La quemadura que cambió todo entre mi madre y yo
Era casi mediodía cuando empujé la puerta de casa con el hombro y solté la mochila en el recibidor. Había pasado toda la mañana en la cancha con Damián y Rafa, y tenía un hambre que me hacía oír los pasos del estómago contra las costillas. El olor que bajaba por el pasillo era inconfundible: salsa con ajo, albahaca tostada, queso derritiéndose en la sartén. Mi madre cocinaba pasta otra vez, y cualquier otro sábado habría entrado gritando que dejara plato para mí. Pero aquella tarde se me ocurrió algo peor.
La vi de espaldas, frente al lavaplatos, sosteniendo la olla humeante para escurrir los tallarines en el colador. Llevaba un vestido fino de algodón color crema, casi traslúcido contra la luz que entraba por la ventana, y el pelo recogido en un moño flojo. Me acerqué sin hacer ruido y le clavé los dedos en las costillas, justo donde sabía que tenía cosquillas.
Fue la peor idea de mi vida.
Ella pegó un grito y se giró por instinto, todavía con la olla entre las manos. El agua hirviendo y la pasta entera me cayeron encima como una ola, desde el pecho hasta los muslos. Sentí el calor atravesarme la ropa antes de poder entender qué pasaba. Grité algo que ni yo mismo escuché y salí corriendo por el pasillo, dejando un rastro de tallarines y agua humeante sobre el parqué.
—¡Bruno, hijo, por Dios! —oí a mi madre detrás de mí, descalza, persiguiéndome.
Me metí en el baño y abrí la ducha en frío de un manotazo. Me arranqué la camiseta y los pantalones con tal violencia que se rompió el cordón. Estaba tan urgido por sentir el agua fría contra la piel que ni siquiera cerré la puerta. Cuando ya estaba debajo del chorro, mi madre entró como una bala, sin pensar, sólo preocupada por verme.
—¿Estás bien? Déjame ver, déjame ver…
Y ahí fue cuando se detuvo. La vi parada al borde de la mampara, con el vestido salpicado y los ojos clavados en mí. Yo estaba completamente desnudo bajo el agua, con el cuerpo enrojecido del pecho hacia abajo, y por un segundo —un segundo que duró demasiado— ella se quedó mirando entre mis piernas. Después subió la mirada, se puso colorada hasta las orejas y musitó algo que no logré entender. Me quedé bajo la ducha un buen rato, hasta que el escozor se hizo soportable.
***
Mi padre llegó media hora más tarde con dos bolsas de comida del restaurante de la esquina. Cuando le contaron la escena —el ataque sigiloso, la olla, la pasta volando— se rió hasta que tuvo que sentarse en el sofá. Hizo bromas pesadas sobre que iban a tener que amputarme y reemplazarme la verga con una salchicha, hasta que mi madre, con esa voz cortante que usaba cuando hablaba en serio, le dijo que se callara de una vez. Yo comí en mi cama, por orden de ella. No quiso que me moviera. Decía que necesitaba reposo, aunque la quemadura era leve: una mancha rosada que iba del ombligo hasta la mitad de los muslos, sin ampollas. Me apliqué un poco de crema hidratante con calmante, me cubrí con una sábana ligera y caí dormido sin darme cuenta.
Cuando abrí los ojos ya casi era de noche. La habitación estaba en penumbra y desde el living se oía al comentarista de un partido. Recordé que al día siguiente tenía planes con los muchachos —una pichanga y después asado en lo de Rafa— y maldije en voz baja. Tomé el celular y les escribí que no iba a poder ir. Encendí el televisor de la pieza para entretenerme con cualquier cosa cuando oí los pasos de mi madre por el pasillo.
Entró sin tocar, con una toalla pequeña y el tubo de crema en la mano. Llevaba puesto un camisón de seda azul oscuro que no le había visto nunca, o que tal vez nunca había mirado bien. Cerró la puerta detrás de ella sin hacer ruido. Se sentó en el borde de mi cama y, sin más preámbulo, me tiró de la sábana hasta dejarme al aire.
—Mamá, qué…
—Ay, no seas tonto —se rió, pero la risa le salió rara, como si la estuviera ensayando—. Necesito ver cómo va eso. Ya te vi en el baño, no es nada que no conozca.
No era el cuerpo lo que me incomodaba. Era la forma en que ella miraba.
Yo tenía veintidós años, vivía todavía en su casa porque la universidad quedaba a tres cuadras, y aunque me había duchado mil veces con la puerta entreabierta, esto era distinto. Aun así, no dije nada. Ella se inclinó sobre mí, examinó la zona rosada con los dedos, frunció el ceño y asintió como si fuera enfermera de turno.
—Está mucho mejor. Pero hay que ponerte crema o vas a pelarte mañana.
Apretó el tubo y dejó caer un hilo blanco sobre mi vientre. Me estremecí por el frío. Después empezó a esparcirla con la palma de la mano abierta, en círculos lentos, bajando desde el ombligo hacia la pelvis, sin tocarme directamente todavía pero acercándose cada vez más al borde del vello. Yo intentaba no pensar. Intentaba contar baldosas del techo, escuchar al comentarista del partido, recordar la formación del equipo. No funcionó.
Empecé a endurecerme. Primero apenas, una semierección que esperaba que no se notara. Después, sin posibilidad de disimular, me puse completamente duro frente a sus ojos. Sentí cómo la mano de mi madre se quedó suspendida en el aire un segundo, dudando.
—Caramba, hijo —susurró con una sonrisa torcida—. No me vayas a sacar un ojo con eso.
Cerré los ojos de pura vergüenza, pero la vergüenza no me bajó la erección. Al contrario, el comentario me la puso peor. Cuando volví a mirar, ella seguía con la mano cerca, observándome el sexo con los labios entreabiertos, como si estuviera resolviendo una pregunta en silencio. Puso más crema en la palma y, esta vez, sus dedos rozaron la base, como por accidente. Después otra vez. Y otra.
—Para que no se reseque la piel de alrededor —murmuró sin convicción.
—Sí —contesté yo, con la voz quebrada.
Los roces dejaron de ser accidentales. Cerró los dedos alrededor de la base, suave al principio, midiendo. Dejó escapar una risa breve, casi para sí misma.
—Esto no lo sacaste de tu padre, eso seguro. Esto es de mi rama de la familia.
No supe qué responder. La frase me clavó una mezcla rara de orgullo y desconcierto. Ella se acomodó en la cama hasta quedar recostada de costado, pegada a mí, con la cabeza apoyada en mi hombro y la mano firme sobre mi sexo. El camisón de seda se le había abierto un poco y desde mi ángulo veía el canal entre sus pechos, blancos y pesados, con la cadenita de oro que siempre llevaba descansando justo en el medio. Era la primera vez en mi vida que la miraba así, y supe en ese mismo instante que ya no podía dejar de hacerlo.
—Mamá —murmuré, sin saber si era una pregunta o una rendición.
—Shhh. No digas nada.
***
Empezó a moverse despacio, aprovechando que la crema le había dejado los dedos resbaladizos. Subía hasta la punta y bajaba hasta la base con un ritmo tranquilo, casi metódico, como si estuviera midiéndome cada vez. Murmuraba cosas entre dientes que apenas alcanzaba a entender, frases rotas: «madre mía, qué barbaridad», «las chicas con las que andas no saben la suerte que tienen», «si yo tuviera tu edad…». Cada palabra me prendía un poco más.
Yo apreté los dientes para aguantar. Suelo durar mucho —siempre me lo dijeron las chicas con las que estuve— pero aquello era otra cosa. Aquello no era una pajeada, era un cortocircuito en el cerebro. Cada vez que ella subía la mano hasta la punta y volvía a bajar, sentía un latigazo eléctrico recorrerme la espalda.
El ritmo subió. Su respiración también. Le oí soltar un suspiro contenido y supe que ella tampoco estaba haciendo aquello sólo por mí. Estaba caliente, igual que yo. Tal vez más.
—Es preciosa, hijo —dijo en voz alta por primera vez—. De verdad, es preciosa.
No supe dónde meter la cara. Me giré apenas y la hundí en su escote, contra los pechos cubiertos por la seda azul. Olía a la crema hidratante de jazmín que se ponía todas las mañanas y a algo más, algo que no había olido nunca, un olor a piel caliente que me hizo cerrar los ojos. Sus pechos eran suaves, pesados, y cuando respiraba se movían contra mi cara como olas pequeñas.
La sentí inclinarse un poco más, ofreciéndomelos. No me los enseñó, no se abrió el camisón, pero los acomodó contra mí como diciendo «quédate ahí». Me quedé. Hundí la nariz entre ellos mientras la mano de mi madre seguía subiendo y bajando con una urgencia nueva. Empezó a apretar más, a torcer la muñeca al llegar a la punta. Algo en su murmullo se volvió ininteligible.
—Ya no aguanto —avisé yo, casi inaudible.
—Suéltalo, cielo, suéltalo.
Y solté. Fue un orgasmo que me sacudió de pies a cabeza, una descarga en oleadas que dejó manchas blancas sobre mi pecho, sobre la sábana, sobre el dorso de la mano de mi madre. Apreté los párpados, sentí mis propios músculos contracturarse, oí el ruido sordo de mi corazón en los oídos. Cuando abrí los ojos, ella seguía con la mano cerrada en torno a mí, pero ya quieta, recuperando el aliento.
***
El silencio que vino después fue espeso. Mi madre se incorporó despacio, sin mirarme. Tomó el borde de la sábana y se limpió la mano y el antebrazo con cuidado, como si estuviera limpiando un florero que se le había caído. Después me cubrió con esa misma sábana —arrugando la nariz al rozar lo húmedo— y se levantó.
Yo no me atreví a hablar. Ella tampoco. Caminó hasta la puerta y, antes de salir, se giró a medias, todavía sin buscarme los ojos. Movió los labios dos veces antes de que le saliera alguna palabra. Cuando salieron, no fueron las que yo esperaba.
—Lo siento, cielo. Me dejé llevar. Duerme. Mañana temprano te vuelvo a poner la crema.
Cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie en la casa, aunque mi padre llevaba durmiendo desde las once y los vecinos estaban a tres pisos de distancia.
Me quedé mirando el techo durante un rato largo. La culpa llegó casi a la vez que el cansancio, las dos pesando lo mismo. Sabía que aquello estaba mal, que era una de esas cosas que un hijo no debería hacer con su madre ni en un sueño febril. Pero también sabía otra cosa, y esta segunda era más rotunda: que nada de lo que había vivido con otras chicas se acercaba ni de lejos a lo que acababa de sentir. Ni la primera vez, ni con Florencia, ni en aquel verano con Camila en la playa de Cabo Polonio. Nada.
«Mañana temprano te vuelvo a poner la crema», había dicho.
Esa frase me dejó duro otra vez en cuestión de minutos. Quise pajearme para descargar la culpa y todo lo demás, pero me detuve a tiempo. No quería defraudarla por la mañana. Quería tener todo guardado para cuando ella volviera a entrar por esa puerta con el tubo de crema en la mano y el camisón azul mal cerrado.
Apagué la luz, cerré los ojos y empecé a contar las horas que faltaban para que amaneciera.