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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi hermana en aquella playa de verano

Soy el del medio de cinco hermanos, y de ellos solo dos somos varones. Las tres mujeres son mayores que yo, todas casadas, todas con hijos, y todas conservan ese cuerpo raro que la genética nos regaló: caderas firmes, piernas largas y una espalda que no parece haber cargado embarazos. Mi hermana mayor pasa de los cincuenta y todavía gira cabezas en la calle. Eso, supongo, es parte de lo que tengo que contar.

Cada año, durante la semana de Pascua, hacemos reunión familiar. Cambiamos el destino siempre, porque a mi padre le aburre repetir paisaje, y nos juntamos casi cuarenta personas entre cuñados, sobrinos y algún invitado suelto. Aquel verano nos tocó la costa del Pacífico mexicano, un complejo de bungalós encajados entre palmeras y arena oscura. Hacía un calor que pesaba en la nuca incluso de madrugada.

La segunda noche, mi mujer se durmió temprano con nuestro hijo en brazos. Yo no podía cerrar los ojos. Salí a caminar hacia la alberca y a lo lejos escuché risas femeninas que rebotaban contra la pared del bar cerrado. Me asomé. Tres siluetas se movían dentro del agua iluminada por luces sumergidas. Eran mis hermanas: Carolina, Marcela y Lorena.

El velador del hotel pasó a mi lado, me miró sin reconocerme y soltó una frase entre dientes:

—Están bien buenas esas señoras, jefe.

Lo miré sin contestar. No mentía. Vistas desde la oscuridad, con el agua marcando los contornos de los trajes de baño, era imposible verlas como hermanas y nada más. Era simplemente imposible.

Carolina me descubrió primero.

—¡Métete, está deliciosa! —gritó.

Yo dudé un segundo. Marcela se adelantó y me lanzó un manotazo de agua a la cara. No me quedó alternativa. Bajé los escalones y me sumergí entre ellas. La conversación arrancó en lo de siempre: chismes de cuñadas, quejas de jefes, la tía de no sé quién que volvió a engordar. Nada serio. Risa floja y vino que aún les duraba en la lengua.

Marcela se recargó contra mi hombro un momento más largo de lo necesario. Lorena, en algún punto, dejó un pie sobre mi muslo y no lo retiró. Yo registré cada roce con una atención nueva, una atención que no había tenido nunca en treinta y cuatro años de vida. Son tus hermanas, me repetía. Pero la cabeza ya estaba en otro lado.

—Vámonos al mar —propuso Carolina—. La alberca está muerta.

***

El mar a esa hora era una mancha negra con espuma blanca. Caminamos descalzos por la arena tibia y nos metimos hasta la cintura. Las olas nos empujaban, nos lanzaban unas contra otros, y empezamos a jugar a sostenernos, a esquivarnos. Cada vez que tocaba a alguna de ellas, se me apretaba algo en el pecho. Por suerte, el agua oscura tapaba lo que ya estaba pasando dentro del traje de baño.

Una ola más fuerte lanzó a Carolina contra mí. Aproveché. Le pasé la mano por la cintura como si la sostuviera, pero la mano siguió subiendo y le rocé un pecho. Esperé el grito, el manotazo, la huida. No llegó. Se quedó pegada a mí un instante extra, y cuando se separó, lo hizo despacio.

La siguiente ola la trajo de vuelta. Esta vez fui menos accidental. Le puse la mano abierta en el pecho, encima de la tela mojada, y la dejé ahí. Carolina respiró fuerte por la nariz, miró hacia donde estaban Marcela y Lorena, ya alejadas, y no dijo absolutamente nada. En la siguiente revolcada se enredó en mí, y al separarnos sus dedos me bajaron el bañador unos centímetros. Tocó lo que tenía que tocar. Descubrió mi secreto.

—Idiota —susurró—, ¿desde cuándo?

—Desde que entré al agua.

Marcela y Lorena se cansaron antes que nosotros. Avisaron que se iban a dormir y se perdieron entre las palmeras. Carolina y yo nos sentamos en la arena, con los pies todavía dentro del agua, mirando el horizonte negro. Eran casi las doce.

Empezamos a hablar. De los padres, de cómo iban envejeciendo más rápido de lo que queríamos. De su matrimonio, del mío. De los planes que ya no íbamos a cumplir. Hablamos como dos adultos que se conocen desde siempre, y al mismo tiempo como dos desconocidos. Cada vez que giraba la cabeza para verla, me sorprendía descubrir cosas que nunca había mirado: la curva del cuello, los hombros pecosos, la forma en que se mordía el labio inferior cuando pensaba.

Carolina lleva el pelo a la altura del hombro y lo tenía mojado, pegado a la espalda. El traje de baño era de un verde fuerte, con tirantes finos y un escote que el agua había torcido apenas hacia un lado. Cuando se recogió el pelo en una cola improvisada, los pechos se le levantaron contra la tela. Cambié de postura. La incomodidad volvió.

Ella se rio en voz baja.

—Ya estás otra vez como en el agua.

—No empieces.

—Anda, levanta. Caminemos.

Me tendió la mano. La acepté. Caminamos por la orilla en dirección a la zona oscura, donde los empleados habían recogido las tumbonas y solo quedaba una luz amarilla colgando de una palmera. Me pasó un brazo por la cintura, apoyó la cabeza en mi hombro. Yo le rodeé los hombros y le acaricié la piel con la yema de los dedos. No hablábamos. No hacía falta.

Llegamos a una zona de palapas vacías. Ella se giró y me miró. Yo me agaché y la besé.

El primer beso fue lento, casi de prueba. El segundo ya no. Su lengua entró en mi boca como si llevara años pidiendo permiso, y todo lo demás se borró. La empujé contra el poste de madera de la palapa y la apreté contra mí. Sentí mi erección clavada contra su muslo y ella movió las caderas para acomodarla mejor. Le metí la mano por debajo de la pierna del traje de baño y rocé la humedad de algo que no era mar.

—Espera —dijo, con la voz quebrada—. Aquí no.

—Solo un poco.

Le aparté la tela. Empujé la punta contra ella, sin entrar del todo, solo lo suficiente para sentir el calor. Carolina jadeó muy bajito y me clavó las uñas en el hombro. Hasta ahí, hasta ahí, repetía como un mantra, pero no me soltaba. Yo tampoco quería soltarla.

—Jóvenes. Aquí no se puede.

La voz del velador nos cayó encima como un cubetazo. Me subí el bañador con un movimiento de mago, me alejé un paso, fingí mirar el mar como si no pasara nada. Carolina se acomodó el traje de baño y le dio las gracias al hombre con una sonrisa. Caminamos de vuelta sin tomarnos de la mano, pero rozándonos los dedos con cada paso.

***

En la pista de baile del hotel todavía sonaba música. Pedí una cerveza y ella otra. Necesitábamos volver al mundo. Hablamos en voz baja, casi pegados, repitiendo argumentos que yo había leído en internet y vendí como propios: que entre adultos no es daño a nadie, que si nadie se entera no existe, que el cariño que ya nos teníamos nos protegía del arrepentimiento. Carolina escuchaba con los ojos brillantes. No me contradecía.

Su marido apareció a buscarla cuando faltaban veinte minutos para las dos. Compartió mi mesa, se tomó la última cerveza conmigo, me palmeó el hombro como hacía desde hacía veinte años. Se la llevó del brazo. Yo me fui a mi cuarto a no dormir.

Antes de subirse al carro al día siguiente, Carolina me agarró del codo y me habló al oído.

—El miércoles. Marcos se va de viaje a Querétaro con el niño. Pásate a la una.

—¿Estás segura?

—Si no estoy segura, no me presento. Tú sabrás.

***

El miércoles me afeité con cuidado, escogí la camisa azul que ella alguna vez me había alabado y me eché un perfume que casi nunca uso. Le mentí a mi mujer, le dije que tenía una junta larga. Manejé tres horas con las manos sudadas. Antes de llegar paré en una farmacia y compré condones, sintiendo en el estómago las mismas mariposas idiotas que a los quince años.

Ella me abrió antes de que tocara el timbre. Estaba esperándome detrás de la puerta como una adolescente. Llevaba un pantalón negro ajustado, una blusa blanca de algodón con un hombro descubierto y unas zapatillas blancas de tacón sin medias. El pelo recogido hacia atrás, todavía húmedo de la regadera. Olía a un perfume caro que nunca le había olido antes.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó.

—No, gracias.

Lo que quiero es desnudarte aquí mismo, pensé.

La levanté del sillón despacio. Los tacones la subieron a mi altura. La besé sin prisa, dejando que ella decidiera el ritmo. Cerró los ojos y me ofreció la boca como si fuera la primera vez que la besaban. Le pasé la lengua por los dientes, por la línea del labio, por el cuello, por detrás de la oreja. Le aparté el pelo y le besé la nuca. Olía igual que en la playa, pero más concentrado.

La tumbé en el sofá. Le bajé la blusa y descubrí que no llevaba sostén. Su pezón se endureció solo con el aire. Le pasé la lengua alrededor, sin tocarlo todavía, hasta que ella me empujó la cabeza con suavidad para que dejara de torturarla. Después me agarró de la mano y me llevó hacia el fondo de la casa, al cuarto pequeño que usaba la muchacha cuando se quedaba a dormir.

—Aquí —dijo, y cerró la cortina.

Nos terminamos de desnudar entre los dos. Ella me sacó la camisa con la calma de quien lleva años haciéndolo. Yo le bajé el pantalón, las zapatillas las mandó volando con un gesto de la pierna, y se quedó en pantaletas blancas. Me observó de arriba abajo. Yo a ella también.

—Eres mi hermano, no debería estar mirándote así.

—Hoy no soy tu hermano.

—Hoy no.

La empujé contra la cama. Cayó de espaldas y abrió las piernas para mí. Estaba mojada antes de que la tocara. La penetré despacio, hasta el fondo, y ella soltó un gemido grave que no se parecía a nada que yo hubiera escuchado antes. Movió las caderas para acomodarse, me clavó los talones en la espalda baja y me pidió, en voz muy baja, que no parara.

No paré. Empezamos un ritmo lento que se fue acelerando solo. Carolina cerraba los ojos, los abría, me miraba como si quisiera reconocerme y a la vez como si prefiriera no hacerlo. Sus rodillas se levantaban más cada vez. En algún momento apretó los dientes, susurró un ya, ya, ya que no terminaba, y se quedó rígida bajo mi cuerpo. Sentí cómo se contraía alrededor de mí. Después se aflojó entera, jadeando.

—¿Termino? —pregunté, y me acordé de la farmacia—. Espera, voy por el condón.

—Déjalo —dijo, abriendo los ojos—. Si es por enfermedades, ya es tarde. Y de embarazo no me preocupo. Termina dentro.

Volví a las caricias, a la penetración rítmica. Le mordí el pezón izquierdo cuando sentí la primera contracción y me quedé quieto, intentando aguantar. Ella apretaba con tanta fuerza que casi no podía moverme. Tres, cuatro segundos. Después solté todo dentro de ella, con un gemido que ahogué contra su cuello. Carolina suspiró largo, me acarició la nuca y me dijo al oído que ella también, otra vez.

***

Nos quedamos abrazados de lado en silencio, mirándonos. Ella me preguntó cómo había estado. Le dije que excelente. Yo le pregunté lo mismo. Me contestó que nunca había estado así de tranquila al terminar.

Después se levantó, recogió la ropa del suelo y me llevó a la regadera del cuarto del niño. Nos enjabonamos despacio. Le lavé el pelo, la cara, los pechos, la espalda. Le pasé la mano por las piernas y por dentro de los muslos, donde se le había escurrido un poco del semen entre la habitación y el baño. Ella me devolvió el favor con la misma calma, como si lo hubiéramos hecho mil veces.

Sentí otra erección bajo el agua tibia. Carolina se rio.

—Para. Ya no hay tiempo.

—Lo sé.

Salí de su casa pasadas las tres de la tarde con el pelo todavía mojado y una sensación rara, casi de irrealidad, como si la mañana le hubiera pasado a otro. Manejé de vuelta sin poner música. Mientras conducía, se me ocurrió una cosa que no me había permitido pensar en treinta años: que toda la vida había tenido a una mujer así de cerca, a una hembra dispuesta y guapa cruzando la sala de la casa familiar, y que nunca, ni una sola vez, se me había ocurrido mirarla. Y ahora ya no podría mirarla de otra manera.

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Comentarios (10)

NicoRosario

Tremendo relato, se me hizo cortisimo. Queremos mas!!!

fede_lector

Quede enganchado desde el primer parrafo. Ojalá haya una segunda parte, la historia tiene mucho potencial.

Meli_cba

Me recordó esas noches de verano en familia... muy bien escrito, se siente autentico

SandritoLP

buenisimo!!! seguí publicando

Ibero54

Relato muy bien logrado, me gusto como fuiste construyendo la tension sin apuros. Se nota que escribís con ganas. Cinco estrellas

MarceloRN

¿Cuanto de esto es real? Tiene demasiado detalle para ser pura fantasia jajaja

Gustavo_mdq

La alberca de noche, que imagen... muy bueno!

LuciaMDQ

Me atrapó de principio a fin. Esas noches de verano tienen algo especial y lo captaste perfecto.

NorbertoQ

Pasé la mejor media hora leyendo esto. El resumencito no le hace justicia, el relato completo es increible.

Alfonso24

de los mejores que lei en mucho tiempo. Bravo!

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