Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuando mi suegra se desmayó llamé a su sobrina

Era miércoles por la tarde. Camila estaba en la facultad, sus hermanos en el liceo. Yo había salido temprano del trabajo y, como hacía siempre que tenía la casa libre, me había escapado a lo de mi suegra.

Llevábamos un buen rato. Ella se metía un consolador por delante mientras yo, detrás, le marcaba el ritmo desde la cadera con todo el peso del cuerpo encima. La cama crujía y ella respondía con esa voz ronca que terminaba siempre por desarmarme.

Y entonces se desplomó.

Se le cerraron los ojos, se le aflojó el cuerpo y quedó muda contra el colchón. Me agarró un pánico que no había sentido en la vida.

Lo último que necesito es que se muera mientras le estoy dando por detrás.

—Suegra —le dije sacudiéndola del hombro—. Suegra, despertate.

Abrió los ojos a medias, con la mirada perdida, y me apretó la mano.

—No llames a emergencia —murmuró—. Llamá a Renata. Mi sobrina. Está en el celular.

Busqué el teléfono en la mesita de luz y marqué.

—¿Hola, tía? ¿Cómo andás? —contestó una voz fresca al otro lado.

—Soy el novio de Camila. Tu tía se sintió mal y me pidió que te llamara a vos en lugar de la ambulancia.

Hubo un silencio corto.

—Ya voy para ahí. Ponele una toalla con hielo en la nuca y que no se levante. Esta mujer se está pasando de la raya otra vez.

Cortó antes de que pudiera preguntar nada.

A los diez minutos sonó el timbre. Renata entró cargando un maletín blanco y una expresión de madre cansada de hijos malcriados. Sin pedir permiso, se metió al cuarto, me echó con un gesto y cerró la puerta. Estuvo dentro un cuarto de hora largo.

Cuando salió, traía la túnica abierta hasta la mitad y la cara despejada.

—Va a estar bien —dijo, como si hablara del clima—. Que descanse, y por un par de días no la vas a poder coger. Le estabas dejando ese culo hecho un desastre. Se ve que entró mal.

Sentí que me hervía la cara.

—¿Eh? —atiné a decir.

—No te hagas el santo. Yo a mi tía la conozco desde que tengo memoria.

Me quedé en silencio sin saber por dónde seguir. Renata se metió en la cocina, se sirvió un vaso de agua y me miró por encima del borde.

—Ahora me vas a tener que atender a mí. Imagino que tenés los huevos llenos y eso no se puede quedar así.

La miré bien por primera vez. Renata era la prima de mi novia, hija de la única hermana de mi suegra, y tenía esa pinta que algunos hombres reconocen sin necesidad de explicación. Cara fina, ojos vivos, una boca que no estaba hecha para ser modesta. Si no fuera enfermera, me había dicho Camila alguna vez riendo, sería otra cosa. Yo, en ese momento, ya no estaba tan seguro de que no lo fuera.

—¿Y vos decís que sos mejor que tu tía? —pregunté.

—¿Ya te cogiste a la bebé que cumplió dieciocho? —contestó.

Era la hermanita menor de Camila. Yo había sido parte del regalo de cumpleaños, en una cena donde los adultos miraban para otro lado. No dije nada, pero ella leyó mi cara y soltó una carcajada.

—Qué familia más perdida la mía.

Se desabrochó la túnica del todo. Abajo llevaba un sostén y una bombacha de encaje que combinaban demasiado bien para ser una casualidad de la mañana. Me acerqué, le agarré la cadera y le di un beso con todo lo que tenía. Ella respondió enseguida, apoyándose contra mí, las manos abiertas sobre mi espalda.

—Quiero que me des esa pija con la que cogés a mi tía y a mis primas —murmuró contra mi cuello.

—Pija y leche te voy a dar —contesté—. Y no en ese orden.

***

La llevé al sillón del living. El bendito sillón en el que ya me había acostado a dos generaciones de esa familia, y en el que, si la abuela bajara una tarde, tampoco la rechazaría. Renata se dejó caer sobre los almohadones y se desabrochó el sostén ella misma. Tenía las tetas firmes, blancas, los pezones oscuros y duros. Definitivamente había algo en esa familia con el pecho.

—La primita le da la teta a la primita —dijo, imitando el tono aniñado de mi suegra cuando estaba caliente.

Me bajé encima. Le pasé la lengua por el cuello, por la clavícula, le tomé un pezón con la boca y le mordí apenas. Mientras tanto, una mano le bajaba por la espalda hasta el culo, amasándolo con calma. Ella suspiró, tiró la cabeza para atrás y me clavó las uñas en los hombros.

—Ponete en cuatro —le dije al oído—. Te voy a hacer el culo de una. Estaba con tu tía cuando se cayó y no me gusta dejar las cosas a medias.

—No seas bestia —se rió, pero ya estaba girando.

Le bajé la bombacha con un dedo, le escupí y entré despacio. No tan despacio. Mi pija entró demasiado fácil, y entendí. Ese cuerpo no estaba descansando entre turnos.

—Vos no venís del sanatorio —le dije, agarrándola firme de la cadera—. Ese culo ya estuvo ocupado hoy. Vos venís de lo de Verónica.

Verónica era el nombre que todos en el barrio sabíamos sin decirlo en voz alta. Una casa a tres cuadras donde se iba a pagar por compañía sin preguntas.

—¿Y? —contestó ella sin voltearse, con la voz quebrada por las embestidas—. ¿Algún problema?

—Ninguno. Sos más interesante así.

Renata aguantaba el ritmo como si estuviera entrenada para eso, porque seguramente lo estaba. Me apoyé sobre ella, le mordí la nuca, y le hablé en el oído.

—¿De dónde te conozco?

—Hace dos años —jadeó—. La despedida de soltero de tu amigo. La casa de la vuelta. Vos te enfiestaste conmigo y con una morocha culona toda la noche. Yo siempre supe quién eras.

Me acordé en ese segundo. La cara, la risa, la manera de moverse. Aquella noche había sido un borrón con dos cuerpos sobre la cama y una camarera de fiesta que no debía irse hasta que el novio saliera del baño. Nunca había hecho la conexión con la prima de Camila, hasta que ella misma puso el rompecabezas frente a mí.

Cómo no te reconocí antes, pensé. Cómo no me di cuenta.

—Te encontraba conocida la cara —dije—. Sobre todo así, en cuatro.

Salí, le di la vuelta y se la metí en la boca. Lo recordaba ahora con claridad: Renata no chupaba, hacía un trabajo. Hacía una U con la lengua, abría la garganta sin un solo ruido, salía despacio para acariciarme con la punta y volvía a tragar todo. La que le enseñó eso no fue su madre, y no fue ninguna escuela.

—No me la vas a sacar tan rápido —le advertí, cuando empezó a hacerme cosquillas con la lengua en lugares poco acostumbrados.

—No quiero —contestó mirándome desde abajo—. Cogeme la concha. Me la dejaste mojada de tanto darme por detrás.

La acosté sobre el sillón y me hundí entre sus piernas. Estaba apretada, caliente, mucho más estrecha que su tía. Cada empuje me arrancaba un gruñido. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta, soltando palabras sueltas que no terminaba de armar.

—Qué rica concha tenés, Renata —dije sin dejar de moverme—. Encaja mejor que las de tu tía y tus primas.

—Será porque está bien entrenada —contestó—. En ordeñar machos.

***

Por el pasillo apareció mi suegra arrastrando los pies, con una bata sobre los hombros y los ojos hinchados. Se quedó mirándonos un rato sin decir nada, como una jueza que llegó tarde a su propio juicio.

—A mí no me vas a dejar sin leche, puta —le dijo a su sobrina, sin levantar la voz—. Esa leche me la estaba ganando yo.

—Ay tía, prestámelo un ratito —contestó Renata—. Me está cogiendo riquísimo y estoy por terminar. Además, vos tenés que guardar reposo.

—Reposo guardo. Pero tomar leche puedo y quiero.

Me reí sin dejar de moverme.

—La toma de la concha —dije—. Porque a Renata se la lleno yo.

Le levanté las piernas a Renata y se las puse sobre mis hombros. La penetré hasta el fondo con embestidas que hacían crujir el sillón. Mi suegra se acomodó atrás de mí, apoyó las tetas contra mi espalda, me empezó a comer el cuello con la boca lenta y se inclinó a mi oreja.

—Solo te falta la abuela y mi cuñada —susurró—. Después te pongo el cartelito.

Renata gemía, retorcía las caderas, intentaba abrir las piernas. Yo se las tenía apretadas contra mi pecho.

—Dejame abrir —pidió—. Dejame abrir.

—No.

—Porfa. Si abro, me llegás al clítoris y termino más rápido.

—Dejala gozar a esta puta —se rió mi suegra contra mi oreja—. Hacéme el favor.

Le solté las piernas, las separé bien y la agarré de los tobillos. Renata abrió los ojos, gritó algo que sonó a un nombre que no era el mío y empezó a contraerse alrededor de mí como un puño que no cede.

—¡Dame la leche! —pidió—. ¡Adentro! ¡Llename!

No aguanté más y me dejé ir. Largué todo lo que tenía guardado de la sesión con su tía y de los últimos minutos con ella. Me quedé adentro hasta el último temblor.

—Tomá leche, puta —murmuré—. Qué lindo es coger.

***

Cuando la saqué, mi suegra ya estaba arrodillada al lado del sillón. Me limpió con la boca sin pedir permiso y, al instante, se dio vuelta y se acomodó entre las piernas de Renata para no perder ni una gota de lo que salía. Me quedé mirando un momento, tan agotado como impresionado, y fui a la cocina por un vaso de agua.

Cuando volví, mi suegra le había limpiado todo y se la estaba comiendo con la calma de quien come algo que conoce.

—Ay tía, qué rico la chupás —jadeaba Renata con los ojos cerrados—. Sí, sí, no pares. Qué tortillera me ponés.

—Vení que te chupo a vos —le dijo mi suegra, levantando la cabeza un segundo y mirándome—. Esta puta no se va de acá sin que le des leche también en el culo.

—Suegra —protesté—. Va a venir Camila.

—Y si viene, que ayude. Pero esta puta se va con el culo lleno.

De ver cómo le comía la concha a su sobrina, se me empezaba a parar de nuevo. Me acerqué a Renata, que sin dejar de gemir me tomó la pija con las dos manos y empezó otra vez con el mismo trabajo de siempre. Mi suegra se metió detrás de mí y me pasó la lengua por la espalda baja. Entre las dos me tenían en un lugar al que no quería renunciar.

—Ponete en cuatro, Renatita —dijo mi suegra—. Que te van a dar lechita.

Renata se puso. Se cacheteó el culo y, con una sonrisa que no era de enfermera, dijo:

—Dale. Llename de leche el culo como un macho. No como uno más.

Eso me terminó de armar. Se la metí de una hasta el fondo. Mi suegra, detrás de mí, me agarraba de los huevos, me lamía donde le daba la gana, le metía dos dedos a Renata por la concha y la sentía contraerse contra mí. No llegué a aguantar mucho. Me afirmé contra ella y le dejé adentro lo poco que me quedaba.

Me quedé hundido hasta que se me ablandó del todo. Después salí.

—Uf —resopló Renata—. No vuelvo más al turno. Quedé muerta.

—No mientas —le dije—. Vos aguantás más que esto.

Mi suegra se levantó del piso con esfuerzo y se ajustó la bata.

—Yo me vuelvo a la cama. Ustedes arreglen este desorden.

Caminó por el pasillo más erguida que cuando había llegado, y eso me hizo gracia.

***

Renata se incorporó despacio. Yo le pasé una toalla y nos vestimos sin decir mucho. Cuando estaba cerrando el maletín, levantó la vista.

—Hacéme un favor. No le contés a nadie lo de Verónica. Ahora que me recibí, lo voy a dejar.

—Tranquila.

Saqué la billetera, le pagué los dos mil quinientos del turno y los quinientos del extra. Renata sonrió como si me estuviera viendo por primera vez.

—Un placer hacer negocios —dijo y me dio un beso largo en la boca.

—Te pagué como un gil —murmuré.

—No. Como un macho. Y cuando quieras, repetimos. Pero en mi casa, toda la noche, sin tías ni primas en el medio.

—Vos mentís muy bien. Pasame el precio cuando lo tengas.

—Esa va por mi cuenta.

—Andate antes de que llegue Camila —le dije abriéndole la puerta—. Si te encuentra acá no me dejan escaparme nunca más.

—El viernes inventate algo. Te venís solo.

Cerré la puerta y me apoyé contra ella un segundo. Desde el cuarto del fondo me llegó la voz de mi suegra, dulce y arruinada.

—Hijo, traeme un vaso de agua antes de irte.

Hay que juntar fuerzas para el viernes. Solo espero que en esta casa no me terminen de exprimir antes.

—Ya va, suegra —dije.

Y fui a la cocina.

Valora este relato

Comentarios (6)

ElGatoPardo

tremendo relato!! me engancho desde el principio

ManuelSR

Se nota que saben narrar bien. Cuando sale la segunda parte?

TatoMdp

me recordó una situacion parecida que viví, aunque sin ese giro tan interesante jaja. buenísimo

LucianaOK

increible!!! sigue asi

LectoRealMdq

Lo que mas me gusto es como construye la tension desde el principio. Se lee de un tiron y deja con ganas de mas. Excelente.

NicolasMdq

por favor continuacion!!! no puede quedar ahi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.