Mi tía me pidió que la acompañara ese fin de semana
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
Habían pasado ocho años desde la última vez que la vi. Volvió convertida en una mujer y con una sola idea en la cabeza: provocarme hasta que yo cediera.
Llamé a mi psicóloga porque llevaba todo el día ardiendo. Su voz me convenció de que ningún deseo era pecado, ni siquiera el que sentía por Diego.
Le dije que sí, pero que tendría que pagar mi salida de la cantina y darme algo a mí. Y ahí me tienes, caminando delante de mi tío rumbo al hotel.
Mi padre llevaba dos días fuera. Las niñas dormían arriba. Y Elena, descalza en el sofá, me miraba como si hubiera esperado este momento toda la noche.
Cuando supe que me quedaban pocos años, decidí vivirlos sin reglas, y empecé por la persona que dormía a tres metros de mi puerta cada noche.
Camila se fue a probar un vestido a otra tienda y me dejó solo con su madre. Cuando entramos al baño del centro comercial, ya no había forma de fingir que no había mirado todo el día.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Llevaba años sin verla, casada y muy lejos. La tarde en que llamó al timbre de mi cuarto de hotel supe que no iba a poder negarle nada.
Cuando entró a mi cuarto esa noche, sin nada encima, supe que no era solo por el miedo a los truenos. Mi madre lo sabía todo. Y yo lo sabía también.
Decidí recibirlo descalza, con un vestido solero abotonado al frente y nada debajo. Papá no sabía aún lo que decían los análisis del laboratorio.
La fiebre subía y nadie podía inyectarla. Cuando bajó el short, comprendí que algunas líneas, una vez cruzadas, ya no se desdibujan.
Cuando se cortó la luz, ella seguía con el pie sobre mi regazo. Sentí cómo lo movía despacio, fingiendo que era casualidad, sabiendo perfectamente que no lo era.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Reservé el mismo Airbnb donde hice el amor con mi prima por primera vez. Esta vez no íbamos solos: cada uno llevaba a su pareja, y los cuatro lo sabíamos.
Pulsé el monitor sin saber qué habitación se abriría esa tarde, y en la pantalla apareció Marisol entrando al salón con su traje de motera negro.
Tenía diecinueve años, mi padre se ausentaba semanas enteras y yo creía conocer a mi madre. Hasta que el cesto de la ropa sucia me obligó a mirarla distinto.
Tenía cincuenta y cuatro años, una pierna rota y dependía de la mujer de mi hijo menor. Una tarde resbalé desnudo en la ducha y ella corrió a auxiliarme.
Cuando el icono del sistema parpadeó esa noche, supe que mi suegro tenía otro show preparado, pero esta vez la chica que entraba en la sala era su hija.
Sus manos frías se movieron despacio por donde ninguna mano debería. Yo no hice un sonido. Pero algo se rompió esa tarde y ya nada volvió a ser exactamente igual.