Lo que pasó con mi cuñada esa tarde de tormenta
La llamada llegó pasadas las tres de la tarde. Carolina colgó el teléfono con cara de fastidio y se ajustó el moño mientras buscaba las llaves del coche. Una urgencia en el hospital, una compañera que se había puesto enferma, un turno doble que nadie más podía cubrir.
—Lo siento, cariño —me dijo besándome en la frente—. Tendréis que ir al centro comercial sin mí.
Lucía, su hermana menor, asintió desde el sofá con esa sonrisa suya de niña buena. Llevaba apenas tres días con nosotros. Había venido a pasar la quincena de julio en la ciudad, lejos del pueblo costero donde sus padres todavía vivían y donde el aburrimiento, según ella, te mataba antes que el sol. Tenía veintidós años, el pelo teñido de un rubio cenizo que le caía sobre los hombros y un cuerpo que no había manera de no notar.
Yo tampoco tenía ganas de salir. Llovía a cántaros desde mediodía y un dolor sordo me golpeaba detrás de los ojos.
—Yo me quedo viendo una peli —dijo Lucía—. No te preocupes, Daniel.
Asentí agradecido. Me tomé una aspirina con un sorbo de agua tibia y me metí en el dormitorio. Bajé la persiana, me quité los pantalones y me dejé caer en la cama. Antes de que la lluvia siquiera cambiara de ritmo, ya estaba dormido.
***
Me desperté a las seis y cuarto. La casa olía a tarde de domingo, a humedad de armario y al perfume floral de Lucía. Me senté en la cama con la cabeza más despejada y una erección discreta de las que se tienen al despertar. Salí al pasillo arrastrando los pies.
El salón estaba vacío. Solo la lámpara de pie encendida y una manta arrugada sobre el sofá. La televisión, en pausa, mostraba una imagen detenida que tardé un par de segundos en reconocer: dos cuerpos enredados, la luz baja, una mano sobre una cadera. Me acerqué al reproductor y saqué la cinta. Era una de las películas eróticas que Carolina y yo guardábamos en el cajón cerrado del mueble. Lucía la había encontrado.
Dejé la cinta sobre la mesa y solté una risa entre dientes. Vaya con la niña. Iba a regresar al dormitorio cuando los oí.
Eran jadeos. Apagados pero claros. Venían del cuarto de invitados, al fondo del pasillo. Me quedé quieto. Pensé primero que se estaba masturbando, que la película había hecho su trabajo y que lo mejor era seguir mi camino y fingir que no había escuchado nada. Pero entonces oí una segunda voz. Más grave. De hombre.
Mi cuerpo se anticipó a mi cabeza. Caminé descalzo por el pasillo intentando no hacer ruido. La puerta del cuarto de invitados estaba entornada. Por la rendija se veía el reflejo del espejo del armario y, en ese reflejo, Lucía.
Estaba a horcajadas sobre alguien. Llevaba el pelo recogido a un lado y se sostenía los pechos con las dos manos mientras se balanceaba muy despacio. La luz amarilla de la lámpara de noche le marcaba la curva de la cintura, los muslos tensos, un pezón del color exacto de una fresa madura. El hombre debajo de ella era joven, más bien delgado, alguien que yo no había visto en mi vida. Le había abierto la puerta sin que yo me enterara.
Me retiré antes de que ella girara la cara y me viera. Caminé con cuidado hasta el cuarto pequeño que usábamos de despacho, cerré la puerta y me dejé caer en el sillón.
***
Tenía la polla dura como una piedra. Aspiré hondo intentando que la erección bajara. No bajó. Me levanté, encendí la televisión, busqué las noticias. No oía las noticias, oía los jadeos del fondo del pasillo. Aún se filtraban si me concentraba. Me senté otra vez. Me bajé los pantalones.
Empecé a masturbarme despacio, intentando obligarme a pensar en Carolina. Pensé en el aroma de su pelo después de la ducha, en cómo se reía cuando me sentaba sobre ella. Pensé en la manera en que me mordía el cuello la noche de nuestro aniversario, hacía seis meses, cuando casi no llegamos al hotel. Quería pensar en eso. Pero el cerebro me traicionaba y, cada dos respiraciones, volvía la imagen del pezón de Lucía visto a través del espejo.
Aceleré el ritmo. Apreté los dientes. Lo estaba haciendo demasiado deprisa, con la rabia del que no quiere disfrutar de algo que no le corresponde. La aspirina ya no se notaba en ninguna parte y la sangre se me iba toda al mismo sitio.
No oí cuando los jadeos del fondo cesaron. Tampoco oí el chasquido de la puerta de calle al cerrarse cuando el desconocido se marchó. No la oí caminar por el pasillo descalza. Lo único que sentí fue la mano apoyada en mi hombro y una respiración tibia muy cerca de mi oreja.
—Daniel —dijo Lucía.
Me quedé congelado con la mano todavía en torno a mí mismo. No tuve tiempo ni de cubrirme. Ella ladeó la cabeza y se acercó tan despacio que pude verla decidirse en cada centímetro. Esperaba que la apartara. No lo hice.
Sus labios sabían a sal y a algo más, algo dulce que no supe identificar. Abrió la boca y le devolví el beso entero, sin pensar, como si fuera un permiso que llevaba semanas pidiéndome a mí mismo. Sus manos me agarraron de la nuca. Las mías subieron por sus costillas hasta encontrar la curva caliente de sus pechos por debajo de la camiseta vieja con la que dormía.
Nos besamos así durante un rato largo, deshaciéndonos cada uno en el otro. Cuando se separó, lo hizo solo para tirar de la camiseta hacia arriba. Quedó de pie delante de mí, desnuda de cintura para arriba, con esos pezones que me habían perseguido desde el pasillo del cuarto de invitados.
—No le diremos nada a nadie —me dijo. No era una pregunta.
—No —respondí.
***
Me incliné y le besé un pezón. Luego el otro. Lucía se sostenía en el respaldo del sillón y arqueaba un poco la espalda cada vez que tiraba de ella con la lengua. Le bajé las bragas y se las dejé caer hasta los pies. Se quitó una sandalia para librarse de ellas y rió. Fue una risa baja, casi ronca, una risa que no correspondía a la niña que llegó tres días antes con la maleta de flores.
Bajé la boca por su esternón, por su vientre, por ese ombligo pequeño y hundido. Me arrodillé en la moqueta. Olía a sudor reciente, a sexo de otro hombre, a deseo que no se había agotado del todo. Le besé la cara interior del muslo y subí. Cuando le pasé la lengua por el clítoris, ella se sostuvo del respaldo con las dos manos y soltó un gemido apretado, controlado, como si supiera que las paredes eran finas y los vecinos del rellano demasiado curiosos.
Se corrió así, de pie, con los muslos temblándole y una mano que se enredó en mi pelo y me apretó con fuerza. Cuando intenté apartarme me retuvo unos segundos más. Después se dejó caer sobre mí, encajando su boca con la mía, sin importarle que aún tuviera su sabor en la lengua.
—Es cierto lo que dice mi hermana —murmuró contra mi oreja.
—¿Qué dice tu hermana?
—Que eres muy bueno en esto.
***
La levanté en brazos y la senté sobre el escritorio del despacho. Aparté con el codo una pila de papeles que cayó al suelo sin que ninguno de los dos hiciera el más mínimo gesto de recogerlos. Me coloqué entre sus piernas. Ella me agarró la base con una mano firme y me guió hasta dentro de ella. Estaba caliente, mojada, distinta a Carolina en algún detalle que no supe nombrar y que en ese momento prefería no nombrar.
Empezamos despacio. Yo quería durar. Quería que aquello, fuera lo que fuera, no terminara en cinco minutos. Lucía me rodeaba con las piernas y se aferraba a mis hombros, y cada vez que entraba hasta el fondo dejaba escapar un pequeño ah que no sonaba a actuación.
Cambiamos de postura cuando el escritorio empezó a clavarme las caderas. La llevé al suelo. Encima de la moqueta, con un cojín bajo la nuca, separó las rodillas y me dejó hundirme en ella sin tregua. Le miraba la boca abierta, el cuello largo, la manera en que cerraba los ojos cuando empujaba más fuerte. Eran veintidós años, era la hermana de Carolina, era una decisión que no se podía deshacer.
—No pares —me dijo, agarrándome por las caderas—. Por favor, no pares.
No paré. Cuando me corrí, lo hice dentro de ella sin pensar, sin retirarme, sin la disciplina mínima que llevaba usando con Carolina desde hacía tres meses porque queríamos esperar al traslado de hospital antes de buscar el primer hijo. Lucía gritó, breve, contra mi cuello. Sus uñas se me clavaron en la espalda. Fue uno de esos orgasmos que se sienten en el cráneo, no en el sexo.
Nos quedamos quietos. Yo encima de ella, ella respirándome cerca de la oreja. Ninguno dijo nada durante un minuto largo.
***
Más tarde, después de la ducha, Lucía se sentó en la cocina con una camiseta limpia y dos vasos de agua en la mano. Me dio uno. Estaba seria.
—Había llamado a un ex —dijo—. Después de la peli. Me había puesto. Pero con él no terminé de quedarme a gusto.
—Lo sé. Te oí.
—No quería que pasara esto. Vine a hablar contigo. A pedirte que no le contaras a Carolina lo de la peli. —Se mordió el labio—. Y entonces te vi en el sillón.
No supe qué responder. Le pasé el pulgar por la mejilla y me di cuenta de que estaba haciendo un gesto que solo le hacía a su hermana. Aparté la mano.
—No vuelve a pasar —dije.
—No —respondió ella—. No vuelve a pasar.
Y no volvió a pasar. Carolina llegó esa noche del hospital agotada y se durmió antes de quitarse el uniforme. Lucía terminó la quincena con nosotros y se marchó al pueblo costero el último domingo de julio sin que ningún silencio nos delatara. Hicimos una foto los tres en la estación. Ahora la miro y me parece imposible que mi cara pudiera sostener esa sonrisa.
Hace tres semanas, Lucía me llamó al móvil sin avisar. Me dijo que estaba embarazada. Me dijo que las cuentas no le salían con su novio. Me dijo que no pensaba decírselo a nadie, que iba a tener al niño y a callarse, pero que yo merecía saberlo. Después colgó.
Cada vez que Carolina me habla de su hermana ahora, le sostengo la mirada con una calma fingida. Pienso en la cena de Navidad, en bautizos, en cumpleaños, en tener a ese niño en brazos y reconocer en él una nariz que conozco demasiado bien. Pienso en el día en que mire a su madre y me mire a mí y nadie se atreva a decir nada en voz alta.
La culpa se vive así. No con un grito, sino con un silencio que cada año pesa un poco más.