Mis tetas de globo y una noche con otra travesti
Empecé llenando globos de agua tibia para sentir que tenía pecho. Terminé pegándolos a mis pezones con pegamento y descubriendo un placer que no sabía que buscaba.
Empecé llenando globos de agua tibia para sentir que tenía pecho. Terminé pegándolos a mis pezones con pegamento y descubriendo un placer que no sabía que buscaba.
Acepté la cita por morbo: ser el objeto que mi jefe presta a sus amigos. Pero lo que el socio quería de mí esa noche jamás lo habría imaginado.
Esa noche me clavaron la primera inyección de hormonas y me hicieron tirar toda mi ropa de hombre. «Vas a ver cómo te ponés linda», me dijo ella sonriendo.
Llevaba años poniéndome lencería a escondidas. Esa semana, lejos de casa, decidí averiguar qué se sentía hacerlo de verdad, en la cama de un desconocido.
Abrí la puerta pensando que la casa estaba vacía. El ruido venía del cuarto de Marina, y lo que vi al asomarme me dejó clavado en el umbral.
Llevaba meses sin tocar a nadie cuando empecé a mirar a mi tía de otra forma. Ella rezaba cada noche; yo solo pensaba en cómo doblegarla sin culpa.
Vino a mi cuarto a reclamarme por lo del sábado, pero lo que me confesó después me dejó sin aire: él lo había visto todo, y le había gustado.
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic definitivo, y entendí demasiado tarde que el paquete que traía era yo mismo, listo para ser desempacado.
Cuando la diosa liberó su sexo en mitad de la tienda, Renata supo que su vida de cronista discreta había terminado para siempre.
Cuando bajé a abrir, el hombre del pasamontañas llenaba todo el marco de la puerta. Mis padres dormían a unos metros y eso me ponía al límite.
Me ardía el cuerpo entero y el maquillaje corrido del espejo no me dejaba mentir. Anoche fui otra. Y una parte de mí, la nueva, quería volver a serlo.
«Sabía que algún día tendría esta conversación contigo», dijo mi madre cerrando la puerta. Lo que me contó esa tarde cambió para siempre lo que yo creía de nosotros.
Compré lencería nueva, una peluca negra y tacos altos para ese sábado. No imaginé que mi cuerpo me jugaría una mala pasada justo en el mejor momento.
La primera vez que me llamó Lucía sentí que algo se rompía dentro de mí. Y no quería volver atrás. Quería que ella terminara de moldearme entera.
Iba casi cada tarde a leer al café, hasta que ella se sentó frente a mí y, entre risas, dejó caer que lo que tenía bajo los vaqueros no era lo que yo imaginaba.
A Bruna la quiero más que a casi nadie. Por eso me cuesta tanto contar lo que dos desconocidos le hicieron aquella noche que ninguno de los dos olvidará.
Cuando entré con las maletas, mi padre me sirvió una copa sin preguntar. A las dos de la mañana seguíamos en la cocina, y nadie quería ser el primero en subir.
Cuando me dijo que el Adrián de aquellos papeles era ella, sentí rechazo. Meses después no podía dejar de pensar en su boca, en su perfume, en lo que escondía bajo la falda.
El mensaje decía solo dos palabras: «Es hoy». No pregunté qué. Lo sentí en el cuerpo, y supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Pensé que había perdido la bolsa con mis fotos más íntimas. Cuando el doctor me escribió esa noche, supe que él ya había visto exactamente quién soy.