Mi suegro me usó para seducir a su última nuera
El mensaje llegó a media tarde, breve y directo, como todos los suyos: «Te espero a las cinco en el chalet. Trae las llaves». No hacía falta más. Llevaba meses obedeciendo esas órdenes y, aunque al principio me había resistido, había aprendido que mi suegro nunca pedía lo que no estaba dispuesto a tomar.
Llegué puntual. Marisol, la chica que se ocupaba del servicio, me abrió la puerta con su uniforme oscuro y caminó delante de mí por el pasillo de mármol. Mientras la seguía, no pude evitar fijarme en cómo se movía bajo la falda, y por un segundo me pregunté si Marisol acabaría también algún día en la colección que mi suegro había ido armando con paciencia de coleccionista.
—El señor la espera en el salón —dijo al detenerse frente a la puerta blanca—. Me pidió que solo entre usted.
Asentí. Esperé a que se alejara hacia la cocina y empujé la hoja con cuidado. Mi suegro estaba sentado en el sofá de cuero, con la camisa abierta y los pantalones a la altura de los tobillos. Su erección me recibió antes que sus palabras.
—Llegas tarde —mintió.
—Llegué a la hora —contesté, dejando el bolso en el suelo y arrodillándome entre sus piernas.
No hubo más conversación. Le tomé el sexo con la mano derecha y lo guié hasta mi boca. Conocía bien lo que le gustaba: la lengua firme contra el frenillo, los labios resbalando despacio hasta la base, una pausa larga, y otra vez. Sus dedos se enredaron en mi pelo y apretaron con la confianza de quien ya ha hecho esto muchas veces.
—Hay trabajo —dijo al rato, levantándome la cabeza con suavidad—. Pero antes te quiero a ti.
Me hizo levantarme. Me desnudó él mismo, con esa lentitud calculada que usaba para que la espera doliera. Cuando estuve sin nada encima me tendió en el sofá y se acomodó entre mis piernas. Entró de un solo movimiento, sin prisa, mirándome a los ojos.
—¿Qué trabajo? —pregunté con la voz quebrada.
—Daniela —respondió.
Daniela era la última nuera que le faltaba. La quinta. La esposa de Adrián, su hijo menor. Las otras cuatro ya habíamos pasado por aquel sofá, una por una, todas convencidas con la misma fórmula: el trabajo de nuestros maridos en la empresa familiar dependía de él, y él sabía exactamente cuánto valía cada uno de nuestros silencios.
—Daniela tiene una particularidad —siguió, sin dejar de moverse dentro de mí—. Dicen que le gustan las mujeres. Quiero que lo confirmes antes de que yo la aborde.
—¿Y por qué yo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Porque eres la más lista de las cinco. Y porque te pone hacer cosas nuevas.
Se lo discutí con la cadera, no con palabras. Lo cabalgué un rato hasta que él se incorporó, me dio la vuelta y terminó dentro de mí mientras me sujetaba de la nuca contra el respaldo. Cuando volvió a hablar, yo todavía intentaba recuperar el aliento.
—Dentro de una hora la llamo —dijo—. Le digo que me surgió una urgencia y que tú vas a hacerle compañía hasta que yo llegue. Cuando estéis solas, vas a tantear el terreno. Yo voy a estar en el cuarto de invitados, con la pantalla. Quiero verlo todo.
***
Me lavé en el baño de arriba. Me vestí con calma frente al espejo y me retoqué el maquillaje hasta que nada delataba lo que había pasado abajo. Cuando bajé, mi suegro ya había desaparecido por el pasillo que llevaba al ala de la piscina. Solo quedaba esperar.
Daniela llegó cuarenta minutos después. Marisol la dejó pasar y se retiró sin hacer ruido. Yo la recibí en el salón, ya impecable, con dos copas de vino blanco servidas y una mentira preparada sobre por qué su suegro tardaría en volver.
—Qué cosa, justo hoy —dijo ella, dejándose caer en el sofá—. Yo tampoco entiendo por qué quería verme.
—Ya lo conoces —respondí—. A veces solo quiere hablar.
Daniela era la más alta de las cinco. Pelo negro, larguísimo, hasta la cintura. Llevaba un vestido blanco de algodón fino y unas sandalias planas. Se cruzó de piernas y bebió un sorbo. Pasamos un rato hablando de cosas inocuas: la familia, el último viaje de Adrián, la cena de Navidad. Cuando vi que había vaciado la copa y que se reía con la cabeza echada hacia atrás, dejé caer la mano sobre su muslo, como por descuido.
—Tienes unas piernas espectaculares —dije—. No me extraña que él te las mire siempre que vienes.
Ella me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta antes de contestar.
—Tía, te equivocas —dijo, sonriendo—. Lo que mira siempre es tu culo. No me digas que no te has dado cuenta.
Me reí. Me hice la sorprendida. Le dije que algo me molestaba en el cojín y que mejor nos pusiéramos de pie para revisarlo. Cuando se levantó, la abracé desde delante y deslicé la mano hasta su pecho.
—¿O serán estos? —murmuré.
No me apartó. Tampoco habló. Me limité a sostenerle la mirada y a mover el pulgar despacio sobre la tela del vestido, hasta que noté cómo el pezón se endurecía bajo mi palma. Solo entonces ella tomó aire.
—Carolina —dijo—, no me imaginaba esto de ti.
—Yo tampoco —mentí.
Le subí el vestido hasta la cintura. Llevaba un tanga rojo que contrastaba con su piel clara. Le pasé las manos por las caderas, por las nalgas, y la besé despacio en los labios. Ella respondió enseguida, abriéndome la boca con la lengua, y comprendí que los rumores no estaban mal informados.
—Quítate el vestido —le pedí—. No quiero arrugártelo.
Se lo sacó por la cabeza. Yo hice lo mismo con el mío. Quedamos las dos en ropa interior, una frente a la otra, y nos sostuvimos un instante en silencio.
—Vaya cuerpo tienes, cuñada —dijo ella.
—Tú no te quedas atrás.
La empujé con suavidad sobre el sofá y le pedí que se pusiera a cuatro patas. Le bajé el tanga hasta las rodillas y me arrodillé detrás. Su sexo estaba ya empapado. Pasé la lengua de abajo arriba, lentamente, y la oí gemir contra los cojines. No era la primera vez que ella sentía la boca de otra mujer; lo supe en el segundo lametón, por la forma en que arqueó la espalda y se acomodó para recibirme mejor.
—Joder, lo haces como si llevaras años —murmuró.
No le contesté. Concentré la lengua en su clítoris, dibujando círculos cada vez más pequeños, y dejé que sus muslos me marcaran el ritmo. Cuando se corrió, lo hizo con un grito corto, mordiendo el respaldo del sofá. Le seguí lamiendo unos segundos, hasta que ella se dejó caer de costado.
—Te debo una —dijo, sin abrir los ojos.
Me senté en el borde del sofá y abrí las piernas. Daniela bajó al suelo y se acomodó de rodillas entre mis muslos. Lo que vino después fue una clase. Su lengua sabía exactamente dónde detenerse, cuándo presionar, cuándo aflojar. Mi suegro, donde estuviera mirando, ya tenía toda la información que necesitaba: Daniela se había acostado antes con mujeres, y muchas veces.
Me corrí más rápido de lo que esperaba. Ella se levantó, se sentó a mi lado y me besó en la boca con su sabor todavía en los labios.
—Si alguna de las nueras no era lesbiana —dijo—, yo hubiera apostado por ti.
***
El móvil sonó dentro del bolso de Daniela. Era él. Estaba a cinco minutos del chalet. Nos vestimos a toda prisa y volvimos al sofá como si no hubiera pasado nada. Cuando la puerta se abrió y mi suegro entró cargando un maletín de cuero, nos encontró conversando sobre el último cumpleaños de mi sobrina.
—Daniela —dijo él, sin saludar—. Tenemos que hablar de Adrián.
El discurso ya lo conocía. Era el mismo que nos había dado a las otras cuatro: el contrato de su hijo en la empresa, la dificultad del mercado, lo mucho que valía un buen puesto en estos tiempos. La elección era simple, dijo. O Daniela aceptaba ciertas condiciones, o Adrián tendría que buscarse la vida en otra parte.
Yo no esperé instrucciones. Me arrodillé delante de él y empecé a desabrocharle el cinturón. Daniela me miró, miró a su suegro, miró el sofá donde acabábamos de hacer lo que habíamos hecho, y entendió. Se arrodilló a mi lado.
Compartimos su sexo entre las dos. Yo me ocupé del tronco, Daniela bajó hasta los testículos. La coreografía se armó sola, sin que nadie tuviera que dirigir nada. Mi suegro nos dejó hacer durante un rato largo, las dos manos hundidas en nuestras melenas, la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo.
—Carolina, desnúdate —dijo de pronto—. Las putas trabajan desnudas.
Me aparté un paso y dejé que Daniela se quedara con él. Mientras me desabrochaba la blusa, lo escuché decirle a ella: «Joder, nuera, nadie me la chupa así». Daniela respondió con la boca llena y los ojos cerrados.
Cuando volví, también la ayudé a desnudarse a ella. Me arrodillé detrás y le pasé la lengua por la espalda y por las nalgas mientras ella seguía concentrada en él. Mi suegro hizo una seña, ella se separó, y él la sentó a horcajadas sobre sus piernas. Daniela se dejó caer sobre su sexo de un solo movimiento y empezó a moverse despacio.
—Eres una zorra, Daniela —le dijo él—. Como las demás.
—Como tú quieras llamarme, suegro —respondió ella, sin perder el ritmo.
Ella me hizo una seña. Me acerqué. Sin dejar de cabalgarlo, atrapó uno de mis pezones con la boca y empezó a chupar con la misma intensidad con la que se movía sobre él. Mi suegro miraba todo, sonriendo, los ojos brillantes.
***
Cambiamos varias veces de postura. Daniela tendida con las piernas abiertas mientras yo le comía el sexo y mi suegro me embestía por detrás. Yo doblada sobre el respaldo del sofá mientras él me penetraba el culo y Daniela me miraba desde el suelo, masturbándose. Después fue ella la que se dobló contra la pared, y mi suegro la tomó del mismo modo, despacio al principio, brutal al final.
Cuando se corrió dentro de ella, lo hizo en silencio, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada. Después se dejó caer al suelo, encima de la alfombra persa que su mujer había traído del último viaje a Estambul.
—Nueras —dijo, con los ojos todavía cerrados—. Limpiadme.
Daniela y yo intercambiamos una mirada y nos tendimos a su lado. Sin que ninguna lo dijera, nos repartimos el trabajo: ella desde un lado, yo desde el otro, las dos lenguas recorriendo la misma piel hasta dejarla sin rastro. Cuando él suspiró por última vez, supimos que la sesión había terminado.
Pocos días después, en mi pantalla apareció la luz que ya conocía. Era la cámara del salón. Daniela estaba de pie, sola, frente a mi suegro vestido. Se desabrochó el vestido con calma, sin teatralidad, y dejó que cayera al suelo. Se quedó en silencio, mirándolo, mientras él se desnudaba a su vez. Después se tendió sobre él y ya no hizo falta sonido para entender lo que ocurría.
Las cinco nueras de la familia. Las cinco bajo su mano.
Y yo, mirando desde la mía, supe que aquello no iba a parar nunca.