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Relatos Ardientes

Esa noche le enseñé todo al hermano de Laura

4.2(15)

Esa semana había sido un desastre completo y yo lo único que quería era comer algo decente, darme placer con mis propios dedos y meterme a la cama. Laura me había prometido que íbamos a cenar tranquilas, solo una noche de chicas sin drama, sin filas ni tragos caros. Pero cuando ya llevábamos diez minutos en el taxi, me cambió el destino sin siquiera avisarme.

—Es que Sebastián me escribió que está allá y no lo he visto desde el festival —dijo como si eso fuera suficiente explicación.

La miré con toda la intensidad de mi fastidio y ella simplemente se encogió de hombros y siguió mirando el teléfono.

El local era exactamente el tipo de lugar que odio: oscuro, abarrotado de gente que se empuja sin pedir permiso, música a un volumen que convierte cualquier conversación en puro teatro de labios. Me aposté en la única esquina del balcón donde el ruido era ligeramente soportable, con un vaso de algo que no identifiqué en la mano, contando los minutos para tener una excusa razonable para largarme.

Estómago vacío, humor de perros, zapatos que ya me apretaban. Era una de esas noches donde todo conspira.

***

Marcos llegó casi a las once.

Lo conocía desde hacía años: el hermano menor de Laura. Su madre lo mandaba de acompañante cuando Laura salía de fiesta, un arreglo que a él nunca le entusiasmó demasiado pero que cumplía con esa resignación tranquila de quien ha aceptado que algunas batallas no valen la pena. Nos había servido de taxista en un par de noches, siempre con la misma actitud estoica de quien preferiría estar en otro sitio.

Lo vi entrar, ubicar a Laura entre la multitud en menos de veinte segundos —esa era su habilidad especial— y luego girar la cabeza hasta encontrarme a mí en el balcón. Caminó hacia donde estaba sin apuro.

—Tienes cara de estar sufriendo —dijo, acercándose a mi oído para no tener que gritar.

El aire de su boca rozó mi lóbulo y sentí que la piel se me erizó de golpe. Llevaba varios días cerca del período y esos días mi cuerpo tiene sus propias agendas, independientes de mi voluntad. Sentí una punzada tibia entre las piernas y el coño se me contrajo solo, mojándose lo suficiente para incomodar la tanga.

—¿Se me nota tanto, o Laura te contó algo? —pregunté.

—Se te nota a leguas. Me sorprende, porque normalmente eres la de la sonrisa fácil. Es una de las cosas que me gustan de ti.

—¿Hay otras cosas que notes de mí?

Hizo un gesto vago con los hombros, evitando la pregunta. Cuando lo conocí era un chico reservado, casi encerrado en sí mismo. Con el tiempo había ganado una naturalidad que le sentaba bien.

—Tuve una semana horrible, Marcos, y tu hermana me arrastró hasta acá cuando yo solo quería comer y acostarme —hice una pausa mínima, calibré— y follar.

Abrió los ojos apenas, lo suficiente para que notara la sorpresa, y miró hacia un costado como buscando algo en qué apoyar la respuesta.

—Puedo ayudarte con eso —dijo, sin mirarme todavía.

Sonreí por primera vez en toda la noche. Tomé su mentón con suavidad y busqué su mirada.

—¿Con qué parte exactamente, Marcos? ¿Con la comida o con follarme?

Vi cómo le costaba sostener el contacto visual, pero no lo retiró. Respiró hondo, cuadró los hombros apenas y clavó en mí unos ojos color miel que tenían un parecido perturbador con los de su hermana.

—Con las dos, Clara. Posiblemente.

Rodeé su cintura con un brazo, cerré la distancia entre los dos y pegué mis tetas contra su pecho. Acerqué mis labios a su oído y bajé la mano hasta rozarle el bulto por encima del pantalón. Estaba dura ya, y la sentí latir bajo la tela.

—Me encanta la idea. Y me encanta lo que tienes ahí abajo esperándome. Pero vamos a comer primero.

***

De salida vimos a Laura bailando con alguien. Le hice señas vagas de que salíamos a cenar y ella respondió con un pulgar arriba sin dejar de moverse. Lo que quedaba implícito en mi gesto lo guardé para mí.

Caminamos hasta una hamburguesería a tres cuadras. Pedí que compartiéramos, porque no me gusta tener el estómago lleno cuando tengo planes de ese tipo. La anticipación ya hacía lo suyo: sentía el coño empapado, la tanga pegada a los labios, y cada vez que cruzaba las piernas la presión me mandaba un latigazo directo al clítoris.

Marcos hablaba poco. Respondía, pero en frases cortas, y de vez en cuando se le escapaba una mirada rápida que no terminaba de aterrizar en ningún lado.

—¿En qué estás pensando? —pregunté.

Sonrió con una risita pequeña y dijo que estaba bien.

Hice la cuenta rápida: el nerviosismo, los silencios, esa forma de sentarse como si ocupar demasiado espacio fuera una falta de educación. Acerqué mi silla, puse las piernas abiertas flanqueando su rodilla y pregunté directamente si era su primera vez.

Bajó la vista a la mesa.

—Sí —dijo.

—¿Cómo puede ser, si eres un chico tan guapo?

Apenas lo dije me escuché a mí misma y pensé: sueno como una tía. Una tía muy entusiasmada, pero tía al fin.

—Nunca sé bien cómo hablarles a las chicas que conozco. Siento que no soy lo que buscan.

—Conmigo hablas sin problema.

—Contigo es más fácil. Como con Laura, como con mi madre.

Ahí estaba. Estatus de figura materna confirmado.

—Mira, no tienes que ponerte ansioso con esto —dije—. Yo te voy a enseñar cada cosa. Cómo besar un coño, cómo meter la polla, cómo hacer que una mujer se corra. Va a estar bien para los dos. Pide algo para beber, que después lo vamos a necesitar.

***

El hotel tenía entrada vehicular discreta y recepcionista de pocas palabras. Marcos se trabó un poco con los formularios, pero la mujer detrás del mostrador era todo eficiencia, y cuando me vio sonreír hizo lo propio con una expresión que decía «ya vi todo».

La habitación era tranquila: luz cálida, una cama doble con ropa limpia, un sofá pequeño junto a la ventana. Marcos se quedó parado en el centro como si estuviera esperando instrucciones.

Me volteé hacia él. Intentó decir algo. Le puse un dedo sobre los labios.

—Respira —dije.

Me acerqué despacio, estudiando su cara, buscando los ángulos que compartía con Laura —y los tenía, definitivamente los tenía—, y puse mis labios sobre los suyos con calma. Un beso suave, sin presión, solo para que su cuerpo entendiera que no había nada que temer. Después le mordí el labio inferior, se lo chupé, y cuando abrió la boca metí la lengua despacio, enroscándola con la suya, enseñándole el ritmo.

—Tranquilo —murmuré contra su boca—. Así. Bésame como si tuvieras hambre.

Lo fui guiando hasta el sofá. Esta noche quería ir arriba, llevar yo el ritmo, que él no cargara con la responsabilidad de hacerlo bien desde el primer intento. Me senté a horcajadas sobre su regazo, envolví su cabeza con los brazos y sentí su gemido cuando el peso de mis caderas aterrizó exactamente sobre el bulto duro que empujaba dentro del pantalón. La tela raspaba mi coño hinchado a través de la tanga y a los dos se nos escapó un jadeo al mismo tiempo.

Empecé a mecerme encima de él, arriba y abajo, restregándole el coño empapado sobre la polla vestida. Notaba cómo la verga se le sacudía debajo, buscándome. Él tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, y cada vez que yo pasaba por encima del glande apretaba los ojos como si le doliera de puro placer.

—Ayúdame con la blusa —pedí.

Tomó la tela con las puntas de los dedos, pellizcando un poco sin querer, lo que me provocó una risa. Fuimos alternando besos, miradas y contacto mientras la blusa caía al suelo.

Cuando el corpiño siguió el mismo camino y mis tetas quedaron libres, sus palmas las tomaron casi por instinto. Sentí los pezones endurecerse de inmediato, tan duros que me tiraban desde adentro. Se los ofrecí acercándome, y él bajó la boca sin esperar orden.

—Presta atención a este beso —le dije, capturando sus labios despacio, recorriendo la comisura con mi lengua, moviéndome con precisión—. Porque quiero que lo repliques exactamente ahí abajo, sobre mi clítoris, tal cual.

Asintió sin decir nada, los ojos muy abiertos.

Cuando solté su boca fue directo a un pezón y succionó con bastante entusiasmo, más presión de la que me gusta. Chupaba fuerte, como si quisiera arrancármelo.

—Suave —corregí, tirándole del pelo para que aflojara—. Como si fuera algo que puedes romper. Con la lengua primero. Rodéalo. Ahora chupa despacio. Así, así.

Aprendió rápido. Al minuto tenía los dos pezones latiéndome, uno mojado por su boca, el otro pellizcado entre sus dedos con la presión justa. El coño se me contrajo con ganas y sentí un chorro nuevo de humedad empapándome la tanga.

Me puse de pie, tiré de su camiseta para que se incorporara hasta quedar sentado en el borde del sofá. Le saqué la camiseta por encima de la cabeza. Metí mis piernas entre las suyas para que abriera y quedáramos frente a frente. Bajé el cierre de mi falda, que cayó en un meneo de cadera. Me quedé solo con la tanga negra empapada, y vi cómo se le movía la garganta al tragar cuando notó la mancha oscura en el centro de la tela.

—¿Ves lo mojada que estoy? —le dije, agarrándole la mano y llevándosela entre las piernas—. Toca. Todo esto es por ti.

Deslicé sus dedos por encima de la tanga, arriba y abajo, y él soltó un sonido ahogado al sentir cómo se le hundían en la humedad. Le hice apretar el clítoris con la yema, dos, tres veces, hasta que mis caderas empezaron a buscarle la mano solas.

—Hora de practicar —dije, deslizando el elástico hacia abajo hasta que la tanga cayó a mis pies.

Quedé completamente desnuda frente a él. Le abrí las piernas apoyando un pie en el sofá para que me viera bien: el coño rasurado, los labios hinchados y brillantes, el clítoris asomando entre los pliegues. Se le escapó un «joder» en voz baja que me hizo sonreír.

Arqueé el cuerpo hacia él, tomé su cabello con suavidad y guié sus labios hacia donde quería. Al principio besó los labios exteriores con torpeza, y le fui indicando con la mano en su nuca dónde apretar la lengua. Cuando encontró el clítoris el sonido que salió de mí no fue voluntario, fue un gemido largo desde el estómago.

—Exacto —susurré—. Ahí. No lo sueltes. Chúpalo despacio, como te enseñé con la boca. Sí. Ahora la lengua plana, arriba y abajo. Perfecto.

Le agarré la mano y me metí dos de sus dedos en el coño. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia.

—Muévelos. Curva un poco hacia arriba, hacia mi ombligo, ahí hay un punto. Sí, ese. Ese exactamente.

Empezó a bombear los dedos mientras me comía el clítoris con toda la boca, y yo tuve que agarrarme de la pared con una mano para no perder el equilibrio. La tensión acumulada de toda la semana empezó a deshacerse en oleadas eléctricas que me subían desde las piernas. Era su primera vez, pero tenía instinto: cuando yo apretaba más su pelo, él aceleraba; cuando aflojaba, él bajaba el ritmo.

—No pares —le dije, con el coño empezando a temblar—. Sigue así, no pares, no pares...

El primer orgasmo me pegó de sopetón, con la lengua de él lamiéndome sin descanso y los dos dedos hundidos hasta los nudillos. Le apreté la cabeza entre los muslos y me corrí encima de su boca, empapándole el mentón. Sentí las contracciones exprimirle los dedos por dentro y él siguió lamiéndome, aprendiendo a leer mis temblores, hasta que le tuve que apartar la cabeza porque el clítoris ya no aguantaba más contacto.

***

Cuando ya no quise esperar más, le pedí que se levantara. Lo besé profundo, saboreando mis propios jugos en su boca y en su barba mojada, mientras mis manos buscaban el cinturón. Le desabroché el pantalón con torpeza urgente y le bajé el bóxer de un tirón.

La polla le saltó afuera dura y palpitante, bien gruesa, con el glande morado y una gota de líquido preseminal colgando de la punta. Cuando quiso cubrirse instintivamente lo dejé hacer hasta que lo desvié con calma, apartando sus manos sin apuro.

—No te tapes. Es preciosa —le dije, agarrándosela con la mano derecha—. Y es mía por esta noche.

Me senté de nuevo en el sofá, esta vez frente a él, y le hice separar las piernas. Me arrodillé entre ellas. Lo miré desde abajo, sosteniéndole la verga con las dos manos, y le pasé la lengua desde la base hasta el glande en una sola línea larga. Le tembló todo el cuerpo.

—Relájate en el espaldar —dije.

Se reclinó, agarrándose al borde del sofá con los nudillos blancos. Le lamí la punta despacio, dando vueltas alrededor del glande, saboreando el líquido salado que ya había ahí. Después me lo metí entero en la boca, lo más adentro que pude, hasta sentir el glande topar contra la garganta.

—Ay, joder... —fue lo único que le salió.

Empecé un vaivén lento, cerrando bien los labios alrededor del tronco, dejando que la saliva bajara por él para lubricarlo entero. Con una mano le acariciaba los huevos, pesándolos suavemente, y con la otra le bombeaba la base mientras la boca trabajaba la mitad superior. Cada vez que la lengua le rodeaba el glande él soltaba un jadeo entrecortado.

Aceleré el ritmo, chupando con más fuerza, dejando que la polla saliera y entrara con un sonido húmedo obsceno que llenaba la habitación. Le dejé ver todo: me la sacaba de la boca, la sostenía frente a mi cara y me la restregaba por los labios y las mejillas antes de volver a tragarla. Él me miraba desde arriba, la boca abierta, sin creer del todo lo que estaba pasando.

Quería que lo disfrutara sin llegar demasiado pronto. Cuando sentí que se le empezaba a hinchar más en la boca y los músculos del abdomen se le tensaban, me detuve de golpe. Le solté la polla con un pop húmedo, le soplé aire frío encima y él soltó un quejido de frustración que me hizo reír.

—Todavía no —le dije, subiendo por su cuerpo—. Ya no puedo esperar más. Te quiero dentro. Quiero sentir esa verga en el coño.

Me subí a horcajadas sobre él. Tomé la polla con la mano, la froté un par de veces entre los labios de mi coño para embadurnarla bien con mi humedad, la pasé por encima del clítoris hasta hacerme temblar de nuevo, y después la apoyé en la entrada.

Bajé despacio. La cabeza entró primero, abriéndome, y me quedé un segundo respirando por la sensación. Después seguí bajando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el coño se estiraba alrededor de él hasta acomodarlo entero. Cuando lo tuve todo adentro, hasta el fondo, sus caderas contra las mías, me quedé quieta un momento, solo respirando.

—Dios mío —murmuró él, con las manos temblándole en mi cintura—. Es... es...

—Shhh. Siéntelo. Siente cómo me tienes.

Le apreté el coño alrededor de la polla, a propósito, y le vi los ojos ponerse en blanco. Las ondas subían desde la base de la pelvis y me recorrían todo el cuerpo hacia arriba.

Empecé a moverme. Primero un balanceo hacia adelante y hacia atrás, restregando el clítoris contra su pubis en cada pasada, después subiendo y bajando de a poco, sacándomela hasta la mitad y volviendo a hundirla entera. Él tenía las manos en mis caderas, aprendiendo el ritmo, ayudándome a levantarme y a caer con más peso cada vez.

—Así —le indicaba entre jadeos—. Métemela toda. Empuja hacia arriba cuando yo bajo. Sí, así.

Fui acelerando de a poco. Sus ojos me miraban las tetas rebotando frente a su cara como si estuviera memorizando cada detalle. Le agarré una mano y me la puse en un pecho, apretándomelo, y con la otra le hice buscar mi clítoris para que lo frotara mientras yo lo cabalgaba.

—Con dos dedos, en círculo, no muy fuerte. Sí. Así, así, así...

El sonido de mis nalgas golpeando sus muslos llenaba la habitación. La verga entraba y salía con un chapoteo húmedo cada vez. Yo la sentía llegar al fondo, tocarme algo profundo, y cada embestida me tiraba una descarga desde el clítoris hasta el pecho.

Al séptimo u octavo movimiento profundo la sobrecarga llegó sin aviso: me tensé completa, me abracé a su cuello y el orgasmo duró más de lo que esperaba, ondulando en oleadas lentas que tardaron en irse. Le exprimí la polla por dentro con cada contracción, sintiendo cómo él apretaba los dientes para no correrse conmigo. Grité contra su hombro, mordiéndolo un poco, hasta que las piernas me flaquearon y me quedé pegada a él, respirando en su cuello, con la verga todavía enterrada hasta el fondo.

—¿Estás bien? —preguntó, preocupado.

—Más que bien —dije contra su hombro—. Acabas de hacer terminar a una mujer por primera vez. Y no fue una vez, fueron dos. Ven, vamos a la cama.

***

Mis piernas temblaban un poco cuando intenté levantarme. Al sacármela de dentro sentí un hilo de mi propia humedad bajándome por el muslo. Marcos me sostuvo. Llegamos a la cama y me dejé caer boca arriba, abriéndole las piernas para hacerle espacio entre ellas.

—Estoy bien —dije—. En serio. Ven. Ahora quiero sentirte encima. Fóllame como quieras follarme.

Se acomodó entre mis muslos. Le agarré la polla, todavía brillante y mojada con mis jugos, y me la guié yo misma. Entró de nuevo con más calma que antes, deslizándose entero de una sola estocada larga. Después del orgasmo la sensación es diferente, más sorda, casi en el límite entre el placer y la sensibilidad exagerada, pero quería que él llegara hasta el final por su propio mérito.

Se tomó su tiempo. Recorría mis curvas con las manos, me miraba las tetas moverse con el ritmo de sus embestidas, me chupaba los pezones cuando se agachaba, mordía mi cuello sin dejar marca. Empezó lento y fue encontrando su ritmo, apoyándose en los brazos, hundiéndose profundo cada vez, con las nalgas contrayéndose en cada empujón.

—Así, mi amor —le susurraba yo—. Fóllame así. Métemela hasta el fondo. Eso, eso. No pares.

Le puse las piernas alrededor de la cintura y él ganó otro ángulo, más profundo aún. La polla me tocaba un punto adentro que me hizo arquear la espalda. Le clavé las uñas en los omóplatos.

—Más rápido. Fuerte. Rompeme.

Aceleró. La cama empezó a golpear la pared con el ritmo de sus embestidas. Se apoyó en un codo y con la otra mano me agarró la mandíbula para hacerme mirarlo mientras me follaba. Le brillaban los ojos, jadeaba, tenía la frente empapada. Yo empezaba a disfrutarlo de nuevo, sintiendo el tercer orgasmo formarse lejos pero acercándose, cuando me hizo saber que estaba cerca.

—Clara, me... me voy a correr...

No me preocupó: según la aplicación mi ovulación había pasado hacía días.

—Puedes acabar —le dije, agarrándole las nalgas con las dos manos y apretándolo contra mí—. Sin problema. Dentro. Córrete dentro de mí, quiero sentirlo todo.

Su respiración se cortó. Dio tres o cuatro estocadas finales, cada vez más fuerte, hundiéndose hasta la base, y después se abrazó a mí y sentí el primer chorro caliente pulsando adentro, profundo, mezclándose con lo mío. Le tembló todo el cuerpo. Sentí otro chorro, y otro, y otro más, la verga latiéndole dentro mientras vaciaba todo lo que tenía. Yo apretaba el coño alrededor rítmicamente, ordeñándole hasta la última gota, viendo cómo se le contraía la cara con cada pulso.

Quedó con todo su peso sobre mí un momento, respirando fuerte contra mi cuello, la polla todavía adentro, todavía dura, todavía latiendo cada tanto. Le acaricié la espalda mojada de sudor.

Cuando por fin se salió, sentí un chorro tibio de su semen escurrirse por mis labios hacia la sábana. Me quedé un momento con las piernas abiertas, dejándolo salir, disfrutando de esa sensación tan específica del después.

***

Nos quedamos un rato así, hablando en voz baja mientras recuperábamos el aliento y abríamos las bebidas isotónicas que habíamos traído. Tenía ese calor tranquilo de después que me gusta más que cualquier otra cosa.

Le conté que había momentos, con la luz de esa manera y los ojos cerrados, en que su cara se mezclaba con la de Laura y que eso me había excitado más de lo que me parecía sensato admitir. Se rió, un poco incómodo, un poco halagado.

Le confesé que ya comida y con esos orgasmos encima lo único que quería era dormir. Me agradeció la noche con una seriedad que me resultó tierna.

—Te llevo —ofreció—. Espero a Laura estacionado cerca de allá.

Acordamos no decirle nada a ella, por ahora. Ese era un secreto que los dos podíamos guardar sin esfuerzo.

—Repetimos —le prometí al bajar del auto—. Y la próxima te enseño a comerme el culo.

Vi su expresión al escucharlo y me quedó claro que esa también había sido la mejor parte de su semana.

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4.2(15)

Comentarios(9)

Balta63

Que relatazo!!! me engancho desde el titulo mismo

MartinaPlaya22

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

LectorBA77

Como describis la tension del principio es lo que mas me gusto. Muy bien escrito, seguí así!

Sergio_pampas

jajaja como empieza y como termina, tremendo. Saludos desde el norte

jorgito88

increible, lo lei de una sentada

CarlitosBA

Me engancho desde el primer parrafo y ya no pude parar. Los giros inesperados le dan mucho ritmo, muy bien logrado

Rosa_leyente

Muy buenisimo!!! Espero el proximo relato con ansia, este me dejo muy bien

casporro

la noche de disco que no termina como nadie espera jaja, clasico. Muy bueno

Fede_lee

Me gusto mucho como lo narraste, se siente autentico. Sigue subiendo!

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