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Relatos Ardientes

La mañana que mi hermana tiró de la sábana

Me llamo Mateo y acababa de cumplir diecinueve años el mes anterior. Vivía con mi madre, Carolina, una mujer que a sus cuarenta y cinco todavía hacía girar cabezas en la calle, y con mi hermana Camila, que estaba por cumplir dieciocho. Mi padre se había marchado de casa hacía seis años, después de un divorcio feo en el que se mezclaron secretos, una amiga de la familia y demasiadas palabras dichas a gritos.

De aquella historia nos quedó una casa más silenciosa y una intimidad rara entre los tres. Andábamos en ropa interior por la cocina, dormíamos con la puerta entornada, nos sentábamos en el sofá pegados unos a otros sin pensarlo. No había malicia. Solo confianza acumulada durante años, esa costumbre familiar de no esconderse nada.

El problema empezó conmigo. Camila se parecía cada vez más a nuestra madre. La misma cintura estrecha, los mismos ojos oscuros, una sonrisa que iba aprendiendo a usar. Yo me hacía el distraído cuando ella cruzaba el pasillo en bragas, pero por las noches, encerrado en mi cuarto, me la pelaba pensando en ella hasta correrme dos y tres veces sobre el vientre. Era mi hermana. Era exactamente lo que no debía mirar.

Las mañanas eran lo peor. A mí me costaba arrancar el día, y Camila había convertido en juego eso de despertarme. Entraba dando saltitos, tiraba de la sábana, me hacía cosquillas en las costillas. Yo dormía en calzoncillos, ella en camiseta y braguitas. Nada parecía pasar. Hasta aquella mañana de jueves.

—Vamos, dormilón, que mamá ya está abajo —dijo agarrando la sábana con las dos manos.

Tiró fuerte. La sábana voló por el aire y se quedó hecha un ovillo a sus pies. Yo estaba boca arriba, con una erección imposible de disimular asomando por el borde del calzoncillo. La punta de la polla había escapado, gorda y roja, y se apoyaba sobre mi muslo con un hilo de líquido preseminal brillando en la abertura. No me dio tiempo a cubrirme.

Camila se quedó quieta. Su mirada bajó hasta ese punto y se demoró ahí más de lo razonable. Vi cómo se le entreabrían los labios y cómo tragaba saliva.

—Vaya, Mateo —dijo bajito, sin apartar los ojos—. ¿Con quién soñabas?

—Camila, sal de aquí —murmuré, tirando de la almohada para taparme.

Pero ella no se movió. Se sentó en el borde de la cama, despacio, y apartó la almohada con la palma.

—Déjame mirarla un momento. Solo eso —susurró.

—Si mamá nos pilla, nos mata.

—Mamá está abajo, con la radio puesta. Solo un momento.

Antes de que yo respondiera, ella misma me bajó el calzoncillo hasta los muslos. La polla saltó libre y dio un latigazo contra mi vientre. Camila abrió la boca de puro asombro.

—Madre mía —dijo—. No me la imaginaba así de gorda.

Yo no podía hablar. Solo sentía el corazón en la garganta y un calor que me subía por todo el cuerpo. Su mano se acercó, dudó y, al final, cerró los dedos alrededor de la base. La apretó. Me la levantó del vientre y se quedó mirándomela como si fuera un animal que no supiera si mordía. La piel se le puso de gallina en el antebrazo cuando la sintió palpitar contra su palma.

—Te la chuparía —murmuró.

—Camila, no…

—Solo un poquito. Antes de que mamá suba.

Bajó la cabeza. Sentí su aliento primero, después la lengua tanteándome el glande con la punta, después los labios cerrándose alrededor con una torpeza tierna. No supo qué hacer al principio y se atragantó al segundo empujón, tosiendo con la boca llena. Se apartó, se rió con un hilo de saliva colgándole del labio, y volvió a metérsela. Esta vez chupó más despacio, hundiéndose todo lo que podía, sacándola brillante, chupando la punta con los labios apretados y luego bajando otra vez. La lengua se le enroscaba en el frenillo. Le acaricié el pelo. Ella cerró los ojos y gimió con la polla dentro, y ese sonido, el sonido de mi propia hermana gimiendo mamándomela, casi me hace correr.

—Camila, para, que me voy —susurré, tirándole del pelo hacia arriba.

La sacó de la boca con un chasquido, jadeando, y se la quedó mirando de cerca con los ojos vidriosos.

—¡Niños, a desayunar! —llegó la voz de mamá desde abajo.

Camila se incorporó de golpe, con las mejillas encendidas y la barbilla mojada. Antes de salir del cuarto, se quitó la camiseta y las braguitas con un gesto rápido y se quedó frente a mí, completamente desnuda, durante un segundo entero. Tenía las tetas pequeñas con los pezones tiesos como piedras y un triángulo de vello oscuro y recortado entre las piernas.

—Para que tampoco se te olvide —dijo, y se vistió otra vez con la misma rapidez.

***

Desayunamos como cada día, en ropa interior los tres, con la cafetera echando humo y la radio en sordina. Pero yo ya no veía lo mismo. Veía las piernas de mi hermana cruzándose y descruzándose bajo la mesa. Veía cómo me rozaba la pantorrilla con el pie, fingiendo que era casualidad. Veía los pechos de mi madre apretados dentro de un sostén negro y la forma en que se inclinaba para servirnos el café, marcándole el escote.

—¿Qué os pasa hoy a vosotros dos? —preguntó mamá—. Estáis con risitas de tontos.

—Nada, mami —dijo Camila, mordiéndose el labio—. Que Mateo amaneció con tienda de campaña otra vez.

Estuve a punto de atragantarme. Mi madre soltó una carcajada limpia, sin asomo de incomodidad.

—Pues normal, hijo. A vuestra edad sería raro lo contrario.

Me levanté con la excusa del azúcar. De pie, dándole la espalda a mi madre, me bajé un dedo el calzoncillo lo justo para que Camila lo viera. Ella se mordió el puño para no reírse. Mi madre seguía hablando del clima, ajena a todo. Eso creía yo entonces.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Roces calculados en el pasillo, miradas largas frente al espejo del baño, mensajes de mi hermana a las tres de la mañana preguntándome si estaba despierto. Nunca llegamos hasta el final. Solo flirteábamos con la idea, le dábamos vueltas, nos asomábamos al borde y volvíamos a retirarnos.

Hasta el sábado siguiente.

***

Mamá salió temprano. Tenía una clase de cerámica a la que no quería faltar y nos dejó una nota en la encimera junto al desayuno: «No os volváis a dormir, sois mayorcitos. Os quiero». Camila vino a mi cuarto a las nueve. Cerró la puerta con pestillo. Cuando me destapó, no llevaba absolutamente nada encima.

—Hoy no hay mamá —dijo.

No hablamos mucho más. Se subió a la cama, se acomodó a horcajadas sobre mí y me besó. Era su primer beso de verdad, lo supe porque al principio se quedó tiesa y porque después de unos segundos empezó a probar cosas, a torcer la cabeza, a buscar el ángulo. Le metí la lengua despacio. Ella suspiró dentro de mi boca y frotó el coño desnudo contra el bulto del calzoncillo, empapándomelo en dos pasadas.

—Quiero que me enseñes —susurró—. Enséñame a follar, Mateo.

La giré sobre la cama. Le besé el cuello, las tetas pequeñas y firmes, le atrapé un pezón entre los dientes y tiré hasta que se le escapó un gemido agudo. Le besé el ombligo, la cara interna de los muslos. Le abrí las piernas con las dos manos y me quedé mirándole el coño de cerca. Estaba brillante, hinchado, con los labios menores asomándose entre los mayores y una gota espesa colgándole de la entrada.

—¿Por qué nadie me había dicho que esto se sentía así? —preguntó con la voz rota cuando le pasé el pulgar por el clítoris.

Bajé la boca. Le lamí desde abajo hasta arriba, muy despacio, recogiéndole todo lo que tenía y saboreándolo. Camila arqueó la espalda de golpe y soltó un grito ahogado que amortiguó con la almohada. Le clavé la lengua en la entrada, se la metí todo lo que pude, y después subí al clítoris y me quedé ahí, chupándoselo con los labios y con la punta de la lengua a la vez. Ella me apretó la cabeza contra el coño con las dos manos.

—Mateo, no pares —repetía—. Por favor, no pares, joder, no pares.

Le metí primero un dedo, después dos. Estaba tan estrecha que el segundo entró con trabajo. Le doblé los dedos hacia arriba, buscando el punto por dentro, mientras seguía chupándole el clítoris. Camila empezó a temblar. Le corrían gotas de sudor por el cuello. Se corrió apretándome la cabeza tan fuerte que casi no podía respirar, con los muslos cerrándose contra mis orejas y un temblor largo que le duró casi un minuto entero.

Cuando levanté la cara, la tenía brillante hasta la barbilla. Ella me miró jadeando y se rió sin aire.

—Ven —dijo—. Ponte al revés. Yo también quiero probar.

Nos colocamos en sesenta y nueve, conmigo abajo y ella encima. El coño se me quedó abierto sobre la boca. Le agarré las nalgas con las dos manos y volví a comérselo desde abajo, metiéndole la lengua hasta el fondo, mientras arriba ella se acomodaba la polla en la boca y empezaba a mamármela otra vez. Su boca era inexperta, pero entusiasta. Lo que le faltaba en técnica lo ponía en ganas, escupía saliva sobre el glande, la extendía con la mano, se la metía toda hasta que se atragantaba, la sacaba con un hilo de baba y volvía a empezar. Yo se lo pasaba a base de lengua, parando justo antes del clímax cada vez que la sentía temblar. Tres veces. Cuatro. A la quinta, ella se vino con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, con la polla dentro de la boca, y me dejó una marca de uñas en el muslo que me duró una semana.

—Ahora dentro —dijo después, dándose la vuelta y recuperando el aliento sobre mi pecho—. Quiero sentirte dentro. Quiero que me la metas hasta el fondo.

—¿Estás segura?

—No te imaginas cuánto. Fóllame, Mateo.

La coloqué boca arriba, le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Le pasé el glande por el coño empapado, arriba y abajo, mojándomelo bien. Ella soltó un gemido de pura anticipación. Empujé despacio, con miedo de hacerle daño. El glande entró con dificultad. Ella apretó los ojos y se aferró a mis hombros, clavándome las uñas. El primer empujón le sacó una mueca. Esperé, con solo la punta dentro, dejando que se acostumbrara. Le besé la frente. Cuando volví a moverme, entré un poco más. Y otro poco. Y otro poco, hasta que sentí que le tocaba el fondo y que ella se tensaba de golpe.

—Ay —susurró—. Ay, joder.

—¿Te duele?

—Un poco. No pares. Muévete despacio.

Empecé a moverme con embestidas cortas, saliendo hasta la mitad y volviendo a entrar. El coño se le apretaba alrededor de la polla como un guante caliente. Camila me clavaba los talones en la espalda y jadeaba en mi oreja. Al cabo de un minuto ya no había gesto de dolor, solo respiración entrecortada y una sonrisa que se ensanchaba cada vez que entraba un poco más. Le agarré una teta con la mano libre y le pellizqué el pezón. Ella gimió sin disimulo.

—Más fuerte —pidió—. Más, Mateo, dame más fuerte.

La cogí de las caderas y empecé a follármela en serio, con embestidas largas y secas que hacían crujir la cama contra la pared. Ella me miraba de abajo hacia arriba con la boca abierta, con las tetas botando al ritmo de los golpes, mordiéndose el labio para no gritar. La puse a cuatro patas y volví a metérsela desde atrás. Desde ahí le vi el culo levantado, el coño estirado alrededor de la polla y el hoyo apretado justo encima. Le clavé el pulgar ahí, sin metérselo, solo para presionar, y ella se corrió en el acto, apretando el coño alrededor de la polla en oleadas.

—Me corro —le avisé cuando ya no aguantaba—. Camila, me corro.

—Sácala. Sácala y córrete en las tetas.

La saqué. Ella se dio la vuelta rápido, se puso de rodillas frente a mí y se apretó las tetas juntas con las dos manos. Le eché tres chorros gordos que le cayeron entre los pechos y le llegaron a la barbilla. Se pasó un dedo por el cuello, recogiendo el semen, y se lo metió en la boca sin dejar de mirarme.

—Está saladito —dijo, riéndose.

Terminamos en la ducha. Le enjaboné la espalda y ella me devolvió el favor de rodillas, con una paciencia que no me esperaba, chupándomela otra vez con el agua caliente cayéndonos encima hasta que se la volví a meter contra los azulejos y le eché otra corrida dentro, esta vez sin avisar. Cuando salí, me dejé caer en la cama con la sensación de que había cruzado una línea que no se podía deshacer. Camila se acurrucó contra mi pecho.

—No se lo digamos a mamá —dijo.

—Por supuesto que no.

***

Esa noche, durante la cena, mi madre nos miró de una forma que me dejó frío.

—No habéis desayunado, ¿verdad?

—Nos quedamos dormidos —contesté.

—Ya —dijo, sirviéndose vino—. Claro.

Camila empezó a parlotear sobre la escuela, sobre una profesora nueva, sobre un examen de literatura. Hablaba demasiado y demasiado rápido. Mi madre asentía, sonreía y, cada cierto tiempo, volvía a posar los ojos en mí. Tenía la mirada de quien ya sabía.

Cuando recogimos los platos, se sentó en el sofá y dio una palmadita al cojín de al lado.

—Venid los dos.

Obedecimos. Camila a un lado, yo al otro. Mi madre no dijo nada durante un buen rato. Solo nos pasó la mano por el pelo a cada uno, como cuando éramos pequeños.

—¿Habéis follado? —preguntó al fin.

Nadie respondió. Nadie hacía falta.

—No pasa nada, hijos. De verdad. A vuestra edad y con la complicidad que tenéis, era cuestión de tiempo. —Hizo una pausa larga—. Pero esto no se cuenta. Nunca. La gente de fuera no lo entendería.

—Mami, no te enfades —susurró Camila.

—No estoy enfadada, cariño. Os voy a contar una cosa. Desde que vuestro padre se fue, me pasé mucho tiempo pensando que me había vuelto una mujer rara. Probé cosas que antes no me habría atrevido ni a imaginar. Aprendí mucho. Y aprendí, sobre todo, que el deseo no se discute, se respeta.

Me miró a los ojos.

—Mateo, hijo, eres un chico muy guapo. Más de una noche me he metido en la ducha metiéndome los dedos pensando en cosas que una madre no debería pensar. No te creas que soy de piedra.

Camila se quedó callada. Yo también. La sala olía a vino y a algo más, algo eléctrico que no sabía nombrar.

—Si los tres queremos —dijo mi madre—, podemos hablarlo. Sin secretos. Pero solo si los tres queremos.

—Yo quiero —dijo Camila de inmediato.

Mi madre giró la cabeza hacia mí. Esperó.

—Yo también —respondí.

***

Mi madre se levantó del sofá y se quitó la camisa con la naturalidad de quien se desabrocha los zapatos en su propia casa. Después la falda, después el sostén negro, después las bragas a juego. Su cuerpo era el de una mujer que se había cuidado. Los pechos firmes, más grandes que los de Camila, con los pezones oscuros y anchos. La cintura estrecha, una cicatriz fina sobre el ombligo que yo no había visto nunca, el coño depilado por completo y ya brillante entre los muslos.

—Venid —dijo.

Camila se desnudó primero. Yo lo hice después. Se me puso durísima antes de que llegáramos al pasillo. Mi madre se giró en la puerta del dormitorio, me la vio y se rió por lo bajo.

—Tranquilo, hijo. Vamos a aprovecharla.

Nos llevó al dormitorio sin prisas, como quien guía a dos invitados a la sala buena.

Empezó por Camila. La sentó en el borde de la cama y se arrodilló entre sus piernas. Le abrió los muslos con las manos y le empezó a comer el coño delante de mí, mirándome a los ojos por encima del monte de mi hermana. Camila echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo. Mi madre le lamía con la lengua plana, subiendo desde la entrada hasta el clítoris, mientras se metía dos dedos en su propio coño. Yo me la pelaba de pie viéndolas.

—Ven aquí —me dijo mi madre sin dejar de chupar—. Ponte detrás.

Me arrodillé detrás de ella. Le pasé la polla por el culo. Ella arqueó la espalda y me ofreció el coño. Cuando entré por primera vez en mi madre, ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un sonido grave, casi un rugido, que me hizo perder el ritmo durante un instante. Estaba más ancha que Camila y más caliente, con las paredes internas apretándome en oleadas, como si tuviera vida propia.

—Sigue, hijo —dijo—. Despacio. Fóllame despacio y déjame trabajar.

Volvió a bajar la boca al coño de Camila. Yo la agarré de las caderas y empecé a moverme detrás, saliendo casi entera y volviendo a entrar. Mi hermana, con las piernas abiertas y las manos enredadas en el pelo de mamá, jadeaba y me miraba por encima del hombro de ella. La cama olía a las tres personas a la vez. Camila se corrió primero, apretando la boca de mi madre contra el coño, con los pies en el aire y los dedos apretándole la nuca. Mi madre se levantó de entre sus piernas con la barbilla brillante, se giró sobre mi polla sin sacársela y me miró con los ojos entornados.

—Ahora tú, cariño. Dámelo todo. Córrete dentro de mamá.

La eché encima de Camila. Mi hermana la abrazó por debajo, la besó, le chupó los pechos mientras yo se la clavaba desde atrás con embestidas duras. Las dos juntas, en la cama, una debajo de otra, era demasiado para procesarlo. Aguanté lo que pude. Cuando terminé, le eché una corrida larga dentro y mi madre me sujetó la mano contra su cadera para que no me apartara.

—Quédate ahí —murmuró—. Un momento más. No la saques todavía.

Se quedó apoyada sobre Camila un rato, con la polla dentro y perdiendo semen despacio. Después se dio la vuelta, se abrió de piernas y le pidió a Camila que le limpiara el coño con la boca. Vi a mi hermana lamerle a nuestra madre la corrida mía como si fuera lo más natural del mundo. Mi madre le acariciaba el pelo y le susurraba «así, cariño, así».

Después fue el turno de Camila otra vez. Mi madre la guió con la boca primero y conmigo después, controlando el ritmo con la misma calma con la que controlaba todo, indicándome cuándo entrar más profundo, cuándo bajarle a un pecho, cuándo besarla en la boca. Mi hermana se vino dos veces seguidas, agarrada a la sábana, llorando un poco de pura sorpresa, con mi madre sujetándole la cabeza y susurrándole cerca de la oreja.

Acabamos los tres en la cama de mi madre, sudados, sin hablar, escuchando el ventilador del techo. Camila se durmió primero, abrazada al brazo de mamá. Yo la miré dormir desde el otro lado.

—¿Estás bien? —me preguntó mi madre en voz baja.

—Sí. Creo que sí.

—Mañana hablamos. Hay reglas, hijo. Pocas, pero importantes.

—Vale.

—Y nada de esto sale de esta casa.

—Lo sé.

Se quedó dormida con la mano sobre mi pecho. Yo tardé más. Pensaba en la mañana de jueves, en cómo Camila había tirado de la sábana sin imaginar lo que venía, en aquella primera mirada suya hacia mi entrepierna. Una cosa pequeña había abierto una puerta que ya no sabía si quería cerrar. Tampoco estaba seguro de querer abrirla más. Pero esa noche, escuchando la respiración de las dos mujeres más importantes de mi vida, supe que aquella casa había dejado de ser la que era. Y, por lo menos por ahora, no me arrepentía.

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Comentarios(9)

RaulMza

excelente!!!

MarcosBaires

Eso de que cambio la forma en que se hablaban... tremendo. Deja picando

Nati_P

Me recordo a una situacion parecida en mi casa, aunque sin llegar a tanto jaja. Muy bien contado, se siente real.

Luciana_V

Por favor que haya continuacion, dejo todo en suspenso y quede con ganas de mas

CuriosaNocturna

La tension del principio esta muy lograda, se nota que sabe escribir. Distinto a lo que se lee normalmente aca.

PatriciaFdz

Se hizo corto!! Necesito saber que paso despues de ese momento

Tomas_NQN

Muy buena historia. Me gusto que no es burda, tiene su intriga y te va enganchando de a poco. Ojalá escribas mas relatos asi.

DiegoMza

Buenisimo, leido de un tirón

Gonzalo_NQN

De las mejores que lei aca ultimamente. Saludos

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