Mi hermana decidió no vestirse en todo el fin de semana
Mateo abrió los ojos cuando un haz de luz se coló por la persiana torcida del cuarto de Carla. Tardó un momento en ubicarse: las paredes lavanda, el póster de la película francesa que él nunca terminó de entender, el olor a su champú en la almohada. Era sábado. No había despertador, no había clases, no había padres en casa. Tenían dos días enteros para ellos solos.
Se desperezó con calma. La noche anterior había sido larga, lo bastante larga como para dormir profundamente y despertarse con el cuerpo agradecido. Se puso un pantalón corto, lo primero que encontró tirado en la silla, y salió a buscarla.
La encontró en la cocina, dándole la espalda a la puerta, fregando un par de tazas en el lavabo. No llevaba absolutamente nada encima. Ni una camiseta, ni la bata vieja que solía dejar colgada detrás de la puerta del baño. Solo su pelo castaño cayéndole hasta media espalda y la luz de la mañana resbalando despacio por sus caderas.
—¿En serio decías lo de no vestirte? —preguntó Mateo desde el umbral.
—Buenos días, cari —respondió ella sin girarse, con esa sonrisa que se le notaba en la voz—. Hace calor. Estoy más cómoda. ¿Por qué iba a vestirme si no viene nadie?
Mateo se acercó por detrás y la abrazó por la cintura. Hundió la nariz en su pelo, en ese sitio justo bajo la oreja donde olía a algo dulce y caliente, y cerró los ojos un segundo. El pelo y los pechos. Esas eran las dos cosas que más le gustaban del cuerpo de Carla, y esa mañana las tenía a las dos al alcance de las manos.
—¿Uno rapidito? —murmuró.
—No, Mateo. Hay que estudiar. Tenemos exámenes el lunes y los dos sabemos cómo somos.
Obedeció a regañadientes. Se llevó el portátil al salón, ella se llevó los apuntes a su cuarto, y trataron de concentrarse. Cada cierto rato Carla cruzaba el pasillo para ir al baño o a por agua, y Mateo perdía la línea que estaba leyendo. Si sigue así no termino el tema en la vida, pensaba. Le habría pedido que se vistiera, pero no quería. Era una tortura agradable y se la merecía.
***
A media mañana le rugieron las tripas. Cerró el portátil y fue a preguntarle qué iban a comer. La encontró sentada al ordenador, con las piernas cruzadas sobre la silla, chateando. Justo en ese momento se le abrió una ventana privada en la pantalla. Algún tipo aleatorio del chat de la facultad, de los que aparecen una vez al mes a tantear.
—¿Qué llevas puesto? —escribía el desconocido, predecible como un manual.
Carla iba a cerrarle la conversación. Mateo, divertido, le puso la mano en el hombro.
—Dile que nada. Sigue.
—¿Estás loco?
—No te conoce de nada. ¿Qué más da?
Carla escribió «nada». El otro respondió que no se lo creía y le pidió pruebas. A Carla le brillaban los ojos, mitad miedo, mitad emoción. Mateo notó en su propia entrepierna que la cosa empezaba a interesarle más de la cuenta.
—¿Y si me reconoce?
—Inclina la cámara. Que se te vea de cuello para abajo. No puede saber quién eres.
Carla bajó la webcam con dedos torpes y le dio al icono de activarla. El corazón le golpeaba contra las costillas. En el cuadro pequeño de la pantalla apareció su torso desnudo: dos pechos firmes, la cintura, el ombligo, nada más. Era cierto que nadie la reconocería. Pero también era cierto que ese cuerpo, que normalmente tapaba con pudor, estaba ahora viajando por un cable hasta un sitio cualquiera del país. Pocas personas en el mundo habían visto eso.
El tipo del otro lado se deshizo en agradecimientos. Escribía cosas calientes, descripciones detalladas de lo que estaba haciendo mientras la miraba. Carla se sintió sucia, expuesta, tonta. Y, al mismo tiempo, no podía dejar de sonreír. Le gustaba gustar. Le gustaba que un desconocido se masturbara mirándola y que ella no le diera nada más que la imagen. No había contacto, no había deuda. Solo una pantalla.
Mateo, de pie detrás de ella, sentía la polla apretada contra el pantalón corto. No sabía bien por qué exhibir el cuerpo de su hermana a un desconocido le ponía tanto, pero le ponía. Se desabrochó, se la sacó y empezó a acariciarse despacio, mirando la pantalla por encima del hombro de Carla.
Tenía la punta a unos centímetros de la cara de ella. Cuando Carla giró la cabeza para decirle algo se la encontró ahí mismo, lustrosa, dura. No hizo falta hablar. Abrió la boca y dejó que él se la apoyara en los labios. Empezó a chuparla despacio, como si saboreara, sin urgencia. Con la mano libre seguía tecleándole tonterías al desconocido.
El de la otra pantalla, en cuanto vio que aparecía un cuerpo masculino en escena, se desconectó sin despedirse. Los dos se rieron. Habían sido diez minutos de un juego absurdo, pero ya estaban en otra cosa. Carla se levantó de la silla, le bajó del todo el pantalón corto y siguió, ahora sujetándole la base con una mano y afanándose con la boca.
Mateo le miraba la coronilla, el pelo cayéndole alrededor de la cara, las mejillas hundidas cada vez que cerraba los labios. Ella mamaba mejor cada semana, como si lo fuera estudiando con el mismo método con el que se sabía la anatomía. Se le erizó la piel del antebrazo.
***
Pasaron a la cama sin necesidad de decírselo. Él se tumbó boca arriba; ella se arrodilló en el suelo y siguió, ahora con la cabeza a la altura perfecta. Subía y bajaba con un ritmo que Mateo le iba marcando con los dedos en el pelo, aunque tampoco hacía falta. Que ella estuviera desnuda toda la mañana tenía una ventaja práctica además de la visual: cada centímetro del cuerpo de su hermanita estaba disponible sin tener que apartar nada.
A Carla se le acumulaba un calor insoportable entre los muslos. Le sacó la polla de la boca con un hilo de saliva colgándole del labio inferior y se subió encima. Se la guió con la mano y se la metió hasta el fondo en un solo movimiento. Cerró los ojos. La oleada de placer le nubló la cabeza durante unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, empezó a moverse arriba y abajo, despacio al principio, midiendo lo que sentía y midiendo lo que le hacía sentir a él.
Mateo le subió las manos a los pechos. Ella se inclinó hacia delante para que el peso del cuerpo le apretara los pezones contra las palmas. Después se inclinó un poco más, hasta poder besarlo en la boca. El roce del clítoris contra el pubis de él le estaba haciendo perder el control. En la habitación solo se oía la respiración de los dos y el chapoteo del flujo abundante de Carla. A veces ella decía cosas, palabras sueltas, «sí», «cariño», «no pares».
Entonces notó un dedo húmedo de Mateo trabajándole por detrás. Al principio solo dibujaba círculos en el contorno. Luego empezó a empujar con suavidad. Carla nunca había dejado entrar nada por ahí, pero, por alguna razón, esa mañana su cuerpo no se cerraba. Cuando se quiso dar cuenta tenía la mitad del dedo dentro y la sensación, aunque rara, no era mala. Cuando se corrió, su esfínter absorbió el dedo casi entero, como si quisiera que estuviera ahí. Solo después, cuando el placer empezó a retirarse, le molestó. Se incorporó, se separó de él con cuidado y se tumbó a su lado respirando agitada.
***
Comieron lo primero que encontraron en la nevera, dos tortillas frías con pan, y se quedaron dormidos en el sofá viendo una película mala de sobremesa. Cuando Mateo se despertó, Carla tenía la cabeza apoyada en su pecho y un hilo de baba en la comisura.
La tarde fue una negociación lenta. Cada media hora Mateo intentaba meterle mano y cada media hora Carla le apartaba. Le decía que cuanto más se aguantara, mejor sería luego, y él, sin estar muy convencido, terminaba por ceder. Les llamaron varios amigos para salir. A los dos. Ninguno cogió. Habían encontrado un mundo entero de dos habitaciones y no querían salir de él.
***
Sobre las nueve, Carla pidió una pizza. No le apetecía cocinar y Mateo no era exactamente un chef. Se sentaron en el salón a esperarla, ella tumbada boca arriba en el sofá, él encima, de espaldas, apoyando la nuca en el vientre de ella. Empezaron a hacer manitas, a robarse caricias por debajo de la ropa. Ella le acariciaba el abdomen por encima de la camiseta. Después le metió la mano por dentro y siguió haciendo lo mismo, ahora con la piel caliente. Le encantaba ese cuerpo. No estaba especialmente musculado, pero estaba duro y no le sobraba un gramo.
Sin previo aviso, Carla bajó la cabeza y le dio un beso lento, con lengua, lascivo. Mateo se giró sobre el sofá, le acarició las piernas desnudas, le agarró una y empezó a recorrérsela con la lengua de tobillo a muslo, deteniéndose en el hueco de la rodilla. A Carla le entró un cosquilleo que le subió hasta el cuello.
Le quitó la camiseta a él. Se le acercó a la entrepierna, que ya marcaba un bulto considerable en el pantalón. Mateo, con una facilidad de gesto que parecía premeditada, le hizo girar el cuerpo hasta dejarla en posición de sesenta y nueve. Ella le desabrochó el pantalón con una mano y se metió la polla semierecta en la boca, notando cómo seguía creciendo dentro.
Por su parte, él tenía el sexo de Carla a un palmo de la cara. Le agarró las nalgas, la atrajo hacia él y se puso a chuparla directamente, sin rodeos, sobre los labios y el clítoris. Cuanto mejor mamaba el uno, mejor chupaba la otra, y así, en una espiral de la que ninguno de los dos quería salir.
***
Sonó el portero automático. Se miraron un segundo y casi sueltan la carcajada. Se les había olvidado por completo que habían pedido cena. Pero iban a necesitar comer si querían seguir, así que Carla se levantó, descolgó el portero y le abrió al chico de la pizza.
Mateo fue al cuarto de su hermana, cogió lo primero que pilló del armario y se lo lanzó.
—Toma, vístete tú. Yo no puedo ni ponerme los pantalones —dijo, señalándose la entrepierna.
Carla cogió la ropa. Era una camiseta ajustada, de las que se ponía para salir los sábados, y un pantalón corto. Se vistió rápido. Cuando se miró en el espejo del recibidor, vio que la camiseta marcaba todo y que sin sujetador los pezones, todavía duros de la sesión interrumpida, prácticamente atravesaban la tela.
—Pero, tío, ¿estás loco? —le siseó.
—Bien que te la pones los sábados, listilla —contestó él con una sonrisa, justo cuando sonó el timbre.
No le dio tiempo a cambiarse. Carla abrió la puerta. El repartidor era joven, alto, flaco. Se quedó dos segundos paralizado, como si hubiera olvidado el discurso. Después le entregó la caja, le cobró y se fue, con una sonrisa estúpida que no se molestó en disimular y los ojos pegados a la tela hasta el último momento.
Carla cerró la puerta y volvió al salón roja como un tomate.
—Qué vergüenza, tío. No me quitaba el ojo de encima.
—Es normal, con lo buena que estás —respondió Mateo, acercándose y poniéndole la mano sobre la camiseta.
El calor de esa mano sobre el pecho hipersensible le borró el enfado en cuestión de segundos. La escena con el repartidor, en lugar de molestarla, la había puesto. Mateo le rozaba los pezones con la palma áspera, después los pellizcaba, después los retorcía un poco. A Carla le temblaron las rodillas. Se dejó caer al suelo arrodillada, evitando perder el equilibrio, y se encontró la polla de su hermano otra vez delante de la cara. La cogió y se la metió sin pensar.
Mateo le sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a moverse él, marcándole el ritmo. Le llegaba tan al fondo que cada cierto rato Carla tenía que apartarse para respirar; aprovechaba esos segundos para lamerle los testículos uno a uno, metérselos en la boca, soltarlos. Mateo la miraba desde arriba como hipnotizado. Su hermana parecía no estar buscando darle placer a él, sino exigirle algo.
Carla, ya con la otra mano entre sus propias piernas, se masturbaba al ritmo de la mamada. Cuando él notó que estaba a punto, le apretó con suavidad la nuca para advertirle. Ella no se apartó. Mateo se corrió en su boca, abundante, y Carla emitió un «mmm» ahogado y se lo fue tragando en pequeños sorbos, apretándole la base con la mano como si quisiera sacarle el último centilitro. Después siguió un rato más con los dedos entre las piernas. Tardó, pero también ella terminó. Se dejó caer de espaldas en la alfombra, con el pecho subiendo y bajando.
***
Comieron la pizza en el salón, fríos los dos y muertos de hambre. La acabaron en cinco minutos. Carla bromeó con que iba a darse de baja del gimnasio, que entre clase y clase de fin de semana ya se le iban a quemar todas las calorías del año.
Vieron una película mejor que la de la siesta. Carla apoyó la cabeza en su hombro y se quedó callada un buen rato. Estaba feliz, y eso, paradójicamente, le daba miedo. No quería que nada se cruzara entre ellos. No quería que el fin de semana se acabara nunca.
Mateo, sin levantar la vista de la pantalla, notó que algo iba mal.
—¿Qué te pasa, peque?
—Nada. ¿Por qué no podemos estar siempre así?
—¿Así cómo?
—Así. Tú y yo. Sin tener que esconder, sin tener que pensar en nada más.
—Joder, no te pongas filosófica ahora —le respondió, girándose para mirarla—. Disfruta el rato y ya está. Eso ya no te lo quita nadie.
Carla intentó replicar. No la dejó. Le tapó la boca con un beso. Ella volvió a abrirla para hablar y él volvió a callarla, otro beso, otro, hasta que se rindió y se rió contra sus labios.
Tiene razón, como casi siempre. Hablaba con ese aplomo que a ella la hacía sentir una cría boba y, al mismo tiempo, segura. Se acurrucó contra él en el sofá. Mañana sería domingo. Quedaba todavía un día entero por delante.