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Relatos Ardientes

Mi hermana me hizo cruzar la raya con mi hijo

Patricia llegó a casa una hora antes de que yo terminara de adornar el salón. Trajo dos botellas de vino blanco y esa sonrisa que siempre me había sacado de quicio, porque era la sonrisa de la hermana menor que se había quedado con todo lo que la familia esperaba: la lengua suelta, la cara bonita, el descaro.

—Lorena, hermanita, mírate —dijo dejando las botellas sobre la mesa—. Estás cada día más buena.

—No exageres.

—¿Exagerar? Mírate al espejo. Esas tetas, esas caderas, ese culo. Si yo tuviera la mitad de lo tuyo, ya habría hecho carrera de modelo.

Me reí por inercia, pero no fue una risa cómoda. Patricia siempre hacía lo mismo: empezaba con un piropo y, en tres frases, ya estaba hablando de sexo, de hombres y de cosas que yo llevaba años evitando.

—No era de eso de lo que quería hablar contigo —dije, sirviéndome una copa para tener algo entre las manos.

—¿De Andrés? —Patricia se sentó en el sofá con las piernas cruzadas—. Por fin cumple los dieciocho. Mi sobrino favorito hecho un hombre.

—Justamente. De eso quería hablarte.

Bajé la voz, aunque en la casa no había nadie más.

—Patri, encontré algo en su computadora.

—¿Qué clase de algo?

—Estaba abierto el WhatsApp. Yo entré a dejarle ropa limpia y la pantalla seguía encendida. No quise mirar, pero…

—Pero leíste.

—Leí.

Patricia se inclinó hacia adelante con los ojos brillantes.

—¿Y?

—Le decía a Mateo, su mejor amigo, que para su cumpleaños quería que lo llevara a un sitio.

—¿Qué sitio?

—Patri, tú sabes a qué sitio me refiero. Un lugar de esos. Con mujeres que cobran por follar.

Soltó una carcajada que rebotó contra el techo.

—¡Por favor, hermana! Es un chico de dieciocho, con la polla dura mañana, tarde y noche, ¿qué esperabas?

—Que esperara. Que conociera a una novia. Que no fuera a meterse con una desconocida que le pueda contagiar algo, robarle, hacerle quién sabe qué.

—Lorena…

—No, escúchame. Lo crié sola desde que su padre se largó. Trabajé doble turno durante diez años. No voy a permitir que la primera vez de mi hijo sea con una puta cualquiera en un cuarto de hotel barato.

Patricia bebió un sorbo de vino y me miró con esa expresión de quien cree tener la solución a todo.

—¿Y si te digo que hay una manera de evitarlo?

—Te escucho.

—Tendrías que ser un poco más permisiva en casa.

—¿Permisiva en qué?

—En lo que él hace en su habitación. En el baño. En el sofá, incluso.

—Patricia, no entiendo.

—Hermana, los hombres a esa edad tienen la verga siempre lista. Producen semen como una máquina. Si no encuentran salida en casa, la buscan afuera. ¿Tú nunca lo pillaste, ya sabes, cascándosela?

Sentí el calor en el cuello.

—Una vez. Tardó cuarenta minutos en el baño y le toqué la puerta gritando. Salió rojo como un tomate, con las manos todavía húmedas.

—¿Lo regañaste?

—Le dije que no quería que volviera a tardar tanto haciéndose la paja.

—Ahí está el problema, hermanita. Lo estás obligando a esconderse, y al esconderse no le alcanza con la pajita rápida en el baño. Por eso quiere buscar coño de verdad.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que le diga «hijo, machácatela cuando quieras, donde quieras»?

—Exactamente eso.

—Patricia, estás loca.

—Loca estás tú, por dejar que tu hijo se vaya a follar con cualquiera porque no le diste aire en su propia casa.

Me mordí el labio. Patricia siempre tenía esa forma de darle vuelta a mis argumentos hasta que parecía que la equivocada era yo.

—Y otra cosa —dijo acercándose más—. No basta con dejarlo. Tienes que ayudarlo.

—¿Ayudarlo cómo?

—Mírate, hermana. —Me pasó un dedo por el hombro—. Tienes el cuerpo más exuberante de toda la familia. Tetas enormes, caderas de escándalo, un culo que hace girar cabezas en la calle. Y vives sola con tu hijo desde hace años. ¿Crees que él no te ha mirado nunca?

—Andrés jamás…

—¿Estás segura? Es hombre. Y tú eres una mujer espectacular que se pasea en bata por la casa, con los pezones marcándose bajo la tela.

Me quedé muda. Patricia se sentó a mi lado y, con una naturalidad casi insultante, me pasó la mano por el costado del pecho y me apretó una teta por encima del vestido.

—Quita la mano —dije, pero sin convicción.

—¿Por qué? ¿No se siente bien que te toquen así? Hace cuánto que nadie te mete mano, hermanita. Hace cuánto que nadie te chupa estas dos maravillas.

—Para.

No paró. Me bajó el escote del vestido y me acarició la curva del sujetador con la punta de los dedos, hasta enganchar con la uña la puntilla y liberar el pezón derecho. Se me endureció al instante contra el aire fresco del salón. Cerré los ojos un instante. Solo un instante. Y ella se agachó y me lo lamió, en un círculo lento, con la punta caliente y húmeda de su lengua.

No estoy haciendo nada malo. Solo es Patri. Solo está jugando.

—Tienes los pezones duros como piedras, hermana. Mira cómo se te ponen.

—Cállate.

Me lo mordió despacio y yo apreté los muslos. Sentí la humedad correrme entre las piernas y me odié por sentirla.

—Imagina que es Andrés quien te chupa la teta. Imagínalo arrodillado entre tus piernas, mamándote como cuando era un bebé, pero ahora con la polla dura pegándote en el muslo.

—Patricia, basta…

***

La puerta de la calle se abrió en ese instante. Me reacomodé el vestido a la velocidad del rayo, escondiendo el pezón mojado por la saliva de mi hermana, y Patricia se echó aire con la mano como si fuera lo más natural del mundo.

—¡Mamá, ya llegué! —gritó Andrés desde la entrada.

Apareció en el salón con la chaqueta colgando del hombro y el pelo todavía húmedo. Era alto, más alto que su padre, y desde hacía un par de años había dejado de ser un niño para convertirse en una versión joven de algo que yo no quería mirar de frente.

—¡Sobrino! —Patricia se levantó como un resorte y lo abrazó pegándole las tetas contra el pecho—. Feliz cumpleaños, mi rey.

—Gracias, tía.

—Mamá. —Me dio un beso en la mejilla—. Voy a salir un rato con Mateo. Vuelvo a las nueve para la cena.

—¿A dónde van? —preguntó Patricia antes de que yo reaccionara.

—A casa de unos amigos.

—¿De amigos? ¿O de amigas con las piernas abiertas?

Andrés se ruborizó.

—Tía…

—Sobrino, no me mientas. Hoy es tu cumpleaños y tu madre y yo hemos estado hablando. Antes de que salgas a gastarte el dinero en un coño alquilado, siéntate un segundo.

Me miró buscando confirmación. Yo, todavía con el aliento corto y el pezón latiéndome bajo el vestido, asentí.

Se sentó. Patricia se quedó de pie detrás del sofá, con las manos apoyadas en sus hombros, como quien sujeta a un perro grande y nervioso.

—Hijo —empecé, y carraspeé—, sé lo que le escribiste a Mateo.

Palideció.

—Mamá, yo…

—No me interrumpas. Sé lo que querían hacer hoy. Y no te voy a regañar.

—¿No?

—No. Pero quiero hablar contigo de algo que llevo demasiado tiempo evitando.

Patricia le acariciaba el pelo desde atrás, despacio, y bajaba una mano hasta rozarle el pecho por encima de la camiseta.

—Te escucho, mamá.

—Hijo, eres un hombre. Lo entiendo. Y entiendo que tienes necesidades que yo no podía nombrar porque me daba vergüenza. Pero tu tía me ha hecho ver que esa vergüenza te está empujando a buscar coños en lugares peligrosos.

—Mamá…

—Déjame terminar. Desde hoy, en esta casa, no tienes que esconderte. Si quieres cascártela, hazlo. En tu cuarto, en el baño, en el sofá, donde quieras. No voy a tocar la puerta. No voy a regañarte cuando te encuentre con la polla en la mano.

El silencio que siguió duró demasiado. Andrés miraba el suelo con la cara ardiendo. Patricia sonreía.

—Y eso no es todo —añadió ella—. ¿Verdad, hermana?

Tragué saliva.

—¿Hay más, mamá?

—Hijo, tu tía también me ha hecho ver que no está bien que tengas que imaginar a mujeres que no conoces, o pagarle a una puta por un polvo que no significa nada. Lo que te voy a decir es muy difícil para mí. Pero soy tu madre, y no quiero que nadie más te haga daño.

Patricia bajó las manos de sus hombros y caminó hacia mí. Me pasó los dedos por la cintura. Me bajó el escote del vestido, lentamente, hasta que mi sujetador rojo quedó a la vista. El gancho lo abrió con un solo movimiento y las dos tetas se me derramaron al aire, pesadas, con los pezones erguidos y todavía brillando de la saliva de antes.

—Mira, sobrino —dijo—. Mira lo que tu madre tiene para ti. Mira estas dos tetas de leche que te criaron.

Andrés se quedó sin aire. Yo bajé la mirada al suelo, con las mejillas ardiendo, con las dos copas de mi pecho expuestas en el salón de mi propia casa, frente al hijo al que había criado. Y por el bulto que se le marcaba en el pantalón, no le fueron indiferentes.

—Mamá…

—No digas nada, mi amor —susurré—. Si esto evita que te pase algo malo, está bien. Mira lo que quieras. Toca lo que quieras.

—Sobrino, ¿qué opinas? —preguntó Patricia, que ya me estaba amasando la teta izquierda con la mano abierta, plantándome el pezón entre los dedos como si estuviera enseñando un producto.

Andrés respiró hondo.

—Son… son enormes. Son las tetas más hermosas que he visto en mi vida.

—Son tuyas cuando las necesites. Para chupar, para morder, para follártelas si te da la gana. ¿Verdad, hermana?

Asentí, sin levantar la vista.

—Bájate los pantalones —ordenó Patricia.

Andrés obedeció: primero el botón, después la cremallera. Cuando se bajó el calzoncillo, las dos hermanas dejamos escapar el mismo sonido al mismo tiempo. Se le desplegó una verga larga, gruesa, con la punta ya congestionada y una gota gorda de líquido pre-seminal colgándole del glande.

—Madre mía —murmuró Patricia—. Mira el pedazo de polla que tiene el chico. Con razón quería estrenarla.

Me cubrí la boca con la mano. Mi hijo se había convertido, sin que yo me diera cuenta, en un hombre completo. Un hombre con una polla de macho hecho y derecho que ningún baño cerrado podía contener.

***

—Hermana —dijo Patricia con la voz alterada—. Arrodíllate y mámasela.

Dudé un segundo. Luego me dejé caer de rodillas sobre la alfombra del salón, entre las piernas abiertas de mi hijo. Me tembló todo cuando su verga caliente me quedó a la altura de la cara, latiéndole en el aire, apuntándome a la boca. Era extraño. Era prohibido. Era, sin que pudiera evitarlo, lo más excitante que me había pasado en años.

—Hazle lo que querías que le hicieran las putas —me susurró Patricia al oído—. Hazlo tú. Tú eres su madre. Chupa la polla que tú misma le hiciste.

Rodeé la base con los dedos. Era gruesa, mucho más de lo que había imaginado. La sentí palpitar en mi mano. Cerré los ojos, saqué la lengua y le lamí la gota que le colgaba del glande. Andrés soltó un gemido ronco, sorprendido, casi infantil.

—Mamá…

—Tranquilo, mi amor. Tranquilo. Mamá te va a cuidar.

Le pasé la lengua plana por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, despacio, como quien saborea un helado. Se estremeció entero. Después me lo metí en la boca. La primera vez solo la cabeza, chupándola con los labios cerrados, jugando con la lengua alrededor del glande. La segunda vez ya me tragué media. La tercera hasta que sentí la punta chocándome contra el paladar y me atraganté un poco, con las lágrimas asomando.

—Así, hermana, así —jadeaba Patricia detrás mío, mientras me agarraba del pelo y me marcaba el ritmo—. Que tu hijo sepa lo que es una mamada de verdad. Que ninguna puta le haga esto nunca.

Empecé a subir y bajar la cabeza. Al principio despacio, con cuidado. Después más rápido, dejando que la baba me chorreara por la barbilla y le cayera sobre los huevos. Andrés echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo, con la boca abierta, gimiendo mi nombre por lo bajo.

—Mamá… mamá… qué rico, mamá…

Cada «mamá» que soltaba me apretaba algo en el vientre. Me palpitaba el coño bajo las bragas. Sentí que me estaba mojando como no me mojaba desde hacía años, solo por escuchar a mi propio hijo llamarme mamá mientras le comía la polla.

—Sácala, hermana —ordenó Patricia—. Escúpele.

Saqué la verga de la boca con un ruido húmedo y le lancé un buen escupitajo en el glande. Se lo esparcí con la mano, arriba y abajo, mientras con la otra le acariciaba los huevos.

—Ahora las tetas.

Recogí la masa de mis propios pechos con las dos manos y, con un movimiento lento, los cerré alrededor de la dureza de mi hijo. La verga desapareció entre mis pezones, apretada por dos montañas de carne caliente, mojada por mi propia saliva.

—Ay, mamá, joder…

Empecé a moverme arriba y abajo, masajeándole la polla con la suave presión de mi piel. Cada vez que la punta asomaba por encima de mis pechos, se la lamía. Patricia se sentó a su lado y le desabrochó la camiseta, le pasaba la mano por el pecho lampiño, le pellizcaba un pezón, le susurraba cerdadas al oído que yo prefería no escuchar del todo.

—¿Te gusta cómo te folla las tetas tu madre, sobrino? ¿Te gusta ver tu polla desapareciendo entre esas dos tetazas que te dieron de mamar?

—Me encanta, tía. Me encanta.

—¿Esto es mejor que lo que tenías pensado con Mateo?

—Mil veces mejor, tía. Un millón de veces mejor.

—Pues memoriza este día. Tu madre y yo estaremos aquí cada vez que necesites vaciarte los huevos.

—Cada vez —repetí, sorprendida de mis propias palabras, sin dejar de restregarle la polla entre las tetas—. Cada vez que se te pare, mi amor, vienes con mamá.

Patricia se quitó la goma del pelo y dejó caer la melena sobre el hombro. Se acercó a su sobrino y le tomó la cara entre las manos.

—Cuando estés a punto de correrte, avísanos.

—Estoy a punto, tía. Estoy a punto ya, joder.

—No, mi amor, todavía no. Levántate.

Andrés se puso de pie, con la polla brillante de saliva apuntando al techo, tan hinchada que parecía a punto de reventar. Patricia tomó el relevo: con una mano se hizo cargo de él, cerrándole el puño alrededor de la verga y empezando a masturbarlo con golpes rápidos y firmes, con la otra giró suavemente mi cabeza para que quedara a la altura adecuada, con la boca abierta bajo el glande de mi hijo.

—Cierra los ojos, hermana. Saca la lengua. Recibe a tu hijo. Recibe la leche que le hiciste guardar tantos años.

Cerré los ojos. Saqué la lengua. Junté las tetas debajo para que también les cayera encima. Y esperé.

—Tía, ya, ya, ya…

—Hazlo, sobrino. Míralas. Son tuyas. Córrete encima de tu madre.

El primer chorro me golpeó en la frente y me resbaló por el puente de la nariz. El segundo me llenó la lengua y sentí el sabor espeso, salado, caliente, deslizándose hacia mi garganta. El tercero y el cuarto me cayeron sobre las tetas, gruesos, pegajosos, chorreando por los pezones hasta el ombligo. Patricia no soltaba la verga; le apretaba y le sacudía la base ordeñándolo hasta la última gota, dirigiendo los últimos chorros a mi boca.

—Traga, hermana. Que se lo trague todo su madre.

Tragué. Sentí el semen espeso bajarme por la garganta y me estremecí entera. No supe si de asco o de placer. Sospecho que de placer.

Patricia se inclinó y me besó la oreja.

—Mira lo bien que se siente ayudar a la familia. Mira las tetas de leche que le has puesto a tu hijo.

Y con dos dedos recogió un poco del semen de mi pecho y se lo metió en la boca, chupándoselo despacio, sin dejar de mirarme.

Andrés se dejó caer en el sofá con la respiración agitada, los ojos cerrados, la sonrisa atontada de un hombre que ha entendido algo importante por primera vez. Yo me quedé arrodillada, sin moverme, dejando que las gotas resbalaran por mi cuello, por el canal de las tetas, hasta el ombligo.

—Ven, mi amor —dije por fin, abriendo los ojos—. Dale un beso a tu madre.

Andrés se inclinó hacia adelante. Me levanté lo justo para alcanzarle los labios. El beso duró más de lo que ninguno de los dos esperaba. Sentí su lengua entrar en mi boca, buscar la mía, mezclarse con el sabor de su propio semen. Y noté, con un escalofrío en el vientre, que la verga bajo la barriga se le empezaba a levantar otra vez.

Patricia, desde el sofá, levantó su copa y brindó sola.

—Feliz cumpleaños, sobrino. Te dije que tu madre era la mejor. Y esto ha sido solo el aperitivo. La cena la servimos las dos, en la cama grande.

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Comentarios(9)

Dariela88

Dios mío que relato... me puse colorada leyendolo. Sigueeee!!!

lectorsombra

Por favor una segunda parte. El final me dejó colgado, necesito saber qué pasa después entre ellos.

NocheSolitaria45

Me encanto cómo lo contaste. Se siente autentico, no artificial. Uno de los mejores que leí en esta categoría.

MatiasK92

jajaja la hermana es tremenda, metete en todo menos en lo tuyo. Excelente relato!

karina_bsas

Que fuerte... no me lo esperaba así. Me dejó pensando un buen rato después de leerlo, en serio.

FabianMdQ

Muy bien escrito, le da un giro diferente al tema. Para mi uno de los mejores que lei por acá, sin exagerar. Saludos.

OrlandoMza

Se me hizo corto!!! Ojalá hagas una continuación, quedo demasiado abierto así.

CristinaRos

La parte inicial con la hermana le da un contexto perfecto, te va preparando sin que te des cuenta. Muy bien logrado.

GymLector

Buenisimo. Leido y valorado, espero mas relatos tuyos.

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