Lo que pasó con la mujer de mi padre esa tarde
Mi padre se casó con Camila cuando yo tenía dieciséis años, y al principio la odié con todas mis fuerzas. No por nada en particular, sino porque era diez años más joven que él y porque ocupaba el lugar que mi madre había dejado vacío después del divorcio. La primera Navidad que pasamos juntos no le dirigí la palabra. La segunda apenas le respondí los buenos días. Para la tercera ya estaba en la universidad, viviendo casi todo el año fuera de casa, y cuando volvía me encerraba en mi cuarto a estudiar.
Pero ese verano todo cambió.
Mi padre tuvo que viajar a Santiago por un proyecto que se alargó dos meses. Yo acababa de terminar los exámenes y no tenía adónde ir: mi madre se había mudado a Salta con su nueva pareja, y mis amigos de Mendoza estaban todos repartidos por la costa. Camila me ofreció quedarme en la casa grande de Chacras, la que mi padre le había comprado al casarse. Acepté porque no había alternativa.
Llegué un martes a media tarde. Camila me esperaba en el jardín trasero, descalza sobre el césped, con un vestido de lino blanco y una copa de vino en la mano. Tenía treinta y tres años, el pelo castaño recogido en un moño flojo y los hombros quemados por el sol. Hasta ese momento yo nunca la había mirado bien. Esa tarde, con la luz cayendo de costado y el vestido pegándose a las caderas, la miré.
—Tomás —dijo, levantando la copa como un saludo—. Llegaste antes de lo que pensaba.
—Tomé el bus de las nueve.
—¿Querés vino?
Asentí porque no se me ocurrió qué más decir. Caminé hasta la mesa, dejé la mochila en el suelo y me senté frente a ella. Camila me sirvió media copa y me observó por encima del borde de la suya.
—¿Cómo te fue en los finales?
—Bien. Aprobé todo.
—Tu padre va a estar orgulloso.
Asentí otra vez. Había una conversación que no estábamos teniendo, una cosa rara que flotaba en el aire entre nosotros y que yo no sabía nombrar. Bebí el vino de un trago.
—¿Tenés hambre? —preguntó.
—Un poco.
—Hice canelones. Si querés cenamos cuando se ponga el sol.
Esa noche cenamos en la cocina, los dos solos, con la radio encendida en una emisora de jazz. Camila se había puesto otro vestido, este negro y más corto, y yo no podía dejar de mirarle las piernas cuando cruzaba a buscar el pan o a cambiar la música. Hablamos de cosas tontas: de la facultad, de un libro que estaba leyendo, de una receta que había aprendido en un curso de cocina. A las once me dijo que se iba a dormir, que había dejado toallas limpias en el baño, que la habitación de huéspedes estaba lista. Me dio un beso en la mejilla y subió las escaleras.
Yo me quedé sentado a la mesa otra media hora, terminando la botella, intentando entender qué me estaba pasando. Es la mujer de mi padre, me repetía. Es la mujer de mi padre. Pero la frase había perdido el peso que tenía a los dieciséis.
***
Pasaron tres días así. Camila desayunaba en bata, salía a correr por la mañana, volvía sudada y se metía en la pileta. Yo fingía leer en el living y la espiaba por encima del libro. Ella sabía que la miraba. Lo sabía de la misma manera que sabe una mujer cuando un hombre la desea. No decía nada, pero a veces se quedaba un segundo más de la cuenta saliendo del agua, escurriéndose el pelo, dándome la espalda mientras se anudaba la toalla.
El cuarto día llovió. Llovió desde temprano y siguió lloviendo toda la tarde, una lluvia gruesa de verano que oscureció la casa antes de tiempo. Camila puso un disco viejo de bossa nova y encendió las lámparas del living. Estaba en el sofá grande, con las piernas dobladas debajo del cuerpo, leyendo. Yo entré con dos tazas de café porque no se me ocurrió qué otra cosa hacer.
—Sentate —dijo, sin levantar la vista del libro.
Me senté en el otro extremo del sofá. Le pasé una taza. Ella la dejó sobre la mesa baja, marcó la página con un dedo y me miró por primera vez de frente.
—Tomás —dijo—. Vamos a hablar de una cosa.
Sentí que se me cerraba el estómago.
—Bueno.
—Llevás cuatro días mirándome. No es un reproche. Solo lo digo.
No supe qué responder. Bajé la vista a la taza y vi que me temblaba la mano.
—No tenés que decir nada —siguió ella—. Pero quiero que sepas que lo noté.
—Perdón.
—No pidas perdón. Eso es lo último que quiero.
Levanté la vista. Camila me miraba con una expresión que nunca le había visto: no era amabilidad, no era distancia, era otra cosa. Era curiosidad. Era una pregunta abierta.
—¿Vos querés que pase algo? —preguntó, casi en susurro.
—No sé.
—Pensalo. Yo no me voy a ningún lado.
Se levantó con la taza de café en la mano y subió las escaleras. La oí abrir la puerta de su habitación y dejarla entornada.
***
Estuve abajo una hora entera. Una hora exacta, mirando el reloj de la cocina, intentando convencerme de que tenía que subir a la habitación de huéspedes y dormir y olvidar todo lo que había pasado. Pero a las once y veinte subí las escaleras descalzo y me quedé parado frente a su puerta.
—Pasá —dijo desde adentro, antes de que yo tocara.
Empujé la puerta. Camila estaba sentada en el borde de la cama, con una camisola corta de seda color crema, los pies descalzos sobre la alfombra. La lámpara de la mesa de luz estaba encendida y dejaba el resto del cuarto en penumbra.
—Cerrá —dijo.
Cerré la puerta. Me quedé contra ella, sin saber qué hacer con las manos.
—Vení.
Caminé los tres pasos que me separaban de la cama. Camila me tomó por las muñecas y me hizo arrodillar entre sus piernas. Tenía la piel tibia y olía a vetiver y a algo más oscuro que no supe identificar.
—Mirame —dijo.
La miré. Tenía los ojos muy abiertos, brillantes, sin maquillaje.
—Si querés que pare, decímelo en cualquier momento. ¿Sí?
—Sí.
Me besó despacio, primero solo en la comisura, después en el labio inferior, después abriendo la boca con la punta de la lengua. Yo respondí torpe, con demasiada urgencia, y ella se rió en mi boca y me puso una mano en la nuca para frenarme.
—Despacio —murmuró—. No hay apuro.
Me besó otra vez, más largo, enseñándome el ritmo. Sus dedos me subieron por la nuca y se enredaron en mi pelo. Yo le puse las manos en las rodillas y las subí muy despacio por los muslos, esperando que me detuviera. No me detuvo.
—Sacate la remera —dijo.
Me saqué la remera. Camila me miró el torso un momento, sin tocarme, como si estuviera decidiendo algo. Después se inclinó y me besó el centro del pecho, justo debajo de la clavícula. Sentí su lengua trazar un camino hacia abajo, hasta el ombligo, y se me cortó la respiración.
—Parate —pidió.
Me paré. Ella siguió sentada en el borde de la cama y me desabrochó el cinturón sin dejar de mirarme. El jean cayó al suelo. Me quedé en bóxer, completamente expuesto, y el pulso me golpeaba en las sienes.
—Tomás —dijo, levantando la vista—. ¿Es la primera vez?
Tragué saliva.
—No. Pero casi.
—Está bien —sonrió—. Está bien que me lo digas.
Bajó el bóxer con las dos manos, hasta los tobillos, y se quedó mirándome unos segundos antes de inclinarse. La sentí cerrar la boca sobre mí y tuve que apoyarme en su hombro para no caerme. Era distinto de cualquier cosa que yo hubiera imaginado: más caliente, más lento, más deliberado. Camila no tenía apuro. Subía y bajaba con un ritmo propio, deteniéndose a veces para mirarme a los ojos, pasando la lengua por la punta antes de volver a tomarme entera.
—No te aguantes todavía —dijo, apartándose un segundo—. Avisame cuando estés cerca.
—Estoy cerca.
—¿Ya?
—Estoy cerca.
Se rió bajito, sin burlarse, y volvió a la tarea con más cuidado. Le puse las manos en el pelo, sin tirar, solo sosteniéndome. La habitación se redujo al sonido de su boca y al disco de bossa nova que seguía sonando abajo, lejano. Sentí cómo el calor me subía desde las piernas, cómo se me tensaba todo el cuerpo, cómo la cabeza se me vaciaba de ideas hasta que solo quedó ella.
—Camila —dije—. Camila, ya.
Se apartó justo a tiempo y dejó que me viniera sobre la seda de su camisola, sobre las manos que había puesto debajo. Yo me quedé parado, temblando, con las rodillas blandas, mirándola desde arriba sin entender bien qué acababa de pasar.
Ella se limpió con un pañuelo de la mesa de luz, sin dejar de sonreír, y me hizo señas para que me sentara a su lado. Me dejé caer en la cama. Camila me pasó un brazo por los hombros y me besó la sien.
—Respirá —dijo.
Respiré.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Me quedé un rato largo así, con la cabeza apoyada en su hombro, escuchándole el corazón. Afuera seguía lloviendo. Adentro no se oía más que el disco y nuestra respiración.
—Tomás —dijo después de un rato—. Esto no se lo cuentes a nadie. Nunca.
—Ya lo sé.
—Y mañana, cuando despertemos, vos decidís si querés que pase otra vez o si lo dejamos acá. No hay enojo en ninguna de las dos opciones. ¿Estamos?
Asentí contra su hombro.
—Estamos.
Me levanté para volver a mi cuarto. En la puerta me di vuelta. Camila estaba todavía sentada en el borde de la cama, con la camisola manchada y el pelo desarmado, y me miraba con esa misma curiosidad de antes, como si estuviera midiendo algo.
—Buenas noches, Tomás —dijo.
—Buenas noches.
Cerré la puerta y caminé descalzo hasta el cuarto de huéspedes. Me tiré en la cama vestido a medias y me quedé mirando el techo hasta que se hizo de día. No pensé en mi padre, no pensé en nada. Solo escuché la lluvia sobre las tejas y supe, sin la menor duda, qué iba a contestar a la mañana siguiente cuando ella me preguntara.