La videollamada que mi suegro me obligaba a mirar
Pensé que había visto todo lo que don Ernesto era capaz de hacer. Después de aquel sábado en que nos obligó a las cinco nueras a meternos en la misma habitación con sus hijos, creí sinceramente que su imaginación había tocado fondo. Nos había convertido a todas en sus putas privadas, en su pequeño teatro doméstico vía cámara, y ya no me sorprendía nada.
Me equivocaba.
Esa noche, cuando el icono del sistema parpadeó en la pantalla del salón, suspiré, me serví una copa de vino y pulsé aceptar. La imagen se abrió y tardé un par de segundos en entender lo que estaba viendo.
Don Ernesto estaba sentado en el sillón de cuero de su despacho, con esa sonrisa de medio lado que tan bien le conocía, y a su lado, de pie, una chica de pelo corto y falda muy por encima de la rodilla. La reconocí enseguida y se me secó la boca.
Era Lorena, la hija menor de mis suegros. La cuñada que apenas le sacaba un par de años a mi hijo mayor. La benjamina de la casa, la consentida de papá durante toda la infancia, hasta que en aquella separación tan fea de hace tres años decidió quedarse del lado de su madre.
¿Qué hace ella ahí?, pensé.
La respuesta no tardó en llegar.
—Necesito que me pagues la universidad —dijo Lorena, cruzándose de brazos—. Es lo lógico. Soy tu hija.
—No me tomes por tonto —contestó él sin moverse del sillón—. Yo te pagué cuatro años en aquel internado tan caro, y sé perfectamente que la mitad de las asignaturas las aprobaste de rodillas, debajo del escritorio de tus profesores.
Hubo un silencio largo. Lorena ni siquiera lo desmintió.
—Te voy a pagar la carrera —añadió él, despacio—. Pero te lo vas a ganar haciendo para mi empresa lo que mejor sabes hacer. Y vas a empezar conmigo, ahora mismo.
—Estás loco —dijo ella, dando medio paso atrás—. Eres mi padre.
—Lo tomas o lo dejas.
Lorena se quedó mirándolo unos segundos. Yo, del otro lado de la pantalla, no podía respirar. Pensé que iba a salir por la puerta y dar un portazo. En vez de eso, levantó la barbilla y se encogió de hombros.
—Está bien. Pero que te quede claro que lo hago por dinero. No siento nada por ti.
***
Don Ernesto no contestó. Le hizo una seña con dos dedos, despacio, para que se acercara, y Lorena obedeció. Se sentó sobre sus rodillas como mil veces lo había hecho de pequeña, supongo, pero esta vez la mano del padre no se quedó en la cintura. Subió por debajo de la falda y le acarició las nalgas por encima de la ropa interior, sin prisa, casi con ternura. Ella giró la cabeza, le buscó la boca y se besaron con una lengua que no tenía nada de filial.
Algo dentro de mí se removió. Algo que no quería reconocer.
—Eres un cerdo —murmuró ella contra su boca—. Mira cómo te pones con tu propia hija.
—Y tú una zorra —respondió él, sonriendo—. Quítame el pantalón y enséñame qué te enseñaron en ese internado.
Lorena se deslizó al suelo entre las piernas de su padre con una soltura que helaba la sangre. Le bajó el cinturón, los pantalones, los calzoncillos, y cuando lo tuvo desnudo de cintura para abajo, lo miró con una sonrisa pequeña.
—Papito, no la tienes tan grande como te crees. He chupado pollas peores, eso sí.
—Cállate, niña.
Se la metió en la boca de un solo movimiento. Yo, sentada en el sofá con la copa de vino temblándome en la mano, supe que iba a estar viendo esto hasta el final.
Don Ernesto comenzó a gemir, con la cabeza echada hacia atrás. Le agarraba el pelo corto, le marcaba el ritmo, le decía cosas que ningún padre debería decirle nunca a una hija. Que era una guarra. Que era mejor que cualquiera de las putas que había pagado en la vida. Que en el internado no había aprendido matemáticas pero sí lo único importante.
—Se nota que sabes mucho de que te la chupen, cabrón —respondió ella entre lametones, sin parar.
Yo sentí cómo se me aceleraba la respiración. Me odié por ello.
***
Cuando él la apartó, los dos estaban rojos y sin aliento.
—Ya basta. Vamos a follar.
Lorena se levantó del suelo, se subió la falda hasta la cintura y, con dos dedos, se bajó las bragas hasta los tobillos. Se las quitó con una pierna, las pateó hacia el sillón. Después se llevó la mano al sexo y se acarició mirándolo a él.
—Lo conseguiste, viejo. Me has puesto cachonda. Me chorrea.
Subió al sillón con las piernas abiertas, una rodilla a cada lado de los muslos del padre, y se dejó caer despacio sobre él. Cuando lo sintió dentro, echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, sin actuación posible.
—Joder —murmuró él, agarrándole las caderas—. Follas mejor que la zorra de tu madre. Mucho mejor.
Yo estaba paralizada en el sofá. Sin darme cuenta había deslizado una mano debajo del pantalón del pijama, y dos dedos se movían contra mi clítoris al ritmo de las caderas de Lorena. Me daba asco mi propio cuerpo, pero no podía parar.
Ella lo cabalgó primero de espaldas, agarrándose a las rodillas de su padre, dejándole ver todo lo que estaba pasando entre sus piernas. Después se giró sin sacársela. Se acomodó de cara a él, le puso las dos tetas pequeñas contra la boca, y siguió moviéndose.
—Tu culo es mejor que el de tu madre cuando tenía tu edad —dijo él, mordiéndole un pezón.
—Gracias, papito.
Lo dijo con una ironía de cuchillo. Sonriendo. Y siguió subiendo y bajando.
***
Después de un rato, don Ernesto resopló y le pidió que se bajara. Estaba sudando, jadeaba como si llevara una hora corriendo. Le pidió que se tumbara de lado en la alfombra. Ella obedeció. Él se colocó detrás, le levantó la pierna de arriba y se la metió otra vez, pero con un ritmo más lento, más sucio, como saboreándola.
—Estamos vestidos a medias, niña. Quítate todo. Quiero verte entera.
—¿Te parece propio de un padre y una hija desnudarse así? —preguntó ella, riéndose por lo bajo.
—Es propio de una zorra como tú.
Los dos se quitaron lo poco que les quedaba, ahí mismo, sin dejar de tocarse, y cuando Lorena se arrodilló completamente desnuda frente a él, con la espalda recta y las tetas pequeñas a la altura de su cara, juro que parecía una escena de un cuadro renacentista. Si no fuera por lo que era.
—Me voy a correr, niña.
—No, así no. Túmbate.
Ella le empujó suavemente del pecho hasta dejarlo bocarriba sobre la alfombra. Bajó por su cuerpo con la lengua, despacio, hasta que la boca se cerró otra vez sobre él. Lo trabajó con una mano y la lengua, sin dejar de mirarle a los ojos, hasta que don Ernesto soltó un gruñido y se vació en su boca. Ella tragó. Después le limpió con la lengua, sin asco, como si fuera lo más natural del mundo.
Pensé que la escena había terminado.
—Pero papá —dijo Lorena, con sorna—, se te está volviendo a poner dura. ¿No eras un viejo?
—Ponte a cuatro patas. Ahora te toca por el culo.
—Como tú quieras, papito. Soy una niña obediente.
***
Yo estaba al borde. Quité la mano de debajo del pijama un segundo, respiré hondo y traté de calmarme. Había algo más fuerte que el deseo en lo que me estaba pasando: era la certeza de que estaba viendo algo a lo que ningún ojo debería tener acceso, y que mi suegro me había convertido en cómplice.
Lorena se puso a cuatro patas sobre la alfombra. Don Ernesto se colocó detrás, escupió en su mano, le acarició el culo con una ternura grotesca y la penetró despacio. Ella ni siquiera se quejó. Empujó hacia atrás para recibirlo entera.
—Se nota que no es la primera polla que te entra por aquí, putita.
—No lo haces del todo mal, papi.
Él aceleró. La agarraba de las caderas, le clavaba los dedos, la insultaba con esa rabia rara de quien está disfrutando demasiado y no sabe cómo manejarlo. Cuando se corrió, se quedó dentro un segundo, jadeando, antes de salir y dejarse caer sobre la alfombra.
—Dios, niña. Con tu madre nunca lo había pasado tan bien en treinta años de matrimonio.
—Ya lo sé, papá.
La conexión se cortó.
***
Me quedé sentada en el sofá con las piernas temblándome, intentando entender qué acababa de pasar. Aquel hombre nos había convertido a todas las nueras en sus putas; ahora le tocaba el turno a sus hijas. Me pregunté, con una lucidez fría, si en algún momento nos pediría a nosotras participar. Si haría que Lorena y yo, cuñadas, nos tocáramos delante de la cámara mientras él miraba. La idea no me espantó tanto como debería.
***
Dos noches después, el icono volvió a parpadear.
Esta vez Lorena estaba sola, sentada en el sofá del despacho, con un vestido blanco corto que apenas le cubría la mitad de los muslos. La puerta se abrió y entró un hombre al que reconocí de inmediato: Adrián, uno de los socios comerciales más importantes de mi suegro. Cincuenta y tantos, bigote canoso, traje oscuro. Se quedó parado en el umbral con cara de no creer lo que estaba viendo.
—Buenas tardes, Adrián —dijo Lorena, con una voz que era pura miel—. Mi padre se disculpa por no poder recibirte en persona. Me ha pedido que te explique los detalles del proyecto.
Era obvio en qué proyecto estaba pensando él. Se sentó a su lado en el sofá, casi pegado, y la chica le sonrió con esa sonrisa que ya le había visto a su padre.
—Si aceptas el contrato —murmuró ella—, podemos celebrarlo aquí mismo.
Adrián no dijo nada. Le buscó la boca y la besó como un adolescente, con las manos temblándole. Lorena lo dejó hacer, le respondió, y al cabo de un minuto le bajó la mano hasta el bulto del pantalón.
—Acepto el proyecto —dijo él, con la voz ronca.
—Sabía que dirías que sí.
***
Yo, otra vez con la mano dentro del pijama, mordiéndome el labio inferior, pensé en lo perfectamente que mi suegro había planeado aquello. Nada era casualidad. Lorena no estaba ahí por azar.
Adrián se quitó el polo rojo, ella se quitó el vestido blanco y se quedó solo con unas bragas blancas de algodón que la hacían parecer aún más joven de lo que era. Él la miró como quien mira algo sagrado.
—Eres una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida.
Bajó la cabeza, tomó uno de los pechos pequeños de Lorena y se puso a chuparlo con devoción. Una mano se coló por debajo de las bragas y empezó a moverse despacio. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido limpio, casi infantil.
—Doblá las piernas, princesa —pidió él.
Ella lo hizo. Adrián le bajó las bragas con paciencia, milímetro a milímetro, hasta que se las sacó por completo. Cuando vio el sexo desnudo de Lorena, soltó un suspiro.
—Qué cosa más bonita.
Le hundió la cara entre las piernas. La barba, el bigote canoso, la lengua: Lorena empezó a removerse contra su boca como si llevara meses esperando exactamente eso. Y, conociendo a su padre, quizás así era.
—Qué bien me lo haces, mi amor —jadeó.
***
Estuvo comiéndola un buen rato, hasta que ella le pidió cambiar de turno. Lo hizo sentarse, le bajó el pantalón y le tomó el sexo con las dos manos antes de metérselo en la boca. Adrián cerró los ojos.
—La chupas mejor que las profesionales de los hoteles, princesa.
Yo en mi sofá, con dos dedos dentro de mí y los ojos clavados en la pantalla, ya no me reconocía.
Cuando él no aguantó más, la apartó con suavidad, sacó un preservativo del bolsillo de la chaqueta y se lo puso. Lorena se sentó encima, de espaldas a él, y empezó a moverse con un ritmo profesional. Adrián le agarró las tetas desde atrás como si quisiera asegurarse de que aquello era real.
Después la puso a cuatro patas. Después la tumbó bocarriba con una pierna sobre su hombro. Después, cuando estaba cerca, le pidió correrse sobre su vientre. Ella sonrió.
—Hazlo donde quieras, mi amor.
Se sacó, se quitó el preservativo y se vació sobre el ombligo de Lorena. Ella se restregó el semen como si fuera una crema cara y miró a Adrián con una ternura que me dio escalofríos.
—Ha sido fantástico, princesa. Espero que repitamos.
—Yo también lo deseo. Cerrar negocios contigo así es delicioso.
—Dile a tu padre que acepto en las condiciones que hablamos. Pero, eh, ahórrate los detalles de cómo me convenciste.
Se rieron los dos. Él le dio un beso casi paternal en la frente, se vistió y salió del despacho.
Lorena se quedó sola, desnuda en el sofá, mirando la cámara unos segundos antes de que la conexión se cortara.
Juraría que, justo antes de cortar, me sonrió.