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Relatos Ardientes

Mi hijo me buscó en la cama del hotel de Saigón

La sacudida del avión me arrancó de un sueño superficial. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de Andrés y un hilo de saliva amenazaba con escaparse. Faltaban dos horas para aterrizar en Saigón y, cuando me incorporé fingiendo no haberme dormido en serio, mi hijo me sonrió con esa paciencia que siempre tuvo conmigo.

Volví la cara a la ventanilla y dejé que las nubes me hipnotizaran. Hacía cuatro meses que había firmado los papeles del divorcio. Cuatro meses desde que descubrí que Marcos llevaba dos años acostándose con quien yo creía mi mejor amiga, y con otras a las que ni siquiera recordaba el nombre. Esa traición destrozó un matrimonio que ya estaba seco desde mucho antes, pero igual dolió como si me lo hubieran arrancado de cuajo.

El viaje a Vietnam estaba pagado desde hacía casi un año. Una de esas escapadas que Marcos y yo habíamos planeado para «reconectar», con tres comillas y una mueca. Cancelarlo me costaba un dinero que ya no me sobraba, así que cambié su nombre por el de mi hijo y allí estábamos, atravesando medio planeta para no perder lo invertido.

Saigón nos recibió con un calor pegajoso y una marea de motos rugiendo en cada esquina. El taxi nos dejó frente a un hotel moderno sobre el río, y cuando la recepcionista nos entregó la llave descubrimos lo obvio: la reserva era para una pareja y la habitación tenía una sola cama. Demasiado tarde para protestar; la ciudad estaba llena por una feria internacional y no quedaban habitaciones libres.

—No te preocupes, mamá, yo duermo en el sillón si quieres —dijo Andrés, dejando las maletas junto a la puerta.

—No seas tonto. La cama es enorme, cabemos los dos sin tocarnos.

Lo dije sin pensar. Después de pronunciarlo, una corriente eléctrica me bajó por la columna y preferí atribuirla al cansancio del vuelo.

Mientras él se metía al baño a ducharse, yo empecé a vaciar la maleta sobre la cama. La puerta no cerraba bien y, sin proponérmelo, mi mirada se desvió hacia el reflejo del espejo. Andrés estaba bajo el chorro, primero de espaldas y después de frente, y por un instante me quedé congelada con un par de sostenes en la mano. Hacía siglos que no lo veía sin ropa. No era el niño flacucho que yo recordaba: tenía hombros amplios, abdomen marcado y, entre las piernas, una polla gruesa y larga incluso en reposo, que me obligó a apartar la vista con un calor súbito en la cara.

Él alzó la cabeza y nuestros ojos se cruzaron en el espejo. Solo una décima de segundo, pero suficiente. Fingí ordenar la ropa y le di la espalda, sintiendo cómo entre los muslos se me dibujaba una humedad delatora. Cerré los ojos. Es tu hijo, Mariana, por Dios.

Cuando él salió envuelto en una toalla, entré yo al baño. Bajo el agua tibia me apoyé en los azulejos y respiré hondo. Llevaba meses sin dormir con nadie. Tenía la piel impaciente, los pezones siempre alerta y la cabeza poblada de imágenes que ni yo me reconocía. Me llevé la mano al sexo más por instinto que por decisión, pero la retiré antes de que pasara nada. No allí. No con él detrás de la puerta.

Salí con la toalla envolviéndome el cuerpo y el pelo todavía seco. Había dejado la ropa interior sobre la cama y tuve que cruzar la habitación. Andrés estaba sentado en un taburete tapizado, ya con pantalones cortos y una camiseta blanca, fingiendo mirar el teléfono. Me senté en el borde del colchón y, cuidando de que la toalla no se cayera, me puse las bragas. Pero para colocarme el sostén tuve que descubrirme el torso, y supe que él me estaba mirando aunque mantuviera el móvil entre los dedos.

—¿Qué? —pregunté con una sonrisa tensa, ajustándome los tirantes.

—Joder, mamá, perdona, pero estás buenísima.

La frase me cayó como una piedra en el estómago. Sentí un latigazo entre las piernas y, al mismo tiempo, una alarma sorda en la nuca.

—¡No digas barbaridades! —contesté—. Soy tu madre.

—Por eso —murmuró sin levantar la vista.

Bajamos al ascensor en silencio. Yo trataba de mirar los números encendidos del panel, pero una parte minúscula y traidora de mí se sentía halagada. Llevaba demasiado tiempo invisible.

Quizá sea momento de presentarme. Me llamo Mariana, tengo cuarenta y tres años. Mido un metro sesenta y cuatro, soy delgada, con caderas marcadas y un trasero pequeño y firme que siempre fue mi mejor carta. El pecho lo tengo discreto, pero los pezones grandes y oscuros, casi siempre erizados. El pelo me llega a los hombros, castaño, con algunas mechas más claras desde el verano. Andrés mide diez centímetros más que yo, está bien formado por el rugby y heredó los ojos verdes de su padre.

Caminamos por el distrito uno hasta encontrar un puesto callejero con bancas de madera. Andrés pidió en inglés dos cuencos de pho con ternera y dos cervezas locales que llegaron heladas. La cena fue ligera y el ambiente nos relajó. Él me hablaba de la facultad, yo le contaba detalles del divorcio que llevaba meses guardándome, y por momentos me pareció estar tomando algo con un amigo y no con mi propio hijo.

Más tarde nos perdimos por un mercado nocturno. Imitaciones de relojes, mochilas, gafas, zapatillas. Probamos brochetas de cerdo asado en un puesto callejero y seguimos caminando hasta que las calles cambiaron de luz y de música. Habíamos llegado, sin buscarlo, a una zona de bares con neones rojos y chicas en la puerta. Letreros enormes anunciaban cervezas baratas, taburetes altos y pequeñas tarimas donde otras chicas bailaban casi sin ropa. Llamaba la atención la mezcla: la ciudad olía a incienso de templos y, a la vez, te ofrecían sexo con una sonrisa cortés.

Nos sentamos en uno de los bares y pedimos cerveza. Andrés se quedó mirando a una chica que bebía sola en la esquina de la barra. No tendría más de veintidós años, llevaba un vestido verde ajustado y unos tacones que delataban que era pequeñita.

—Es bonita —le dije.

—Mucho —murmuró sin desviar los ojos.

—Te he visto mirarla. Sé más discreto, hijo.

—¿Tanto se nota?

—Tranquilo, eres un tío. Si te gusta, ve y háblale.

—Quiero acostarme con ella, mamá.

Su sinceridad ya no me sorprendía. Andrés y yo siempre tuvimos una relación abierta; desde que era adolescente le hablé de sexo sin tabúes, y él aprendió a decirme las cosas sin filtros. Le hice un gesto para que se levantara y fuera. Se acercó a la chica, intercambiaron unas frases en inglés y los vi desaparecer detrás de una cortina al fondo del local.

Yo me quedé en la barra. En el televisor pasaban un partido de la liga inglesa al que apenas presté atención. La camarera me iba reponiendo cervezas en cuanto me veía el vaso vacío. Dos chicas se acercaron a coquetear; una me ofreció, en un español sorprendentemente claro, «la mejor cena de coño de Saigón». Me reí, le dije que no con la mano y ella se fue sin insistir.

Andrés volvió media hora después con una expresión a medio camino entre la satisfacción y el sopor. Pidió otra cerveza y se sentó frente a mí.

—Tenía un cuerpo increíble —dijo.

—No me des detalles —le pedí entre risas—. Ya estoy bastante mareada como para imaginar a mi hijo follando.

Apoyó los codos en la mesa y se inclinó. Su voz bajó.

—Mamá, si tú también quieres acostarte con alguien esta noche, yo no diría nada.

Me quedé en blanco. Levanté la cerveza, la dejé otra vez sin haber bebido y suspiré.

—Has cruzado una raya muy rara, ¿lo sabes? —murmuré.

—Lo sé. Pero te miro y no eres mi madre, eres una mujer que lleva un año sin que nadie la toque y que merece pasarla bien.

No le contesté. Apoyé la cara en la mano y lo miré como si lo estuviera viendo por primera vez. Por dentro me hervía algo que no quería nombrar. Lo único que dije fue que volviéramos al hotel, que me iba a caer dormida.

***

Un mototaxi nos dejó en la puerta del hotel diez minutos después. La cabeza me daba vueltas; las cervezas, el calor y la conversación se habían combinado en una niebla espesa. Subí al cuarto, me quité las botas, los calcetines y el sostén. Me dejé puesta una camiseta de tirantes y las bragas, y me hice un ovillo del lado izquierdo de la cama, abrazada a la almohada, con la cara hacia la ventana.

Lo escuché entrar al baño, lavarse los dientes, apagar la luz. Después sentí cómo el colchón se hundió detrás de mí. Pensé que se acomodaría hacia su lado, pero no. Su brazo me rodeó la cintura, su cuerpo se pegó al mío y noté contra las nalgas algo duro que no admitía interpretación.

—Andrés, no —susurré, intentando despegarme.

Su otro brazo me sujetó por debajo y me mantuvo contra él. Su boca encontró mi cuello, dejó tres besos cortos detrás de la oreja, y un escalofrío me recorrió la espalda. Me erizó la piel un mordisco suave en el lóbulo y solté el aire de golpe, sin querer.

—Por favor, para. No soy de piedra —le rogué con la voz temblorosa.

Él no contestó. La mano que tenía en mi cintura subió, encontró mi pecho y me apretó el pezón con dos dedos. Lo tenía ya tan duro que el roce me arrancó un quejido tonto. La otra mano bajó por mi vientre y se metió bajo el elástico de las bragas. Cuando sus dedos rozaron entre mis piernas, descubrieron lo que yo intentaba ocultar: estaba empapada.

—Mamá, estás chorreando —me susurró pegado a la oreja.

Esa frase, en su voz baja y caliente, terminó de desarmarme. Cerré los ojos. No te muevas, Mariana. Si no te mueves, no estás participando. Pero la mentira no me sirvió mucho rato.

Sentí cómo apartaba la tela hacia un lado y, después, el contacto firme y caliente de su polla contra mi entrada. No tuvo que forzar mucho: empujó una vez, encontró resistencia, empujó la segunda y entró hasta la mitad. El estiramiento me dolió, me ardió, y solté un quejido entrecortado que ni yo reconocí como mío.

—Despacio —pedí.

Me hizo caso. Sus caderas empezaron a moverse en un vaivén suave, sin clavarme del todo, dejándome acostumbrarme. Mis paredes cedieron poco a poco. La incomodidad inicial se transformó en una presión densa que me hacía aspirar el aire por la boca abierta. Cada embestida me empujaba un poco más adentro de un sitio del que no quería volver.

Yo seguía repitiéndome que aquello no podía estar pasando, que iba a parar en cualquier momento, que solo era el alcohol. Pero mi cuerpo me ignoraba con descaro. Mi pelvis empezó a buscar la suya en cada movimiento. Sus manos se concentraron en mis senos, en mi cintura, y su respiración en mi nuca tenía un ritmo cada vez más entrecortado.

Me corrí casi sin avisar. Una contracción larga, eléctrica, que me hizo cerrar los muslos sobre los suyos y soltar un grito que ahogué contra la almohada. Tembló algo dentro de mí que llevaba años dormido.

No me dio tregua. Me alzó la pierna izquierda, la colocó sobre su muslo y, con esa nueva apertura, se hundió completo. El segundo asalto fue más profundo y más rápido. Mis manos se aferraron al cabecero de madera para no golpearme la cabeza con cada embestida. Mis gemidos pasaron de cortos a agudos, casi pequeños chillidos que salían sin permiso.

—Más despacio —le pedí entre jadeos—, me llegas demasiado adentro.

Cambió el ritmo. Embistió más fluido, más constante, sin clavarme entero. Una de sus manos rodeó mi cuello con suavidad, apenas marcando una presión, y eso, no sé por qué, me empujó al borde otra vez. Me volví a correr, esta vez con el cuerpo entero sacudiéndose sin que yo mandara.

Cuando todavía estaba temblando, las manos me reaccionaron solas. Le empujé la cadera, lo aparté, sentí cómo salía de mí de golpe, y un ramalazo me cruzó por dentro. Me quedé bocarriba, las piernas abiertas, el techo girando, el abdomen agitándose por la respiración. Tardé un par de minutos en volver a contar las baldosas del cielorraso.

Él esperó. No me reclamó nada. Cuando recuperé el aire, fui yo quien le buscó la mano y la guió hasta su polla. Me incorporé a medias, me apoyé sobre el codo y le rodeé la base con las dos manos.

—No voy a dejarte así —murmuré, más para mí que para él.

Empecé a moverlo despacio, midiendo el ritmo, observándole la cara mientras él entrecerraba los ojos. Aceleré. Él suspiraba cada vez más fuerte, contraía los abdominales, soltaba palabras cortas que no llegaban a frases. Cuando lo sentí a punto, gimió hondo, todo el cuerpo se le tensó y se vació entre mis dedos en sacudidas calientes que cayeron sobre su propio vientre.

Le pasé una toalla que tenía a mano, sin decir nada. Me limpié yo, le limpié a él. Después me acomodé otra vez de costado, mirando hacia la ventana, igual que al principio de la noche. Su brazo me rodeó la cintura sin pedir permiso, dejó tres besos lentos en mi hombro y se quedó dormido casi al instante. Yo me dormí poco después, escuchando solo su respiración pegada a mi oreja, sin atreverme a pensar qué iba a pasar cuando saliera el sol.

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Comentarios (6)

Santi_BA

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

ViajeroK

La ambientacion en Vietnam le da un toque muy diferente a lo que uno suele leer por aca. Muy bien logrado.

VeroLectora

Quede con ganas de mas, necesito saber que paso despues en ese viaje!!! Por favor una continuacion

RobertoV_arg

Me encanto como la historia arranca con algo tan cotidiano como quedarse dormida en el avion y desde ahi construye todo lo demas. Se siente real, sin ser forzado. Sigue escribiendo!

Marco_uy

Saigon... que lugar tan inesperado para que pase algo asi jaja. Muy bueno

LauraNC

Hay algo en como describis las emociones que te hace empatizar con los personajes. Eso no es facil de lograr, felicitaciones.

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