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Relatos Ardientes

Mi prima llegó ese verano y lo cambió todo

Me llamo Marcos y tengo veintiocho años. Vivo con Valentina, mi prima, en el apartamento que compré cuando me mudé a esta ciudad por trabajo. Llevamos cuatro años juntos y cada mañana que me despierto a su lado me pregunto cómo pudo ser tan sencillo llegar hasta aquí, cuando el camino estuvo lleno de cosas que nadie debería desear.

Esta es la historia de cómo ocurrió.

Para entenderla hay que empezar por Elena, mi hermana, un año menor que yo. Desde pequeños fuimos inseparables: mismos colegios, mismas tardes en casa vacía, misma manera de contarnos todo sin filtros ni vergüenza. Nuestros padres llegaban tarde del trabajo y la casa era nuestra durante esas horas, y eso hizo que entre nosotros no existiera casi ninguna frontera.

No había secretos. Yo sabía con quién había estado ella el fin de semana anterior y ella sabía lo mismo de mí. Caminábamos por los pasillos en ropa interior, compartíamos el baño sin llamar, nos veíamos desnudos sin que ninguno de los dos le diera mayor importancia. Era simplemente nuestra manera de funcionar.

El problema es que cuando dos personas comparten ese nivel de intimidad durante años, tarde o temprano los límites se vuelven difusos.

Tenía diecinueve años. Elena dieciocho. Era una tarde de julio, hacía calor y ella estaba tumbada en el sofá contándome los detalles de un chico que le gustaba en su clase, cómo le había metido la lengua en la boca en la puerta de su portal y cómo le había puesto la mano en una teta por encima de la camiseta. Yo la escuchaba desde la cocina, sirviendo un vaso de agua, con solo la ropa interior puesta. De repente se interrumpió a mitad de frase.

—Marcos. ¿Qué es eso?

No necesité mirarme para saberlo. La polla se me había puesto dura del todo dentro del calzoncillo y marcaba el bulto sin ninguna vergüenza contra la tela.

—Perdona —dije—. Me excité escuchándote.

Hubo un silencio. Luego Elena se rió, pero no era una risa de incomodidad. Era de curiosidad genuina.

—¿Puedo verla?

Dejé el vaso sobre la encimera y caminé hasta el sofá. Ella se incorporó a medias, apoyada en un codo, con los ojos fijos en el bulto que se marcaba justo delante de su cara. Me bajé la goma del calzoncillo despacio y la polla saltó hacia arriba, dura, con la punta ya brillante de una gota de líquido preseminal. Elena abrió la boca sin darse cuenta.

—Joder, Marcos —dijo en voz baja—. Es más grande de lo que pensaba.

Alargó la mano y me la agarró con los dedos fríos. La apretó una vez, luego otra, mirándome a la cara como pidiendo permiso que yo ya le había dado con solo estar ahí. Empezó a moverla despacio, subiendo y bajando la piel, y yo aguanté la respiración porque no me esperaba que aquello estuviera pasando de verdad. Se pasó el pulgar por la punta, se llevó los dedos a la boca y los chupó sin apartar la vista.

—Sabe raro. Pero no está mal.

Y sin más preámbulo se inclinó hacia delante y se metió la punta de mi polla en la boca. Solté un jadeo que no supe controlar. Su lengua rodeó el glande, torpe al principio, y luego bajó la cabeza y me tragó la mitad de golpe, con los ojos aguándosele por el reflejo. La sujeté por el pelo sin apretar y ella empezó a moverse arriba y abajo, chupándome con una entrega que no me esperaba de mi hermana, la boca llena de saliva que le caía por la barbilla y me mojaba los huevos.

—Espera, para —le dije—. Me voy a correr.

Sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y sonrió con los labios brillantes.

—¿Y qué?

—Que no quiero correrme todavía.

Se levantó del sofá y se quitó la camiseta por la cabeza. No llevaba sujetador. Tenía las tetas pequeñas y firmes, con los pezones ya duros y de color rosa oscuro. Se bajó los pantalones cortos y las bragas de un tirón y se quedó desnuda delante de mí, sin taparse, sin bajar la mirada. La miré entera y no me la reconocí: era mi hermana y a la vez era una mujer con un coño depilado y brillante que me estaba pidiendo que se lo follara.

—Túmbate —me dijo.

Me tumbé en el sofá y ella se subió encima, a horcajadas, con la mano guiándome la polla hasta su entrada. Estaba tan mojada que la punta se hundió sola. Bajó despacio, con la cara descompuesta, hasta que la tuvo entera dentro. Yo apreté los dientes para no correrme al instante: era estrecha, caliente, y me apretaba con espasmos que me subían por toda la espalda.

—Ay, joder —susurró—. Me llenas entera.

Empezó a moverse, primero adelante y atrás, luego arriba y abajo, agarrada a mis hombros. Le agarré las tetas con las dos manos y le pellizqué los pezones y ella soltó un gemido largo. Le lamí uno y luego el otro, mordiéndole suave, y ella empezó a cabalgarme más rápido, con la boca abierta y el pelo pegado a la frente por el sudor. La casa vacía amplificaba cada sonido: el choque de sus nalgas contra mis muslos, el chapoteo húmedo entre los dos, sus jadeos cada vez más cortos.

—Voy a correrme —dijo—. Marcos, me voy a correr.

La agarré por las caderas y empujé desde abajo, follándomela con fuerza, hasta que ella se arqueó hacia atrás con un grito ahogado y sentí cómo el coño se le cerraba sobre mi polla en oleadas. Aguanté hasta que terminó y entonces la levanté, la saqué antes de correrme y me vacié encima de su vientre y sus tetas con cuatro chorros gruesos que le mancharon la piel hasta el cuello.

Nos quedamos quietos, respirando fuerte, con el semen brillándole entre las tetas. Ella se pasó un dedo, lo miró y se lo llevó a la boca.

—Esto no lo cuentas a nadie —dijo.

—Ni tú tampoco.

Lo que pasó a continuación no lo habíamos planeado ninguno de los dos. Sucedió con la misma naturalidad desconcertante con que suceden las cosas entre personas que llevan años sin guardarse nada: sin saber bien quién había dado el primer paso, sin que ninguno de los dos pudiera señalar el momento exacto en que cruzamos la línea. Fue sexo. Solo sexo. Nos lo dijimos esa misma tarde y los dos lo entendimos perfectamente: lo que teníamos nosotros era otra cosa, anterior y más sólida, y aquello era simplemente la extensión de una confianza que no encontraba sus propios bordes.

Era su primera vez. La mía también había sido hacía poco. Nos conocíamos demasiado bien para que hubiera torpeza, y eso lo hizo extrañamente fácil.

Durante los meses siguientes repetimos algunas veces, siempre antes de que llegaran nuestros padres, siempre con la misma complicidad tranquila de siempre. Le encantaba que me la follara por detrás, apoyada en el respaldo del sofá, con una mano mía en su cintura y la otra tapándole la boca para que no gritara. Le encantaba mamármela hasta el final y tragarse todo lo que le echara. Y a mí me encantaba comerle el coño hasta que se corría dos, tres veces seguidas contra mi cara. Nos seguíamos contando nuestras cosas mientras tanto: los ligues, las decepciones, los pequeños dramas de tener veinte años. Y cuando yo me fui a trabajar a otra ciudad, a los veinticuatro, aquello terminó con la misma naturalidad con que había empezado. Elena tenía novio desde hacía tiempo. Yo también salía con alguien. La etapa había pasado y ninguno de los dos cargó con culpa porque nunca pensamos que hubiera algo de qué arrepentirse.

La quiero como hermana. Siempre la he querido como hermana. Lo otro fue solo lo que fue, y lo que fue ya no existe excepto como recuerdo.

***

El verano en que todo cambió fue el siguiente al de mi mudanza. Llevábamos años con el mismo ritual de agosto: la familia alquilaba una casita cerca de la playa, en la costa levantina, todo el mes. El mismo apartamento de siempre, la misma terraza con vistas al mar, el mismo chiringuito a doscientos metros que no mejoraba pero al que siempre volvíamos.

Ese año mis tíos vinieron a pasar unos días con nosotros. Llegaron un sábado por la mañana con tres de sus hijos. El mayor, Bruno, tenía veintitrés. La pequeña, Irene, catorce. Y Valentina, que estaba a punto de cumplir veinte años.

La última vez que la había visto en persona debía tener ella quince o dieciséis. La recordaba como una chica tranquila, algo tímida, que aparecía en las cenas de Navidad con algún libro debajo del brazo y apenas decía nada durante la sobremesa. No la recordaba como algo más que eso: la prima tranquila que leía mucho.

Lo que bajó del coche ese sábado no era lo que yo recordaba.

Me quedé paralizado en la puerta mientras ella sacaba una mochila del maletero. Llevaba un vestido de verano con tirantes finos, el pelo oscuro y largo suelto sobre los hombros, y una seguridad en cada gesto que no había existido cuatro años atrás. El vestido se le pegaba a las tetas, que se le marcaban sin sujetador, y las piernas le salían largas y morenas por debajo del bajo corto. Cuando me vio, sonrió de un modo que no supe interpretar del todo en ese momento.

—Marcos. Qué mayor estás.

—Tú también —dije, y no encontré nada más que añadir.

Elena estaba a mi lado. Me conoce mejor que nadie.

—Cierra la boca —me susurró por lo bajo, riéndose.

Por la tarde fuimos todos a la playa. Valentina jugaba en la orilla con su hermana pequeña, se tiraba en la arena, se reía de cualquier cosa. Llevaba un bikini negro con el que se le veía media nalga cuando salía del agua, los pezones marcándose contra la tela mojada. Era completamente ajena a lo que provocaba, o al menos eso parecía. Yo no podía dejar de mirarla y tenía que ponerme de lado en la toalla para que no se me notara el bulto.

—¿Qué te pasa? —me preguntó Elena, tumbada en la toalla a mi lado—. Llevas una hora mirándola fijo.

—Es que no la reconocía. Ha cambiado mucho.

—Ya veo que lo has notado. —Hizo una pausa—. Marcos, es tu prima.

—Ya lo sé, Elena. ¿Qué quieres que le haga?

Ella soltó una carcajada y no dijo más. Pero yo sé cómo funciona mi hermana. Al día siguiente, sin preámbulos, me dijo que había hablado con Valentina. Sin detalles. Solo para tantear el terreno.

—¿Y? —pregunté.

—Que es tuya si la quieres. Dice que lleva pensando en ti desde que era pequeña. Que se ha corrido pensando en ti más veces de las que puede contar.

Me quedé unos segundos procesando eso.

—Somos primos, Elena.

—Lo sé. —Me miró con esa expresión suya que no da más información—. Tú verás.

***

Pasaron tres días en que yo no sabía cómo moverme. La miraba durante las comidas, en la terraza por las noches cuando tomábamos el fresco, y ella me devolvía la mirada con una calma que me desconcertaba. No era una mirada inocente. Era la de alguien que espera, y que sabe que el otro también espera.

Al cuarto día, después de comer, anuncié que iba a por helados al pueblo.

—¿Alguien se apunta?

—Yo —dijo Valentina, antes de que nadie más reaccionara.

Salimos en el coche. Tomamos la carretera de la costa y en el primer tramo recto me detuve en el arcén, corté el motor y la miré.

Ella ya me estaba mirando.

La besé. O nos besamos. No recuerdo quién se movió primero. Tenía los labios suaves y besaba con una lentitud que no me esperaba, como si llevara tiempo ensayando ese momento exacto en su cabeza. Le metí la lengua en la boca y ella la buscó con la suya, y le pasé una mano por el muslo por debajo del vestido hasta que rocé el borde de las bragas. Estaban empapadas. Aparté la tela con dos dedos y le encontré el coño hinchado y mojado, y ella soltó un jadeo contra mi boca cuando le pasé el dedo por el clítoris.

—Llevo tres días así —susurró—. Desde que llegué.

Le metí un dedo dentro y luego dos, y ella se abrió de piernas todo lo que pudo dentro del asiento del coche, con la cabeza echada hacia atrás contra el reposacabezas y una mano sujetándose el vestido subido hasta la cintura. La follé con los dedos mientras con el pulgar le hacía círculos en el clítoris, y ella se corrió en dos minutos, mordiéndose el puño para no gritar, apretándome los dedos con espasmos que no se acababan.

Cuando nos separamos, los dos teníamos la respiración entrecortada.

—Valentina —empecé.

—Ya sé lo que me vas a decir —me interrumpió—. Que somos primos.

—Sí.

—Me lo he repetido muchas veces. —Sostuvo mi mirada—. No me importa lo que piensen los demás.

Le pregunté si estaba segura. Me dijo que sí, con una firmeza que no admitía discusión. Le pregunté si lo había pensado bien. Me dijo que llevaba años pensándolo. La besé otra vez, esta vez sin prisa, con la mano en su nuca y los dedos todavía brillantes de ella.

—Vamos a por los helados —dije finalmente—. Esta tarde buscamos un momento.

Llegamos a la casa con los conos y repartí sonriendo, y nadie notó nada. Mientras todos dormían la siesta nos escabullimos hacia una cala pequeña que yo conocía desde niño, a la que se bajaba por un camino de piedra que muy poca gente se molestaba en seguir hasta el final. Era uno de esos rincones que parecen existir solo para quien los ha buscado.

La arena era fina y húmeda a la sombra de los pinos. El ruido del mar amortiguaba cualquier otro sonido. Nos tumbamos uno al lado del otro y empezamos a besarnos sin prisa. Le bajé los tirantes del vestido y se lo quité por la cabeza, y debajo no llevaba nada más que las bragas mojadas de la mañana. Sus tetas eran redondas, blancas donde el bikini las había tapado, con los pezones marrones y grandes ya duros. Me metí uno en la boca y lo chupé fuerte, tirándole con los dientes, mientras con la mano le apretaba el otro. Ella arqueó la espalda y me apretó la cabeza contra el pecho.

Bajé por su vientre a besos, le mordí el hueso de la cadera y le arranqué las bragas con los dientes. Le abrí las piernas y me la encontré de cerca: rosada, hinchada, con el clítoris ya asomando del capuchón, brillante como si acabaran de mojárselo. Le pasé la lengua entera de abajo arriba y ella soltó un gemido que se perdió entre el ruido de las olas.

—Ay, joder, Marcos.

Le comí el coño despacio, chupándole los labios uno por uno, metiéndole la lengua todo lo dentro que pude, subiendo al clítoris para lamerlo en círculos y luego bajando otra vez. Le metí dos dedos y se los curvé buscándole el punto por dentro, y en cuanto le presioné ahí se le puso todo el cuerpo tenso.

—Espera, espera —jadeó—. Me voy a correr y quiero que sea contigo dentro.

Me detuve y subí a besarla. Se saboreó a sí misma en mi boca y no le importó. Me arranqué la camiseta y el bañador, y ella me miró la polla dura con los ojos entrecerrados.

—Es la primera vez —me dijo en voz baja.

Me detuve.

—Podemos dejarlo para otro momento —dije.

—No. —Abrió los ojos y me miró directamente—. Quiero que seas tú. Solo tú.

Fui muy despacio. Me puse encima, apoyado en los antebrazos, y le froté la punta de la polla contra el clítoris y la entrada, mojándome bien en ella. Empecé a empujar y sentí la resistencia. Ella apretó los dedos en mi espalda cuando la penetré, con un sonido pequeño que se perdió entre las olas. Entré un centímetro, luego otro, hasta que noté el tope y presioné suave. Ella cerró los ojos con fuerza y contuvo la respiración.

—Duele un poco —dijo—. Sigue.

Empujé hasta el fondo con un movimiento firme y ella soltó un gemido corto y agudo. Me quedé quieto, con la polla entera dentro, sintiéndola apretarme por todos lados. Le besé la frente, los párpados, la boca. Me detuve varias veces para preguntarle. Cada vez me dijo que siguiera, con más convicción que la anterior.

Empecé a moverme, muy despacio, sacándola casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo, y con cada embestida ella soltaba un jadeo un poco más largo. Sus caderas empezaron a moverse despacio, buscando el ritmo, y en su expresión vi el momento exacto en que el dolor se convirtió en otra cosa. Los ojos se le pusieron vidriosos, la boca se le abrió y me agarró las nalgas con las dos manos, apretándome contra ella.

—Más fuerte —murmuró—. No te pares.

La follé más rápido, apoyado en las manos, mirándole las tetas rebotar con cada embestida. Ella me rodeó con las piernas y me clavó los talones en la espalda baja, empujándome hacia dentro cada vez que yo entraba. La arena se nos pegaba a la piel sudada. Le agarré una teta con la mano y se la apreté fuerte, y ella soltó un gemido largo.

—Ponme de rodillas —me pidió.

La saqué y ella se giró y se puso a cuatro patas sobre la toalla, con el culo levantado y la espalda arqueada. Le vi el coño abierto, brillante de ella y de mí, y la boca del culo pequeña y apretada encima. Le agarré las caderas y me metí de una embestida hasta el fondo. Ella gritó, esta vez sin cuidarse, y el sonido se perdió entre los pinos.

La follé así durante minutos que no supe contar, agarrándola de la cintura, tirándole del pelo con una mano, mirándole las nalgas chocar contra mis muslos. Le pasé la mano por debajo y le froté el clítoris al ritmo de las embestidas, y ella empezó a temblar entera.

—Marcos, me voy a correr, me corro, me corro.

Se corrió con un grito ronco, apretando el coño alrededor de mi polla en oleadas que me apretaban tanto que casi no podía moverme. Aguanté hasta que empezó a bajar y entonces la giré otra vez de espaldas, me subí encima y la penetré de nuevo, buscando terminar mirándola a la cara.

—Dentro no —jadeó—. No puedo tomar nada.

—Ya lo sé.

La follé unos minutos más hasta que noté el latigazo subiendo. Saqué la polla justo a tiempo y me corrí sobre su vientre, sobre sus tetas, un chorro grueso tras otro que le cayeron desde el pubis hasta la clavícula. Ella se pasó los dedos por encima, extendiéndoselo por la piel, y luego se llevó los dedos a la boca y me miró mientras se los lamía.

Lo que pasó después no sé cómo describirlo sin que suene a algo que no es. No era solo el deseo, aunque también estaba. Era algo parecido a reconocer a alguien en quien no habías pensado nunca de esa manera y de pronto ya no podías pensar en él de ninguna otra. Mientras la sostenía y escuchaba su respiración cambiar, y mientras ella se aferraba a mí con los ojos entrecerrados, supe que esto no iba a quedarse en un verano.

Cuando terminamos nos quedamos tumbados mirando las ramas de los pinos moverse con el viento del mar. Su cabeza en mi pecho. Mi mano en su pelo oscuro lleno de arena.

—No me arrepiento de nada —dijo.

—Yo tampoco.

***

Al día siguiente inventé una excusa para volver a la ciudad: un compañero con un problema urgente, la mentira de verano de siempre. Le pedí a Valentina que viniera a verme en cuanto pudiera, que dijera lo que necesitara decir en casa.

Dos días después sonó el telefonillo y ella estaba abajo con una bolsa pequeña y el mismo vestido del primer día.

No salimos del apartamento en cuatro días.

La follé en el recibidor antes de que soltara la bolsa, con ella apoyada en la pared y las piernas alrededor de mi cintura, la polla entrándole hasta el fondo mientras las llaves aún colgaban de la cerradura. La follé en el sofá esa misma noche, con ella encima moviéndose despacio, cabalgándome durante casi una hora antes de correrse. La follé en la cama de madrugada, despertándola con la lengua entre las piernas hasta que se corrió medio dormida contra mi cara, y luego entrándole por detrás mientras ella todavía tenía los ojos cerrados.

Aprendió a mamarla en esos días. La primera vez fue torpe, con los dientes y sin saber qué hacer con las manos, pero le enseñé despacio: cómo relajar la garganta, cómo usar la lengua en el frenillo, cómo jugar con los huevos con la mano libre. Al segundo día ya me la chupaba con los ojos clavados en los míos y una habilidad que no parecía de principiante. Aprendió a tragar. La primera vez le sorprendió el sabor y casi se ahogó, pero al final se lo bebió entero y me sonrió con los labios brillantes.

Andábamos sin ropa por todo el apartamento, cocinábamos desnudos, nos duchábamos juntos con ella arrodillada delante de mí bajo el agua caliente comiéndomela, o conmigo detrás de ella con las manos en sus tetas y la polla enterrada mientras el vapor lo llenaba todo. Dormíamos enredados. Le enseñé cosas que nadie le había enseñado y aprendía con una atención que me volvía loco. Le enseñé a correrse encima de mi cara, sentada a horcajadas sobre mi boca mientras yo le chupaba el clítoris hasta que se derretía. Le enseñé a dejarme comerle el culo, con ella a cuatro patas y yo separándole las nalgas con las dos manos, y descubrió que le gustaba tanto que casi se corrió solo con eso. En los intervalos hablábamos durante horas de cualquier cosa: de su carrera, de mis proyectos, de la familia, de lo que cada uno quería para los próximos años. Y en algún momento de esos cuatro días, sin que ninguno lo dijera en voz alta, entendimos que lo que estaba pasando no era un experimento ni una aventura de agosto.

Cuando se fue, los dos lo sabíamos.

Una semana después me llamó para decirme que había encontrado un piso cerca del mío. Empezaba su último año de carrera y quería instalarse en la ciudad.

—¿Es una excusa para verme? —le pregunté.

—Completamente —dijo, y la escuché sonreír al otro lado del teléfono.

***

La familia tardó en saberlo. Valentina se mudó ese otoño y durante los primeros meses no le dijimos nada a nadie. Fue Elena quien se encargó de ir abriendo el camino, poco a poco, con comentarios pequeños y respuestas cuidadosas a preguntas que nadie sabía que estaban siendo respondidas. Lo hizo a su manera, con la paciencia que le ha dado siempre tan buenos resultados.

En el cumpleaños de Valentina, cuando cumplió veintiún años, lo hicimos oficial delante de toda la familia.

No fue sencillo. Hubo preguntas incómodas, silencios cargados, una cena en la que nadie supo muy bien dónde mirar. Pero con el tiempo la familia fue encontrando la manera de entenderlo, o de convivir con ello, que a veces es exactamente lo mismo.

Valentina tiene ahora veinticuatro años y yo veintiocho. Trabaja en una empresa de comunicación y yo sigo en el mismo puesto que me trajo a esta ciudad. Compartimos el apartamento desde hace tres años. El año que viene nos casamos, y la familia lo lleva con una naturalidad que no esperábamos pero que agradecemos.

Le conté lo de Elena hace tiempo, en una de esas noches largas de invierno en que la conversación va a cualquier parte. La escuchó sin interrumpirme, me hizo algunas preguntas, y al final dijo que lo entendía. Que cada uno llega adonde llega por el camino que le toca.

No sé si eso es una explicación o simplemente una forma honesta de aceptar que la vida rara vez avanza en línea recta.

Lo que sí sé es que Valentina es lo mejor que me ha pasado. Y que Elena, mi hermana, la persona que lo vio antes que yo y que allanó el camino sin que nadie se lo pidiera, sigue siendo parte esencial de esta historia. Sin ella, sin esa conversación en la toalla a orillas del mar, nada de esto hubiera ocurrido.

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Comentarios(8)

TardeDeVerano

Que relato!!! me dejaste sin palabras, de verdad.

Gustavo_mp

Por favor segui, quede con muchas ganas de saber que paso despues

NochesBsAs

Me trajo recuerdos de verano que preferia no despertar jaja. Muy bien escrito, se siente genuino.

Mati_88

buenisimo!!! sigue escribiendo

ClaraMdq

Es autobiografico o pura ficcion? Lo pregunto por como se siente de real

Rosana_76

Escribis muy bien, tiene ritmo y se lee solo. Espero el proximo

PabloRivera88

La tension que lograste en la primera parte es increible. Se me hizo corto, quiero mas.

Lucia_Mza

Dios mio que historia 😍 me encanto

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