El reencuentro con su madre cruzó todos los límites
Hay pocas heridas tan profundas como la de un hijo arrancado de su madre. Y pocas alegrías tan inesperadas como volver a encontrarla cuando ya nadie creía en el reencuentro.
Mateo había crecido escuchando una sola versión de la historia. Su padre, fiscal con buenos contactos en el juzgado, consiguió lo que parecía imposible: la custodia total y una orden que prohibía a Helena acercarse al niño. Durante diez años, ella fue solo una foto guardada en un cajón y un nombre que en casa no se pronunciaba.
El día que cumplió dieciocho años, Mateo no pidió un coche, ni una fiesta, ni dinero. Pidió una dirección. Su padre se negó a dársela, y él entendió que tendría que buscarla por su cuenta. Le bastaron tres semanas y una llamada larga a una vieja amiga de la familia para conseguir el número.
—¿Mateo? —La voz al otro lado tembló—. Dios mío, sí eres tú.
Acordaron verse en una cafetería del centro, una de esas con mesas de madera y luz de tarde. Él llegó treinta minutos antes y pidió un café que se enfrió mientras esperaba. Cuando la vio entrar, supo de inmediato que era ella, aunque no se parecía a la mujer de la foto.
Helena tenía cuarenta y dos años y llevaba el pelo rubio recogido en una coleta alta. Era alta, de ojos celestes y hombros marcados, como si hubiera pasado los últimos diez años en un gimnasio para no pensar. La camisa blanca le quedaba ajustada a la cintura, y al sentarse cruzó unas piernas que parecían pertenecer a otra década. Cada cabeza del local se giró un instante. Ella ni se enteró.
—Mamá —dijo Mateo, y la palabra le salió rota.
Helena lo abrazó por encima de la mesa con tanta fuerza que casi lo levantó del asiento. Tenía los brazos firmes, los dedos largos, y olía a algo cítrico que él no recordaba pero reconoció igual.
—Mírate —murmuró ella sin soltarlo—. Estás enorme. Te buscaba en cada chico que pasaba por la calle.
Hablaron durante horas. De cosas pequeñas primero, porque las grandes pesaban demasiado. La escuela, el primer trabajo de medio tiempo, la novela que él estaba escribiendo a escondidas, la academia de boxeo donde ella entrenaba cuatro veces por semana. Helena reía con la boca entera y se llevaba la mano al pecho cada vez que algo la conmovía.
—Hay una pregunta que no me he atrevido a hacer en diez años —dijo Mateo cuando ya llevaban dos cafés y una porción de tarta—. ¿Por qué se separaron?
Ella miró su taza un momento.
—No quiero contártelo aquí. ¿Te animas a venir a mi piso? Está a diez minutos. Te preparo algo decente y te lo cuento todo.
—Vamos.
—Por cierto —agregó ella mientras se ponía la chaqueta—, ¿tienes novia?
—No.
—Solo curiosidad.
Cuando él se adelantó hacia la puerta, Helena dejó que la sonrisa se le ensanchara un segundo más de la cuenta.
***
El piso era pequeño, cálido, con plantas en cada repisa y un sofá de pana verde que parecía absorber la luz. Helena sirvió dos copas de vino tinto y se sentó frente a él, con una pierna doblada bajo el cuerpo.
—Bien —dijo Mateo—. Sin rodeos. ¿Qué pasó?
Ella respiró hondo.
—Tu padre y yo no encajábamos en la cama. Nunca encajamos. Yo siempre quise más, él siempre tuvo otras cosas en la cabeza. Después de tu cuarto cumpleaños le propuse que abriéramos el matrimonio. Que cada uno tuviera lo que necesitaba sin mentir.
—Y se molestó.
—Más que molestarse. Me llamó cosas que ni siquiera te voy a repetir. Al día siguiente había contratado al mejor abogado de la ciudad. No me quitó solo el matrimonio. Me quitó al niño. Dijo que una mujer como yo no podía criar a su hijo.
Mateo dejó la copa sobre la mesa.
—Una mujer como tú.
—Una mujer a la que le gusta el sexo. Y a la que le gusta sin filtros, cruda, sin permisos. —Ella sonrió, pero los ojos se le humedecieron—. No te voy a mentir a estas alturas. Soy lo que soy. Follo, me gusta que me follen, y no me disculpo. Si te incomoda saberlo, lo entiendo.
—No me incomoda. Me dolió que me dijeran durante diez años que eras mala persona.
—Nunca lo fui contigo.
Hubo un silencio largo. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas y lo miró con una intensidad que no era del todo materna.
—Hay otra cosa —dijo—. Y prefiero soltarla y que la decidas tú. Cuando te vi entrar al café, después de la emoción, después de las lágrimas, lo primero que pensé fue una barbaridad. Pensé que eras el hombre más guapo que había visto en mucho tiempo. Y pensé, muy despacio, en cómo sería tenerte encima.
—Mamá…
—Déjame terminar. No te lo digo para presionarte. Te lo digo porque llevo diez años imaginándote y ahora estás aquí, y no te voy a tratar como a un niño porque ya no lo eres. Si te molesta, me dices y nos quedamos en la cafetería para siempre, en hijo y madre, y ya está. No pasa nada.
Mateo se quedó muy quieto. El vino le había soltado un calor que no era del vino. Se le había endurecido la polla dentro del pantalón desde hacía cinco minutos y no sabía si ella lo estaba viendo. Helena lo miraba sin parpadear, con la calma de quien lleva años aprendiendo a desear sin disculparse.
—Esto es una locura —dijo él, en voz baja.
—Sí.
—No me has tratado como a un hijo en toda la tarde.
—No, no te he tratado.
Ella se acercó. Le pasó el pulgar por la línea de la mandíbula, despacio, como quien comprueba que algo es real. Después bajó la mano, sin dejar de mirarlo, y le apretó el bulto por encima del pantalón. Mateo cerró los ojos un instante y se le escapó un jadeo.
—Mira lo que tenemos aquí —murmuró ella—. La tienes durísima, cariño.
—Mamá, joder.
—Ven —susurró Helena.
***
El cuarto olía a jazmín y a ropa recién lavada. Helena cerró la puerta con el pie y dejó caer la chaqueta al suelo. La camisa blanca tardó tres botones en abrirse.
—Mírame bien —dijo—. Si en cualquier momento quieres irte, te vas. No me debes nada. Solo te debes a ti mismo.
—No me voy.
Ella sonrió y se acercó. Lo besó con la boca abierta, sin prisa, metiéndole la lengua entera hasta la garganta, como si llevara la cuenta de cada año perdido y los cobrara despacio. Mateo le rodeó la cintura, le tocó la espalda firme bajo la tela, y por primera vez en su vida entendió por qué se decía que un beso podía marear a alguien. Helena le mordió el labio inferior, le chupó la lengua, le agarró la nuca con la mano libre para que no se apartara ni un centímetro.
—No sé qué hago —susurró él.
—Yo sí. Confía. Voy a enseñarte a follarme como quiero que me folles.
Helena le quitó la camiseta sin esfuerzo y lo empujó suavemente sobre la cama. Se sentó a horcajadas sobre él y se desabrochó la camisa entera, con calma, dejando que la mirada del chico hiciera todo el trabajo. Tenía el vientre marcado y un pecho lleno que se movía cuando respiraba hondo. No usaba sostén. Los pezones se le habían puesto duros solo con el frío del aire y con la forma en que Mateo los miraba, con la boca entreabierta.
—Cómo te miro —dijo él, y se le cortó la voz.
—Mírame todo lo que quieras. Es para ti. Toca. No me vas a romper.
Le agarró las manos y se las puso sobre las tetas. Mateo se las apretó despacio, sintiendo el peso y la piel caliente, y cuando le pasó el pulgar por un pezón Helena echó la cabeza hacia atrás y gimió por lo bajo. Ella se inclinó y le besó el cuello, después la clavícula, después el hueso del esternón. Le lamió los pezones a él, uno y otro, y le mordisqueó la piel del vientre bajando con una paciencia exasperante. Cuando le abrió el pantalón, tiró de la tela hacia abajo con los dientes en la cinturilla y descubrió lo que había debajo, levantó las cejas un instante.
—Vaya —murmuró—. Eso no lo heredaste de la foto. Qué pollón tienes, mi vida.
Mateo se rió, nervioso, y la risa se le rompió en un gemido cuando la mano de Helena le rodeó la polla por la base y le apretó suave. Ella escupió, sin ningún pudor, un hilo de saliva que le cayó justo en el glande y lo esparció con el pulgar, dando vueltas lentas por la punta.
—Cállate y mira —le dijo, mirándolo desde abajo con los ojos celestes brillando.
La boca de Helena empezó a trabajar. Primero solo la punta, chupándola como si fuera un caramelo, con los labios rojos apretados alrededor del glande y la lengua trabajando en círculos por debajo. Después se la metió entera, hasta el fondo, hasta que Mateo sintió la nariz de ella contra su pubis y notó cómo la garganta se abría para tragarlo. Se retiraba muy despacio, sin dejar de mirarlo, y volvía a hundirse hasta la base. Un hilo de baba se le escapaba por la comisura y le caía por los cojones. Ella se lo esparcía con la mano, se los amasaba, se los chupaba también.
—Mamá, joder, mamá.
—Chss. Deja que te la coma.
Lo dejaba al borde y se retiraba. Lo volvía a llevar y volvía a parar. Le clavaba los ojos celestes desde abajo y le sonreía con la boca llena, con la lengua asomando por debajo del glande. Le lamía la polla entera de arriba abajo, como si fuera un helado, y después volvía a tragársela hasta el fondo con una arcada suave que la hacía babear más.
—Mamá, voy a…
—Ven cuando quieras. Vente en mi boca. Quiero tragarme lo que me tocaba.
Cuando el cuerpo de él se sacudió, Helena no se apartó. Se metió la polla hasta el fondo y sintió el primer chorro golpearle la garganta. Tragó, tragó otra vez, y tragó una tercera, sin dejar de mirarlo, ordeñándolo con la mano por la base para no perder una gota. Cuando lo soltó, se limpió la comisura con el pulgar, se lo chupó, y se subió a la cama.
—Buen chico —dijo, divertida, echándose a su lado y besándolo en la frente—. Ahora me toca a mí. Y vas a aprender a comerme el coño como yo te enseñe.
***
Se abrió la falda, tiró de la ropa interior por debajo de las caderas y la mandó al suelo. Se abrió de piernas encima de la cama sin ningún pudor, con una mano bajándose los labios del coño para que él viera bien lo que iba a comer. Estaba brillando, empapada desde hacía rato, con el clítoris hinchado y rosa asomando entre los pliegues.
—Ven aquí. Boca abajo, entre mis piernas. Eso es. Ahora la lengua plana, todo lo largo, de abajo hacia arriba. Despacio.
Mateo obedeció. Le pasó la lengua entera por el surco, de abajo a arriba, y notó el sabor de ella por primera vez, salado y espeso, y algo se le rearmó en el pubis solo con eso. Helena gimió y le puso una mano en la nuca, apretándolo contra su coño.
—Así. Ahora chúpame el clítoris. Con los labios primero. No lo muerdas, ternura, chúpalo como si le fueras a sacar leche.
Él aprendió rápido. Aprendió porque ella se lo pedía con la voz partida y porque cada vez que él acertaba, las manos de Helena se cerraban en su pelo con más fuerza. Le metió un dedo, y ella jadeó y le dijo que dos, y después que se los curvara hacia arriba, contra la pared blanda del interior, y que no dejara de chuparle el clítoris al mismo tiempo. Mateo la comió con hambre, con la barbilla empapada, con la nariz metida en el pubis, respirándola.
—Así, así, no pares —jadeó ella, arqueándose contra su boca—. No pares, cariño, me estás haciendo correr, me estás haciendo correr…
El primer orgasmo de Helena llegó largo y silencioso, con una mano contra la pared para no resbalarse y la otra clavada en el pelo del chico, apretándolo contra ella hasta que dejó de moverse. El coño se le contrajo en la lengua de Mateo tres, cuatro veces. Después tiró del chico hacia arriba, lo besó con su propio sabor, se lamió la barbilla de él y le susurró al oído algo que él no se atrevió a repetir nunca.
—Ven. Túmbate. Ahora te la meto yo.
Se montó encima sin avisar. Le agarró la polla, que ya la tenía otra vez dura como el hierro, se la puso contra la entrada y se hundió despacio, con los ojos cerrados, hasta sentarse del todo. Bajó centímetro a centímetro, jadeando en cada uno, hasta que sintió los cojones de él pegados al culo. La cama crujió.
—Diez años —murmuró ella, sin moverse todavía, dejando que el coño se le abriera del todo alrededor de él—. Diez años pensando en cómo habrías crecido.
—Yo también pensaba en ti.
—No así.
—No así —admitió él.
Empezó a moverse. Despacio primero, midiendo el ritmo del chico debajo, subiendo casi hasta soltarlo y bajando después de un golpe, sentándose entera. Le agarró las manos y se las puso en las tetas otra vez, y le pidió que se las apretara fuerte, que se las pellizcara los pezones. Después con una furia tranquila, como si descargara cada cumpleaños perdido contra la cadera de su hijo. Cabalgaba con las rodillas clavadas en el colchón, la cintura moviéndose adelante y atrás, el vientre marcándose con cada golpe.
—Mira cómo me la meto. Mira cómo tu madre se folla tu pollón. ¿Te gusta, cariño? ¿Te gusta ver cómo me traga tu polla?
—Joder, mamá, sí, sí.
—Dilo. Dime cómo.
—Me encanta cómo te la follas. Me encanta tu coño.
Ella se rió, sudando, con la coleta rubia deshecha, y se inclinó para besarlo con la lengua entera dentro de la boca del chico mientras seguía bajando y subiendo. Mateo le sostuvo los pechos, le besó el cuello, le mordió suavemente el hombro. Helena reía y gemía y le decía cosas al oído que él guardaría en otro cajón distinto al de la foto.
—Ponme a cuatro patas. Ponme a cuatro patas y fóllame como aprendiste hoy.
Cambiaron de postura cuando ella se lo pidió. Se puso de rodillas en el colchón, con el culo respingón hacia arriba y la cara pegada a la almohada, y se separó las nalgas con las dos manos para que él viera bien dónde metérsela. Mateo se puso detrás, con las manos en su cintura, y se la clavó de un golpe hasta el fondo. Helena gimió contra la almohada.
—Así. Fuerte. Más fuerte. Rómpeme.
Aprendió a ir despacio cuando ella se lo indicó y rápido cuando se lo exigió. La agarró de la coleta, casi sin pensarlo, y ella jadeó un «sí, sí, así» que le dio permiso a tirar más. Le dio una palmada en el culo, tímida primero, más fuerte después, y vio cómo se le enrojecía la marca de la mano. La habitación olía a sudor y a vino y a jazmín y a coño. La luz de la calle se filtraba por la persiana y dibujaba franjas en la espalda de Helena, en el arco tenso de su cintura, en el vaivén de sus tetas colgando por debajo.
—Termina dentro —dijo ella, mirándolo por encima del hombro, con la cara roja y los ojos entrecerrados—. Vente dentro de mí. Te lo ganaste. Lléname el coño, cariño, llénamelo entero.
Mateo no contestó porque ya no podía. Le apretó las caderas hasta dejarle los dedos marcados, embistió cuatro, cinco, seis veces más, y se vino con los dientes apretados, abrazado a su madre, descargando dentro de ella con la polla enterrada hasta el fondo, sin saber muy bien quién era cada uno en ese momento. Helena se corrió otra vez con él, apretándole la polla desde dentro, mordiendo la almohada para no gritar.
Cuando salió, un hilo blanco escurrió del coño de ella por el interior del muslo. Helena metió dos dedos, recogió lo que se le escapaba, se lo llevó a la boca y lo lamió sin dejar de mirarlo.
—Mío —dijo—. Todo mío.
***
Después se quedaron tumbados, mirando el techo. Helena le pasaba los dedos por el pelo, despacio, como cuando él tenía cinco años y se quedaba dormido en su regazo viendo dibujos. Esa parte sí la recordaba.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora te quedas a dormir. Y mañana decides.
—¿Decido qué?
—Si esto fue una sola tarde rara o si nos damos los diez años que nos quitaron. Yo no te voy a presionar. Pero tengo una habitación libre. Y una cama que no me importa compartir.
Mateo cerró los ojos. Pensó en su padre, en la casa silenciosa donde había crecido, en las navidades sin ella, en las preguntas que nunca le respondieron. Pensó en la cafetería de esa tarde, en la coleta rubia entrando por la puerta, en la palabra «mamá» saliéndole rota.
—Me quedo —dijo—. Y mañana traigo mis cosas.
Helena no contestó. Solo lo abrazó más fuerte, con los ojos cerrados, y se quedó así mucho tiempo, hasta que el chico se durmió contra su pecho como cuando todavía era suyo.