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Relatos Ardientes

Le enseñé a mi hermana lo que predicaba en redes

Era domingo y yo había vuelto a casa con la cabeza hirviendo. Tercer semestre de ingeniería y la sensación constante de que mi familia vivía en un universo paralelo al mío. Subí a mi cuarto sin saludar. El manual del hermano mayor es claro: cualquier afecto debe ir acompañado de la suficiente distancia para que jamás se interprete como debilidad.

Me tiré en la cama y abrí Instagram. El algoritmo me empujó un video de Mía. Mi hermana. Dos años menor, futura comunicóloga y, según sus seguidores, una iluminada de la nueva era.

A Mía la genética la había tratado con generosidad obscena. Carita de ángel, ojos color avellana, tetas respingadas y un culito firme que se veía aún más pronunciado por la delgadez del resto. Lo que no compensaba el regalo biológico era el contenido. Cada video era un meme andante: chakras, vibras, energía cuántica y otras corrientes que solo tienen sentido si has leído menos de tres libros en la vida.

Le di play. Blusa blanca ajustada al máximo, fondo de luces LED, un póster que decía «El universo te ama». Soltaba frases sobre sanar heridas ancestrales y desbloquear la pelvis. Entonces vino la frase.

—Muchas chicas me preguntan cómo mejorar su desempeño en el dormitorio, y la respuesta es simple: la energía sexual es la fuerza más poderosa del universo y solo tienes que alinearte con ella.

Puse pausa. Lo escuché otra vez por si había entendido mal. No. Mía, mi hermana, la virgen oficial de la casa, estaba dando cátedra de sexo. La conocía bien: ni siquiera tenía amigas con las que salir un viernes, vivía encerrada en su cuarto convertido en templo de mindfulness barato.

Mamá no veía esos videos. Papá estaba más ausente que nunca. Si alguien iba a bajarla del pedestal, iba a ser yo. ¿Quién más?

***

La puerta de Mía no estaba con llave. Entré sin tocar. Ella estaba en la misma pose del video, las piernas cruzadas sobre la colcha, un audífono puesto.

—¿No te da pena engañar a la gente así? —le solté.

Levantó la vista y se quitó el audífono. Sus enormes ojos avellana me midieron con paciencia condescendiente.

—¿A qué te refieres?

—A que en internet eres una experta en energías sexuales, pero acá adentro no has visto un pito en tu vida. ¿No crees que deberías, no sé, al menos coger antes de dar cátedra?

Respiró hondo, como si el aire fuera combustible de su tolerancia infinita.

—No hace falta vivir todo para ayudar a los demás. Hay cosas que simplemente sabes.

Ese «simplemente sabes» fue la gota. Me senté en el borde de su cama. La obligué a recular un poco, lo que tensionó la camiseta sobre sus tetas. Vi el pánico microscópico en sus pupilas.

—A ver. ¿Cuántas vergas has visto en vivo? Ni una sola vez. Ni por accidente, ni en un vestidor, ni nada.

Bajó la mirada. Se mordió el labio. El silencio era una confesión.

—Y con esa autoridad das consejos. Qué huevos tienes, la neta.

Me sostuvo la mirada como retándome a ir más lejos. Sin decir nada, me puse de pie y, con toda la teatralidad posible, me bajé el cierre del pantalón. Saqué la verga, blanda pero proporcionalmente impresionante, y la dejé colgando frente a ella.

Mía se quedó boquiabierta. Solo se quedó ahí, mirándola, anonadada.

—Ahí tienes —le dije con una sonrisa—. Ahora sácate un video sobre esto.

Me subí el pantalón y salí.

***

La cena fue aburrida. Papá leía el periódico, mamá repartía platos y Mía respondía con monosílabos. Nadie mencionó nada.

No habían pasado diez minutos cuando alguien tocó la puerta. Era mamá, en bata. Una de esas que no ocultan, más bien acentúan. El corte abrazaba sus caderas, marcaba el relieve de sus tetas grandes y redondas, y la abertura dejaba ver la insinuación de unas bragas blancas. Tomás, mi mejor amigo, había hecho mil bromas sobre lo buena que estaba mi madre. Esa noche, por primera vez, le di la razón en silencio.

—¿Puedes venir a mi cuarto un momento, mi amor?

La seguí, intentando no mirarle el bamboleo del trasero bajo la bata.

Su cuarto olía a perfume floral. Se sentó en la orilla de la cama y palmeó el colchón. La bata se le subió un poco y dejó ver parte del muslo, pálido y suave.

—¿Qué le hiciste a tu hermana?

Me encogí de hombros.

—Nada. ¿Qué te dijo?

Suspiró. El escote se le abrió apenas y reveló la curvatura de sus pechos, contenidos por un ribete de encaje. Me obligué a mirarla a los ojos. ¿Qué demonios me pasa?

—Te conozco. Cuando Mía está «así» es porque hiciste algo.

—Solo le mostré la realidad. Alguien tenía que hacerlo.

Me puso la mano en la rodilla. Su tacto era cálido.

—Mía te quiere y te admira. No seas cruel, hijo.

Por un segundo sentí culpa. Después la reemplacé por cinismo y me levanté.

Salí rápido, pero la imagen de mamá en bata se me quedó flotando.

***

Pasaron dos días. Mía bajó su frecuencia de tres videos al día a uno cada dos. El tema migró discretamente de «energía sexual» a «amor propio».

La tercera noche me llegó un mensaje al celular.

«¿Puedes venir a mi cuarto?»

Sentí un escalofrío de morbo. Toqué, esta vez sí, esperando respuesta.

—Pasa.

Estaba sentada con un short negro corto y una blusa de manga larga que le quedaba grande. Me miró directo a los ojos.

—Quiero hablar en serio. No quiero que cuentes lo del otro día. A nadie. Ni a mamá. —Respiró hondo—. Y también… quiero que me ayudes.

—¿Con qué?

—Con lo que me dijiste. Tenías razón. No sé nada. No quiero ser como las otras, las que repiten lo que ven en internet. Y menos confiar en un pendejo de la escuela para aprender. Así que pensé que me podrías enseñar tú.

Me quedé mirándola como un imbécil.

—¿Quieres que te enseñe… sexo?

Asintió, apretando los puños sobre los muslos.

—Solo lo que tú consideres necesario.

La propuesta me pareció menos repulsiva de lo que debería. Sentí una emoción extraña y un poder embriagador subiendo por la columna.

—Va —dije—. Pero vamos a hacerlo bien. Vas a acatar lo que te diga sin preguntar, o se termina todo. ¿De acuerdo?

Soltó el aire, aliviada.

—Después de la cena.

***

Esperé media hora después de subir y caminé hacia su cuarto con una mezcla de ansiedad y morbo que nunca había sentido. Estaba sentada sobre la cama, las piernas cruzadas. La blusa blanca era tan vieja que transparentaba el contorno de los pezones. Me senté a menos de un metro.

Estiró la mano y la posó sobre la mía. Los dedos fríos, la palma húmeda.

—Gracias por aceptar. Confío en ti.

La sinceridad me tambaleó un segundo. Le retiré la mano con delicadeza.

—Bien. Quítate la blusa.

La instrucción flotó en el aire como una sentencia. Mía no protestó. Cerró los ojos, respiró profundo y, con una lentitud ceremonial, se subió la blusa por encima de la cabeza. Las tetas, tan perfectas que rozaban lo ridículo, quedaron expuestas. Pezones rosados, areolas pequeñas, todo simétrico.

—¿Así está bien? —preguntó, con la voz temblando pero sin quebrarse.

—Mejor de lo que esperaba.

—¿Y ahora?

La miré. Estaba completamente desconectado de mí mismo.

—Ahora quiero que me enseñes cómo te masturbas.

La voz se me quebró un poquito. Por un instante dudé que la frase hubiera salido de mi boca.

El silencio se instaló entre nosotros, denso. Tragó saliva y asintió. Se arrodilló sobre la cama y, con movimientos lentos, se bajó el short junto con las bragas, revelando el coño más suave y rosado que había visto en mi vida. Un pequeño triángulo de vello perfectamente recortado decoraba el monte de Venus.

Sus manos temblaban al tocarse. Acarició los labios exteriores con la punta de los dedos, los separó y dejó a la vista el clítoris, erecto y brillante. Empezó a gemir bajo. Me sorprendió la destreza con la que se tocaba, como si lo hubiera practicado en secreto durante años. Cuando finalmente se detuvo, jadeante, me miró con algo parecido al orgullo.

—¿Eso era lo que querías ver?

—Eres mejor de lo que pensaba.

Sonrió, casi desafiante, y se dejó caer de espaldas. Las piernas abiertas en una invitación silenciosa.

—¿Qué sigue?

Por primera vez sentí que el poder había cambiado de manos. La parte oscura de mi cerebro tomó el control.

—Ahora vas a aprender algo —le dije, y me desabroché el pantalón.

Saqué la verga. Mía abrió los ojos como platos. No apartaba la vista.

—Tienes que agarrármela —la reté.

Extendió la mano con una timidez que contrastaba con la seguridad de su pose anterior. Sus dedos cálidos la rodearon. La movió apenas, como calibrando el peso.

—Está caliente —murmuró, sorprendida.

—Es normal.

Le tomé la mano y la guié con el ritmo básico. En un momento, sin planearlo, deslicé la mía por su muslo hasta encontrarme con la entrada caliente y húmeda de su coño. No se apartó. Se recostó y abrió las piernas. Tracé círculos sobre el clítoris.

—Nunca me he metido nada —confesó.

—¿Ni un dedo?

Negó. Eso me calentó más. Empujé el dedo medio, despacio, sintiendo lo apretadísima que estaba. Avancé hasta tener las tres falanges adentro. Ella se aferró a mi verga como si necesitara algo sólido.

—Eh, sigue jalándomela —le recordé.

Obedeció. Su coño estaba tan mojado que los dedos se deslizaban produciendo un sonido obsceno.

—Hermanito… —gimió.

—¿Quieres que me venga?

—Sí. Quiero ver.

La frase, dicha con esa voz de niña buena pero cachonda, fue la gota que rebasó mi contención. El orgasmo me golpeó como una descarga. Chorros densos cayeron sobre su torso. Ella, casi al mismo tiempo, se revolcaba violentamente sobre mi mano. Nos quedamos jadeando como si acabáramos de saltar de un avión en llamas.

No sentí asco. No sentí arrepentimiento. Sentí victoria. Me limpié, le di una última mirada —tetas manchadas, ombligo perlado de gotas— y cerré la puerta sin hacer ruido.

***

Los días siguientes me dediqué a un hobby nuevo: espiar. Cada noche hacía mi ronda descalzo por el pasillo. La habitación de mis padres no ofrecía nada: silencio profundo, televisión murmurando. Su matrimonio era un cascarón vacío.

Una noche la puerta cedió más de lo esperado. Mamá estaba de pie junto al clóset, en bragas y nada más arriba. La curva de la espalda, el perfil de un pecho mientras se giraba. El pezón marrón oscuro contrastaba con la palidez de la piel. Me froté discretamente a través del pantalón. Se me cruzó la fantasía de entrar y darle un par de azotes sobre esas bragas viejas.

Al pasar por la puerta de Mía noté que estaba entreabierta. La empujé. Estaba tumbada, completamente desnuda, las piernas abiertas. Una mano sobre el clítoris, la otra apretándose un pezón. La almohada mordida para no hacer ruido. Se vino tensa como un arco. Me retiré antes de que abriera los ojos. Ya en mi cuarto me masturbé recreando ambas imágenes. Me corrí tan fuerte que me dejó temblando.

***

La noche siguiente entré al cuarto de Mía sin tocar. Se sobresaltó y cerró un libro de golpe.

—¿No te enseñaron a tocar?

—Tranquila, vengo en son de paz.

Trató de disuadirme. Agradeció mi «colaboración» con un lenguaje aséptico que me hizo reír por dentro y dijo que ya podía seguir aprendiendo por su cuenta. Decidí pegarle donde más le dolía.

—¿Investigando blogs y podcasts? Y por cierto, tu técnica al masturbarme fue un poco torpe.

El golpe dio. Sus labios formaron una pequeña «o» de sorpresa. Mía era simple en muchos sentidos, y nada la motivaba más que el miedo a ser considerada incompetente.

—¿Torpe?

—Es normal la primera vez. Pero necesitas práctica.

Le propuse una demostración, sin compromiso. Una estrategia clásica: el pie en la puerta. Asintió casi imperceptiblemente.

Me arrodillé entre sus piernas. Le bajé los shorts y las bragas. Las cerró por reflejo. Le puse las manos en las rodillas y, con presión suave pero firme, se las abrí.

Empecé besando los tobillos. Subí por las pantorrillas, deteniéndome detrás de las rodillas. Soltó un pequeño gemido cuando pasé la lengua por esa zona. Continué por los muslos, alternando besos ligeros y pequeños mordiscos. Respiraba cada vez más rápido.

Sin previo aviso, deposité un beso directo sobre su vagina. Gritó. Un sonido agudo que se transformó en un gemido largo. La besé otra vez, abriendo los labios para atrapar entre ellos sus labios menores. Estaba empapada.

Después usé la lengua. Lentamente, desde la entrada hasta arriba, deteniéndome justo antes del clítoris. Una vez, dos, tres. Tortura calculada. Quería que rogara.

—Por favor… más arriba —murmuró.

Sonreí contra su carne y deslicé la lengua sobre el clítoris. Su espalda se arqueó como si la hubiera atravesado una corriente. Variaba la presión, alternaba entre lametones largos y golpes rápidos con la punta. Añadí succión. Sus manos volaron a mi cabeza, dictando el ritmo. Introduje un dedo. La deshizo.

—No pares, no pares, no pares… —repetía.

Su cuerpo se tensó. Las piernas se cerraron alrededor de mi cabeza como un torno. Un gemido largo y profundo escapó de su garganta. Cuando se volvió hipersensible me pateó con ambas piernas. Me incorporé.

—Y eso —le dije— es apenas el principio.

***

Pasaron las semanas y la rutina se consolidó. Mía aprendía rápido. Sus mamadas pasaron de un intento descoordinado a algo casi fluido. Una noche le puse un cronómetro: si me hacía venir en menos de cinco minutos, pasábamos a la siguiente fase; si no, una semana más de práctica. Sabía que no llegaría a tiempo. Pero observarla esforzarse tanto valía la pena.

Mientras me chupaba, dejé caer la pregunta que llevaba días preparando.

—¿Has notado que mamá está cada vez más apagada?

Levantó los ojos sin soltarme. Murmuró algo, pero solo consiguió producir vibraciones que se sintieron muy bien.

—No hables con la boca llena —la regañé.

Asintió.

—Cada día más triste, más acabada. Papá ni siquiera la mira. Estaba pensando que tal vez tú podrías ayudarla. Tienes ese don para conectar con la gente. Quizás podrías acercarte más, pasar tiempo juntas.

Le brillaron los ojos. Asintió vigorosamente, sin dejar de chupar. Había algo cómico en su entusiasmo simultáneo por la felación y por la idea de ayudar a mamá.

—Siempre dice que tienes una energía especial que cambia a las personas.

Esto la complació enormemente.

A los cinco minutos sonó la alarma. Mía se apartó, jadeante y frustrada, los labios hinchados y brillantes de saliva. Me masturbé yo mismo con movimientos rápidos.

—Abre la boca.

Obedeció inmediatamente, sacando la lengua. Me corrí en su boca. Esta vez no escupió. Tragó todo sin hacer ni una mueca, sin apartar la mirada de la mía.

—La próxima vez lo conseguiré —declaró—. Solo necesito más práctica.

—Seguro. Mientras tanto, piensa en lo que te dije sobre mamá.

—Ya tengo algunas ideas. Podría invitarla a una sesión de meditación guiada, o a un taller de reconexión femenina del centro holístico al que voy.

Contuve una sonrisa. No era exactamente lo que tenía en mente, pero lo crucial era que Mía estaba entusiasmada con acercarse a mamá. Y eso era lo que yo quería.

***

Esa tarde llegué a casa antes de lo habitual. Solo el ruido metálico de utensilios en la cocina delataba la presencia de mamá. Ella estaba de espaldas, inclinada sobre la encimera, cortando verduras. Llevaba un vestido de algodón que se le ceñía a las curvas cada vez que se estiraba.

Me quedé en el umbral observándola. Era imposible no notar la similitud entre su figura y la de Mía. El mismo trasero redondo y firme.

Sintió mi presencia. Alzó la vista, dio un respingo.

—¡Diego! Me asustaste.

—Perdón. No quería interrumpirte.

Sonrió. Algo en esa sonrisa, una chispa de juventud que rara vez mostraba.

—¿Qué haces ahí parado como una estatua? ¿Te gusta lo que ves?

El comentario juguetón de una madre que no piensa. Dos semanas antes habría respondido con una evasiva. Pero algo había cambiado. Las sesiones con Mía me habían dado una perspectiva nueva sobre los límites que podían cruzarse.

—Me encanta la vista, de hecho.

Soltó una risita nerviosa y volvió a las verduras. Avancé. Me coloqué justo detrás, tan cerca que podía olerle el perfume. La rodeé con los brazos por la cintura. Se tensó un segundo, pero no se apartó. Apoyé la barbilla en su hombro y, en un movimiento calculado, presioné la pelvis contra su trasero.

—¿Qué cocinas?

Rio, esta vez con un tono más grave, casi gutural.

—La cena. Pollo con… —se interrumpió, la voz un poco temblorosa—. ¿Qué te picó hoy? Estás muy cariñoso.

—¿No puedo abrazar a mi madre?

Mi erección, no completamente formada, era lo bastante perceptible como para que la sintiera contra sus nalgas. Sentí cómo se movía: un pequeño ajuste de posición que cualquier otro habría interpretado como incomodidad, pero que yo reconocí como curiosidad.

—Claro que puedes —dijo, dejando el cuchillo—. Solo me sorprende.

Me separé. El secreto de la cacería es la paciencia. Me apoyé en la encimera a su lado y le dije alguna cosa sobre Mía. Le brillaron los ojos cuando mencioné a su hija. Quizás esperanza.

—Voy a subir a descansar un rato.

Pero antes de salir, me giré, alargué el brazo y le di una nalgada. Sonora. Sólida. Deliciosa. Porque un culo así de bien formado merece ser reverenciado. El gemido que se le escapó fue breve pero inconfundible. Mezcla de sorpresa y algo más profundo, más primario. Se quedó paralizada con las manos sobre la encimera, sin voltearse.

—Te veo en la cena —dije, como si nada, y salí de la cocina.

Mientras subía las escaleras, una sonrisa de satisfacción se me extendió por la cara. Mía iba a ser el puente. Mamá, el siguiente paso. Y yo, que nunca me había negado un capricho, no iba a empezar ahora.

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Comentarios (5)

DanteR_27

Tremendo relato. El arranque te atrapa de entrada y no podes soltar, muy bien escrito.

naranjito_ok

jajaja el numerito me mato!!! muy buena premisa

Ferchu_BA

Quede con ganas de mas, espero la segunda parte pronto.

PedroDelRio

Bien narrado, se nota habilidad para contar una historia. Seguí así!

GatoGris87

Esta categoria tiene buenos relatos pero este es de los mejores que lei. Bravo.

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