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Relatos Ardientes

Mi padrastro me enseñó por qué mamá nunca lo dejó

Mis padres se separaron cuando yo tenía dieciséis años. No hubo gritos ni platos rotos. Solo la escena quieta de un hogar que se deshace desde adentro: un juez leyendo en voz neutra, papá haciendo una maleta que no llenó del todo, y la casa quedando en manos de alguien que no era él.

El hombre que lo reemplazó se llamaba Rodrigo. Había sido el mejor amigo de mi padre desde la universidad. Iba a nuestras cenas de cumpleaños, pasaba la Nochevieja con nosotros, me enseñó a montar en bicicleta cuando tenía ocho años. Y después, con la misma naturalidad con la que un día entró a nuestra vida, decidió quedarse con la mujer de su amigo.

Mi padre se fue a casa de mis abuelos con lo que cabía en dos maletas. Debía pagar pensión, según el juez. Como si el error hubiera sido suyo. Como si la traición la hubiera cometido él.

Recuerdo su mirada el día que cerró la puerta. No dijo nada. A veces el silencio lo dice todo.

Yo me quedé porque no tenía elección. Era mayor de edad recién cumplida y el sistema no me preguntó. Me quedé viendo cómo Rodrigo ocupaba cada rincón: su silla en la mesa, su lado de la cama, su coche en el garaje que había sido de mi padre durante quince años. Lo peor no fue la presencia de Rodrigo. Fue la sonrisa de mi madre. Esa sonrisa de quien ha conseguido exactamente lo que quería.

***

Lo gestioné como gestionan los jóvenes lo que no pueden controlar: convirtiéndome en un problema. Dejé de estudiar, empecé a llegar tarde, contestaba a todo. Y cuando apareció El Fede, un tipo de veintidós años sin trabajo y con demasiado tiempo libre, mi madre supo desde el primer momento que iba a ser una guerra.

—Alejandra, ese chico no te conviene —me decía, usando mi nombre completo cuando quería que sonara a advertencia—. Los hombres así hacen desgraciadas a las mujeres.

Escuchar lecciones de moral por su parte me resultaba casi cómico. Asentía, salía por la puerta y tardaba lo suficiente en volver para que se preocupara.

El Fede no me consolaba. Me incendiaba. Cada vez que le contaba lo de Rodrigo, lo de mi padre, lo de ese pacto silencioso con el que mi madre había rehecho su vida, él escuchaba con esa media sonrisa suya y decía cosas que no debía decir. Que mi madre tenía pinta de saber muy bien lo que quería entre las piernas. Que tu padrastro te mira el culo cada vez que te agachas, Alejandra, no te hagas la ciega. Que a los tipos como Rodrigo se les nota la polla dura hasta a través del pantalón cuando una tía joven cruza el salón.

No me hacía la ciega. Lo había notado desde el primer mes.

Rodrigo disimulaba bien, pero no perfectamente. Había una décima de segundo de más cuando yo cruzaba el salón en camiseta. Una excusa repentina para levantarse del sofá cuando me sentaba demasiado cerca. Un carraspeo, los ojos en el teléfono, la atención fingida hacia cualquier otra cosa. Y una vez, saliendo de la ducha con la toalla mal puesta, lo pillé mirándome los pezones marcados bajo la tela húmeda con una cara que no era la de un padrastro. Era la cara de un hombre calculando cuánto podía mirar sin que se notara.

Mi madre lo notaba también. No lo decía, quizás porque nombrarlo significaba admitir demasiado, pero sus comentarios eran constantes y precisos: siéntate bien, ponte algo encima, no es hora de andar así por casa. Cada corrección suya era gasolina para mí. Su incomodidad era la prueba de que yo tenía algo que ella quería proteger. Algo entre las piernas y dentro del sujetador que a Rodrigo se le iban los ojos.

***

La tarde en que todo cambió, mi madre había salido a hacer recados. Eran las seis y había dicho que volvía antes de las ocho. Rodrigo estaba en el sofá con una lata de cerveza y el fútbol en la televisión.

Salí de mi cuarto con una camiseta de algodón blanca que me llegaba a medio muslo y sin nada más. Ni bragas, ni sujetador. Nada. Pasé despacio por delante del salón camino a la cocina. Sabía que la luz de la ventana entraba de lleno y que la camiseta era fina. Abrí el frigorífico, tomé mi tiempo, me agaché a coger algo del cajón de abajo sabiendo perfectamente qué se veía desde el sofá. Volví al salón y me dejé caer en el sillón de enfrente, con las piernas separadas lo justo.

—¿Quién va ganando? —pregunté.

Levantó la vista. Solo un segundo, pero fue suficiente. Sus ojos bajaron sin que él pudiera evitarlo, recorrieron mis piernas, se detuvieron una décima de segundo en el hueco entre mis muslos, y volvieron a la pantalla con demasiada rapidez.

—Siguen empatados —dijo.

La voz le salió un poco áspera. Sonreí.

Alargué el brazo y cogí su cerveza de la mesa. Bebí un trago largo. Él lo vio y no dijo nada durante unos segundos.

—Hay refrescos en la cocina —dijo al fin.

—Ya sé. Prefiero esto.

El partido seguía sonando pero ninguno de los dos lo miraba. Rodrigo tenía las manos sobre los muslos, los hombros tensos. Yo sostuve la lata cerca de mis labios un momento más del necesario, dejé que una gota resbalara por mi barbilla hasta el cuello, y con dos dedos la limpié bajando por el escote de la camiseta.

—Hace calor hoy —dije.

No respondió. Miré su entrepierna. Había un bulto claro presionando contra la costura del pantalón. Se le estaba poniendo dura. Me puse de pie despacio, crucé la habitación y me senté a su lado en el sofá. Muy cerca. Lo suficiente para notar el calor que daba y el olor de su colonia mezclado con el sudor.

—Rodrigo. —Mi voz era casi curiosa—. ¿Sientes culpa por lo de mi padre?

Tragó saliva.

—Las cosas entre adultos son más complicadas de lo que parecen —dijo.

—Mi padre no opinaba lo mismo.

Puse mi mano sobre su rodilla. Con calma, sin brusquedad. Él miró mi mano. No la apartó. La deslicé unos centímetros por el muslo, sintiendo el músculo tenso bajo la tela.

—Esto no es buena idea —murmuró.

—¿El qué?

Mis dedos se movieron hacia arriba, despacio, hasta rozar el bulto de su polla por encima del pantalón. Él se tensó completamente. Su respiración cambió de ritmo. Apreté con la palma, midiéndolo. Era gruesa. La sentía latir contra mi mano.

—Cuéntame cómo empezó —dije en voz baja, sin dejar de masajearlo—. Con ella. Quiero la versión real. La cruda. Y si me la cuentas, te prometo que va a valer la pena.

***

Habló.

Su voz se fue oscureciendo mientras yo bajaba la cremallera de su pantalón. Me contó una cena de hacía seis años: mis padres, él y su entonces pareja, un restaurante en el centro. Mi madre llevaba un vestido negro que no era apropiado para una cena entre amigos. Rodrigo la siguió al baño y la besó contra el lavabo. Ella le metió la mano por debajo del pantalón directamente, sin ceremonias, y le apretó la polla mientras se dejaba morder el cuello.

—¿Y después? —pregunté, sacándole la polla del calzoncillo.

Era más de lo que había imaginado. Mucho más. Gruesa, larga, con una vena marcada bajando por el lado y el glande hinchado y morado, brillante de una gota de líquido que ya asomaba en la punta. La sujeté con firmeza y él hizo un sonido que no terminó de ser palabra. Cerré los dedos alrededor y empecé a moverlos arriba y abajo, con calma, notándola cada vez más dura en mi puño.

—Quedamos el lunes siguiente —continuó, con los ojos entornados y la respiración cortándosele cada dos palabras—. Tu padre trabajaba. Tú estabas en el colegio. Vine aquí. Ella abrió la puerta con una bata y nada debajo. Sabía perfectamente lo que iba a pasar.

Me incliné hacia él, acercando la boca a la punta.

—¿Qué hiciste cuando entró?

—La empujé contra la mesa del comedor. Le abrí la bata, le separé las piernas y la follé de pie sin decirle una palabra. Estaba empapada antes de que yo la tocara. Se corrió dos veces antes de que yo terminara. Me pidió que le acabara en la boca.

Saqué la lengua y lamí desde la base hasta la punta, despacio, saboreando la sal del líquido preseminal que ya le brotaba. Después me lo metí entero en la boca. Soltó un taco entre dientes. Su mano fue a mi pelo, apretando sin delicadeza, empujándome hacia abajo hasta que la sentí golpearme el fondo de la garganta. No me aparté. Yo no quería que fuera delicado. Quería que me la metiera hasta atragantarme, que entendiera que yo no iba a ser suave con él ni él conmigo.

Chupé con hambre, cerrando los labios apretados sobre el tallo, girando la lengua alrededor del glande cada vez que subía. Los mocos y la saliva me caían por la barbilla y goteaban sobre mi camiseta, dejándola transparente. Con la mano libre le agarré los huevos, apretándolos con cuidado, sintiendo cuánto pesaban. Estaban duros, cargados.

—Joder —dijo—. Joder, joder.

Siguió hablando entre frases cortadas, con la voz cada vez más rota. Cinco años de mentiras. Cinco años de tardes en esta casa mientras mi padre trabajaba y yo estaba en clase. Que la ponía a cuatro patas encima del sofá donde estábamos ahora. Que le comía el coño hasta que ella gritaba tapándose la boca con la mano. Que la había follado por el culo la primera vez que mi padre se fue de viaje. Que ella pedía que le hablara sucio, que la llamara zorra, que le dijera que era mejor puta que la suya.

Me contó cosas que mi madre nunca me habría contado. La usó con las palabras exactas que yo necesitaba escuchar para entender por qué había elegido lo que había elegido.

Y entre sus palabras y mi boca y el peso de todo lo que estábamos haciendo, algo dentro de mí dejó de ser rabia y se convirtió en otra cosa. Más difícil de nombrar. Más honesta. Más mojada. Sentía el coño palpitando entre las piernas, empapando el sofá donde estaba arrodillada.

—Tu madre y tú sois iguales —dijo, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y los ojos cerrados—. Zorra la madre, y más puta la hija. Chupas polla como si llevaras haciéndolo toda la vida.

Lo dijo sin crueldad. Como quien constata un hecho.

Me separé un momento, sosteniéndole la mirada con la barbilla brillante de saliva y la polla apuntándome a la cara, mojada y palpitante.

—Puede ser —dije—. Pero ahora mismo la que te la está chupando soy yo. Y la que va a follarte encima de esa mesa donde te la folles a ella también soy yo.

Él sonrió con la boca torcida. Se le habían encendido los ojos.

***

Me agarró del brazo y me llevó hacia la mesa del comedor. La misma. La misma madera, las mismas cuatro sillas donde habíamos comido en familia durante años. Me subió la camiseta hasta la cintura de un tirón. Debajo estaba desnuda, y mi coño brillaba de humedad hasta la mitad del muslo. Se le escapó un gruñido cuando lo vio.

—Mírate cómo estás —dijo, pasándome dos dedos por la raja—. Empapada. Puta como tu madre.

Los dedos entraron sin resistencia. Los curvó dentro de mí buscando ese punto y lo encontró al segundo intento. Se me doblaron las rodillas. Con la otra mano me apretó una teta a través de la camiseta, pellizcándome el pezón con fuerza suficiente para hacerme gemir alto.

—Cállate —dijo—. Si oyen esto los vecinos...

—Que oigan —dije yo, empujando las caderas contra su mano.

Me dobló sobre el borde de la mesa con una mano en mi espalda baja. La madera fría contra las tetas. Escuché el sonido del pantalón cayendo al suelo detrás de mí.

—Espera —dije—. Un condón.

Un silencio breve. Luego el sonido de un cajón abriéndose. Bien.

Sentí el latex frío rozarme la entrada un segundo antes de que empujara. Entró despacio al principio, abriéndome poco a poco, dejándome sentir el grosor centímetro a centímetro. Me llenaba entera. Cuando llegó al fondo, se quedó quieto un momento, con la pelvis pegada a mi culo, y soltó una risa baja.

—Coño de estrecho —murmuró—. Joder, hija de puta.

Y luego ya no fue despacio. Empezó a follarme con embestidas duras, secas, que me hacían golpear las caderas contra el borde de madera. Cerré los dedos sobre el borde de la mesa y dejé que la madera me marcara la cadera porque la alternativa era pedirle que parara, y no quería que parara. Sus manos me sujetaron por la cintura, sin contemplaciones, tirando de mí hacia atrás en cada embestida para clavármela hasta el fondo.

—Dime que lo entiendes —gruñó, inclinándose sobre mí hasta pegar el pecho a mi espalda—. Dime que entiendes por qué la eligió. Por qué me quedé. Por qué no pude parar.

No respondí de inmediato. Me tiró del pelo hacia atrás, arqueándome el cuello, y me embistió más fuerte, tanto que la mesa se movió un centímetro.

—Dímelo.

—Lo entiendo —dije, con la voz rota—. Lo entiendo, joder. Sigue.

Y era verdad.

Se rio, un sonido breve y bajo, y me metió una mano por debajo hasta apretarme el clítoris entre dos dedos mientras seguía follándome. Empezó a frotar en círculos al ritmo de sus embestidas y yo perdí el control de la voz. Los gemidos me salían solos, altos, sin filtro, mezclados con jadeos y con su nombre y con palabras que no quería estar diciendo pero salían igual.

—Más fuerte —le pedí—. Más fuerte, Rodrigo, por favor.

Me dio la vuelta encima de la mesa sin sacarla. Me tumbó de espaldas, me abrió las piernas hasta que las rodillas me quedaron casi contra el pecho, y volvió a metérmela toda de golpe. Ahora podía verle la cara. Los ojos brillantes, la mandíbula tensa, el sudor en la frente. Le clavé los talones en el culo para que no parara.

Se inclinó y me chupó un pezón por encima de la camiseta empapada, mordiéndomelo lo justo. Después me subió la camiseta hasta el cuello y siguió con los pezones al descubierto, chupándolos y mordiéndolos alternativamente mientras el ritmo de sus caderas no bajaba.

Lo que sentí no fue solo placer físico, aunque también fue eso. Fue la extraña claridad de alguien que lleva años odiando algo y de repente comprende que el odio era solo una forma de no entenderlo. Cada embestida contra esa mesa era un año menos de rencor. Cada vez que su polla me llegaba al fondo era un paso más lejos de la versión de mí misma que había necesitado odiarlo todo para seguir adelante.

—Voy a correrme —le avisé—. Voy a correrme, no pares.

—Córrete en mi polla —dijo, apretando los dientes—. Córrete como se corre tu madre. Vamos, zorra.

Cuando llegué al límite, lo hice con las manos crispadas sobre la madera y un grito que me salió del centro del cuerpo antes de que pudiera contenerlo. Mis piernas temblaron descontroladas alrededor de su cintura. El coño se me cerró alrededor de la polla en oleadas apretadas, largas, eléctricas, que me dejaron sin aliento y sin fuerza para sostenerme sola. Sentí el orgasmo bajarme desde el vientre hasta las plantas de los pies y volver a subir, corriéndome dos veces seguidas sin transición entre una y otra.

Rodrigo llegó poco después. Empujó tres o cuatro veces más, cada vez más rápido, hasta que se quedó clavado hasta el fondo con un gruñido ronco y los dedos apretados en mis caderas, marcándomelas. Sentí la polla latir dentro de mí a través del condón, vaciándose en oleadas largas mientras él soltaba tacos entre dientes. Se quedó inmóvil un momento largo, con la frente apoyada en mi hombro, respirando pesado, antes de apartarse despacio.

***

Nos tomamos unos minutos sin hablar. Él se recompuso, se quitó el condón, hizo un nudo y lo tiró a la papelera de la cocina envuelto en papel. Yo bajé la camiseta sobre las tetas mojadas y los pezones aún duros. Entre las piernas seguía latiéndome todo. La televisión seguía encendida en el otro cuarto; el partido había terminado y estaban con las noticias deportivas.

Rodrigo se sentó en el borde de la mesa —esa misma mesa— y me miró con una expresión que mezclaba la satisfacción con algo más calculado.

—Esto queda entre nosotros —dijo.

—Está claro.

—Con nadie. Ni con El Fede ni con nadie.

—Te he dicho que está claro.

Me sostuvo la mirada un momento más. Luego extendió la mano y pasó el pulgar por mi mandíbula, un gesto tan practicado que me pregunté cuántas veces se lo habría hecho a mi madre después de follársela.

—Deja a ese imbécil —dijo.

—No me des órdenes.

—Te lo estoy pidiendo. —Sus dedos se cerraron levemente en mi barbilla—. Quiero que estés disponible cuando ella no esté. Con las bragas fuera y las piernas abiertas cuando yo llame. Eso requiere ciertas condiciones.

El corazón me iba demasiado rápido para el tono que quería usar.

—¿Y qué gano yo? —pregunté.

Lo pensé de verdad antes de responder. Pensé en mi padre en casa de mis abuelos. En el juez aburrido. En El Fede y sus callejones y la particular soledad de haber dado algo a alguien que no va a cuidarlo.

—Quiero que dejes de fingir que eres mi padre. Sin reglas. Sin sermones sobre las notas ni sobre la hora a la que llego. Y quiero que cuando ella no esté, me folles como acabas de follarme. Sin condón la próxima vez.

—Hecho.

—Y quiero que me mires como la miras a ella. Que cuando la estés follando pienses en mí.

Asintió una sola vez, con esa media sonrisa que empezaba a conocerle.

—Eso también puedo hacerlo. Ya lo hago.

***

Mi madre llegó a las ocho y cuarto, ligeramente disculpándose por el tráfico. Puso la compra en la cocina y preparó la cena. Los tres nos sentamos a esa misma mesa. Ella habló de su día. Rodrigo respondió con las palabras justas en los momentos justos. Yo comí sin decir mucho, notando entre las piernas el escozor agradable de haber sido follada duro hacía menos de dos horas, en esa misma superficie donde ella apoyaba ahora los codos.

En algún momento, ella le tocó la mano por encima de la mesa. Un gesto pequeño y automático, de los que se hacen sin pensar cuando alguien lleva mucho tiempo siendo tuyo.

La miré y, por primera vez en años, no sentí rabia.

Solo la calma oscura y extraña de quien por fin entiende el chiste en el que todos los demás llevaban tiempo. Ya no odiaba a mi madre por haberlo elegido a él. La entendía. Entendía su debilidad, su hambre, la decisión que tomó en un baño de restaurante hace seis años y de la que nunca se arrepintió. Yo acababa de tomar la misma.

Al final, Rodrigo tenía razón. Y yo lo sabía. Y ella nunca iba a saberlo.

Eso también era un tipo de poder.

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Comentarios(8)

Lauti_BA

que buenazo, me quede con ganas de mas!!

Caro_85

Increible como lo contaste, se siente tan real. Espero que haya continuacion pronto

SantiagoR

El titulo ya me engancho y el relato no defraudo para nada. Muy bien escrito, lo disfrute de principio a fin. Sube mas seguido!

MartinSalta

jajaja ese titulo es tremendo, y el relato cumple eh. Buen trabajo

Tomas_cba

Tiene algo de suspenso al principio que te atrapa, me gusto mucho ese detalle. Seguí así!

Pame_ok

Excelente!!! Ojalá subas mas seguido

Diegote77

Buenisimo. Le da un giro interesante al tema, no es lo tipico que uno espera leer. Me sorprendio

ccrcesar

Muy buen relato. Las miradas dicen tanto antes que cualquier palabra, lo capturaste bien

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