La noche en que mis padres aceptaron jugar con nosotros
—Lucía… ¿qué hicieron?
—Papá, tranquilo. No tenés que preocuparte por nada.
—¿De qué hablás? Necesito hablar con tu madre. Salí del cuarto, ahora.
Lo dejé solo. Era tarde, estaba cansado y tenía demasiado para procesar. Mamá no le había dicho una palabra de lo que Mateo y yo ya sabíamos sobre su vida de puertas adentro. Hernán era el que más tenía para perder ante cualquiera que lo conociera: un hombre robusto, con el cuello ancho y la voz grave, el último en la lista de los que uno imaginaría con secretos.
No podía volver a mi cuarto: ahí estaban Mateo y mamá. Caminé hasta el dormitorio que habíamos compartido de chicos. Por algún motivo siempre terminaba ahí cuando todo se volvía demasiado, como si ese espacio guardara una versión más simple de mí. Me acosté en la cama de una plaza, debajo del póster despintado que nunca habíamos sacado, y dejé caer el peso de la semana.
Me dormí con la sensación de que había roto algo que no se podía pegar. Me despertó Mateo, metiéndose conmigo bajo la sábana. Me abrazó por la espalda, me besó en la mejilla y volvió a apagar la luz. Lo escuché respirar despacio hasta que también yo me apagué.
***
El viernes me desperté antes que él. El sol ya estaba alto. La casa, en cambio, estaba muerta. Recorrí el pasillo en puntas de pie. La puerta del dormitorio principal entreabierta, la cama tendida con esa precisión militar que solo usaba mamá cuando quería borrar pruebas. No había nadie.
Bajé a la cocina y empecé a preparar el desayuno. Café, tostadas, jugo de naranja exprimido. El ritual que siempre hacía mamá, o Mateo cuando ella se iba antes. Me concentré en el cuchillo, en el pan, en cualquier cosa que tuviera bordes.
Mi hermano apareció con la misma cara de náufrago que yo había tenido una hora antes.
—¿Y los viejos?
—No están.
—¿La cagamos, Luci?
—No sé.
Nos sentamos en silencio. Cada uno con su propia versión del desastre. Yo provoqué esto, pensé. Mi deseo abrió la puerta y todos cayeron por ella.
La llave giró en la cerradura cerca del mediodía. Entraron juntos, los dos serios, con esa expresión que en nuestra casa siempre había precedido a un sermón largo. Iba a tomar la culpa entera. La merecía.
Mamá habló primero. Lo hizo despacio, con la voz que usa cuando algo le importa de verdad. Dijo que habíamos cruzado un límite que era de ellos, que su intimidad como pareja no era un patio común. Hernán reforzó cada frase. Le costaba mirarnos. Yo entendí entonces que el problema no era la culpa: era el pudor. La idea de que ahora nosotros sabíamos.
Intenté defenderme. Mis argumentos sonaron infantiles incluso a mis oídos. Mateo asentía sin hablar. Le crucé la mirada y le rogué en silencio que me acompañara, que no me dejara sola en eso. Esperó hasta el momento justo y dijo, con esa calma que siempre le había envidiado:
—Estuvimos mal, lo sabemos. Pero seguimos siendo familia. ¿Cómo seguimos?
Hernán acusó el golpe. Miró a mamá y le hizo un gesto mínimo, casi imperceptible: hay que avanzar. Daniela respiró hondo y dijo lo que ninguno de los dos esperaba.
—Si vamos a hacer esto, lo vamos a hacer juntos. Nosotros los acompañamos.
Mateo soltó una risa nerviosa.
—Estamos todos de acuerdo en que no podemos hacer como que no pasó nada. Yo creo que lo más justo es que empiecen papá y Lucía. Mamá y yo ya nos pusimos al día.
—¿Vos cogiste con mamá ayer? —escupí—. ¿Y no me lo ibas a contar?
—No tuve tiempo —respondió, y casi me hizo reír.
—Eso lo hablan ustedes después —cortó Daniela—. La regla es una sola: consentimiento siempre, placer por delante.
—¿Y entre ustedes cómo arrancaron, mamá?
—Hablando mucho. Probando acuerdos. Reformulándolos cuando algo no funcionaba. Por ejemplo: ¿estamos los cuatro de acuerdo en vivir nuestra sexualidad sin cortocircuitos? ¿En aceptar pedidos siempre que no nos incomoden? ¿Quieren dar este paso?
Los cuatro dijimos que sí. La palabra cayó en la mesa como una llave de luz que alguien acababa de bajar.
—Báñense —dijo ella—. Pónganse algo lindo. Si vamos a hacer esto como familia, lo vamos a hacer bien.
***
Subimos en silencio, cada uno a su cuarto, y cada uno con la misma electricidad bajo la piel. Mateo se duchó primero. Yo esperé hasta que cerró su puerta para entrar al baño. No me toqué, aunque quería. Solo el agua, el jabón, el pelo mojado. No sirvió de nada: cuando salí, el calor ya volvía a juntarse entre mis piernas.
Elegí un conjunto blanco con encajes y transparencias, tanga al hilo. Me gustaba cómo me hacía ver. Quería sentirme angelical y atrevida al mismo tiempo, las dos cosas juntas, como si esa combinación fuera la única traducción posible de lo que estaba a punto de hacer.
Golpeé la puerta del dormitorio principal. Me abrió Mateo, casi desnudo, con dos elásticas ajustadas en la base de la pija y los testículos. Lo miré y se me cortó el aire. Detrás de él, mamá. Salto de cama negro transparente, un sostén de cinta finita, la tanga que yo había usado antes —la del agujero— ahora encima de ella. Hernán salió del vestidor con una jaula que le contenía el sexo, sin dejarlo crecer. Me calenté solo de pensar en el tamaño que podía alcanzar cuando lo soltaran.
—Esa tanga la usé con tu hijo el otro día, Dani.
—Lo sé. Olía a vos. Me dejó loca.
—Tu hijo me pone así —dije—. Bien puta.
Hernán se acercó por detrás.
—Ustedes se ponen así con esa cabeza de pija. Yo también la quiero probar. No te olvides, hija: los bisexuales gozamos de todos los placeres.
Me arrodillé frente a Mateo y, sin manos, le mojé toda la pija con la boca. Levanté la mirada para que mamá y papá la vieran fija. No tardaron en bajar conmigo. Hernán le pasaba la lengua por los testículos, Daniela seguía el tronco con la suya. Aproveché que estaban inclinados y les apreté el culo a los dos. Mamá se hundió la mano entre las piernas, recogió el flujo que me caía entre los muslos y se lo llevó a los labios. Lo desparramó sobre su mejilla y mandó:
—Hernán, dejá la pija de tu hijo. Probale el sabor a tu hija de mi cara.
Mi padre obedeció. Le pasó la lengua por los pómulos, por la boca, por la barbilla. Qué dócil es, pensé.
—Mamá, ¿le pedís a papá que me coma? —susurré.
—Claro, bebé. Hernán, comele la concha a tu hija. Y vos, Mateo, vení a romperle el culo a tu madre.
Nos partimos en dos parejas. Daniela se puso en cuatro patas, levantó las caderas y me dejó ver de frente lo que las dos teníamos en común. Mateo le escupió y ella se rió bajo. La cabeza de su pija entró sin esfuerzo. Daniela se apretaba el clítoris con la mano libre. Yo, debajo, sentía la lengua de mi padre en lugares que él nunca debería haber tocado, y justamente por eso no podía dejar de moverme.
—Papá, estoy empapada. Quiero sentirte adentro.
—Tu madre tiene la llave.
—¡Daniela, dame la llave de la jaula!
Mamá sacó del sostén una llave diminuta y se la pasó. Hernán se liberó. Estaba rojo de tanto contener. Lo acercó a la boca de Daniela y ella se lo metió entero. Entre ellos —Mateo cogiéndole el culo a mi madre, ella chupándole la pija a mi padre, los cuatro armando un nudo imposible— exploté en un orgasmo que no estaba esperando.
Caí hacia adelante, sobre el sexo de mamá, a buscar lo que salía despacio entre sus labios. La lamí entera. Sabía a algo que no se nombra.
***
Me senté sobre Hernán cuando él lo pidió. Tres intentos. Cuatro. La última vez sentí cómo entraba completa, cómo me abría desde adentro, cómo el dolor y el placer eran la misma cosa con dos sílabas distintas. Me apoyé contra su pecho. Mis tetas chocaban con el suyo. Mis piernas alrededor de su cintura. Si hubiera estado parado, habría sido la misma posición con la que me dormía cuando era chica. La idea me cruzó como una corriente y, lejos de cortarme, me empujó más adentro.
—Hernán —le susurré al oído—, hoy no voy a poder con el culo. Pero ayudame a abrírselo a Mateo. ¿Querés abrirle el culo a tu hija?
—Sí.
Tomó la pija de mi hermano y la trajo entre nuestras bocas. Los dos lo chupábamos al mismo tiempo, las lenguas chocando.
—No aguanto —avisó Mateo.
Lo tomamos como pistoletazo. Aceleré sobre Hernán, mamá apareció por detrás con la lengua estirada, mi hermano disparó el primer chorro a la cara de mi padre. Yo me corrí pegada a él, con un grito que arañó mi propia garganta. Sentí las uñas de mi mano izquierda hundirse en la espalda de Hernán y supe que iba a quedar marca.
—Cuánta leche, Mateo —dijo mamá, y le pasó la lengua a Hernán por la cara para llevarse lo que quedaba.
—Ahora me toca a mí —dijo mi padre—. Pero así no voy a poder.
Daniela trajo el doble que ya conocía mi cama. Hernán se puso en cuatro. Mi madre, frente a él, con una pierna a cada lado, lubricó una de las puntas con sus propios fluidos y entró despacio en él. Yo era la encargada de mover el doble entre los dos. La imagen me dejó sin aire: mi padre en cuatro patas, mi madre encajada en él como un mecanismo que llevaba años perfeccionándose.
—Si lo das profundo, va a empezar a gotear —me dijo mamá—. Si lo das más profundo, acaba. Vos decidís.
Solté el dildo, me agaché y vi salir un hilo lento del sexo libre de Hernán. Tengo este poder. El pensamiento me sacudió.
—¡Qué padres tenemos, Mateo! —dije.
—Te tiene una destreza increíble papá para chuparla —respondió él, riéndose contra el techo.
—Mateo, ponela bien dura y vení —pidió mamá.
Cambiamos posiciones tantas veces que perdí la cuenta. Hubo un momento en que estuve acostada bajo la pija de Hernán, en sesenta y nueve, recibiendo gotas en la cara mientras él me lamía. Mamá se sumó con dos vibradores chiquitos. La combinación me arrastró a un segundo orgasmo más profundo, más largo, que me dejó temblando. Eyaculé. No fue como hacer pis; fue otra cosa, con otro nombre, con otra textura. Daniela se llevó la mano a la boca para probarlo. Sonrió.
—Salió a vos.
Hernán fue el último. Pidió algo específico: que yo se la chupara mientras chocaba la suya con la de Mateo, que mamá lo cogiera por detrás con el arnés, que él pudiera acabar sobre la pija de su hijo y limpiarla con la boca. Lo hicimos. Cuando finalmente terminó, una crema más espesa, más blanca que la de Mateo, cayó exactamente donde él había pedido. Hernán bajó la cara, se metió la pija de mi hermano en la boca, levantó la cabeza con todo adentro y vino a besarme. Me pasó su propia leche con la lengua. La tragué.
El sexo siguió varias horas más. Mateo pidió una segunda vez. Daniela aceptó la doble penetración con un dildo y la pija de mi hermano, porque eso era lo que la hacía gozar de verdad. Hubo más pedidos. Algunos fueron concedidos. Otros quedaron anotados para otro día.
Nos dormimos los cuatro en la cama grande, transpirados, marcados, con dolores físicos que iban a durar hasta el lunes y la certeza, cada uno por su lado, de que lo que habíamos hecho ya no se podía deshacer.
***
Nos despertó un grito. La luz del pasillo entró en cuchilladas.
—¡Yo preocupada porque ninguno me contestaba los mensajes, pensé que se habían matado! ¡Y resulta que están haciendo una fiesta y no me invitan! ¡Yo también soy familia, eh.
La tía Sofía, parada en el umbral, nos miraba a los cuatro con una mezcla de reproche y diversión. No alcanzó a decir nada más. Mamá se levantó, le abrió un lugar en la cama y, sin dramatizar, le tendió la mano.
—Vení, Sofi. Te estábamos esperando.