Mi sobrina llegó sin avisar aquel sábado por la tarde
Mi hermana Sofía vive en Mendoza desde hace casi veinte años. Yo me quedé en Buenos Aires cuando mis viejos se separaron, y a Daniela, la hija de ella, la vi crecer a los pedazos: algún cumpleaños suelto, una Navidad cada tres o cuatro, una foto por WhatsApp el día que se recibió. Hasta el verano pasado, cuando me mandó un mensaje corto avisando que iba a pasar unos días en la capital. Nada más. No me dijo cuándo, no me dijo cuántos, no me dijo dónde se iba a quedar.
El timbre sonó un sábado a las cuatro de la tarde. Yo estaba en pantalones de gimnasia y una remera vieja, con la cocina recién lavada y un disco de los Stones girando en el equipo. Abrí sin mirar por la mirilla porque no esperaba a nadie.
Era ella.
—¿Sigo entrando o me echás como a cualquier desconocida? —preguntó, apoyada en el marco de la puerta como si lo hubiera ensayado.
Tenía veinticuatro años, la piel del color del café con leche, una camisola blanca con tres botones desabrochados y una pollera de cuero negro que se le pegaba a las caderas. Pasó al lado mío arrastrando una mochila chica y me dejó la mejilla cerca de la boca un segundo de más cuando me saludó.
—Mamá te mandó dulce de leche —dijo, abriendo la mochila sobre la mesa de la cocina—. Está en el frasco azul. ¿Tenés algo para tomar? Vine en colectivo desde Retiro y me muero de calor.
Le serví una limonada. Me senté frente a ella y traté de sostenerle la mirada como un tío saluda a una sobrina, pero los tres botones desabrochados estaban ahí, y el aire acondicionado recién empezaba a hacer efecto, y ella tenía esa manera de cruzar las piernas y descruzarlas que no se le aprende a una sobrina en ningún cumpleaños.
—¿Te quedás esta noche? —pregunté, tratando de sonar tío.
—Si me dejás. Tengo plata para un hotel, pero prefiero ahorrar.
—Ni en broma. Tengo el cuarto de visita listo.
Sonrió de costado y bajó la vista al vaso. Después la subió otra vez, más despacio.
—¿Puedo darme una ducha? El colectivo era un horno.
—Pasá. Toallas en el placard del baño.
Se levantó. Antes de irse, se inclinó sobre la mesa para alcanzar el vaso vacío y la camisola se le abrió un poco más. No usaba corpiño. Lo registré como un dato y traté de no registrarlo. Cuando se fue al baño me quedé solo con la canción de los Stones y con el sonido del agua corriendo en el otro extremo del departamento.
***
Salió del baño envuelta en una toalla blanca. La toalla era mía y le quedaba corta. Le caía hasta la mitad del muslo y tenía marcas de agua sobre la piel, gotas que le bajaban por las clavículas y se perdían bajo el borde.
—Me olvidé la mochila —dijo, sin moverse demasiado rápido para ir a buscarla—. ¿Me la alcanzás?
Se la alcancé. Cuando me la sacó de la mano, sus dedos se quedaron sobre los míos un segundo. No dijo nada. Yo tampoco.
Se cambió en el cuarto de visita. Salió descalza, con un short de algodón finito y una musculosa sin nada debajo. Se sentó en el sillón al lado mío, no enfrente, y subió las piernas al apoyabrazos.
—Tío —dijo, después de un rato de silencio.
—¿Qué.
—¿Vos sabés por qué me quedé en lo tuyo y no me fui a lo de la abuela?
—Pensé que estaba lleno con tu prima.
—Pensaste mal.
Me miró. Tenía los ojos muy abiertos y muy quietos, y yo sentí en la nuca el momento exacto en que algo se rompía. No supe qué decir. Hice lo único que se me ocurrió: estiré la mano y le acomodé un mechón de pelo mojado detrás de la oreja. Ella no se movió. Después de eso ya no había vuelta.
***
—Esto no se hace —le dije, con la mano todavía cerca de su cara.
—Ya sé.
—En serio, Daniela.
—Ya sé, tío.
Lo dijo sin sonreír. Después se acercó un poco más y me besó. Un beso corto, sin lengua, casi de prueba. Me separé. Ella me miró otra vez, con la misma mirada de antes, y volvió a besarme. Esta vez no me separé.
Tenía la boca caliente, todavía con gusto a limón. Le puse una mano en la nuca y la atraje. Ella subió una pierna sobre las mías y se acomodó a horcajadas sobre mi muslo, sin sentarse del todo, dejando que el peso me llegara despacio.
—Si me decís que pare, paro —dijo contra mi boca.
No le dije que parara.
Le pasé las manos por la espalda, por debajo de la musculosa, y sentí el calor de la piel todavía húmeda de la ducha. Ella me agarró la cara con las dos manos y me besó como si llevara un tiempo largo pensándolo. Yo había estado pensándolo también, aunque nunca me lo había permitido en voz alta. Era la hija de mi hermana. Era mi sobrina. Y estaba sentada sobre mí con la respiración apurada y la pelvis empezando a hacer presión despacio sobre mi pierna.
Le saqué la musculosa por encima de la cabeza. Tenía los pechos grandes para una chica delgada, todavía con marcas leves de la toalla. Bajé la cabeza y le pasé la lengua por uno y después por el otro, despacio, escuchándola respirar más fuerte. Ella me agarró del pelo y me empujó la cara contra el pecho.
—Más despacio —pidió, y sin embargo apuraba la cadera contra mi muslo cada vez más rápido.
***
La levanté del sillón y la llevé al cuarto. Pesaba poco. La acosté sobre la colcha. El short de algodón salió fácil. Debajo no tenía nada. Tenía la piel oscura y depilada y un brillo entre los muslos que me dejó la garganta seca un segundo.
—No —dijo, cuando me empecé a desabrochar el cinturón—. No así.
—¿Cómo querés.
—Sin meterla. No quiero que me la metas. Hacelo de otra forma.
Asentí. Me senté contra la cabecera. Ella se incorporó y me bajó el cierre del pantalón con una mano, sin dejar de mirarme. Me la sacó. La tenía dura desde hacía rato. La agarró con tres dedos primero, después con la mano entera, y empezó a moverla despacio, mirando lo que hacía como si quisiera aprender el ritmo.
Yo le metí la mano entre las piernas. Estaba mojada. Le pasé la yema de un dedo por el clítoris en círculos chicos, despacio, y ella cerró los ojos y dejó la cabeza apoyada contra mi hombro. La masturbé así un rato largo, alternando entre el clítoris y meterle un dedo, después dos, escuchando cómo la respiración se le iba volviendo más corta y más fea.
—No pares —dijo en algún momento—. No pares, no pares.
No paré.
Ella tampoco paró. Movía la mano sobre mí con una concentración que no le había visto a nadie. Cada tanto bajaba la mirada, como controlando que todo estuviera bien, y volvía a apoyar la frente en mi hombro. Yo le mordía el cuello despacio, cuidando de no dejarle marcas que tuviera que esconder después.
Llegó ella primero. Se le tensaron los muslos contra mi mano y se quedó quieta un segundo entero antes de soltar un quejido bajo, casi de protesta. Sentí las contracciones contra mis dedos y siguió apretándome la mano hasta que se le pasaron del todo. Cuando abrió los ojos los tenía húmedos.
—Vos —me dijo, sin terminar la frase, y se inclinó.
Me terminó con la mano y con la boca cerca, sin meterse nada, dejando que el final cayera donde cayera. Cayó en su mano y en mi estómago. Yo me agarré con fuerza al borde de la colcha y se me escapó un sonido que no quise hacer.
***
Después nos quedamos ahí, los dos, sin movernos. Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho. Yo le acariciaba el pelo todavía húmedo de la ducha de hacía media hora. La canción de los Stones se había terminado hacía rato. El aire acondicionado seguía haciendo ese ruido suave de fondo.
—¿Y ahora? —preguntó ella, sin levantar la cabeza.
—No sé.
—Mamá no se puede enterar.
—Mamá no se va a enterar.
Se quedó callada un rato más. Yo la miré desde arriba. Tenía las pestañas largas y mojadas y una expresión que no supe leer del todo. No era arrepentimiento. Tampoco era tranquilidad. Era algo intermedio, algo que se parecía a la primera vez que uno hace algo que sabe que no debería hacer y se sorprende de no sentirse peor.
Me la habría llevado al infierno conmigo si me lo hubiera pedido en ese momento.
—¿Me dejás quedarme el fin de semana? —dijo al fin.
No le contesté. Le acomodé otra vez el mismo mechón de pelo detrás de la misma oreja. Ella sonrió de costado, como cuando había llegado a la puerta tres horas antes. Y supe, sin necesidad de decirlo, que el sábado a las cuatro de la tarde, cuando había sonado el timbre, yo todavía no sabía nada de nada.