Mi cumpleaños acabó con mi esposa entre mis dos hermanos
Cumplía treinta y ocho años aquel sábado, y Renata se había empeñado en montar una reunión de las que dejan recuerdo. Empezó a las siete, con una cena que olía a romero desde la cocina y un salón decorado con velas bajas que hacían parecer al apartamento más grande de lo que era. Llegaron mis amigos con sus parejas, los pocos solteros que aún quedaban del grupo, y mis dos hermanos, Esteban y Joaquín, que vinieron juntos en el coche del menor.
Hubo serenata, hubo demasiado ron y un mezcal que un compañero del trabajo trajo de muy lejos y que nadie supo dosificar bien. La cena se sirvió pasadas las nueve. Después, la música subió, y el salón se convirtió en una pista improvisada donde algunas parejas se animaron a bailar.
Hacia las once, los amigos empezaron a despedirse. Cualquier excusa servía: el bebé, el madrugón del lunes, la niñera que cobraba por hora. A medianoche solo quedábamos seis: mi amigo Damián con su mujer, mis hermanos, Renata y yo.
Damián no aguantaba el ritmo. Él y su esposa se fueron poco después, dejándonos a los cuatro en el salón con la luz tenue y un bolero antiguo sonando bajo. Renata estaba algo entonada, lo justo para reírse con la cabeza echada hacia atrás cada vez que Esteban le decía cualquier tontería al oído.
—Pongan algo más lento —pidió ella, descalza ya, con los zapatos abandonados junto al sofá.
Joaquín se levantó y cambió el disco. Esteban aprovechó para sacarla a bailar, y Renata se dejó llevar con esa lentitud premeditada que mi mujer reservaba para los momentos en que sabía que la estaban mirando. Yo la miraba, claro. Pero ya no era el único.
Bailaron una, después otra, y en algún momento Joaquín se sumó por detrás. Quedó ella en medio, abrazada por Esteban de frente y por Joaquín por la espalda, los tres oscilando muy despacio al compás. Vi cómo las manos de mi hermano menor subían desde la cintura de Renata hasta el borde del vestido, y cómo ella, en lugar de apartarlas, hizo un gesto casi imperceptible para que siguieran subiendo.
Me levanté del sofá con la copa todavía en la mano y caminé al baño. Necesitaba un minuto. No de duda, sino de aire.
Lo habíamos hablado. Lo habíamos fantaseado en voz alta durante meses, primero como una broma de cama, después con un detalle que ya no era casual. Renata me había confesado, una noche cualquiera de invierno, que mis hermanos le gustaban. Que le gustaban distinto a mí. Y yo, en lugar de enfadarme, le había pedido que me lo contara con todos los detalles.
Cuando volví del baño, los tres seguían en el centro del salón, pero el baile ya era otra cosa. Esteban tenía la boca pegada al cuello de Renata, y Joaquín, detrás, le había bajado los tirantes del vestido y le sujetaba los pechos por encima de la tela. Ella tenía los ojos cerrados.
—Apriételos fuerte —dijo, y su voz salió más ronca de lo que esperaba.
Esteban la besó en la boca. Fue un beso largo, sin prisa, con la lengua muy presente, y Renata respondió hundiéndose contra él. Joaquín aprovechó para bajarle el cierre del vestido, que cayó al suelo con un siseo de tela cara. Quedó en braga negra de encaje, descalza, las medias todavía puestas hasta medio muslo.
—Mírala —me dijo Esteban, sin soltarla—. Mírala bien.
La miré. Tenía las mejillas encendidas y una sonrisa que conocía muy poco. Fue ella la que buscó mis ojos y los sostuvo mientras Joaquín le bajaba la braga por las caderas, despacio, hasta los tobillos.
—Es tu cumpleaños —murmuró Renata, dirigiéndose a mí—. Yo soy el regalo.
***
Esteban la guio hasta el sofá grande. La sentó en el borde, le abrió las piernas con las dos manos y se arrodilló entre ellas. Joaquín se colocó detrás del sofá, inclinado sobre el respaldo, y empezó a besarle la boca desde arriba mientras le acariciaba los pechos con una calma que me costaba reconocer en mi hermano menor.
Esteban hundió la cara entre los muslos de Renata y se quedó ahí mucho tiempo. Yo me senté en la butaca de enfrente, todavía vestido, con la copa apoyada en la rodilla. Mi mujer empezó a moverse despacio, después con menos paciencia, y cuando se corrió por primera vez se le escapó un sonido grave que llenó todo el salón.
—Otra —ordenó Joaquín al oído de ella, y Esteban siguió.
La segunda llegó pocos minutos después, y esa vez Renata clavó las uñas en la nuca de Esteban hasta dejarle marca. Cuando él se incorporó, tenía la barba mojada y una sonrisa de niño que acaba de hacer una travesura. Se desabrochó el cinturón sin dejar de mirarme.
—¿Te molesta? —me preguntó.
—No.
Era verdad. Lo único que sentía era una especie de vértigo controlado, una excitación honda que me empujaba a quedarme quieto y observar. Renata, mientras tanto, se había deslizado del sofá al suelo, y se había arrodillado entre los dos hermanos. Los desnudó a los dos sin prisa, alternando las manos, y cuando los tuvo a ambos delante levantó la mirada hacia mí.
—¿Vienes? —preguntó.
Me desvestí ahí, de pie, mientras ella ya había empezado a usar la boca con Esteban. Pasaba de uno al otro con un ritmo que parecía ensayado, lamiendo despacio, deteniéndose, mirándolos a los ojos. Yo me acerqué, y Renata me hizo sitio en el círculo con un giro de cabeza.
—Hoy son tres —me dijo bajito, como si fuese una confidencia que solo me debía a mí—. Pero el primero eres tú.
***
Joaquín la levantó del suelo con las dos manos en la cintura y la dobló sobre el respaldo del sofá. Le abrió las piernas con una rodilla y se hundió en ella de un solo empuje, sin preámbulos. Renata gritó, no de dolor, y enseguida se acomodó al ritmo que él le impuso. Esteban se sentó frente a ella y le ofreció la boca para que lo siguiera atendiendo.
Yo me quedé detrás de Joaquín, viendo cómo movía las caderas, cómo le agarraba a Renata el pelo en una cola improvisada. Mi hermano menor era más bruto de lo que imaginaba. Mi mujer, en cambio, parecía manejar el ritmo desde abajo, con cada arqueo de espalda, con cada empujón hacia atrás que pedía más.
Joaquín no aguantó mucho. Salió a tiempo y se vació sobre la curva baja de la espalda de Renata, en un trazo tibio que ella celebró con una carcajada gutural. Se apartó respirando fuerte y se dejó caer en la butaca, derrotado por su propio entusiasmo.
Esteban tomó el relevo. La hizo girarse, la tendió sobre el sofá y se acomodó encima sin dejar de besarla. Sus movimientos eran más medidos, con pausas largas en las que se quedaba quieto dentro de ella, hablándole al oído cosas que yo no alcanzaba a oír. Renata le contestaba con monosílabos y con las uñas hundidas en la espalda.
—Ven —me llamó ella, estirando la mano hacia mí.
Me arrodillé al borde del sofá. Renata giró la cabeza y me recibió en su boca mientras Esteban seguía con un ritmo lento, casi cruel. La sentí gemir contra mi piel, vibrar contra mí. Cuando Esteban terminó, lo hizo en silencio, con la mandíbula apretada, y se quedó encima de ella unos segundos antes de rodar al lado.
***
Renata se levantó tambaleándose un poco y desapareció hacia el baño. Volvió envuelta en una toalla blanca, con el pelo recogido, recién enjuagada. Olía otra vez a su crema de siempre, a vainilla y a algo verde, y eso me devolvió por un segundo la sensación de que era mi mujer normal y no la mujer extraordinaria que acababa de ver.
—¿Listos? —preguntó.
Los tres lo estábamos. Ella dejó caer la toalla y se acercó a la alfombra del centro del salón, donde yo ya me había tendido boca arriba. Se subió encima de mí muy despacio, encajándome con una sonrisa que era íntima, solo para mí, antes de inclinarse hacia adelante y ofrecer la espalda y las nalgas a mis hermanos.
Esteban fue el primero esta vez. Se acomodó detrás de ella con calma, le pasó una mano por la cintura y empujó muy lento, comprobando, esperando. Renata respiró hondo y exhaló contra mi cuello.
—Despacio —pidió—. Despacio al principio.
Joaquín, a un costado, esperaba turno con la mano en mi mujer, acariciándole la cadera, los pechos, la cara. Cuando Esteban encontró ritmo, los tres nos sincronizamos en algo que costó al inicio y que después se volvió fluido, casi musical. Renata cerró los ojos y dejó de hablar.
Le costó poco volver a correrse. Cuando lo hizo, la sentí apretarse alrededor de mí, escuché a Esteban soltar un quejido grave detrás, y vi a Joaquín, fuera del eje, masturbándose mientras le besaba la nuca. Esteban terminó dentro de ella poco después, y cuando se apartó, Joaquín ocupó su lugar sin que nadie tuviera que decir nada.
El segundo turno fue más rápido, más bruto. Joaquín se vino con un grito sordo y se dejó caer sobre la alfombra, jadeando. Yo todavía estaba dentro de Renata, sosteniéndola, esperándola. Ella abrió los ojos y me miró desde muy cerca.
—Solo tú ahora —dijo.
La giré. La acomodé boca arriba sobre la alfombra y le sostuve las dos manos por encima de la cabeza. Mis hermanos, a unos metros, miraban en silencio, recobrando el aire. Renata buscó mi boca y nos besamos como si fuese la primera vez, como si los otros dos no estuvieran. Fue un beso largo, sucio, mío.
Cuando terminé, lo hice dentro y mirándola. Ella no apartó los ojos.
***
Acabamos los cuatro tirados en la alfombra, sin hablar, escuchando el zumbido del aire acondicionado y el final del bolero que llevaba quién sabe cuánto repitiéndose. Joaquín se quedó dormido casi enseguida, con un brazo sobre la cara. Esteban encendió un cigarro junto a la ventana abierta. Renata me besó en la frente, lenta, casi maternal.
—Feliz cumpleaños —me susurró—. Y gracias.
Cerré los ojos un momento, intentando ordenar lo que acababa de pasar. Renata tenía una marca en el cuello, otra en el muslo, y una sonrisa que no le había visto en años. No supe si lo que sentía era orgullo o algo más oscuro, pero supe que no quería que aquello fuera la última vez.
Antes de dormirnos, me dijo al oído lo único que necesitaba oír.
—El año que viene —prometió—. Otra vez.