Lo que mis hermanas hicieron con nuestros padres
Mis tres hijos están sentados frente a mí, con las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada. Marta ya tiene la mano metida bajo la falda. Ramón aprieta el bulto del pantalón con la palma abierta. Inés se muerde el labio inferior hasta dejárselo blanco.
Tomo la copa de vino, doy un sorbo lento y dejo que el silencio se estire un poco más antes de empezar.
—Esta noche os voy a contar algo que nunca os he dicho. Yo no fui la única hija de la casa que terminó en la cama de mis padres. Vuestras tres tías también cayeron, cada una a su manera, aunque por fuera ninguna lo pareciera.
—Voy a empezar por la mayor. Vuestra tía Aurora, diez años mayor que yo. La que abrió el camino.
***
Aurora fue siempre distinta. Alta, de piernas largas, con un cuerpo que se le formó pronto y una mirada que no escondía nada. En el pueblo decían que era la más guapa de la comarca. En casa sabíamos que era algo más complicado. Tenía un hambre permanente, un fuego debajo de la piel que no la dejaba dormir tranquila.
Cuando cumplió dieciocho años, vuestro abuelo —que entonces no llegaba a los cuarenta— ya no pudo seguir mirándola como un padre. Una noche la llamó a su habitación. Mi madre estaba sentada en la cama, con una vela encendida sobre la mesilla, esperándolos a los dos.
Aurora me lo contó años después, sin un solo gesto de culpa.
—Me hicieron sitio entre ellos —me dijo—. Y supe enseguida que no iba a salir de allí siendo la misma.
Desde aquella noche, Aurora durmió entre ellos casi todas las semanas. Mi padre la tomaba boca arriba mientras mi madre le sujetaba las muñecas contra el cabecero. A veces era ella la que se subía encima y movía las caderas con una rabia tranquila, mientras mi madre le besaba el cuello y le pellizcaba los pezones.
Se casó joven con un hombre del pueblo para tapar las apariencias, pero cada vez que volvía al cortijo encontraba la manera de meterse en aquella habitación. Tuvo cinco hijos, todos varones, y nunca quiso saber con certeza cuál era de quién. Decía que prefería imaginárselo.
En el verano del setenta y cinco, cuando ella ya pasaba de los cuarenta y vuestros abuelos eran dos viejos cansados, Aurora volvió al cortijo con sus cuatro hijos mayores, todos ya hombres. Yo tenía treinta años y estaba allí de visita.
La primera noche se organizó la cena de bienvenida. Hubo cordero, vino áspero y demasiadas risas. Cuando los mayores se retiraron, Aurora entró desnuda en el cuarto grande de mis padres como si fuera la dueña.
—Padre —dijo, arrodillándose entre sus piernas—. He vuelto para que me sigas tratando como antes.
Mis cuatro sobrinos entraron detrás de ella. Cuatro hombres jóvenes, criados en silencio dentro de aquella familia. Aurora los miró por encima del hombro con una sonrisa que yo nunca le había visto.
—Venid, hijos. Que vuestros abuelos os enseñen lo que es esto.
Aurora se tendió en la cama. Mi padre la cubrió, todavía con bastante fuerza pese a los años. Uno de mis sobrinos se acercó por arriba y le ofreció la boca. Otro le acariciaba los pechos con las dos manos. El tercero le separaba las nalgas y le pasaba la lengua por donde podía. El cuarto, de rodillas en una esquina, se tocaba sin apartar la vista.
Mi madre se sentó en una silla baja, junto a la cabecera. Se subió la falda hasta la cintura y se acariciaba despacio, con la mirada fija en su hija.
Yo estaba en un sillón al otro lado, sin moverme. Uno de los sobrinos, el de manos más grandes, se acercó, me sostuvo la cara con una y me pidió permiso con los ojos. Le dije que sí con la barbilla. Lo dejé entrar.
Aurora gritaba como si llevara veinte años esperando ese momento, y probablemente así era. Mi padre acabó dentro de ella. Después la usaron los hijos por turnos. Mi madre, en la silla, se corrió tres veces sin que nadie la tocara.
Cuando todo terminó, Aurora se quedó tumbada, brillante de sudor, con una sonrisa rota en la cara.
—He vuelto para quedarme —dijo—. Quiero que esto no se acabe nunca.
***
—Mamá… la tía Aurora era de verdad lo que decían en el pueblo —murmura Marta, con la voz un poco quebrada.
Ramón, sin soltarse el bulto del pantalón, pregunta:
—¿Y tú estuviste allí? ¿Aquella noche del setenta y cinco?
—Estuve. Pero ya os lo he dicho otras veces. Nunca toqué a mis hermanas. A mí me ponía la carne de los hombres y, alguna vez, la de mi madre. Aurora no me interesaba como mujer. Como espectáculo, sí.
Inés respira hondo. Yo bajo la voz un punto más y sigo.
—La segunda fue muy distinta. Vuestra tía Elvira. La callada. La que parecía una santa.
***
Elvira fue siempre la más guapa de las cuatro, y la más reservada. Delgada, de piel muy clara, pechos pequeños y firmes, cintura estrecha, un culo redondo y prieto. Tenía la voz suave y los ojos bajos. Iba a misa todas las mañanas.
Durante años se negó a participar en cualquier cosa que oliera a aquella habitación. Decía que ella no era como Aurora ni como Magdalena, que no había nacido para eso. Se casó joven, tuvo una hija a la que llamó Aurora —el nombre se repetía mucho en la familia— y un hijo. Vivía a media hora del cortijo y solo venía en Navidad.
Pero la sangre tira, y a veces tira por donde menos se espera.
La hija de Elvira, la joven Aurora, había heredado la cara de su madre y el carácter de su tía. A los veinte años era ya una mujer hecha, con un descaro que no se sabía de dónde le venía. Y llevaba meses, por su cuenta, subiendo al cortijo a ver a su abuelo.
Yo lo supe antes que Elvira. La encontré una tarde saliendo del cuarto de mi padre, con el pelo despeinado y los labios hinchados. Me sostuvo la mirada sin pestañear.
—No le vas a decir nada a mi madre, ¿verdad, tía?
No le dije nada. Esperé.
Fue un domingo de primavera del setenta y cinco. Estábamos en la sala grande del cortijo. Mi padre, sentado en el sillón, con la camisa abierta, dejaba que su nieta le pasara las manos por el pecho con toda naturalidad. Elvira había venido a comer, vestida de oscuro como siempre, y estaba sentada al lado, fingiendo que no veía nada.
La joven Aurora se levantó, cruzó el salón y se sentó a horcajadas sobre las rodillas de su madre.
—Mamá —le dijo, con la voz dulce, sin levantarla mucho—. Ya es hora.
—¿Hora de qué? —Elvira fingió no entender.
—Llevas años sabiéndolo. Y llevas años tocándote a escondidas pensando en ello. Lo sé porque te oigo desde mi cuarto.
A Elvira se le encendieron las mejillas. Quiso protestar, pero su hija ya le estaba subiendo la falda con una lentitud que no admitía discusión. Cuando le metió la mano entre los muslos, Elvira soltó un gemido que sonó casi como un sollozo.
—Estás empapada, mamá. Estás esperando esto desde antes de que yo naciera.
Mi padre, desde el sillón, habló con voz tranquila.
—Ven aquí, Elvira. Llevo demasiados años esperándote.
Elvira se levantó como una sonámbula. Su propia hija la desnudó en mitad del salón. Tenía un cuerpo precioso, mucho mejor de lo que sus blusas largas habían dejado adivinar. Se sentó a horcajadas sobre su padre, con las piernas temblando. La joven Aurora le sostuvo la cabeza contra su pecho y le susurró:
—Despacio, mamá. Déjate caer despacio.
Cuando se acopló por completo, Elvira soltó un gemido largo, como si llevara décadas conteniéndolo.
—Padre… Dios mío, padre… ¿por qué no me llamaste antes?
Yo estaba en mi sillón de siempre, callada, con la copa todavía intacta entre las manos. Su hija se arrodilló detrás y le pasaba la lengua por la espalda, por la nuca, por el cuello. Le susurraba cosas que yo no oía pero que la hacían moverse cada vez más rápido.
Elvira se corrió tres veces seguidas, una sobre otra, sin tiempo a recuperarse. Cuando mi padre acabó dentro de ella, su hija se arrodilló entre sus piernas y la limpió con la boca, sin perder una gota.
Después miró a su madre, con los labios brillantes, y le dijo:
—Bienvenida a casa.
***
Mis hijos siguen quietos, pero los oigo. Marta respira con la boca abierta. Ramón ha sacado por fin lo que tenía guardado y se acaricia sin disimular. Inés tiene los ojos llenos.
—Falta la tercera —digo—. La más descarada de las cuatro. Vuestra tía Magdalena.
***
Magdalena fue, desde joven, la más insolente. Tenía la boca grande, la risa fácil y una lengua larga que sabía usar. A los dieciocho años ya se acostaba con su hermano Andrés en el pajar, y nunca lo escondió del todo. Le daba igual lo que dijeran en el pueblo.
Lo curioso es que con mis padres nunca quiso. Decía que con el hermano sí, que era casi como un juego, pero que con los padres se le revolvían las tripas. «Hasta ahí no llego», repetía. Y lo cumplió durante muchos años.
Tuvo dos hijos pronto y los educó a su manera. La mayor, Lola, le salió fuerte, de pechos grandes y carácter aún más grande. El segundo, Bruno, era alto, callado y dominante. Magdalena los inició a los dos en cuanto cumplieron la mayoría de edad. Lo contaba en la mesa, como quien habla del tiempo.
Pero a sus hijos lo de la abuela y el abuelo les picaba la curiosidad.
Aquel agosto del setenta y cinco, Magdalena llegó al cortijo con Lola y Bruno. Cenamos los seis: mis padres, ella, sus hijos y yo. Después de los postres, Lola se sentó pegada a su madre en el sofá y le pasó la mano por el muslo con toda naturalidad.
—Mamá. Ya está bien de hacerte la fina —le dijo, con voz baja y firme—. Te acuestas con el tío Andrés y con nosotros dos. Solo te falta cerrar el círculo.
—Yo a vuestro abuelo no me lo llevo a la cama —contestó Magdalena, intentando reírse—. Eso no entra.
Bruno se acercó por detrás del sofá y le pasó las manos por los hombros. Sin prisa, le bajó el escote.
—Hoy sí entra, mamá.
Entre los dos la fueron desnudando allí mismo. Magdalena protestaba con la boca pero el cuerpo decía otra cosa. A sus casi cuarenta años seguía siendo una mujer poderosa, de pechos grandes y caídos, caderas anchas y un culo enorme y carnoso que temblaba cuando se levantaba.
La llevaron a la habitación grande. Mi padre ya esperaba. Lola guio ella misma a su abuelo hacia su madre.
—Baja, mamá. Despacio.
Magdalena se sentó encima, y por primera vez en su vida la oí callarse de golpe. Después soltó un gemido grueso, casi ofendido.
—Padre… cabrón… por qué la tienes todavía así…
Bruno se puso delante, con la boca de su madre buscándolo, y se dejó hacer. Lola se arrodilló detrás y le pasaba dos dedos por donde no debía mientras la lamía. Mi padre la sujetaba por las caderas y la movía como si pesara la mitad.
Magdalena, la que siempre había dicho que no, se corrió cuatro veces aquella noche. Una de ellas gritando que era una puta. Otra murmurando que ojalá lo hubiera hecho antes. La última, en silencio, con las lágrimas corriendo por la cara y una sonrisa cansada.
***
—Y entonces llegó la noche que las cuatro nunca olvidaremos.
Mis hijos no se mueven. Marta tiene los muslos brillantes. Ramón respira como si hubiera corrido. Inés se ha levantado el camisón hasta la cintura.
—Aquel mismo agosto, las cuatro hermanas coincidimos en el cortijo. Aurora con cuarenta y cinco, Elvira con cuarenta y uno, Magdalena con treinta y ocho, y yo con treinta. La primera vez en muchos años que estábamos juntas bajo el mismo techo.
Aurora lo organizó todo, claro. Se puso en jarras delante de las otras tres y dijo:
—Hoy mamá y papá nos tienen a las cuatro. Tú, Carmen —me miró—, tú con ellos y con los chicos, como siempre. A nosotras no nos toques. Ya lo sabemos.
Yo asentí. Esa era la regla.
Desnudamos a mis padres entre todas. Mi padre se quedó sentado en su sillón grande, con el cuerpo todavía firme bajo la edad. Mi madre se tendió en la cama, con las piernas abiertas y los ojos cerrados, sonriendo.
Aurora fue la primera. Se arrodilló entre los muslos de mi padre con la devoción de quien lleva esperando todo el día. Elvira se subió a la cama y se sentó sobre la cara de su madre, dejándose lamer despacio. Magdalena se puso a cuatro patas a un lado, ofreciéndose sin palabras.
Yo me acerqué a mi padre por el otro lado y le besé el cuello mientras Aurora seguía con su trabajo. Mi padre gruñó y me agarró la nuca con la mano libre.
—Mis cuatro hijas —dijo—. Por fin.
Después fue Aurora la primera en sentarse encima de él. Luego Magdalena, que se dejó montar por detrás, con la cara hundida en la almohada y la boca abierta. Elvira pasó a la cama y mi madre la lamió hasta que se corrió, despacio, casi en silencio, como si todavía le costara dejarse ir del todo.
Yo me subí encima de mi padre cuando me tocó el turno y me dejé caer sin prisa.
—Papá. Aunque estés viejo, sigues sabiendo dónde tocar.
Mientras yo me movía sobre él, mis tres hermanas se ocupaban de mi madre: Aurora con los dedos, Elvira con la lengua, Magdalena con la boca pegada a sus pechos caídos. Mi madre gemía como una niña, repitiendo nuestros nombres uno detrás de otro.
En algún momento entraron los hijos de Aurora. Cuatro hombres jóvenes, sin una sola palabra. Dos se llevaron a Magdalena al suelo. Uno se acercó a mi madre y la cubrió. El cuarto se puso detrás de mí, mientras yo seguía sobre mi padre, y me preguntó si podía. Le dije que sí.
Acabé con dos hombres a la vez. Mi padre debajo. Mi sobrino detrás. Grité tanto que durante días tuve la garganta áspera.
La fiesta duró más de dos horas. Cuando todo terminó, Aurora se levantó con la barbilla brillante y miró a las otras tres.
—Esto es lo que siempre debimos ser —dijo—. Una familia sin disimulo.
***
Marta tiembla todavía. Ramón se mira los dedos sin saber qué hacer con ellos. Inés respira hondo, despacio, como si volviera de un viaje largo.
Yo apuro la copa de vino, la dejo sobre la mesa y los miro a los tres con calma.
—Mañana hablamos del tío Andrés —digo—. Esa es otra historia.