Lo que mi prima me confesó en el auto esa tarde
Con Mariana nos criamos juntos. Primos hermanos, según mi madre; hermanos a secas, según el barrio. Nuestras casas estaban en la misma cuadra, las navidades pasaban en la mesa larga de los abuelos, y los veranos se iban en el patio de la casa de campo de mis tíos. Siempre hubo entre nosotros una corriente rara, esa cosa que de chico no sabes nombrar pero que el cuerpo, mucho antes que la cabeza, ya entiende.
Crecimos, nos casamos. Ella primero, con un tipo que duró tres años. Yo después, con una buena mujer que me aguanta lo que puede. Mariana se separó hace cinco años. Yo sigo en mi matrimonio, con sus altos y sus bajos. Nos vemos casi siempre en los cumpleaños, en alguna comida familiar. Pero el contacto es seguido: mensajes, llamadas cortas, esa familiaridad que nunca se enfría.
Hace un año pasó algo distinto. Mariana trabaja como secretaria en una agencia de diseño y publicidad. Le pidió un presupuesto a mi estudio para unos folletos institucionales. Se lo pasé, lo aceptaron, y desde entonces el dueño de la agencia —un tal Roberto Olmos— se volvió cliente regular. Buen volumen, pagos al día. Hasta que dejaron de serlo.
Empezaron los atrasos. Primero una semana, después un mes, después dos. La llamé para que mediara. Quedamos en un café del centro, al mediodía, en un horario en el que ella podía escaparse de la oficina. Llegó con la cartera apretada contra el costado y los ojos cansados.
—Ya sé por qué vienes —me dijo antes de sentarse—. No me lo hagas más difícil.
—Mariana, son tres facturas. No puedo seguir tirando del carro yo solo.
—Está complicado el rubro. Hay que aceptar lo que nos dan, ¿qué quieres que te diga?
Algo en cómo lo dijo me hizo saltar. Esa frase no era de ella. Era de alguien que la había repetido mil veces para convencerse a sí misma. Le contesté con más bronca de la que tenía guardada para Olmos.
—¡Ja! Y un día te va a pedir que se la chupes para no perder el trabajo. Y vas a aceptar. Y hasta vas a dejarlo.
Lo dije y al segundo me arrepentí. Mariana bajó la vista al pocillo. Vi cómo le temblaba el labio inferior, cómo apretaba la servilleta entre los dedos. Le pedí disculpas tres veces, con la torpeza del que sabe que ya rompió algo y no puede pegarlo. Ella aceptó las disculpas con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
Seguimos hablando de otras cosas, fingiendo. Pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla. Mariana aceptó sin mirarme.
***
En el auto el silencio era espeso. Llevaba puesto un perfume nuevo, algo seco y caro, nada parecido a lo que usaba cuando éramos chicos. La radio iba bajita. A los diez minutos, parada en un semáforo, la escuché tomar aire con esa respiración entrecortada que tienen las mujeres cuando están conteniendo el llanto.
—Discúlpame tú a mí —me dijo—. Reaccioné mal. Me pegaste donde no se debe.
—Mariana, no…
—Sí. Tenías razón. No del todo, pero tenías razón.
Las lágrimas le bajaron sin que ella las pudiera frenar. Eran lágrimas de mujer adulta, no de chiquita: silenciosas, ordenadas, vergonzosas. Estacioné a la vera de una plaza vieja, una de esas con tilos enormes y bancos despintados. Apagué el motor. Le tomé las dos manos. Las tenía heladas.
—Cuéntame.
—Aquí no. Sácame de aquí. Pueden vernos. Las mujeres del barrio son…
No terminó la frase. No hacía falta.
Mientras arrancaba, mi cabeza ya iba dos cuadras adelante. A tres cuadras, sobre una avenida lateral, hay un hotel que conozco. Un lugar discreto, con cocheras techadas y entrada por una puerta lateral. Mariana también lo conoce. Por la mirada que me sostuvo en el espejo retrovisor, supe que ella ya había estado ahí. Tampoco hacía falta preguntar.
No hablamos en la cuadra final. No hablamos cuando la cochera se cerró detrás del auto. Le abrí la puerta del acompañante, le tendí la mano, ella la tomó. Subimos al ascensor tomados. La habitación olía a desinfectante de pino y a sábanas planchadas.
***
Mientras ella estaba en el baño, abrí el frigobar y armé dos tragos cortos: whisky con un par de hielos. Pensaba que iba a venir más para hablar que para otra cosa. Pero cuando salió, descalza, con el pelo recogido apurado en un rodete y la blusa ya con un botón menos, supe que lo otro también iba a pasar.
Se sentó a mi lado en el borde de la cama. Tomó el whisky, se lo bajó a la mitad de un trago.
—Tenías razón —repitió—. No me pidió todavía que se la chupe. Pero hace seis meses que me toca el hombro de más, que me roza la espalda, que me abre la puerta del auto cuando vamos a una reunión y deja la mano un segundo de más en mi cintura. Y yo lo dejo. Porque necesito el trabajo. Y me odio por dejarlo.
Le saqué el vaso de la mano y se lo dejé en la mesa de luz. La abracé sin decir nada. Sentí cómo todo el cuerpo se le aflojaba, cómo se rendía contra mi pecho. No era el llanto del café. Era más profundo, más viejo. La dejé llorar lo que tenía que llorar y no la apuré.
Cuando levantó la cara, tenía el rímel corrido y los ojos grises más claros que nunca. Me miró fijo.
—Tú no eres él.
—No.
—Tú eres mi primo.
—Sí.
—Por eso quiero. Por eso, hoy, contigo.
***
La besé despacio, sin apuro. La boca de Mariana sabía a whisky y a algo más antiguo, a verano de campo y a piscina de plástico. La fui acostando hacia atrás sin dejar de besarla. Mis manos le buscaron primero la espalda, debajo de la blusa, después los lados. Le solté el corpiño con una sola mano, y ella se rió bajito contra mi cuello.
—Tienes práctica.
—Tú también.
La di vuelta boca abajo. Quería desarmarla de a poco, no atropellarla. Le saqué la blusa, después le bajé el cierre del pantalón hasta los muslos. Empecé por la nuca, con la boca. Le besé los hombros, la línea de la columna, las hendiduras de los omóplatos. Mariana ronroneaba contra la almohada, los puños cerrados sobre la sábana.
Cuando le pasé las manos por debajo, alcanzándole los pechos, arqueó la espalda. Le pellizqué los pezones entre el pulgar y el índice, suave primero, después con un poco más de fuerza. Soltó un gemido seco, contenido, como si tuviera miedo de hacer ruido.
—Aquí puedes —le dije—. Aquí nadie escucha.
La di vuelta. Le terminé de sacar el pantalón, le saqué la ropa interior con los dientes, despacio, mirándola desde abajo. Mariana se cubrió la cara con el antebrazo, y en ese gesto tan suyo, tan de la nena que jugaba al doctor en el patio de la casa de campo, se me cayó encima toda la historia que teníamos entre los dos.
Le abrí las piernas con las manos. La olí primero. Después la lamí, despacio, buscando el ritmo que le iba bien. Lo encontré rápido. Mariana se agarraba de las sábanas, después de mi pelo, después otra vez de las sábanas. Le metí dos dedos sin dejar de pasar la lengua por el clítoris. La hice acabar así, con los muslos cerrados sobre mi cara y un grito ahogado que terminó en risa.
—Hijo de puta —jadeó—. Aprendiste.
—Aprendí.
***
Se subió encima mío. Me mordió el labio inferior, después la oreja. Me agarró firme y me la guio adentro. Cuando bajó hasta el fondo, los dos paramos un segundo. Mariana cerró los ojos, se quedó quieta, sintiendo. Después empezó a moverse, lenta, en círculos, con esa sabiduría que tienen las mujeres separadas de cuarenta y pico que ya no tienen nada que probarle a nadie.
La di vuelta otra vez. Quería sentir su peso debajo del mío. Le tomé las muñecas y se las llevé arriba de la cabeza. Ella me miró con un brillo nuevo, una mezcla de desafío y entrega. Se las apreté un poco más fuerte. Sonrió.
—¿Así me quieres?
—Así te quiero.
Empujé hondo. Mariana subió las piernas, las cruzó detrás de mi cintura, me apretó. Cada vez que entraba a fondo soltaba un quejido bajo, casi rabioso. Yo iba marcando un ritmo seco, parejo, sin apuro, mirándola a los ojos. Ella no apartó la mirada en ningún momento.
Cuando sentí que estaba por acabar le pregunté con la cara. Mariana entendió.
—Afuera —dijo—. Esta vez afuera. Después te explico.
Salí. Ella se incorporó rápido, me terminó con la mano y la boca, pegada a mí, sin dejarme escapar. Acabé sobre su pecho, en su cuello, un poco en su mentón. Se quedó así, sin limpiarse, mirándome con los ojos muy abiertos. Después juntó con dos dedos lo que había caído en su pecho y se lo pasó por la lengua, despacio, sin dejar de mirarme.
—La próxima, adentro —dijo—. Estoy cuidada. Te lo digo ahora porque hoy quería sentirlo así, en la cara, en los pechos. Quería verte acabar. Hace mucho que no veía acabar a un hombre que me importa.
***
Después nos quedamos tirados, ella encima mío, la cabeza en mi pecho, el pelo desarmado contra mi cuello. Hablamos bajito durante una hora larga. De Olmos. De mi mujer. De las navidades de cuando éramos chicos. De cuando ella tenía catorce y yo dieciséis y estuvimos por besarnos detrás del galpón y nos detuvo un grito de mi tía desde la cocina.
—¿Te acuerdas? —me preguntó.
—Me acuerdo de cada segundo.
—Yo también. Veintiocho años acordándome.
Le pregunté qué iba a hacer con Olmos. Me dijo que iba a empezar a buscar trabajo en otro lado, en serio. Que ya no podía aguantarlo más, y que esta tarde, con todo, le había aclarado algo que no se animaba a aclararse sola. Le dije que la iba a ayudar con lo que necesitara. Las facturas, ahora, me importaban un carajo.
—De esto —me dijo, antes de salir, ya vestida, mirándose en el espejo del baño—, ni una palabra. A nadie. Ni siquiera a Dios.
—Ni a Dios.
—Y volvemos.
—Volvemos cuando tú quieras.
Me dio un beso largo en la puerta del auto, antes de bajarse a media cuadra de su casa, para que no la viera nadie del barrio. La vi caminar derecha, la cartera otra vez apretada contra el costado, pero los hombros distintos. Más altos.
Manejé hasta mi oficina pensando en una sola cosa: que Mariana siempre fue mi prima, y que, después de hoy, iba a seguir siéndolo. Pero ahora también iba a ser otra cosa. Algo que no tiene nombre en la familia y que tampoco hace falta nombrar.
Nunca es tarde. Sobre todo cuando la cama es buena.