Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que descubrí de mi hermano una noche de lluvia

Esa tarde de marzo, la lluvia caía de costado por las calles del centro, gruesa y constante, como si el cielo estuviera apurado por vaciarse antes de la noche. Yo había salido a comer solo a una fonda nueva que vendía caldo de gallina y jugos de litro por casi nada. Pedí maracuyá. Me lo terminé hasta el último hielo, convencido de que aguantaría sin problema hasta llegar a casa.

Me equivoqué a los tres pasos.

Apenas crucé la puerta del local, la vejiga empezó a apretarme con una insistencia que conocía bien. Y, como siempre que tengo muchas ganas, se me hizo un bulto incómodo en el pantalón. No es que se me ponga dura del todo: es más bien una tensión, una presión que empuja desde dentro y que cualquiera podría notar si me mira demasiado tiempo.

A media cuadra, vi el cartel de un centro comercial pequeño, de esos que sobreviven a duras penas entre tiendas chinas y peluquerías baratas. Entré secándome la cara con la manga. En la marquesina, esperando un taxi, había una mujer madura sosteniendo una caja grande contra el pecho. La sostenía mal, apoyada en el antebrazo, y la presión le levantaba un seno por encima del escote del vestido. No fue intencional, supongo. Pero me quedé mirando unos segundos más de la cuenta, imaginando ese pezón oscuro asomarse otro centímetro, y las ganas de mear se me confundieron con otra cosa: la polla empujó contra la tela del pantalón, medio hinchada, incómoda.

—¿El baño? —le pregunté al guardia de la puerta.

—Cerrados por mantenimiento, joven. Lo siento.

Salí maldiciendo en voz baja. Cuatro cuadras hasta casa, contando los charcos. A la altura del segundo semáforo ya iba trotando, con el pelo aplastado contra la frente y los zapatos haciendo ese ruido obsceno de tela mojada contra la suela.

Llegué con la mano temblando en la cerradura. Mateo estaba tirado en el sofá, en bóxer y una camiseta blanca que se le había subido hasta el ombligo. Estaba viendo un partido con el volumen muy bajo, como si no quisiera molestar a nadie en una casa donde no había nadie más. Levantó la vista cuando me oyó entrar y se le formó esa media sonrisa que le conozco desde niño, la que pone cuando se va a burlar de algo. Le miré, sin querer, el bulto que se le marcaba blando bajo la tela del bóxer, y aparté los ojos rápido.

—¿Te bañaste con ropa? —dijo.

—Tengo ganas de mear, no me jodas —le respondí, y crucé el pasillo casi corriendo.

Cerré la puerta del baño con la espalda. Me bajé el pantalón mojado a tirones, me senté sobre la taza fría y, sin pensarlo, me acomodé como me acomodo siempre.

No sé cuándo empezó esa costumbre. Hace años, supongo. Me siento, meto la polla entre los muslos apretados y dejo que el chorro caiga hacia abajo, como si fuera otra persona. Me gusta el silencio que se forma, no escuchar el golpe ruidoso del agua contra la porcelana. Y me gusta —no voy a mentir— la sensación de los muslos apretándome de los dos lados, esa tibieza que me recorre desde la entrepierna hasta las rodillas mientras orino, la piel de la verga rozándose entre la carne caliente de mis propios muslos.

Suelo pensar que es solo una manía. Otras veces sospecho que es algo más, algo que todavía no me he atrevido a nombrar.

Cuando terminé, me limpié, tiré la cadena y abrí la puerta sin hacer ruido. No fue una decisión consciente. Salí en silencio porque siempre salgo así. Y por eso lo pesqué.

Mateo estaba todavía en el sofá, pero la postura había cambiado. Tenía la mano metida dentro del bóxer, debajo de la camiseta, y desde el pasillo alcancé a ver, un instante, cómo el puño se le movía bajo la tela, un bulto que subía y bajaba con el ritmo inconfundible de una paja lenta. La sacó con un movimiento demasiado rápido cuando me vio aparecer, pero yo ya había visto la punta de su polla asomar un segundo por el elástico, roja, hinchada, con la piel corrida hacia atrás. El partido seguía pasando en la pantalla, pero el volumen estaba aún más bajo que cuando entré. Casi mudo.

—¿Mejor? —dijo, demasiado casual.

—Mucho mejor —respondí, y me fui al cuarto a cambiarme la ropa empapada antes de que se me notara la cara. En el pasillo, la polla ya me empujaba dura contra la bragueta del pantalón mojado.

***

Esa noche, como cada noche desde que nos mudamos juntos al departamento, terminamos en el mismo cuarto. Compartimos habitación desde niños y, cuando nuestros padres murieron, no se nos ocurrió cambiar la costumbre. Dos camas, separadas por una mesa de noche con una lámpara vieja y un par de libros que ninguno de los dos abre. Y la rutina de desnudarnos uno frente al otro sin pensarlo, como si fuéramos invisibles entre nosotros.

Esa noche no fue distinta. O sí, pero apenas.

Mateo se sacó la camiseta primero. Tiene el pecho más ancho que el mío y un poco más de vello, una línea oscura que le baja desde el ombligo hasta perderse en el elástico del bóxer. Se lo bajó de pie, junto a la cama, y por un instante quedó completamente desnudo bajo la luz amarilla de la lámpara. Le miré la polla colgándole entre las piernas, gruesa aun blanda, con los huevos pesados y oscuros bajo la mata de vello, más relajado que el mío después del baño, y sentí una punzada conocida en la garganta y otra, más caliente, entre las piernas. Luego se metió bajo las sábanas.

—Apaga la luz —dijo, y yo obedecí, agradecido por la oscuridad.

Me acosté con el dorso descubierto, mirando el techo, escuchando cómo se acomodaba en su lado del cuarto. Hablamos un rato de tonterías: del partido que había visto, de un primo que se iba a casar el mes siguiente, de la gotera del balcón. Su voz me llegaba desde dos metros de distancia, baja y pareja, y yo le respondía con monosílabos mientras sentía cómo la polla me crecía bajo la sábana, endureciéndose contra mi vientre, la punta ya húmeda pegándoseme a la piel.

No eran ganas de mear esta vez.

Era otra cosa, esa cosa que me asaltaba desde hacía meses cada vez que sabía que Mateo estaba desnudo en la cama de al lado. Saber que su pecho estaba descubierto. Saber que él también escuchaba mi respiración. Saber que entre nosotros había solo aire y una sábana fina, y que cualquiera de los dos podía cruzar el cuarto en tres pasos si se le ocurría. Saber que su polla estaba ahí, a dos metros, quizá también hinchándose bajo la tela.

—Buenas noches, hermano —dijo después de un rato, y giró sobre el costado.

—Buenas noches.

Esperé. Esperé hasta que su respiración se acompasó, ese ritmo lento y profundo que me sé de memoria. Esperé un poco más, por las dudas. Después, despacio, deslicé la mano bajo la sábana y me agarré la polla.

***

Siempre que me toco con él en el cuarto, me imagino lo mismo. Que no estamos en dos camas separadas, sino en una sola, la mía, que es más grande. Que él se acerca por la espalda, sin avisar, y me pasa una mano por encima del costado hasta encontrar la polla. Que me la agarra con esa firmeza tranquila que pone cuando agarra cualquier cosa, sin titubear, cerrando el puño entero sobre la carne dura, y empieza a moverlo despacio, corriéndome la piel hacia atrás hasta descapullarme del todo, mojándome el glande con el líquido pegajoso que ya me sale. Que yo me doy vuelta a medias para tocarle el pecho, esa zona donde el vello se cierra en el esternón. Que mi mano sigue bajando, por el vientre, hasta encontrar el vello que le crece sobre el pubis, y más abajo la verga de mi hermano, gorda, dura, ardiendo, con una vena marcada en el lomo. Que se la agarro entera con la mano y le doy la primera pajada larga, sintiendo cómo se estremece contra mi espalda. Que él respira en mi oreja y me dice al oído, con esa voz ronca de recién despierto: —Chúpamela, cabrón, chúpamela como sé que querés.

No me detengas, Mateo.

Esa noche me imaginé todo eso con más detalle del habitual. Me imaginé la escena entera, sin cortes. Me imaginé bajando bajo la sábana, arrastrándome entre sus muslos abiertos, y encontrándome la polla de Mateo tiesa contra el vientre, con los huevos apretados en la bolsa. Me imaginé pasándole la lengua por toda la longitud, de abajo hacia arriba, saboreando el sabor salado de la piel, y después metiéndome el glande entero en la boca. Me imaginé chupándosela despacio primero, con los labios apretados contra la carne, sintiendo cómo me llenaba el paladar, cómo la punta me tocaba el fondo de la garganta y me hacía toser un poco. Me imaginé la mano de mi hermano posándose en mi nuca, sin apretar, solo guiando, y su voz gruesa diciéndome: —Así, así, tragátela toda. Me imaginé lamiéndole los huevos uno por uno mientras le pajeaba la verga mojada de mi saliva, cómo se le estremecía el vientre cada vez que le pasaba la lengua por la piel tensa del escroto.

Me imaginé después que él me daba vuelta boca abajo, me abría las nalgas con las dos manos y me pasaba la lengua caliente por el culo, lamiéndomelo despacio, hundiéndomela adentro hasta hacerme temblar contra el colchón. Me imaginé sus dedos ensalivados abriéndome, uno primero y después dos, entrando y saliendo con un ritmo que me sacaba gemidos ahogados contra la almohada. Me imaginé la punta de su polla apoyándose en mi entrada, empujando despacio, y a Mateo susurrándome en la oreja: —Aguantá, hermanito, aguantá que te la meto entera. Me imaginé el ardor y el placer al mismo tiempo, la verga de mi hermano abriéndose paso dentro de mí, centímetro por centímetro, hasta clavármela hasta los huevos. Me imaginé sus caderas empezando a moverse, follándome despacio primero, después más fuerte, el colchón chirriando con cada embestida, sus manos apretándome la cintura, su vientre golpeando contra mi culo, y su voz en mi oreja diciéndome guarradas: —Qué culo apretado tenés, cabrón, qué rico coño de culo, te voy a llenar de leche.

Me pajeaba con la mano derecha bajo la sábana al ritmo de esa fantasía, apretándome la polla con fuerza, corriéndome la piel hacia atrás y hacia adelante, mojándome la palma con el líquido que me chorreaba de la punta. Me toqué los huevos con la otra mano, los apreté suave, me pasé los dedos por detrás, por esa zona blanda entre los huevos y el culo, y me estremecí entero. Me imaginé a Mateo corriéndose dentro de mí, llenándome, y a mí corriéndome sobre las sábanas sin que él me tocara la polla siquiera.

Me corrí en silencio, mordiéndome el labio inferior para no soltar ni un sonido. Sentí el espasmo recorrerme entero, desde la entrepierna hasta los hombros, y el semen salir a chorros calientes bajo la sábana, el primero largo y espeso, después dos o tres más cortos, esparciéndoseme por el vientre y la mano. Quedé respirando bajo, atento al cuarto, con la polla todavía dura latiéndome en la mano pegajosa.

Y entonces lo escuché.

Al principio creí que era una alucinación mía, esa fricción suave, casi imperceptible, del otro lado de la mesa de noche. Pero no. Era él. Mateo se estaba pajeando bajo su propia sábana, con el mismo cuidado obsesivo con el que yo me había tocado un minuto antes. El roce de la palma contra la carne, el crujido apenas audible del colchón cada vez que se le movía la cadera, la respiración cortándosele en la garganta.

No sé si despertó justo cuando yo acababa. No sé si llevaba un rato fingiendo dormir, esperando que yo terminara para empezar él. Lo que sí sé es que su mano se movía al ritmo en el que se mueve la mano de alguien que ya lleva tiempo, alguien que sabe lo que está buscando. Y supe, con una certeza fría que me apretó el pecho, que estaba pensando en mí. Que estaba con la polla en la mano imaginándome desnudo, imaginándose lo mismo que yo, o parecido, o peor.

Me quedé inmóvil, con la mano todavía pegajosa de mi propia corrida contra el muslo, escuchando cómo mi hermano se hacía una paja pensando en mí. El ritmo se le fue apurando, la sábana crujía más fuerte, la respiración se le entrecortaba cada vez más. No me atreví a girar la cabeza para mirar. Tampoco hizo falta. La cadencia de su respiración cambió, se entrecortó dos veces, se le escapó un jadeo bajo, contenido, y al rato se detuvo con un suspiro largo. Me imaginé la corrida saliéndole a chorros bajo la sábana, la polla latiéndole en el puño, el semen manchándole el vientre y los dedos. Lo oí limpiarse con algo, tal vez la camiseta del día anterior. Después un silencio largo, distinto al que se hace cuando alguien duerme.

—¿Estás despierto? —dijo en voz muy baja, casi en un susurro.

No le respondí. Cerré los ojos con fuerza y dejé que mi respiración pareciera regular, como la suya media hora antes. Sentí que se daba vuelta en su cama. Sentí que el silencio volvía a llenarse de cosas que ninguno de los dos iba a decir.

Esa noche tardé horas en dormirme, con la polla otra vez medio dura contra el muslo, el olor a semen todavía en la sábana. Y cuando finalmente me venció el sueño, ya sabía dos cosas. Que mañana íbamos a saludarnos como si nada en el desayuno. Y que, tarde o temprano, uno de los dos iba a cruzar los dos metros que separaban nuestras camas.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios(9)

Mastil77

que relatazo!!! no me lo esperaba para nada

GastonPV

Me engancho desde la primera linea. Se siente muy autentico, sin forzar nada. Mas asi!

DiegoK_22

La tension que se va construyendo es increible. Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas.

nacho_cba

buenisimo, seguí escribiendo

VicenteBA

Esa descripcion del comienzo me recuerdo algo que yo viví hace tiempo y que prefiero no contar jajaja. Muy buen relato, muy bien contado.

curiosaBA

Como siguio todo despues de esa noche? Espero que haya una segunda parte donde cuentes mas

RomanticoSur

Relato muy bien construido, con esa tension sostenida que te atrapa de principio a fin. Me gusto mucho la forma de narrar, sin apuro, dejando que las cosas pasen solas. Felicitaciones.

Tomas_QR

tremendo. me quede sin palabras

laPilarica

se hizo corto! queremos mas :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.