Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi padre me salvó esa noche y todo cambió entre nosotros

Tengo veintitrés años, soy delgada y de huesos finos, sin demasiadas curvas, con ese porte algo grácil que dejan diez años de gimnasia artística. Mi cabello castaño me llega hasta la cintura, mi piel es muy pálida, todavía uso brackets y unos lentes redondos que me dan un aire perpetuamente ensimismado. Súmenle a eso la ropa holgada que escojo cada mañana, los suéteres tres tallas más grandes y los jeans rectos, y tendrán una idea bastante exacta de cómo paso desapercibida en el campus. Estudio arquitectura, igual que mi padre. Y es él quien me ayuda con los problemas de cálculo estructural cuando me trabo.

Mi madre murió hace dos años. Desde entonces vivimos los dos solos en la casa grande de las afueras.

Una tarde de octubre fui con Lucía, mi mejor amiga desde la facultad, a una convención de cosplay en el centro. Yo iba disfrazada de hada del bosque: falda corta de gasa verde, botas altas, dos coletas y una corona de flores que me pesaba en la frente. Era la primera vez en años que me veía las piernas en un espejo. Me sentía rara, pero también extrañamente liviana.

A la salida, esperando un taxi en la esquina, un tipo se nos acercó. Olía a cerveza y a algo amargo. Lucía intentó alejarlo, pero él me agarró del brazo y empezó a tirar. Recuerdo que pensé que iba a llorar como una idiota delante de toda la gente que pasaba sin mirar.

Entonces un auto frenó en seco contra la acera. La puerta se abrió antes de que el motor terminara de apagarse.

Era mi padre.

Tiene cuarenta y cinco años, contextura media, una barriguita amable que aparece y desaparece según lo riguroso que esté con el gimnasio, y los reflejos de cuando entrenaba taekwondo en la universidad. No le hicieron falta más de tres movimientos para tumbar al tipo. Nos subió al auto sin decir nada, y solo cuando arrancamos preguntó si estábamos bien.

—Tu padre es alucinante, Renata —me dijo Lucía cuando la dejamos en su edificio.

—Sí —contesté, sin atreverme a mirarla.

—Si fuera diez años más joven, intentaría algo —rió ella, y me dio un beso en la mejilla antes de bajar.

Yo me quedé sola en el asiento de atrás, mirando la nuca de mi padre y las manos firmes en el volante, y supe en ese instante que no había superado nada. Sentí que el coño se me humedecía debajo de la falda de gasa verde, y apreté los muslos con fuerza para que no se notara.

***

Tendría yo diecinueve años cuando los vi por primera vez. Volvía del baño en la madrugada y la puerta del dormitorio principal estaba entreabierta. Los oí antes de entender qué oía: la respiración rápida de mi madre, la voz grave de mi padre dándole instrucciones cortas. Me acerqué tres pasos. Solo tres. Y miré por la rendija.

La tenía en cuatro patas sobre la cama, una mano enredada en su pelo ondulado y la otra clavada en su cadera. La empujaba con una violencia metódica que me dejó sin aire. La polla de mi padre entraba y salía del coño de mi madre con un chapoteo húmedo, brillante de flujo, tan gruesa que le abría las nalgas cada vez que la enterraba hasta el fondo. Mi madre tenía los ojos cerrados, la boca abierta, y producía un sonido hondo, gutural, entre gemido y gruñido, que yo nunca le había oído. «Así, puta, así, así te gusta», le decía mi padre entre dientes, y ella respondía con un «sí, papi, más fuerte, rómpeme». Mi padre miraba hacia abajo, concentrado en lo que hacía, y de pronto subió un pie, se apoyó con él en la nuca de mi madre, hundiéndole la cara contra el colchón, sin dejar de moverse, como si ella fuera un instrumento al que estuviera afinando. Le dio una nalgada seca que resonó en el cuarto y le dejó la marca roja de la mano en la piel.

No me fui. No corrí. Apoyé la espalda contra el marco de la puerta, sentí cómo un calor descendía por mi vientre, y mi mano encontró sola el camino hasta debajo del pijama. Tenía la entrepierna empapada y no entendía por qué. Mis dedos se hundieron entre los labios de mi coño virgen y encontraron el clítoris hinchado, latiendo, y empecé a frotarlo en círculos pequeños mientras mordía la tela del pijama para no gemir. Vi cómo mi padre sacaba la polla entera —una verga larga, gruesa, con una vena palpitante recorriéndola— y se la metía a mi madre en la boca sin darle tiempo a respirar, hasta el fondo de la garganta, hasta que ella se atragantó y unos hilos de saliva le cayeron por la barbilla. Después la volvió a poner en cuatro y le hundió la polla en el culo de una sola embestida. Mi madre pegó un grito ahogado y yo sentí que me venía por primera vez en la vida, ahí de pie, con los dedos empapados y las piernas temblando. Mi padre terminó sobre la espalda de mi madre, una corrida espesa y blanca que le chorreó por la columna y le empapó el pelo, ella se desplomó como una muñeca, y yo regresé descalza a mi cuarto sin que ninguno de los dos sospechara que había estado allí.

Esa imagen me persiguió durante años. Me despertaba con las sábanas húmedas, la mano metida entre los muslos, y una vergüenza que no sabía cómo nombrar. Por eso empecé a vestirme con suéteres holgados, por eso dejé de mirar a mi padre a los ojos, por eso me hundí en los apuntes y en los ejercicios de cálculo. Pensé que si lo enterraba bien hondo, terminaría por morirse solo.

Y entonces mi madre se enfermó, y se fue, y de pronto éramos solo nosotros dos en una casa demasiado grande.

***

Esa noche, después del incidente del cosplay, no me quité el disfraz. Me senté en el sillón con mi padre y prendimos una película cualquiera. Él bajó la luz, sirvió dos copas de vino tinto y me pasó una manta. Apoyé la cabeza en su hombro como hacía cuando tenía diez años. Me dejó hacerlo.

—Te pareces tanto a ella —dijo en algún momento, sin apartar los ojos de la pantalla.

—No es verdad —contesté—. Mamá tenía más cuerpo. Y el pelo ondulado. Yo soy un palo de escoba.

Nos reímos los dos, y la risa terminó en silencio, y el silencio se hizo largo.

—La extraño —dijimos al mismo tiempo.

Giró la cara hacia mí. Yo giré la mía. Quedamos a esa distancia en la que ya no se puede fingir. Nos miramos durante uno, dos, tres segundos. Y luego él bajó la cabeza, o yo levanté la mía, no lo sé, y nos besamos. Su lengua entró en mi boca con hambre, y la mía la buscó, y le mordí el labio inferior sin querer.

No te detengas, pensé. Por favor, no te detengas.

No se detuvo. Sus manos bajaron por mi espalda hasta encontrar el cierre de la falda. Me la quitó despacio, como si esperara que yo lo frenara, y como yo no lo frené, siguió. Me sacó la blusa, la corona de flores; las dos coletas se deshicieron solas. Quedé en ropa interior blanca encima del sillón, con la respiración temblando, y él me miró como si me viera por primera vez en su vida. Le vi el bulto duro marcándose contra el pantalón y sentí que se me apretaba el estómago.

Me desabrochó el sostén con una sola mano y mis tetas pequeñas quedaron al aire, los pezones ya duros como piedritas rosadas. Se agachó y me chupó uno, primero el izquierdo, después el derecho, mordisqueándolos con cuidado, tirando con los dientes, dejándolos brillantes de saliva. Yo arqueé la espalda contra el respaldo del sillón y solté un gemido agudo que no supe que tenía adentro.

—Espera, papito —dije cuando intentó subir encima—. Soy virgen.

Se quedó muy quieto. Pensé que iba a echarse atrás, que se iba a horrorizar, que me iba a mandar a la cama y al día siguiente fingiríamos que esto nunca había pasado. Pero en lugar de eso bajó la cara a mi cuello, mordió suavemente la piel de debajo de la oreja, y empezó a descender. Pasó por la clavícula, por el escote, por el vientre. Me quitó la pantaleta blanca tirando de los costados con los dientes, y cuando quedó tirada en el suelo yo estaba completamente desnuda, con las piernas apretadas por vergüenza.

—Ábrete, mi amor —me dijo con una voz grave que no le conocía—. Déjame verte.

Y yo abrí las piernas. Muy despacio. Me temblaban los muslos. Él se relamió los labios mirándome el coño, virgen, depilado a medias, brillante ya de mi propio flujo. Sopló apenas encima y yo pegué un respingo.

—Qué lindo coñito tienes, princesa —murmuró—. Tan chiquito. Tan mojado. Todo para papá.

Yo no era nada. Yo era solo una respiración entrecortada y un par de manos aferrándose al respaldo del sillón. Cuando su boca me alcanzó, todo lo que sabía sobre mí misma cambió de lugar. Su lengua recorrió mis labios de arriba abajo, lenta, ancha, y después se cerró alrededor del clítoris y empezó a chuparlo con un ritmo constante que me hizo temblar entera. Sus dedos llegaron después, dos al principio, gruesos, lentos, abriéndome camino, curvándose adentro hasta encontrar un punto que no sabía que existía. Yo gemía con la cara hundida en un cojín porque no quería que me oyera, y al mismo tiempo quería que me oyera todo el barrio. Sentí una ola subir desde los pies, cerrarse en el vientre, y estallar. Me corrí en su boca con un grito ahogado, empapándole la barba, y él no paró, siguió chupando y lamiendo hasta que yo empujé su cabeza con las dos manos porque no aguantaba más.

—Ya, papito —dije con la voz ronca, respirando como si hubiera corrido kilómetros—. Ya estoy lista. Métemela.

***

Se desnudó él también. Lo vi entero por segunda vez en mi vida, pero esta vez nadie iba a mandarme de vuelta a la cama. La polla se le salía del vientre gruesa, larga, con la cabeza morada e hinchada y una gota transparente en la punta. Estiré la mano y la envolví con los dedos —no llegaba a cerrarlos del todo— y él soltó un gruñido bajo que me hizo apretar los muslos.

—Chúpamela, princesa —susurró—. Prueba a papá.

Me arrodillé en el sillón y me la llevé a la boca. Nunca había hecho eso. La punta pasó apenas mis labios y ya sentí que me llenaba entera. La chupé como pude, torpe, ayudándome con la mano, salivando encima para que resbalara mejor. Él me agarró del pelo con las dos manos, me guio, me enseñó el ritmo, me empujó de a poco hasta que la sentí golpear en la garganta y me atraganté. Se me llenaron los ojos de lágrimas y unos hilos de saliva me colgaron del mentón. Le miré desde abajo, con los brackets y todo, y él me dijo «así, mi amor, así, chúpasela toda a papá» y yo me apliqué con más ganas todavía.

Después me tumbó de espaldas otra vez sobre el sillón. Se acomodó encima, apartó mi pelo de la cara y me preguntó con la mirada si estaba segura. Le respondí cerrando las piernas alrededor de su cintura. Sentí la punta de su polla apoyada contra mi coño, resbalando arriba y abajo, empapándose en mi flujo, y pensé que me iba a morir de las ganas.

Entró de a pocos. Sentí el desgarre breve, la punzada, el ardor, la carne abriéndose para dejarlo pasar. Me mordí el labio para no llorar. Él se quedó dentro, sin moverse, esperando a que mi cuerpo se acostumbrara a tenerlo entero adentro, y mientras tanto besaba mi frente, mis sienes, los párpados cerrados.

—¿Estás bien? —murmuró.

Asentí.

Empezó a moverse, despacio primero, sacándola casi entera y volviéndola a meter con paciencia, y el dolor se convirtió en una incomodidad sorda y después en algo que no sabía nombrar. Una ola que crecía desde abajo y subía hasta el pecho. Me agarré a sus hombros, hundí las uñas, dejé de respirar como una persona normal. Cada embestida era más segura, más profunda, y yo iba perdiendo de a poco la noción de dónde terminaba mi cuerpo y dónde empezaba el suyo. Sentía la polla rozarme por dentro un lugar que ardía y latía a la vez, y me oía gemir cosas —«papito, papito, más, así, no pares»— sin reconocer mi propia voz.

Después me cambió de posición. Me puso de costado, me levantó la pierna de arriba hasta apoyármela en su hombro —los años de gimnasia me dejaban abrirme sin protestar— y se acomodó detrás. Una mano me sujetaba la cadera; la otra había encontrado mi pecho izquierdo y lo amasaba con una paciencia que me volvía loca, pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice cada vez que empujaba más fuerte. Su polla entraba en un ángulo distinto, más profundo, y yo sentía el peso de sus huevos golpearme contra el culo con cada embestida. Su boca estaba pegada a mi oreja, diciéndome cosas —«qué apretadita eres, mi amor», «para papá, ¿verdad?, este coñito es todo para papá», «dime que eres mía»— que yo apenas escuchaba pero que entendía con el cuerpo entero, y le respondía «sí, papito, tuya, toda tuya, córrete adentro».

Cuando me corrí por segunda vez en mi vida —esta con una polla adentro— lloré. Lloré sin saber por qué. El coño se me contrajo alrededor de él en espasmos que no podía controlar, apretándolo, ordeñándolo, y él dio tres embestidas más, hondas, salvajes, y se vació dentro de mí con un gruñido largo que le nació del pecho. Sentí los chorros calientes llenarme por dentro, uno, dos, tres, cuatro, y algo se me rompió y se me arregló al mismo tiempo. Él me abrazó por detrás, se quedó dentro de mí sin moverse, y me dejó llorar hasta que paré, mientras el semen se le escurría fuera y me bajaba por el muslo.

—Soy tuya —dije con la voz rota—. Siempre voy a ser tuya.

Y supe que era verdad.

***

Han pasado seis meses desde esa noche. Ya no duermo en mi cuarto. Mi cuarto es ahora un vestidor enorme donde guardo ropa que antes nunca me hubiera atrevido a usar. Vestidos ceñidos, faldas de tubo, jeans que marcan. Empecé a ir al gimnasio tres veces por semana —los profesores lo notaron, los compañeros también— y descubrí que tenía un cuerpo que valía la pena mirar. Aproveché la elasticidad que me dejaron los años de gimnasia para inventarme con él posiciones nuevas casi cada noche: el spagat encima de su polla, los pies detrás de la nuca, el puente con él embistiéndome desde arriba.

Me depilé el coño entero, liso como una pastilla de jabón, porque a él le gusta poder verlo todo mientras me lo folla. Me dejé crecer las uñas. Me cambié los lentes redondos por unos rectangulares que mi padre dijo que me hacían ver más mayor. Sigo con los brackets, pero faltan tres meses para que me los quiten. Él dice que le encanta la sensación del metal cuando le chupo la polla, así que a veces me dan pena que me los saquen.

Antes de hacer el amor tenemos un ritual. Empezamos con un sesenta y nueve sobre la cama grande del que era el dormitorio de mis padres y ahora es el nuestro. Yo, arriba, con el coño depilado sobre su cara y su barba raspándome los muslos. Recorro su verga con la lengua desde la base hasta la punta, paso por las venas gruesas que la atraviesan, le lamo los huevos uno por uno, me los meto en la boca de a poco, y después me la trago entera todo lo que puedo, hasta que la punta me golpea la garganta y las lágrimas me nublan la vista. Él, mientras tanto, tiene la lengua clavada dentro de mi coño y dos dedos jugando con mi culo, y la flexibilidad de mis años de entrenamiento hace todo lo demás. A veces me corro así, con la boca llena de polla, ahogándome con su corrida al mismo tiempo que la mía le baña la cara.

Después me hace el amor de todas las formas posibles —de rodillas contra el cabecero, boca abajo con una almohada bajo la cadera, sentada encima moviéndome como aprendí a hacerlo—, y cada noche le digo lo mismo mientras me llena de semen: soy tuya, soy tuya, soy tuya. Como un mantra. Como una entrega.

A veces, cuando me ducho sola por la mañana y me veo en el espejo —con las marcas de sus dedos en la cadera, las mordidas en el cuello y el rastro de semen todavía escurriéndome por el muslo—, pienso en aquella chica del suéter holgado y los lentes redondos que se escondía detrás del flequillo. La extraño un poco. Pero no lo suficiente como para volver a ser ella.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(9)

SolDeMadrugada

tremendo... me dejó sin palabras. Esperando la continuacion

ElisaLectora

Lo leí de un tirón y cuando terminé me quedé mirando la pantalla. Que manera de escribir, de verdad.

Nocturna44

excelente relato!!!

RodriMDQ

No es facil encontrar un relato de esta categoria que este tan bien narrado. Se siente real, te arrastra desde el principio. Muy bueno, sigue escribiendo.

Fernanda_RD

Me recordó a ciertas noches de cuando era joven... este tipo de historias te revuelven por dentro. Gracias por compartirlo.

LuciaMar91

Hermoso y prohibido al mismo tiempo. Justo como tienen que ser los mejores relatos. Continua por favor!!

Javier_C

uff que nivel, me sorprendio mucho

MarcelaCBA

¿Va a tener segunda parte? Quedé con muchas ganas de saber que pasó despues

Tomás_BA

No suelo comentar pero este me arrancó un comentario. Muy bien escrito, con mucha sensibilidad para un tema tan delicado.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.