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Relatos Ardientes

Dos noches a solas con el esposo de mi hermana

Mateo terminaba un viaje de trabajo en Houston y llegaba a Cancún el jueves por la tarde para encontrarse conmigo. Yo había aterrizado esa misma mañana, adelantándome al resto. Mi hermana Lucía recién llegaba el sábado temprano y desde ahí los tres nos movíamos a Playa del Carmen para empezar las vacaciones de verdad. Hasta entonces me tocaban casi dos días con mi cuñado, solos.

Conozco a Mateo desde hace diez años, desde que empezó a salir con Lucía. Hemos viajado juntos varias veces, en familia, y siempre nos llevamos bien. Es de esos hombres que escuchan, que se ríen sin estridencia y que saben elegir vino. Nunca había pensado en él como otra cosa que el marido de mi hermana.

En el hotel pedimos una habitación con dos camas separadas. Cuando llegué a recepción me dijeron que solo tenían disponible una con cama matrimonial. Me encogí de hombros, ya estaba ahí, y acepté. Pasé el día en la piscina y en el jacuzzi, leyendo un libro que no terminé y tomando margaritas que no debí. A las seis llegó él.

—¿Cama matrimonial? —preguntó al entrar, con esa media sonrisa suya.

—No tenían otra. ¿Te molesta?

—Para nada. Si te portás mal, te mando al sillón.

Nos reímos. Decidimos arreglarnos para salir a cenar. Era mi primera vez en México y él conocía la zona como si fuera su barrio. Me dijo que me iba a llevar al mejor lugar de mariscos del centro.

Como hacía treinta y cuatro grados afuera, me puse una minifalda corta, de las que uso siempre, y una remera de lycra blanca sin corpiño. Sandalias de taco. Cuando salí del baño, lo encontré ajustándose el cuello de la camisa frente al espejo. Nuestros ojos se cruzaron un segundo de más.

—Estás linda —dijo, y volvió a mirarse al espejo.

Cenamos en un restaurante con vista al mar, tomamos café en un lugar de música en vivo y caminamos por el malecón hasta que se nos enfrió la espalda. Todo muy normal. Volvimos al hotel, yo me cambié en el baño, él en la habitación, y nos acostamos en la misma cama manteniendo una distancia prudente. Esa noche dormí pensando que el calor de su cuerpo se notaba aunque hubiera medio metro entre los dos. Me metí una mano entre las piernas debajo de la sábana, con el coño ya empapado, y me hice acabar mordiéndome el labio para no hacer ruido, imaginándome que la mano era la suya.

***

Al día siguiente desayunamos en el hotel y manejamos hasta una playa que él conocía, ancha y blanca, con palmeras y gente joven. Alquilamos camastros, pedimos cervezas y nos tiramos al sol.

Yo había venido decidida a hacer topless. Lo había hablado con Lucía y ella me había dicho que se animaba conmigo. Mirando a mi alrededor, todas las mujeres lo hacían sin drama. Mateo, después de un rato, me lo dijo en voz baja.

—¿No ibas a aprovechar el viaje?

—Quería esperar a Lucía. Sola me da no sé qué.

—Acá nadie te conoce. Y todas lo hacen.

Lo pensé un minuto, miré alrededor y me solté la parte de arriba de la bikini. Los primeros segundos sentí que todo el mundo me observaba. Después, nadie. Hasta entré al mar con él como si fuera lo más natural, sin acordarme. En un momento, mientras me ponía bronceador en los hombros, lo agarré mirándome. No con disimulo. Mirándome de verdad, con la vista clavada en mis tetas mojadas. Sentí calor en la cara, y otra cosa más abajo. Mis pezones se pusieron duros como piedras y él bajó la vista al instante, pero yo alcancé a ver el bulto que se le marcaba en el traje de baño.

Almorzamos en un centro comercial cerca de la zona hotelera. Después caminamos por las tiendas y entramos en una de ropa interior. A Mateo le encanta esa marca, le compra cosas a Lucía cada vez que viaja. Yo me enganché con un conjunto de encaje negro, brassier de aros y bombacha colaless, y me lo llevé al probador.

—A ver, mostrame —dijo desde afuera, en el pasillo.

Abrí la puerta del probador con el brassier puesto. Él me miró de arriba abajo, sin apuro.

—Te queda increíble. Probate la bombacha, así vemos el conjunto entero.

Cerré la puerta. Me cambié temblando un poco. Cuando abrí de nuevo, estaba prácticamente desnuda frente a él, en un pasillo vacío, con una luz amarilla que no perdonaba nada. La bombacha colaless me dejaba el culo entero al aire y por delante era un triángulo de encaje que apenas cubría el coño. Vi cómo se le movió la nuez al tragar saliva, y cómo se le hinchaba el pantalón.

—Es perfecto —dijo, con la voz un poco ronca—. Comprátelo.

Lo compré sin mirar el precio.

***

Después del mall decidimos volver a la playa. El día seguía espléndido. En lugar de manejar hasta la zona del mediodía, paramos en otro estacionamiento más al sur, bordeado por una hilera de plantas altas que no dejaban ver hacia el otro lado. Subimos la escalera de madera y llegamos al final del sendero.

Era una playa nudista. No habíamos leído ningún cartel. Mateo y yo nos miramos sin saber qué hacer. La gente caminaba sin un hilo encima, hombres y mujeres de todas las edades, sin pudor. Pensamos en buscar otra playa, pero ya habíamos pagado el estacionamiento y no teníamos ganas de volver al auto. Mateo, que llevaba un traje de baño tipo competición, chico y ajustado, se encogió de hombros. Yo tenía mi colaless mínima.

—Ya estamos acá —dijo.

Caminamos como cien metros hasta encontrar un lugar más vacío. Pusimos las lonas y nos sentamos. Empecé a mirar a la gente con una mezcla de curiosidad y vergüenza ajena. Cuerpos hermosos, cuerpos comunes, cuerpos arrugados. Hombres con vergas muy distintas entre sí, algunas colgando gordas, otras chicas y encogidas por el agua fría. Mujeres con coños depilados, otras con vello espeso, tetas de todos los tamaños. Mateo notó dónde se me iban los ojos y se rió.

—¿Te divierte?

—Más de lo que esperaba.

Hablamos de los cuerpos como si comentáramos una película. Sin tabúes. Después de un rato me quité la parte de arriba como había hecho a la mañana. La gente nos miraba raro a nosotros, los únicos vestidos. Mateo me dijo, casi en broma:

—¿Y si nos sacamos todo?

—Ni loca.

—Pensalo. Nadie nos conoce. Nunca volvemos a esta playa. Es nuestro secreto.

Lo pensé. Lo pensé más de lo que debí. Y le dije que sí.

Me bajé la bombacha despacio, dándole la espalda al principio, y me acosté boca abajo en la lona. Él se quitó el traje de baño y se acostó al lado mío. Cuando giré la cabeza, vi que estaba increíblemente bien dotado: una polla gruesa, larga, con la cabeza rosada asomando entre los muslos. Se le notaba pesada aunque estuviera fláccida. Mi hermana es una afortunada, pensé, y me odié un poco por pensarlo. Se me hizo agua la boca imaginando qué se sentiría tenerla adentro.

Nos pusimos protector solar en los lugares que nunca habían visto el sol. Conversamos de cualquier cosa para olvidar dónde estábamos. Después de un rato cambiamos de posición, boca arriba, y ya no pude evitar mirarlo de reojo. Su verga se movía apenas al ritmo de la respiración. Él hacía lo mismo conmigo, con los ojos yendo y viniendo entre mis pezones y mi coño depilado. Cuando entramos al mar, las olas nos empujaban una contra el otro, y cada vez que su cuerpo me rozaba sentía un escalofrío que no era por el agua fría. En un momento su polla, medio dura ya, me rozó la cadera bajo el agua y los dos fingimos no notarlo.

***

Volvimos al hotel a las seis. Nos bañamos —en turnos, claro— y salimos a cenar a un restaurante en el centro. Una botella de vino, después una segunda, después dos tequilas que no debimos pedir. Nos reíamos de la playa nudista como dos cómplices. «Nadie debe enterarse nunca», dijo él, y yo le choqué la copa.

De ahí pasamos a un bar con música electrónica. Bailamos primero separados, después tomados de las manos, después con los cuerpos pegados. En un momento me giré y le di la espalda, moviendo las caderas contra él. Sentí su erección contra mi cola, durísima, marcándose entera contra la tela de mi vestido. No me aparté. Bajó las manos hasta mis caderas y me apretó contra él, restregándome esa verga contra el culo, y yo me dejé, moliendo las nalgas contra él al ritmo de la música. Una de sus manos subió y me rozó el pecho por encima del vestido, sintiendo cómo el pezón se levantaba. Llevábamos doce horas postergando esto.

Fui al baño con la excusa de retocarme. Cuando me bajé la tanga descubrí que estaba completamente empapada, hilos de flujo se me escurrían entre los labios del coño. Me metí dos dedos y los saqué brillantes. Me quedé mirándome al espejo un rato, decidiendo qué hacer. Cuando volví a la pista, le dije que nos fuéramos al hotel.

***

En la habitación, él entró primero al baño. Yo me senté en el borde de la cama, me saqué las sandalias y esperé mi turno. Cuando salió, se había puesto un slip y se estaba pasando crema post solar en el pecho y los brazos. Tenía la piel colorada de las horas al sol.

—Buena idea —le dije—. A mí me arde toda la espalda.

—¿Querés que te pase yo?

Lo miré. Él me miró. Los dos sabíamos lo que estábamos diciendo.

—Sí.

Apagó la luz del techo y dejó solo la lámpara del rincón. Puso música suave en el equipo, algo lento, sin letra. Yo me senté en el borde de la cama y me bajé los breteles de la remera. Él se sentó atrás mío y empezó a pasarme la crema por los hombros, despacio, con las dos manos.

La sensación era fresca, deliciosa. Cerré los ojos. Las manos de Mateo bajaron por mi espalda y, cuando llegaron a la altura de la cintura, me levantó la remera para seguir. Yo terminé de sacármela. Quedé con el torso desnudo, la falda corta, la tanga.

Sus manos rodearon mi cintura desde atrás y subieron por delante. Cuando me cubrieron los pechos, solté el aire que tenía guardado hacía dos días. Sus dedos giraban alrededor de los pezones, los pellizcaban con cuidado, los estiraban hasta hacerme gemir bajito. Sentí su respiración entrecortada en mi cuello, y su polla dura clavándose en mi espalda a través del slip.

—Estás toda mojada, ¿no? —me susurró al oído.

—Empapada —le contesté sin pensarlo.

Después vinieron los labios. En la nuca, en el hombro, en la mejilla. Giré la cabeza y lo besé. Su lengua contra la mía, honda, sucia, sus manos buscando entrar bajo la falda. No fue difícil, era demasiado corta. Cuando sus dedos llegaron al borde de la tanga, abrí las piernas sin pensar. Los metió por debajo del elástico y encontró mi coño chorreando. Se le escapó un gemido ronco cuando sintió lo mojada que estaba.

—No podemos —murmuré, mientras él me abría los labios con dos dedos y empezaba a acariciarme el clítoris en círculos lentos.

—Lo sé —dijo, y hundió dos dedos dentro de mí hasta los nudillos.

No paramos.

Caímos en la cama. Nos quitamos lo que quedaba con manos torpes: la falda voló, la tanga se enredó en mis tobillos, el slip de él salió disparado. Le recorrí el cuerpo entero con la boca hasta encontrar lo que ya había visto en la playa. Ahora estaba durísima, gruesa, con las venas marcadas y la cabeza brillante de líquido preseminal. Era todo lo que había imaginado y un poco más. La agarré con las dos manos y me la acerqué a la cara. Le pasé la lengua por toda la vena de abajo, desde los huevos hasta el glande, despacio, mirándolo a los ojos. Él soltó un gemido largo.

—Puta madre, Cami...

Me la metí en la boca, lento al principio, apenas el glande, jugando con la lengua alrededor de la corona. Después la fui tragando de a poco, hasta que se me clavó en la garganta y sentí las arcadas. Salí, escupí saliva encima, y volví a hundírmela hasta el fondo. Le mamé la polla con ganas, chupando, subiendo y bajando la cabeza, haciendo ruidos de saliva. Con una mano le acariciaba los huevos, con la otra le bombeaba la base. Él me agarraba del pelo, sin empujar, dejándome hacer.

—Vení acá —me dijo—, quiero probarte.

Me giró en la cama y me acomodó encima de su cara. Yo seguí con la verga en la boca. Cuando sentí su lengua contra mi coño casi me caigo. Empezó lamiéndome de abajo hacia arriba, largo, ancho, empapándome entera. Después se concentró en el clítoris, chupándolo, tironeándolo con los labios, mientras me metía dos dedos y me los curvaba adentro buscando ese punto. Hicimos un sesenta y nueve que duró demasiado y no lo suficiente, gimiendo los dos con la boca llena. Cuando sentí que me iba a acabar, tuve que sacarme su polla de la boca para poder respirar y gritar. Me corrí encima de su cara, empapándolo, temblando con las piernas apretadas contra sus orejas.

—Vení, quiero sentirla adentro —le supliqué apenas pude hablar.

Me subí encima. Despacio. Agarré su verga con la mano y la guié hasta la entrada de mi coño. La froté contra mis labios, contra el clítoris, mojándola bien. Después empecé a bajar. Sentir cómo entraba, cómo me abría de a poco, cómo me llenaba centímetro a centímetro, fue un golpe en el estómago. Por un segundo pensé que no iba a poder, que era demasiado gruesa, pero el cuerpo se acomoda. Bajé hasta el fondo, hasta que se me clavó contra el útero, y me quedé quieta un momento sintiéndola pulsar dentro mío.

—Sos enorme —le dije con los dientes apretados.

—Y vos estás apretadísima. Movete, dale.

Empecé a moverme, primero con cuidado, subiendo y bajando lento, sintiendo cómo entraba y salía toda su verga. Le agarré los hombros para hacer palanca. Él me agarraba la cintura, me subía y bajaba a su ritmo. Después me solté, apoyé las manos en su pecho y empecé a cabalgarlo sin freno, dando saltos, con las tetas rebotando en su cara. Él estiró la cabeza y me atrapó un pezón con la boca, chupándolo fuerte mientras yo lo montaba.

—Date vuelta —me pidió sin sacármela.

Me di vuelta sin bajarme, hasta quedar de espaldas a él, en cowgirl invertida. Ahora me veía el culo entero mientras me movía. Me apoyé en sus rodillas y empecé a rebotar, dejándole ver cómo su polla entraba y salía toda embarrada de mi coño. Me pegó una palmada en la nalga que me hizo gritar y apretarme entera adentro.

—Ponete en cuatro —me ordenó, con la voz cambiada.

Me bajé y me acomodé de rodillas en la cama, con la cara contra la almohada y el culo levantado para él. Se acomodó atrás. Sentí la cabeza de su verga rozándome los labios del coño, buscando la entrada. Y después el empujón hasta el fondo, de una, hasta las bolas. Grité contra la almohada.

Empezó a cogerme así, agarrado de mis caderas, embistiéndome duro, hasta el fondo, sin piedad. La cama crujía. Se oían los golpes de su pelvis contra mi culo, los ruidos húmedos de la penetración, mis gemidos ahogados en la almohada. Me agarró del pelo y me tiró hacia atrás, arqueándome, para clavármela desde otro ángulo. Me metió un dedo en el culo mientras me seguía cogiendo el coño, y yo me acabé de nuevo, apretándolo entero, gimiendo su nombre.

—Me voy a correr —jadeó.

—En la boca —le dije—. Corréte en mi boca.

La sacó, se puso de pie al costado de la cama y yo me arrodillé enfrente. Le agarré la polla resbalosa de mis jugos y me la metí hasta la garganta un par de veces más. Después la saqué y le bombeé rápido con la mano, con la lengua afuera, mirándolo a los ojos. Cuando explotó, me llenó la boca con chorros gruesos y calientes, uno tras otro, tantos que se me escapaban por las comisuras. Me tragué todo lo que pude, después le chupé la punta hasta la última gota y le sonreí con el semen todavía en los labios.

Nos quedamos los dos tirados en la cama, sin aire, sin palabras, con la piel pegajosa y las sábanas hechas un desastre. Me acurrucó contra su pecho. Me pasó la mano por el pelo.

Nos abrazamos. No hablamos. Nos dormimos así.

***

El sábado a las nueve de la mañana fui a buscar a Lucía al aeropuerto. Mateo se quedó en el hotel. La abracé como si no hubiera pasado nada, porque eso era lo que tenía que hacer. Durante años fue un secreto que solo cargábamos él y yo.

Mucho después, no sé por qué, una noche de vino se lo conté a mi hermana. Pensé que se iba a romper algo entre nosotras para siempre. Me miró un rato largo, sirvió otra copa y me dijo que ya lo sabía. Que lo había sospechado desde aquellas vacaciones. Y que no le importaba tanto como yo creía.

A veces el peor secreto resulta no serlo.

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Comentarios(9)

NatiR86

que relato tan bien escrito!!! me tuvo pegada de principio a fin

prohibido01

Por favor necesito una segunda parte, no puede terminar ahi... quede con muchas ganas de saber que paso despues

ValentinaMdQ

Me recordó a unas vacaciones hace años donde la situacion se fue armando sola, igual que aca. Muy bien narrado, se siente real

Carlos_Mza

Cancun de fondo le da un ambiente increible. me pregunto si la hermana nunca se enteró de nada jaja

Oscura_lectora

Lo bueno es como lo vas construyendo de a poco, sin apuro. Eso es lo que hace que enganchen estos relatos.

Nico_BsAs

excelente!!!

SandraLee_BA

Hacia tiempo que no leia algo que me enganchara tanto desde el primer parrafo. Definitivamente tenés un estilo muy tuyo, espero que sigas escribiendo en esta categoria

RubenZ_40

jaja los tequilas al final hacen lo suyo siempre, clasico. muy bueno el relato

Luna_22

Se hizo cortisimo!!! queremos mas, por favor continua la historia

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