero oír el ruido que hace su coño mojado cuando se la sacas y se la vuelves a meter. Cuando ella se duerma —porque con dos chelas se me queda muerta una hora, te lo aseguro— vas a la puerta de mi cuarto. Yo te voy a dejar otra tanga afuera, en el bote. La agarras, te paras en el marco y me ves. Yo voy a estar desnuda encima de la cama, con las piernas abiertas, y me voy a estar metiendo los dedos mientras te miro. Tú vas a estar parado ahí, con la polla afuera, dándotela. Nos masturbamos así, sin tocarnos, mirándonos a los ojos. Yo te voy a enseñar todo. Los pezones, el coño, cómo me abro los labios con dos dedos para que veas por dónde te la metería. Solo quiero una cosa: que llenes la tanga. Cada hilo. Que te corras a chorros encima. Y la dejes ahí mismo, mojada y caliente, para que cuando tú te vayas yo me la pueda poner para dormir, con tu semen fresco pegado al coño toda la noche.
Me quedé mirándola, sin parpadear, con la polla dura debajo de la mesa, apretada contra el jean, latiendo. La hamburguesa llegó. Llegó también su madre con las manos recién lavadas, sonriendo como si nada, sentándose entre los dos como si no acabara de ocurrir lo que acababa de ocurrir.
—¿Hablaron de algo interesante? —preguntó Lorena.
—Nada importante —contestó Camila, y le dio una mordida a la hamburguesa.
Yo le mantuve la mirada un segundo más. Ya estaba contando las horas que faltaban para llegar a su casa.