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Relatos Ardientes

Mi hijastra me propuso un pacto que no debí aceptar

No supe en qué momento me venció el sueño, pero abrí los ojos cuando el sol entró de lleno por la rendija de la cortina y el cuarto se sentía pesado, casi sofocante. Estiré el brazo hacia el otro lado de la cama y no encontré a nadie. Estaba solo. La pregunta que se me clavó en la cabeza fue distinta: ¿estaba solo en el cuarto o solo en la casa?

Me incorporé despacio. Lo primero que necesitaba era una ducha. Después de la noche que había pasado con Lorena, mi cuerpo olía a alcohol, a sudor, a sexo, y no soporto andar así. El problema era que no conocía la casa. No sabía si el calentador funcionaba, dónde estaban las toallas, si podía abrir un cajón sin parecer un intruso. Respiré hondo, me puse el pantalón y la camisa de la noche anterior y crucé el pasillo descalzo.

La puerta del cuarto de Camila estaba cerrada. No se oía nada del otro lado. Caminé hasta el baño, toqué dos veces y, al no recibir respuesta, entré y eché el seguro. Me bajé el pantalón, me senté en la taza y, casi por casualidad, mi mirada cayó sobre el cesto de ropa sucia.

Encima de todo, doblado de cualquier manera, había un cachetero negro con encaje en la cintura. Lo había visto puesto la noche anterior, cuando ella pasó a despedirse de su madre antes de encerrarse en su cuarto. Una corriente eléctrica me bajó por la espalda. No debía. Sabía perfectamente que no debía. Pero estiré la mano y lo tomé.

Lo extendí entre mis dedos. Estaba húmedo. No era humedad de lavado: era el otro tipo de humedad, el que delata a una mujer. Le di la vuelta, busqué el centro de la prenda y, sin pensarlo dos veces, me lo llevé a la cara.

El olor me golpeó. Dulce, ácido, joven. Saqué la lengua y recorrí la tela despacio, intentando atrapar lo poco que quedaba antes de que se secara. Me sentí miserable y, al mismo tiempo, completamente fuera de mí. Nunca había hecho algo parecido. Nunca había tenido este tipo de fijación, y mucho menos por la hija de la mujer con la que apenas empezaba algo.

Esto está mal. Esto está mal y no puedes pararlo.

Con el sabor de Camila todavía en los labios, decidí que no me iba a duchar ahí. Me subí el pantalón, me lavé la cara con agua fría y, antes de salir, hice algo que terminó de condenarme: doblé el cachetero en cuatro y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón.

***

Bajé las escaleras y me encontré a Lorena en la cocina. Estaba ya peinada, maquillada, con un vestido recto y los tacones en la mano. Olía a perfume nuevo, no al de la noche anterior.

—Tengo que entrar al trabajo —dijo sin levantar la vista del bolso—. Te llamo entre semana.

Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura, le di un beso en el cuello. Sentí cómo se tensó. No mucho, pero lo suficiente para entender que algo había cambiado entre la madrugada y ese momento.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí, sí. Es solo que voy tarde.

No insistí. Le di un beso en la mejilla, ella me sonrió de medio lado y salió primero. Yo me quedé un momento parado en el recibidor, con la mano apoyada en el bolsillo donde guardaba aquel pedazo de tela negra. Después cerré la puerta detrás de mí y me fui a casa.

***

El trayecto en taxi se me hizo eterno. Era sábado y descansaba ese día, así que no tenía nada que me obligara a moverme rápido. Solo pensaba en una cosa: ¿por qué Lorena había estado tan distante, cuando la noche anterior se había deshecho debajo de mí como si llevara años sin tocar a un hombre? Me imaginé escenarios. Que se arrepentía. Que su hija había dicho algo. Que había escuchado algo. La cabeza me daba vueltas y, cada tanto, mi mano regresaba al bolsillo y palpaba la tela.

Llegué a mi departamento y me metí directo a la regadera. Dejé que el agua caliente cayera sobre la nuca durante mucho tiempo, hasta que el espejo del baño desapareció bajo el vapor. Cerré los ojos y, sin pedírselo a nadie, la imagen volvió: Camila asomada por la rendija de la puerta de su cuarto, mirándonos. Yo, dándome cuenta a mitad de la noche y, en lugar de detener todo, devolviéndole la mirada mientras seguía moviéndome dentro de su madre. Ella, en la oscuridad, con la mano metida bajo la sudadera.

Cerré la llave. Me sequé. Salí desnudo a la habitación y me dejé caer sobre la cama. Saqué del pantalón el cachetero y lo dejé sobre mi pecho mientras buscaba el aire. No duré nada en empezar a tocarme. Llevé la prenda a la cara y la imaginé encima de mí, en un sesenta y nueve, su boca tibia rodeándome mientras yo le abría las piernas y la devoraba como si tuviera hambre de meses. Llegué rápido, demasiado rápido. Vacié todo sobre la propia tela y la dejé ahí, mezclada con lo que ella había dejado horas antes.

Me dormí.

***

Me despertó el teléfono. Era Lorena.

—Perdón por lo de la mañana —dijo—. Tuve una pelea tonta con Camila justo antes de bajar y no sabía cómo contártelo. Ya está todo arreglado. Quiere conocerte bien. ¿Te animas a cenar con nosotras?

Tragué saliva. Acepté antes incluso de pensarlo. Le propuse comer algo afuera y, si quedaba tiempo, una película. A las ocho daban una en el complejo del centro comercial. Lorena me dijo que iba a consultarlo con su hija y me confirmaba.

Me bañé otra vez. Busqué algo que me hiciera ver presentable, pero no demasiado adolescente. Una camisa azul, unos jeans oscuros, unos zapatos cómodos. La ansiedad me empezó a sudar las manos. Me senté en el filo de la cama y me dije, en voz alta, lo que ya sabía:

—No es normal. Tengo cuarenta y cuatro años. No estoy buscando una aventura con una niña que tiene la mitad de los míos.

Y aun así, ahí estaba, escogiendo qué calzoncillos ponerme.

El teléfono sonó otra vez. Mensaje de Lorena: «Camila aceptó. Nos vemos en Galerías a las seis. La función es a las ocho, da tiempo». Algo dentro de mí me decía que cancelara, que inventara un dolor de estómago, que no fuera. Pero el deseo pesaba más. Cogí las llaves y bajé al estacionamiento.

***

Llegué a Galerías una hora antes de la cita. No sabía qué hacer con ese tiempo. Me puse a caminar entre tiendas sin entrar en ninguna. Miraba los maniquíes y no los veía. Cualquier chica con el cabello largo y la cintura estrecha me hacía girar la cabeza. Mi nariz buscaba el olor a perfume floral de adolescente, ese que termina siempre en algo más íntimo.

Le mandé un mensaje a Lorena diciéndole que ya estaba en el centro comercial, que me avisara cuando llegaran para bajar a buscarlas. Me senté en una banca, me puse los audífonos y subí el volumen. Nada de lo que sonaba me sacaba la cabeza del lugar al que se había ido.

El mensaje llegó veinte minutos después: «Estamos abajo, en el área de bancos». Me quité los audífonos, me alisé la camisa y empecé a caminar. Trataba de no apurarme para no llegar sudando.

Las vi antes de que ellas me vieran a mí. Estaban recargadas en el cristal del banco, en la planta baja. Lorena llevaba un pantalón de mezclilla negro, una blusa con escote en uve y un suéter corto sobre los hombros. A su lado, Camila. Leggings grises, top negro, una sudadera con el cierre abierto. No quise quedarme mirándola, pero alcancé a registrar lo que mis ojos buscaban: bajo el top, los pezones se le marcaban con descaro. No traía sostén.

Me acerqué con la mejor sonrisa que pude armar.

—Hola —saludé a Lorena con un abrazo y un beso pequeño en los labios. Después me giré hacia su hija—: Hola, Camila.

—Hola —contestó ella, estirándome la mano.

Yo se la tomé y, antes de que pudiera retirar el brazo, ella se acercó y me dio un beso en la mejilla. Demasiado cerca de la comisura. Su olor se me quedó pegado a la cara: jazmín, vainilla, algo dulce y joven que no se vendía en ninguna tienda.

—Mucho gusto en conocerte, ya formalmente —dije, y se me escapó una risa nerviosa.

—Si ya te conocí anoche —contestó ella sin titubear—. No me dejabas ver mi película. Ni dormir.

Me guiñó el ojo. Lorena soltó una carcajada y se metió entre los dos, nos enganchó del brazo a cada uno y nos arrastró hacia el área de comida.

—Pórtense bien los dos —dijo, sin tener idea de lo que estaba diciendo.

***

Pedimos hamburguesas. Mientras esperábamos en una mesa apartada, Lorena se levantó.

—Voy al baño antes de que llegue la comida. No tardo. Pórtense bien.

La fila del baño se veía larga: dos mujeres esperando afuera, una niña jalando a su madre. Iba a tener tiempo. Camila esperó a verla doblar la esquina, se giró hacia mí y me lanzó la pregunta a quemarropa:

—¿Te gustó el regalo que te dejé en el bote de ropa sucia? Supongo que sí, porque cuando volví a casa ya no estaba.

El aire se me quedó atorado a la mitad de la garganta. Tartamudeé algo que no llegó a ser una palabra. Ella siguió, como si llevara horas ensayando el discurso.

—Desde que te vi salir del baño esta mañana supe que habías abierto el cesto. Quise comprobarlo. Por eso dejé el cachetero arriba de todo, mojado, para ver si lo veías. Lo que no me imaginé es que te lo fueras a llevar. Pero ¿sabes? Me caes bien. Me gustas. Te lo regalo. El espectáculo que me regalaste anoche no me lo había dado nadie.

Yo no podía creer la naturalidad con la que hablaba. Eso fue lo que más miedo me dio: no lo decía con vergüenza, ni con malicia. Lo decía como quien cuenta lo que comió de desayuno.

—Mira, Camila, yo no quiero tener un problema con tu mamá. Lo de anoche fue…

Me tapó la boca con el dedo índice. Hizo el gesto universal de silencio.

—Si tú no le dices a mi mamá, yo tampoco. Será nuestro secreto. Te voy a contar algo. Llevo tiempo viendo a mi mamá con hombres. Siempre desde la rendija. Siempre sin que se enteren. Hasta anoche solo había sido espectadora. Nunca había tenido contacto con ninguno.

Hizo una pausa. Bajó la voz aún más.

—Siempre tuve la fantasía de meterme en lo que ella hace. Nunca había visto a mi mamá venirse así, ni mamarla así, y cuando tú me volteaste a ver mientras ella lo hacía, no pude no tocarme. Fue lo más caliente que me ha pasado.

—Tu regalo —dije, intentando seguirle el ritmo— ya tiene mi sello.

Reímos los dos, bajito, como cómplices. No sabía en qué me estaba metiendo, pero llevaba años sin sentir nada parecido.

—Quiero proponerte algo —dijo.

Me incliné un poco. Ella siguió hablando, con la voz casi pegada a mi oreja.

—Hoy te vienes a casa después del cine. Llevamos cervezas. Cogen ustedes dos. Bien. Como anoche o más fuerte. Cuando ella se duerma —porque con dos chelas se me queda muerta una hora, te lo aseguro— vas a la puerta de mi cuarto. Yo te voy a dejar otra tanga afuera, en el bote. La agarras, te paras en el marco y me ves. Yo te voy a estar viendo a ti. Nos masturbamos así, sin tocarnos. Solo quiero una cosa: que llenes la tanga. Cada hilo. Y la dejes ahí mismo, mojada y caliente, para que cuando tú te vayas yo me la pueda poner para dormir.

Me quedé mirándola, sin parpadear. La hamburguesa llegó. Llegó también su madre con las manos recién lavadas, sonriendo como si nada, sentándose entre los dos como si no acabara de ocurrir lo que acababa de ocurrir.

—¿Hablaron de algo interesante? —preguntó Lorena.

—Nada importante —contestó Camila, y le dio una mordida a la hamburguesa.

Yo le mantuve la mirada un segundo más. Ya estaba contando las horas que faltaban para llegar a su casa.

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Comentarios (7)

MatiasC

tremendo!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final. Esperando mas

LectorDeSombras

La tension que se va armando a lo largo del relato esta muy bien lograda. No es facil encontrar algo tan bien narrado acá, generalmente todo es muy apresurado. Sigue así!

IgnacioBA

Por favor que haya segunda parte!! La historia tiene mucho para dar todavia. Muy bueno

FabianMdQ

El titulo ya te avisa en que lio te metiste jajaja. Morboso y bien escrito, justo como me gustan

Rulo_Mdq

buenisimo!! de lo mejor que lei en esta categoria

TomasR77

Y como termino el asunto del pacto?? Me quede con las ganas de saber mas, ojala suban la continuacion

PabloSur23

Muy bien escrito, se nota que hay cariño en como lo contás. Seguí subiendo cosas así

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