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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi hermana en el viaje de trabajo

Miré el frente blanco del edificio sin reconocerlo. No era ninguna de las sucursales que yo conocía de la empresa. Estuve a punto de quedar como un idiota preguntando dónde estábamos cuando Lucía se adelantó.

—Reservé dos habitaciones, con tres camas cada una, para no salirme del presupuesto.

—Hiciste bien, chiquita —dijo Margarita con una sonrisa demasiado amable, y aprovechó para acariciarle la mano a mi hermana.

Yo seguía adentro de la camioneta, revisando carpetas que no necesitaba revisar. Beatriz me señalaba puntos al azar en los papeles, fingiendo concentración. Fue una bendición tenerla de aliada: gracias a ella se me bajó la erección en silencio, y fue ella misma la que me acomodó el pene flácido dentro del pantalón, con la delicadeza de quien manipula vidrio fino. Cuando el chofer pidió la camioneta para guardarla, bajamos como si nada.

—¿Y él dónde duerme? —pregunté.

—No te preocupes, tiene cuarto aparte, va incluido en el traslado —contestó Lucía.

Suspiré aliviado. Por un segundo me imaginé compartiendo cama con ese tipo, o peor, mi hermana compartiéndola.

La cena la incluían las habitaciones. Unas milanesas grasosas y un puré de hospital. Lucía vació el plato con avidez, y supe quién había elegido el menú. Nadie se quejó, pero las caras del resto del equipo decían bastante. La única que comía con sonrisa de fiesta era Margarita, y me molestaba no poder leerla. ¿Estaba contenta de verdad o era una sonrisa con cuchillo escondido? Porque sus ojos no paraban de perderse en el escote de mi hermana. Lucía se había desabrochado los dos primeros botones de la camisa alegando calor, y se le veía buena parte del busto y el inicio de un corpiño de encaje.

Le di a Lucía el beneficio de la duda. Tal vez había detectado en Margarita las mismas tendencias hacia las mujeres que yo había detectado, y estaba jugando esa carta. Si era así, le estaba saliendo bien.

Cuando terminamos, mi hermana empezó a hacerme señas con la cabeza. Tardé en entender. Pretendía que la siguiera fuera del comedor. Salimos con la excusa del cansancio mientras las demás pedían postre. Me tomó de la mano y me llevó hasta el cuarto.

—Vamos a la ducha —dijo al cerrar la puerta.

—¿Qué? ¿Eso era lo que querías decirme?

—No, tarado. Quería ayudarte. Con el problemita de la verga dura. Dale, apurate, en un rato viene Margarita. ¿Querés que te vea con una erección?

—¿Por qué tiene que dormir con nosotros? ¿Por qué no Elena?

—No me dieron tiempo de elegir. Lo decidió ella. Mañana la convenzo de que duerma con Elena y Carolina. Ahora, vení.

Hice cuentas rápido. Había estado todo el día con la pija parada sin acabar; en cuanto Margarita entrara al cuarto se me iba a volver a parar. Lucía tenía razón. No quedaba tiempo.

Nos sacamos la ropa y entramos juntos al box. Ella no tardó ni un minuto: se arrodilló y se metió mi verga en la boca. Era una jugada demasiado expuesta. Si Margarita nos veía bañándonos juntos podíamos apelar a la confianza de hermanos, pero si abría la puerta del baño y veía esto, ¿cómo lo explicaba? No solo se iba a la basura el préstamo: nos despedían a los dos.

Lucía iba con una seguridad que no era normal. Mamaba con fuerza, masturbándome al mismo tiempo, jugando con la lengua sobre el glande. Había mejorado mucho desde la primera vez. Con la calentura que arrastraba del día, no aguanté demasiado. Le llené la cara de leche y ella, en vez de apartarse, se quedó ahí, dejando que cayera adentro de la boca y sobre las mejillas. Tragó sin que nadie se lo pidiera. Después nos enjuagamos rápido y salimos sin tiempo de hablar de nada.

Margarita entró dos minutos después de que cada uno estuviera en su cama. La saludamos con cierta torpeza y ella se mostró encantadora. Dijo que iba a ducharse y eso es lo último que recuerdo de la noche: me dormí antes de escuchar cerrarse el grifo.

***

A la mañana siguiente, Beatriz discutía con mi hermana en el pasillo. Las dos tenían el mismo conjunto del día anterior pero limpio: blusa blanca abotonada y pollera larga. Pensé que la jefa le estaba reprochando el escote, porque Lucía ya tenía los primeros botones abiertos.

—Ni hablar, Lucía, ya está decidido.

—Perdón, Beatriz —me metí—, a mi hermana le cuesta entender lo que es la decencia. Abrochate bien la camisa, dale.

Las dos me miraron como si hablara en otro idioma.

—¿De qué hablás? Beatriz no me dijo nada de la camisa —protestó Lucía.

—Es cierto —confirmó la jefa—. Preferiría que la llevara cerrada, pero hace calor. No es culpa de ella tener tanto busto.

La frase sonó con un dejo de «y mío tampoco». Las tetas de Beatriz parecían sufrir dentro de la camisa.

—¿Y entonces por qué discutían?

—Le dije a Lucía que vamos a cambiar el orden. Ella va sentada arriba de Margarita.

—¿Y vos dónde?

—Arriba tuyo.

Me quedé clavado. Hasta la próxima sucursal había una hora y media, con suerte.

—Beatriz, no… no me parece buena idea.

—No veo otra opción —dijo entre dientes, en un susurro que solo yo escuchaba—. ¿Sos consciente de que ayer penetraste a tu hermana? Fue un accidente, lo sé, pero mi forma de ver la vida no me permite ignorarlo. Y mientras yo esté acá, esa cosa —señaló mi pantalón— no vuelve a entrar en ella.

No me dejó contestar. Siguió en voz baja diciendo que era culpa suya, que sabía que Lucía no traía ropa interior y no había prestado atención. «No es tu culpa, Mateo, es una condición médica». Cada vez que repetía eso me sentía peor. No tengo ninguna condición médica. Lo único que pasa es que cuando mi hermana se sienta encima, mi verga reacciona como si tuviera memoria propia.

No hubo forma de convencerla. Cuando entendí que la decisión estaba tomada, prometí poner todo de mi parte.

—Es lo mínimo que espero —respondió con firmeza—. Soy una mujer casada y de fe. No quiero confesarle a un cura que el pene de un subordinado estuvo dentro de mi vagina.

—¿Usted es católica?

—Cristiana. Pero creo en la confesión. Tengo un cura amigo que me toma la mía cuando lo necesito.

No me molestan las cuestiones religiosas, pero la idea de ser tema de una confesión me dio un escalofrío.

***

Margarita no puso ninguna objeción cuando Lucía se le sentó encima. Al contrario: le agarró las tetas con las dos manos y las separó con firmeza para pasarle el cinturón por el medio. Cuando le soltó el busto, el primer botón de la camisa de mi hermana estaba al borde de saltar y se le veía más encaje que antes.

Beatriz se sentó sobre su propio vestido. Yo dejé el pantalón cerrado, como correspondía. Entre mi pene y su sexo había varias capas: bóxer, pantalón, pollera y bombacha. No había riesgo de penetración.

—¿Me ayudás con el cinturón? —pidió Beatriz peleándose con la hebilla—. Como hizo Margarita con tu hermana.

Quería que me tragara la tierra. Le agarré las tetas a mi jefa y las separé. No era nada fácil hacerle lugar al cinturón con semejante busto, y tuve que sostenerlas más tiempo del que esperaba. Eran firmes y suaves a la vez, sorprendentemente jóvenes para una mujer que ya pasaba los cuarenta.

La camioneta arrancó. Las nalgas pesadas de Beatriz me apretaban contra el respaldo. Empecé a sentir signos de claustrofobia, algo que no me pasaba desde la adolescencia.

—¿Podemos bajar la ventanilla?

—El aire acondicionado está prendido —contestó el chofer.

—No es lo mismo, necesito aire.

—Los pasajeros no pueden abrir las…

—¡No sea maleducado! —gritó Margarita desde el otro lado de las cortinas—. ¡Bájela ya!

El vidrio bajó. El viento caliente me dio en la cara y respiré por primera vez en diez minutos.

—Mi hermano es un poco claustrofóbico —se excusó Lucía.

Pasados unos minutos, Beatriz cerró el panel que separaba a los pasajeros del chofer y le pidió que subiera la música.

—Mateo, necesito que me desprendas la camisa. Estos botones me están lastimando con el cinturón.

—¿Qué?

—Vos no podés sostener el cinturón y desabrocharte al mismo tiempo. Tenés que hacerlo vos.

Metí las manos entre sus tetas. Me temblaban los dedos. Margarita y Lucía miraban como si fueran espectadoras de un partido. El primer botón salió fácil; el segundo, también. El tercero me obligó a hundir más las manos. Beatriz me pidió uno más y yo le abrí la camisa con cuidado de no romperla, hasta dejarla parecida a la de Lucía: el corpiño asomando, el escote brillando de transpiración.

—¿A vos no te incomodan los botones? —le preguntó Margarita a mi hermana.

—No, lo que me mata es el corpiño. La arandela de metal.

—Sacátelo, entonces.

—¿En serio? ¿No les molesta?

—La única que podría molestarse sos vos.

—A mí también me vendría bien —dijo Beatriz, más nerviosa que mi hermana.

Vi cómo Margarita le pasaba las manos por debajo de la camisa a Lucía y le desabrochaba el corpiño por la espalda en segundos. Lo sacó por el escote con la habilidad de quien lo ha hecho mil veces. Después «acomodó» las tetas de mi hermana, apretándolas con las palmas. Los pezones quedaron marcados sobre la tela blanca.

El de Beatriz era de los antiguos, se desabrochaba por delante. Tuve que pelear con un broche que no entendía, con las manos metidas en su escote y la cabeza a centímetros de su cuello. Cuando por fin cedió, tiré para sacarlo y arrastré con el corpiño la blusa: uno de sus pezones quedó al aire.

—Perdón —dije, rojo como un tomate.

—Era esperable. Acomodámelo, dale, rápido. No aguanto más el cinturón.

Tuve que agarrarle la teta y empujarla bajo la tela. Después la otra, para evitar nuevos accidentes. Cuando solté esos melones, los pezones se marcaban duros en la blusa transpirada. Se les adivinaba hasta el color. La verga se me puso como un fierro, no sé si en ese momento o un poco antes y recién entonces me daba cuenta.

***

El viaje siguió. Margarita acariciaba la pierna de Lucía con disimulo, demasiado cerca del centro. Mi hermana miraba por la ventanilla como si no pasara nada. Yo intentaba borrar de la cabeza que tenía dos pares de tetas casi al aire frente a mí, pero los pezones de Beatriz me rebotaban en los ojos.

Empecé a sentir el corazón como el de un colibrí. La visión se me nubló, el aire dejó de entrar. Años de crianza con una madre psicóloga me alcanzaron para identificar lo que era: un ataque de pánico.

—Necesito bajar.

—¡Pare la camioneta! —gritó Margarita.

Bajamos a la banquina. Beatriz me tomó de la mano y se paró delante de mí, tapándome del retrovisor.

—Es por esto, ¿verdad? —señaló mi bulto.

—Sí. Tengo miedo de que Margarita se dé cuenta.

—Hacemos una cosa. Cuando volvamos, te la sacás del pantalón. Voy a usar el vestido para taparte.

—No hace falta…

—No discutas. Lo que te pasa es serio y te necesitamos entero para convencer a Margarita. Yo también tengo que hacer sacrificios.

Entré aprovechando que ella se inclinaba hacia adelante para hablar con Elena. Me bajé el pantalón debajo del vestido, dejé la verga al aire. Cuando Beatriz se sentó otra vez, la punta se le encajó entre los labios de la concha por encima de la bombacha. Sentí cómo la tela cedía.

—¡Ay!

—¿Qué pasó? —preguntó Margarita.

—Me di en la cabeza con el techo. Nada, sustito.

Bajé el pene tanto como pude y ella se sentó encima. La sensación era demasiado buena. Después, mientras peleaba con el cinturón, los pezones se le volvieron a escapar. Margarita la felicitó, le dijo que dejara las tetas afuera, que con el calor estaba bien. Beatriz hizo un escándalo de pudor que duró treinta segundos, hasta que terminó cediendo «por solidaridad femenina». Le saqué las dos tetas de la blusa, una por una. Mi verga palpitaba bajo sus nalgas, sintiendo la humedad del sexo a través del algodón.

El resto del viaje fue así: dos mujeres con las tetas al aire, una mano de Margarita pellizcando ocasionalmente el pezón de mi hermana, y yo tratando de no eyacular contra la espalda baja de mi jefa.

***

En la sucursal me pasé hora y media mostrándole planillas a Margarita. La gente me seguía como a un guía turístico. Ella despachaba a cualquiera que se acercara con un «Mateo está haciendo muy bien su trabajo, no lo interrumpan». Recolecté envidias para regalar, pero no estaba ahí para hacer amigos.

—Marcha mejor de lo que esperaba —dijo al final, y sonaba sincera.

Antes de seguir camino, paramos a almorzar y a descansar en un hotel cercano. La próxima sucursal estaba cruzando las sierras: seis horas de viaje. Lucía y yo compartimos cuarto con Beatriz esta vez. Mi hermana entró primero a bañarse. Me quedé solo con la jefa y, por disimular, me puse a mirar números en el celular.

—Hiciste muy bien tu trabajo, Mateo.

—Gracias. Y perdón por…

—No quiero escucharte pedir perdón nunca más. Quizás vos seas la persona que está salvando esta empresa. Si viajar sentada sobre un palo es el precio, lo pago con gusto. Em… eso no sonó bien.

—Te entendí perfecto.

Me bañé yo después y me dormí apenas toqué la almohada. Me despertó la alarma. Lucía y Beatriz estaban sentadas en la otra cama, conversando.

—Ay, no… otra vez —dijo mi hermana señalando la sábana.

Una carpa tensa marcaba la tela. En defensa de mi verga: había pasado dos horas entre las nalgas de la jefa.

—Salimos en diez minutos —dijo Beatriz—. Hay que hacer algo.

—Medidas drásticas —anunció Lucía.

Apartó la sábana y se me sentó al lado. La jefa miraba sin moverse. Mi hermana me agarró la verga y empezó a masturbarme.

—Esperá, Lucía, puedo ir solo al baño.

—No hay tiempo. —Miró a Beatriz—. Tarda mucho en acabar, me lo dijo su ex.

—Ay, no…

—Se me ocurre algo.

Y se inclinó y se metió la mitad de mi verga en la boca. A Beatriz casi se le salen los ojos.

—¡Lucía, es tu hermano!

—Lo sé. Después de lo de ayer ya no me preocupa metérmela en la boca.

—No puedo permitir esto —Beatriz se sentó junto a ella y me agarró la verga—. No si yo estoy acá.

—¿Estás segura?

—Siempre y cuando Mateo entienda por qué lo hago.

—Soy yo el que se siente mal, Beatriz. Todo esto es culpa mía.

—Allá vamos. Y que mi marido no se entere nunca.

Bajó la cabeza y se tragó el glande con timidez. No tenía experiencia, era evidente. Probablemente no le había hecho esto a su marido en veinte años. Lucía la fue guiando, mostrándole cómo usar la lengua, cómo apretar con los labios.

—Aprovechá las tetas, Beatriz. Para algo las tenés.

Le desabrochó la camisa. Ninguna de las dos llevaba corpiño. Mi hermana puso mi verga entre los pechos de la jefa y los apretó con las dos manos.

—Movelas así. Y la chupás al mismo tiempo.

—Voy a intentarlo. Perdón si lo hago mal.

—¡Hey! ¿Están listos? —gritó Elena del otro lado de la puerta.

—¡Cinco minutos más! —contestó Beatriz, agitada.

—Sentate encima —le dijo Lucía—. No hace falta que te saques la bombacha. Solo la pollera.

Le bajaron la pollera entre las dos. Beatriz se sentó sobre mi verga, aplastándola contra su sexo cubierto por el algodón blanco.

—Ahora moveté. Como si tuvieras sexo.

—No exactamente. Con mi marido solo lo hacemos en una posición.

—Dios, qué aburrido. Dale, seguí mi ritmo.

Lucía se sentó detrás de ella, le agarró una teta y le metió la otra mano dentro de la bombacha. Lo que empezó como una clase terminó con mi hermana masturbándole el clítoris a mi jefa mientras la guiaba en el bamboleo. Beatriz gemía contra mi cuello.

—Ay, ni mi marido me toca así…

—Yo lo hago mejor, ¿cierto?

No contestó. El calor del sexo de Beatriz me llegaba a través de la tela. Acabé contra la bombacha, en una eyaculación que se sintió como dos días acumulados. Ella siguió moviéndose porque Lucía no la dejaba parar.

Nos lavamos en la ducha a las apuradas, sin mojarnos el pelo. La bombacha de Beatriz quedó descartada y mi hermana no tenía una de repuesto para darle. La jefa terminó subiéndose a la camioneta sin ropa interior, mirándome con una mezcla de bochorno y resignación, mientras Elena nos apuraba en la puerta del hotel. Nos esperaban seis horas cruzando las sierras.

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