Cuidé a mi hermana ciega y todo cambió entre nosotros
Me llamo Tomás y vengo de un pueblo perdido en la sierra. Hasta ese año, la capital era para mí algo que solo había visto en la tele. Mi hermana Lucía y yo tenemos un año de diferencia, pero siempre fuimos del mismo bando. Los dos queríamos estudiar psicología en la única universidad pública decente del país, y los dos sabíamos que en casa no alcanzaba para mandarnos a una privada. El plan que armamos con mis papás era sencillo: yo me graduaba primero, trabajaba un año en el restaurante del pueblo, ahorraba el ochenta por ciento del sueldo, y cuando ella terminara, los dos nos íbamos juntos a la capital a compartir un departamento barato y los apuntes.
Pasamos el examen los dos por un par de puntos arriba del mínimo. Me acuerdo perfecto de la mañana de los resultados. Lucía entró a mi cuarto en pijama de short y playera holgada sin sostén, se metió en mi silla y se sentó encima de mí sin pedir permiso, alegando que quería ver la pantalla al mismo tiempo. Tenía un trasero pesado y suave que la genética le había regalado, demasiado grande para su cintura pequeña, y cuando se acomodó sobre mis muslos sentí el calor de su piel a través de la tela fina. No la veía así, todavía no, pero el cuerpo reacciona antes que la cabeza. Hicimos clic en su nombre primero. Pasó. Después en el mío. Pasé. Nos abrazamos tan fuerte que la silla se cayó hacia atrás y terminamos los dos en el piso, ella encima de mí, riendo y llorando al mismo tiempo.
Faltaba mes y medio para la mudanza. Yo había firmado ya el contrato de un departamento chiquito a diez minutos de la facultad y mis papás contaban los días para mandarnos el primer cheque. Todo iba demasiado bien, y cuando algo va demasiado bien siempre se rompe.
La noche de la despedida de Lucía con sus amigos yo no fui porque me dolía la cabeza. Uno de los chicos, borracho, se ofreció a llevarla a casa. Iba a velocidad de loco. Se estamparon contra un árbol grueso a las afueras del pueblo. Él se rompió la nariz contra el volante. A mi hermana, que iba sin cinturón, se le fue la cabeza contra el tablero. Cuando llegamos al hospital tenía los dos brazos enyesados y los ojos abiertos pero sin ver. Le dijo a mi mamá entre sollozos:
—Mamá, no veo nada. No veo nada.
El diagnóstico salió una semana después. Los brazos se iban a recuperar en un par de meses. La ceguera no. El impacto le había dañado la parte del cerebro que procesa las imágenes. Los ojos seguían perfectos por fuera, color miel y enormes, pero por dentro se habían apagado para siempre.
Y entonces vino la pelea más rara de la casa. Lucía no quería quedarse. Lloraba, gritaba, decía que si no se iba conmigo ahora ya no se iría nunca. Mi mamá la miraba como si le hubieran golpeado el alma.
—Hija, no puedes ni limpiarte el culo sola. ¿Cómo vas a estudiar?
—Yo la ayudo —dije sin pensar, desde el sillón.
Mi mamá se giró hacia mí.
—Tomás, no sabes lo que estás diciendo. La vas a tener que bañar. La vas a tener que sentar en la taza. La vas a tener que cambiar, vestir y darle de comer en la boca. Tú no puedes.
—Sí puedo.
Lucía dejó de llorar de golpe y giró la cara hacia donde sonaba mi voz, con esos ojos miel que ya no enfocaban.
—¿De verdad, hermano?
—De verdad.
Ese mismo día empezó nuestra forma rara de convivir. Le pedí que me apretara el hombro cada vez que tuviera que caminar. Le puse una película con audiodescripción. Me senté a su lado y le dejé la mano sobre el muslo para que sintiera que yo estaba ahí. A las dos horas vino la primera prueba.
—Necesito ir al baño.
La llevé del hombro, levanté la tapa, le desaté el cordón del pantalón y se lo bajé despacio. Llevaba unas bragas blancas básicas que le quedaban chicas porque su trasero le había seguido creciendo desde que mamá se las compró. Cuando empecé a bajárselas se me trabaron contra las nalgas y tuve que tirar más fuerte de lo que esperaba. Le quedaron en las rodillas. La senté con cuidado, sosteniéndola por la cintura. Vi por primera vez su sexo desde tan cerca y ahí me cayó el veinte de que mi hermana era una mujer, no la nena con la que crecí. Tenía un pubis pequeño, con vello fino, y unos labios delicados. La pis no salía. Le hablé del clima, del trabajo, de cualquier cosa, hasta que escuché el chorro caer en la taza.
—¿Cómo te limpio? —pregunté cuando terminó.
—Toma papel, dóblalo a la mitad, pásalo y listo.
Lo hice. Le toqué la vagina con dos dedos por encima del papel. Estaba tibia, suave, casi sin vello. Sentí cómo se me empezaba a poner dura sin permiso. Le subí la braga forcejeando con el trasero, le acomodé el pantalón, le anudé el cordón y la guié de vuelta al sillón. Mi mamá nos miró pasar desde la cocina con cara de quien no sabe si reírse o llorar.
***
Esa misma noche Lucía me pidió algo que no esperaba. Me dijo que para sacarse la vergüenza de encima quería que yo la desnudara entera y la mirara sin apuro, como cuando arrancas una curita de un solo tirón. Le quité el pantalón y la playera con cuidado de los yesos, le desabroché el sostén beige y le bajé la braga. Se quedó parada en medio de su cuarto, los brazos enyesados pegados al cuerpo, todo a la vista. Mi hermana era una belleza injusta. Cintura de avispa, pechos firmes con un lunar pequeño sobre el izquierdo, un trasero redondo y bronceado que parecía esculpido aunque ella no pisara un gimnasio, y un vello púbico corto y fino sobre el pubis.
—Camina a mi alrededor —me pidió—. Mírame entera. Si lo haces ahora, después me va a costar menos.
Le di la vuelta despacio, sin decir nada. Le miré la espalda, el culo, las piernas. Me detuve más tiempo del necesario en cada curva. La imagen se me va a quedar grabada para siempre, pensé. Y no me equivocaba.
***
Los días en el pueblo se fueron rápido. La bañaba, le daba de comer, la sentaba en la taza, la cambiaba. Llorábamos los dos a ratos y nos reíamos a ratos. La noche antes del viaje a la capital, me pidió que la bañara entera por primera vez. La metí a la regadera con los plásticos en los yesos y le lavé el pelo masajeándole la cabeza. Después le pasé la esponja por la espalda y los brazos. Cuando llegué a los pechos me pidió que dejara la esponja y los lavara con la mano. Lo hice. Sus pezones se endurecieron con el frío y el jabón. Le pasé la mano por la cintura, por las caderas, por las nalgas. Le lavé el sexo con dos dedos enjabonados, lo más rápido y delicado que pude. Ella lloraba bajito todo el tiempo. Cuando terminé la sequé con una toalla grande y le puse el camisón. Antes de meterla en la cama me dijo en voz muy baja:
—Gracias, hermano. Cada vez que me ayudas siento que estoy un poquito menos rota.
Le di un beso en la frente y apagué la luz. Esa noche tardé horas en dormirme.
***
El viaje en camión a la capital duró catorce horas. Lucía viajó recostada en mi hombro casi todo el trayecto. Cuando llegamos al departamento ya era de noche y el calor de la ciudad era pesado, pegajoso. El lugar era una caja: una habitación con una cama matrimonial pequeña, un baño chiquito, una cocina mínima y un sillón. La senté en el sillón, abrí las ventanas, acomodé las maletas. Ella respiraba agitada por el calor.
—Tomás, estamos los dos hechos un asco. ¿Y si nos bañamos juntos? La regadera es una sola y tú me tienes que ayudar igual. Ahorramos tiempo.
Lo dijo con esa vocecita pequeña que usa cuando pide algo que sabe que no debería pedir. Acepté porque estaba muerto de cansancio y porque, en el fondo, ya quería decir que sí. Le saqué la ropa sudada, me saqué la mía, y nos metimos los dos en la regadera. El espacio era tan chico que era imposible no rozarse. Le lavé el pelo. Le pasé la esponja por la espalda. Y entonces ella, como buscando equilibrio, dio un pasito hacia atrás. Su trasero, grande y resbaloso por el jabón, chocó de lleno contra mi pene. Fue un segundo, pero suficiente.
—Perdón —susurró—. Es que no sé bien dónde estás si no te toco.
No me moví. Ella tampoco. Sentí cómo me iba endureciendo contra la curva caliente y blanda de sus nalgas. Lucía repitió el gesto un par de veces más mientras yo intentaba seguir lavándola: pequeños pasos hacia atrás, ligeros bamboleos para acomodarse mejor. Cada vez su culo se apretaba un instante contra mí y luego se separaba un milímetro, como si fuera todo un accidente. Yo cerraba los ojos y respiraba hondo. Es mi hermana. Está asustada. No lo hace a propósito. Pero el cuerpo ya estaba en otra parte.
Cuando salimos de la ducha la sequé, le puse un short corto de algodón y una playera holgada, y la llevé a la cama. Yo me acosté detrás de ella, dándole la espalda para no tentar al diablo. Duró tres minutos. Lucía empujó el trasero hacia atrás muy despacio, buscándome, y se acomodó contra mi pelvis como si esa fuera siempre su posición. Soltó un suspiro contento.
—Tomás, ¿estás ahí?
—Sí, hermanita.
—No quiero sentirme sola. ¿Puedo quedarme así?
No le contesté. Ella tampoco esperó respuesta. Se durmió pegada a mí, con el culo presionando mi entrepierna a través de la tela fina del short y del bóxer. Yo tardé horas en cerrar los ojos.
***
Al día siguiente la llevé a comprar las cosas para la facultad y, por la tarde, me animé a poner un límite.
—Lucía, mejor no nos bañamos juntos. Lo de anoche me puso nervioso.
Ella bajó la cabeza y se quedó callada. Después habló despacio, con esa ternura que me desarma siempre.
—Tomás, yo ya me dejé ver desnuda, me dejé tocar, me dejé bañar. Lo hice para sacarme la vergüenza de encima. ¿Por qué tú no puedes hacer lo mismo? No quiero que dejemos de bañarnos juntos porque te dé pena. Confío en ti. Te necesito.
No supe negarme. Nos metimos otra vez en la regadera. Esta vez Lucía no fingió accidentes. Se recargó contra mi pecho desde el principio y empujó el trasero hacia atrás con una intención que no podía esconder, aunque su voz siguiera sonando inocente.
—Así me siento segura. Quiero que te acostumbres. No te alejes.
Probé separarla con las manos en sus caderas. Dos veces. Tres. Cada vez ella volvía con un pasito atrás, y su culo grande y enjabonado se acomodaba exactamente donde estaba antes. Mi pene quedó duro entre sus nalgas, deslizándose un poco arriba y un poco abajo con el jabón cada vez que ella respiraba. Al cuarto intento me rendí. Solté un suspiro, bajé las manos y la dejé apoyarse contra mí. Ella sonrió sin verme y soltó un «gracias, hermanito» en voz baja.
***
Esa noche el calor del departamento era insoportable. Le puse a Lucía unos shorts cortos de algodón y la playera sin sostén. Los shorts le quedaban tan apretados que la mitad de las nalgas le asomaban por abajo, redondas y bronceadas. La acosté de lado, apagué la luz, me acosté detrás. Ella empezó con su rutina:
—Tomás, hace mucho calor, no me voy a pegar. Pero tócame en algún lado, por favor. Si no te siento, me da miedo.
Estiré la mano para ponérsela en la pierna. En el último segundo, no sé por qué, la subí. Le agarré una nalga entera. Los dedos se me hundieron en esa carne caliente y blanda. La saqué enseguida.
—Era broma, perdón.
Ella soltó una risita en la almohada.
—Déjala ahí. No me molesta. Si estás atrás de mí, mi culo va a estar siempre cerca de tu mano. Mejor que te acostumbres.
Volví a poner la palma sobre su nalga, esta vez sin retirarla. La mitad del cachete estaba al descubierto por lo corto del short. Sentía el peso, la temperatura, la suavidad de la piel. Lucía suspiró contenta y al rato su respiración se hizo lenta. Se había dormido.
Yo no podía. Llevaba semanas sin un minuto solo. Ni en la ducha tenía privacidad. Mi cabeza repetía lo de siempre — es tu hermana, es tu hermana — pero el cuerpo no escuchaba. Tenía la mano sobre la nalga más perfecta que había tocado en mi vida, y debajo del bóxer estaba duro hasta doler.
Me bajé el bóxer apenas, despacio para no mover el colchón. Mantuve la mano izquierda exactamente donde estaba: sobre su trasero expuesto. Empecé a tocarme con la derecha, controlando la respiración. Cada vez que cerraba un poco los dedos y le apretaba suavemente la nalga, usaba esa sensación para meterme más en lo que estaba haciendo. Me dije muchas mentiras en cinco minutos. Que era la falta de privacidad. Que era el calor. Que era el cansancio acumulado del viaje. La verdad es que era ella, su cuerpo dormido contra el mío y mi mano hundida en su piel.
Terminé apretando los dientes, con una mezcla de placer y culpa que me dejó sin aire. Me limpié con un pañuelo, me subí el bóxer y dejé la mano otra vez sobre su nalga como si nada hubiera pasado. Lucía seguía respirando profundo, ajena a todo.
Me quedé mirando el techo del departamento ajeno, escuchando el ruido lejano del tráfico de la capital. Había cruzado una línea esa noche y los dos lo sabíamos, aunque ella todavía no se hubiera enterado. Y la facultad ni siquiera había empezado.