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Relatos Ardientes

Mi familia decidió cumplirme una fantasía prohibida

El almuerzo del domingo se acababa cuando Mariana empezó a recoger los platos. A los cuarenta seguía siendo ella quien levantaba la mesa, sin que nadie cuestionara la costumbre. Esteban, su marido, la miraba desde la cabecera con esa media sonrisa que ella reconocía desde hacía dos décadas: estaba tramando algo.

—Para —dijo él—. No te muevas todavía.

Lucía y Tomás soltaron una risita ensayada. Mariana se detuvo con la pila de platos en las manos y arqueó una ceja.

—¿Qué se traen ustedes tres? —preguntó.

—Tenemos una sorpresa para ti —contestó Lucía—. Algo que llevas esperando hace mucho.

—Cierra los ojos, mamá —añadió Tomás.

Mariana obedeció, con una mezcla de curiosidad y leve impaciencia. Escuchó pasos, un cajón abriéndose y la respiración contenida de los tres. Cuando le dijeron que mirara, tenía delante una caja larga, envuelta en papel dorado, y una expresión expectante repartida entre las tres caras.

—Ábrela —pidió Esteban.

Dentro había un bolso de cuero color caoba, con un acabado discreto y elegante. Mariana lo levantó con cuidado y se le cruzó por la cabeza el precio aproximado. No era barato. Hizo el esfuerzo, sonrió de oreja a oreja y lo abrazó contra el pecho.

—Es precioso —dijo—. De verdad, es precioso. Gracias.

Esteban frunció el entrecejo. Se conocían demasiado bien.

—No te gustó —afirmó.

—Sí me gustó —protestó ella—. Solo que…

—Solo que qué.

Mariana dejó el bolso encima de la mesa. Miró a sus dos hijos, ya adultos, y a su marido, que seguía pendiente de cada gesto. Tragó saliva.

—Cuando me dijeron que era algo que llevaba esperando, me imaginé otra cosa —murmuró—. Algo que ustedes no se imaginan, que yo ni siquiera me atrevo a nombrar. Mejor olvídenlo, fue una tontería.

—Mamá, ya nos picaste —dijo Lucía—. Suéltalo.

—No insistan, hija.

—No, sí insisto. Si es algo que querías, dilo. Hoy es tu día.

—Es algo… poco ortodoxo.

Tomás se sentó frente a ella. Tenía dieciocho años y todavía conservaba esa cara de niño que a Mariana le costaba dejar atrás. Le tomó la mano por encima de la mesa.

—Mamá. Lo que sea. ¿Un viaje? ¿Un coche? Dilo y lo conseguimos.

Ella se quedó callada unos segundos. Después soltó la mano de su hijo, se llevó las suyas a la cara y se tapó los ojos como una adolescente sorprendida en una mentira.

—Lo que yo quiero —dijo, contra las palmas— es estar con los tres. Una vez. Una sola vez.

El silencio en el comedor se volvió denso. Mariana apartó las manos de la cara muy despacio. Esteban tenía la boca entreabierta. Lucía había dejado de respirar. Tomás se había puesto colorado hasta las orejas.

—Mamá —susurró Lucía—. ¿Estás hablando en serio?

—Olvídenlo —dijo ella, levantándose—. Fue un mal momento, no debí…

—Siéntate —cortó Esteban. Su voz no era de enojo. Era otra cosa.

Mariana se sentó.

—Llevamos veinte años juntos —siguió él, mirándola fijo—. Y nunca me habías contado eso.

—Porque pensé que jamás iba a poder decirlo en voz alta.

—¿Y por qué hoy?

—Porque me preguntaron qué quería. Y por una vez quise contestar la verdad.

Tomás se levantó de golpe, como si fuera a salir corriendo, pero se quedó parado al lado de su silla. Lucía se mordía el labio. Mariana sintió cómo el rubor le subía desde el cuello.

—Está bien —dijo, intentando sonreír—. Olvidemos esto. Me encanta el bolso. Vamos a tomar el café.

—No —dijo Lucía.

Las tres miradas convergieron sobre la hija. Tenía veinte años, el pelo teñido de un castaño casi rojizo y un tatuaje pequeño que asomaba por debajo de la manga del vestido. A Mariana la había sorprendido siempre lo segura que su hija parecía de sí misma, mucho más de lo que ella había sido a esa edad.

—No —repitió Lucía—. No le vamos a decir que olvide algo que tardó veinte años en pedir. Si lo dijo, lo dijo. Hablémoslo.

—Lucía —murmuró Tomás, todavía rojo—. Es nuestra madre.

—Lo sé. Por eso. Por todo lo que hizo por nosotros.

Mariana sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, sin saber bien por qué motivo. Esteban la rodeó con un brazo y le besó la sien.

—Vamos al cuarto —dijo en voz baja, dirigiéndose a los dos hijos—. Vengan conmigo. Ahora.

***

El dormitorio matrimonial olía a la colonia de Esteban y a las flores secas que Mariana ponía en un cuenco sobre la cómoda. Las cortinas estaban entornadas y el sol de la tarde entraba en franjas oblicuas sobre la cama.

Nadie hablaba. Mariana fue la primera en quitarse el vestido, despacio, dándoles tiempo a los demás de echarse atrás si querían. No se echó atrás nadie. Esteban se desabrochó la camisa sin apartar la vista de ella. Lucía se sacó el suyo por la cabeza con un movimiento rápido y se quedó en ropa interior, los brazos cruzados sobre el pecho, no por pudor sino por algo más parecido a la concentración. Tomás fue el último, tan tímido que casi daba ternura.

—Vengan acá —dijo Mariana, abriendo los brazos.

Lo dijo como cuando los abrazaba después de una pesadilla cuando eran chicos, y esa misma voz fue la que terminó de romper la barrera. Sus dos hijos se acercaron y los tres se abrazaron de pie, junto a la cama. Mariana sintió las dos pieles distintas: la de Lucía suave, fresca; la de Tomás más caliente, más nerviosa. Esteban se acercó por detrás y la besó en la nuca.

—Despacio —les pidió ella—. No tenemos prisa.

Besó a Lucía primero. Fue un beso largo, sin la urgencia que ella se había imaginado. La lengua de su hija buscó la suya con una determinación que la sorprendió. Cuando se separaron, Lucía le sonreía con los ojos a medio cerrar.

—No me esperaba esto —murmuró Mariana.

—Yo tampoco —dijo Lucía—. Ya lo aclaramos después.

Después Mariana se volvió hacia Tomás. Lo besó con más cuidado, consciente de que para él todo era nuevo. Sintió cómo le temblaba la mandíbula al principio, hasta que se acostumbró. Esteban, mientras tanto, le besaba los hombros y le bajaba las tiras del sostén con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo.

—¿Estás bien, mamá? —preguntó Tomás, separando un poco la cara.

—Mejor de lo que esperaba —contestó ella—. ¿Y tú?

Él asintió.

—Es la primera vez que… —empezó, y se detuvo.

—Ya me lo imaginaba.

—No quería contártelo así.

—Tomás —dijo Mariana, agarrándole la cara con las dos manos—. No tienes que demostrarme nada. Si en algún momento quieres parar, paramos.

—No quiero parar.

***

Se acostaron sobre la cama matrimonial sin un orden definido. Mariana se encontró boca arriba con Lucía a su izquierda, Tomás a su derecha y Esteban a los pies. Sintió la boca de su hija en un pecho y la de su hijo en el otro, las dos a destiempo, lo que multiplicaba las sensaciones en lugar de uniformarlas. Esteban le besaba el interior de los muslos sin tocar todavía donde más quería.

—Eres un cabrón —le dijo ella, riéndose—. Sabes que odio que me hagas esperar.

—Por eso lo hago.

Lucía le buscó la boca otra vez. Mariana le acarició la nuca, le pasó los dedos por el pelo, sintió el peso de la cabeza de su hija sobre el cuello. Esteban subió por fin con la lengua y ella arqueó la espalda contra el colchón.

—No tan rápido —protestó—. Que dura más así.

Tomás había salido un momento por agua y volvió con una botella. Se quedó parado al lado de la cama, mirándolos, y Mariana le tendió la mano.

—Ven aquí, hijo. No me dejes sola con estos dos.

Eso lo hizo reír y soltar el aire que llevaba aguantando. Se subió a la cama, se acomodó al lado de Mariana y la besó otra vez, esta vez con más confianza.

—Ahora bésame el cuello —le indicó ella, y obedeció—. Así. Más despacio. Tienes mucho tiempo para aprender.

—Quiero aprender.

—Lo sé.

Lucía cambió de posición y se colocó entre las piernas de Mariana, desplazando con suavidad a su padre. Esteban se rió y se hizo a un lado.

—Las damas primero —concedió.

—Ay, hija —murmuró Mariana cuando sintió la boca de Lucía—. Ay, Lucía…

—Calla, mamá —le contestó su hija, sin levantar la cabeza—. Disfruta.

Esto no me lo quita nadie, pensó Mariana, y cerró los ojos.

***

Cuando los abrió otra vez, Esteban estaba acostado boca arriba en su lado de la cama y ella se había subido encima. Se conocían tanto que el cuerpo iba solo. Lucía y Tomás los miraban desde el otro lado del colchón, ella acariciándole el pelo a su hermano.

—¿Cuándo me toca? —preguntó Tomás, en un susurro casi inaudible.

Esteban giró la cabeza hacia él, sin parar el ritmo.

—Eso lo decide tu madre.

Mariana se rió, sin dejar de moverse. Estiró un brazo y le hizo señas a Tomás de que se acercara. Le besó la palma de la mano, los nudillos, después la boca.

—Ahí no, hijo —le susurró—. Eso es de tu padre. Tengo otro lugar para ti.

Tomás entendió. Se puso colorado otra vez, pero no se movió. Mariana le sonrió.

—No tengas miedo. Te voy a guiar yo.

Le tomó la mano y se la llevó hasta la curva de la cadera. Le indicó cada paso en voz baja, con la misma calma con la que le había enseñado a atarse los cordones cuando era pequeño, salvo que ahora la calma estaba teñida de algo distinto. Tomás se acomodó detrás de ella sin dejar de mirarla a los ojos por encima del hombro. Lucía, de rodillas a su lado, la besaba en la boca para que la transición no le doliera. Mariana sintió cómo su hijo entraba por fin, con un cuidado torpe y conmovedor, y emitió un gemido largo que se apagó contra la lengua de su hija.

—Tranquilo —le dijo a Tomás, sin separar mucho la boca de Lucía—. Despacio. Tienes a tu madre.

Esteban, debajo, marcaba el ritmo desde abajo, paciente y firme. Tomás encontró el suyo después de unos minutos. Mariana se sentía sostenida por los tres, como si los cuerpos formaran una arquitectura precisa pensada solo para ella. Lucía le mordía el labio inferior con suavidad cada vez que la sentía estremecerse.

***

Algún tiempo después, cuando los cuerpos ya pesaban y la luz de la tarde se había vuelto ámbar, los cuatro estaban tirados en la cama, sin hablar. Lucía se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el muslo de su madre. Tomás dormía boca abajo, abrazando una almohada como cuando era chico. Esteban tenía un brazo cruzado sobre el vientre de Mariana.

—¿Te gustó? —preguntó él en voz baja, para no despertar a los hijos—. ¿Te sentiste querida?

—Más que querida —contestó ella—. Acompañada.

—Es la primera vez que te oigo decir esa palabra así.

Ella se quedó callada un rato. Le pasaba los dedos por el pelo a Lucía con una mano y le acariciaba el brazo a Esteban con la otra.

—Es lo que quería —dijo al fin—. No el sexo. Bueno, también. Pero más que nada esto. Que estuvieran los tres. Que no me hicieran sentir rara por pedirlo.

—Nunca te vamos a hacer sentir rara, cariño.

—Lo sé. Por eso me animé.

Esteban le besó el hombro.

—Por cierto —dijo, después de un silencio—. La chica nueva de la oficina, la que te conté el otro día.

—¿Qué pasa con ella?

—Quería preguntarte si te molestaba que…

Mariana se rió, despacio, para no despertar a los chicos.

—Anda —dijo—. Diviértete. Pero con una condición.

—Cuál.

—Que esto —y abarcó con un gesto la cama, los cuerpos dormidos, la luz ámbar— se repita. No mañana. Pero pronto.

—Trato hecho.

Ella cerró los ojos. Tomás murmuró algo en sueños, abrazó la almohada con más fuerza, se acomodó. Lucía, sin despertar, le acarició la pierna a su madre con la punta de los dedos. Esteban respiraba pegado a su oído.

—El bolso es precioso —dijo Mariana, ya entredormida—. Pero esto fue mejor.

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Comentarios (5)

Roxana_M

que relato!!! me dejo sin palabras, de verdad

ElChino78

Espero que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

PatricioLM

Lo lei completo de un tiron. Rara vez un relato me engancha tanto desde el principio, muy bien narrado

Maxi_cordob

ese giro al final no me lo esperaba para nada, que sorpresa jaja

nocheoscura99

Lo que mas me gusta de estos relatos es cuando se nota que hay algo de verdad detras. Este tiene ese toque, se siente autentico. Gracias por animarte a compartirlo

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