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Relatos Ardientes

Lo que pasó la noche que llevé a Camila a su piso

Me llamo Ramiro, aunque en la familia siempre me dijeron Rami. Tengo treinta y ocho años, soy un tipo común y, como buena parte de los hombres que conozco, me gustan las mujeres más de lo que debería. Estoy casado con Cecilia desde hace diez años. La quiero, no me malinterpreten, pero cuando se presenta la ocasión y la cabeza me deja, no me hago demasiado el santo.

Cecilia tiene un hermano mayor que vive en otra provincia y al que vemos poco. Su única hija, Camila, se mudó a la capital hace ya cuatro años, primero para terminar Derecho y después para empezar a trabajar en un estudio jurídico que queda a tres cuadras de mi oficina. Tiene veinticuatro años. No es la mujer más bonita que uno se cruza por la calle, pero hay algo en ella que detiene la conversación. Sonríe todo el tiempo, mira a los ojos, escucha. El pelo lo lleva castaño y largo, las tetas chicas y firmes, y unas piernas largas que terminan en un culo redondo, alto, que tira al frente cuando camina rápido.

Con Camila siempre tuvimos una química rara. Desde que era adolescente y me presentaron como el novio de su tía, decía que yo era su tío preferido. En las reuniones se sentaba al lado mío, me robaba la copa, se reía con mis chistes malos. Cuando descubrió que trabajábamos casi en la misma cuadra, empezó a esperarme algunas tardes en la entrada del subte y a pedirme que la acercara a la casa de sus padres, donde vivió hasta hace poco. Esos viajes en auto, con el tránsito de Buenos Aires apretándonos durante cuarenta minutos, terminaron volviéndose una rutina. Hablábamos de todo. De su trabajo, del mío, de Cecilia, de los chicos con los que salía. Una vez, en un semáforo, me preguntó cómo era el sexo después de tantos años de pareja. Le respondí algo cobarde, mirando hacia adelante, y los dos nos quedamos en silencio durante el resto del viaje. Cuando bajó del auto esa tarde, se me quedó grabada la imagen de sus piernas abriéndose para pisar el cordón, y la calza marcándole el coño hasta el hueso del pubis.

Hacía un par de meses, Camila había firmado las escrituras de su primer departamento. Un monoambiente grande en Caballito, con balcón, comprado a pulmón con dos años de horas extras. Estaba orgullosa, y con razón.

***

El viernes que importa, salí de la oficina pensando dónde cenaría. Cecilia se había ido el miércoles con los chicos a lo de mi suegra, en la costa, y yo tenía el fin de semana entero para mí. Manejaba despacio por avenida Rivadavia cuando vi a Camila en la vereda, esperando un colectivo con cara de cansancio. Bajé el vidrio, le toqué bocina y le pregunté para dónde iba.

—A casa, tío. Estoy muerta.

—Subí, te llevo.

Hice un par de cuadras de más para no mandarla por el camino largo del subte. Hablamos del estudio, de un alegato que había ganado esa semana, de una tía abuela enferma. Cuando ya estábamos cerca, le pregunté qué planes tenía.

—Esta noche, descansar. Mañana salgo con unas amigas, pero hoy quiero quedarme tirada y no pensar.

Estacioné en doble fila frente a su edificio. Antes de bajarse, se dio vuelta sobre el asiento.

—Tío, ¿no querés subir un rato a conocer el departamento? Te aviso que es chico, pero quedó lindo.

—Te confieso que lo estaba esperando —le dije, riéndome—. Esperá un segundo.

En la esquina había una vinería que conocía. Compré dos botellas de cava bien frías y volví al auto. Camila las miró, levantó las cejas y me dio un beso en la mejilla, demasiado cerca de la boca, antes de subir al ascensor.

***

El monoambiente era, como había dicho ella, chico, pero estaba decorado con un gusto que no me esperaba. Un sillón gris, una mesa baja, plantas en cada rincón, libros amontonados de costado en la biblioteca. Y, contra la pared del fondo, una cama de dos plazas perfectamente tendida, con una manta de lana cruda doblada al pie. Esa cama me llamó la atención. Era la cama de una mujer que, evidentemente, no pensaba dormir siempre sola.

—Voy a ponerme algo cómodo, ¿pasás al baño si querés? —dijo, y desapareció detrás de un biombo de madera.

Entré al baño y, mientras me lavaba las manos, vi un canasto de mimbre con la tapa entreabierta. Vieja costumbre mía, no lo voy a negar: levanté la tapa. Encima de todo, una bombacha de algodón blanca con ribete celeste, con la entrepierna todavía marcada por el uso del día. La saqué con dos dedos, como si me quemara, y me la acerqué a la cara. Olía a jabón, a piel tibia, y a algo más, algo íntimo, ácido y dulce a la vez, que se me metió en la sangre antes de que pudiera pensarlo. Se me paró la verga de golpe, tan fuerte que me dolió contra la tela del pantalón. Me la apreté contra la bragueta unos segundos, restregándome la punta contra la costura del algodón, imaginándome la concha que había vivido ahí adentro todo el día. Después la doblé y la dejé exactamente como estaba. Salí del baño con la cara colorada y la polla todavía dura, acomodándomela contra la cintura para que no se notara.

***

Camila había cambiado el traje sastre por una calza negra y una remera holgada que se le caía sobre un hombro. Sin corpiño. Los pezones se le marcaban contra la tela cada vez que se movía. Le ofrecí una copa, descorché el cava y nos sentamos en el sillón. Brindamos por el departamento, por la abogada exitosa, por el tío que se desviaba del camino para acercarla. La música era de fondo, algo lento, jazz de los años cincuenta. La segunda copa la tomamos más rápido. La tercera me la sirvió ella, parándose, mirándome desde arriba, y aproveché para clavarle los ojos en las tetas chicas que le bailaban debajo del algodón.

—Bailás conmigo, ¿o vas a quedarte ahí sentado mirándome como un nabo?

Me reí. Me paré. La tomé de la cintura como si bailáramos un vals familiar, a una distancia prudente. Ella deshizo esa distancia en dos compases. Apoyó la mejilla contra mi cuello y me pasó las dos manos por la espalda, después más abajo, hasta plantarme las palmas en el culo y apretarme contra ella. El espacio entre nosotros desapareció. Sentí el calor de sus tetitas duras contra mi pecho, el aliento contra mi clavícula, los muslos rozando los míos. Y, cuando la verga se me empezó a hinchar dentro del pantalón, ella, en lugar de correrse, acomodó las caderas de manera que la punta le quedara apretada justo en el pubis, y empezó a hacer un movimiento chiquito, casi imperceptible, restregándose contra mi bulto al ritmo del jazz.

—Tío —murmuró, sin levantar la cabeza—. ¿Esto está pasando?

Le besé el cuello, despacio, en la curva donde el pelo le caía a un costado. Le besé detrás de la oreja. Después le levanté la cara con dos dedos en el mentón y la besé en la boca. No fue un beso de tío. Fue un beso de hombre. Ella me lo devolvió abriendo los labios al primer contacto, y la lengua le tembló contra la mía como si llevara meses ensayándolo. Me chupó la lengua, me mordió el labio inferior, me metió la mano abierta por dentro del cinto, buscándome la piel.

***

Caímos en el sillón sin dejar de besarnos. Le pasé las manos por debajo de la remera y se la subí hasta los hombros. Sus tetas eran chicas, blancas, con pezones rosados y duros, mucho más sensibles de lo que parecían. Me agaché y se los mordí, se los chupé, se los lamí uno tras otro mientras ella me clavaba las uñas en la nuca y respiraba como si le faltara aire. Le pellizqué uno mientras le chupaba el otro, y a Camila se le escapó un gemido corto, sorprendido, como si nunca antes le hubieran hecho eso. Una de sus manos bajó hasta mi bragueta, encontró el cierre, se hizo lugar adentro, sacó mi verga fuera del calzoncillo y la agarró sin rodeos. Me la empezó a mover con la palma seca, apretándome bien el tronco, y con el pulgar me frotó la punta donde ya había empezado a soltar líquido.

—Estás durísimo, tío —murmuró contra mi boca—. La tenés dura por mí.

—Hace horas que la tengo así, Cami. Desde que subiste al auto.

—Vení —dijo, parándose sin soltármela—. Acá no.

Me llevó de la mano, literalmente tirándome de la polla, hasta la cama. Le saqué la calza de un tirón, la bombacha se le vino con ella, después la remera. La dejé desnuda al lado de la lámpara y la miré como se mira un cuadro que uno no se atreve a tocar. Tenía un cuerpo joven, sin marcas, sin durezas. Las tetas chicas paradas, los pezones tiesos, el pubis recortado, prolijo, y entre los muslos una raja rosada, húmeda, que ya brillaba de lo mojada que estaba. Me desnudé en treinta segundos y me acosté al lado, con la verga rebotándome contra el ombligo.

—No puedo creer lo que estoy haciendo —le dije al oído.

—Yo te deseo desde los diecisiete, Rami. Hace una vida que estoy esperando esta verga.

***

La besé por todos lados. Empecé por la frente, bajé por la nariz, por la boca, por el cuello, por el esternón. Le mordí los pezones otra vez, más fuerte, hasta hacerla arquearse y soltar un grito corto. Bajé por el ombligo, por la línea de vello casi invisible que se le borraba en el pubis. Le abrí las piernas con las dos manos y me quedé un instante mirándole el coño de cerca, los labios rosados hinchados, el clítoris asomando de la capucha, todo brillando de flujo. Le pasé la nariz por encima, aspiré hondo. Olía exactamente igual que la bombacha del canasto, pero multiplicado por diez, mezclado con el sudor de las horas en la oficina, y esa idea sola me hizo gotear.

—Chupámela, tío —dijo con la voz rota—. Por favor, chupámela.

Le clavé la lengua entera desde abajo hasta arriba, en una lamida larga, lenta, saboreándole el gusto. Ella me agarró del pelo con las dos manos y me apretó la cara contra la concha. Le chupé los labios uno por uno, se los mordí despacio, después le metí la lengua adentro hasta donde llegaba, follándosela con la boca, y ella empezó a moverme la cara contra el pubis como si me quisiera enterrar ahí. Le busqué el clítoris con la punta de la lengua, se lo lamí en círculos, después lo atrapé entre los labios y se lo chupé como se chupa un pezón, con succión pareja. Camila abría las piernas cada vez más, hasta que las talones le tocaban las nalgas, ofreciéndomelo todo.

—Metémela, metémela con los dedos, dale —jadeaba.

Le metí dos dedos de golpe, hasta los nudillos. Estaba tan mojada que se los tragó sin resistencia. Empecé a moverlos hacia adentro y hacia arriba, buscándole el punto, mientras seguía chupándole el clítoris. Sentí cómo se le contraía la concha alrededor de los dedos, cómo empezaba a temblar de las piernas hacia arriba.

—No pares, no pares, no pares —repetía, agarrándose de la sábana—. Tío, por favor, no pares, me vengo, me vengo.

Se vino con todo el cuerpo, las piernas tensas, la espalda arqueada, la concha apretándome los dedos en espasmos que le duraron una eternidad, y un sonido que no había escuchado nunca en una mujer, entre gemido y sollozo, largo, ahogado contra la almohada. Le seguí lamiendo despacio mientras se sacudía, chupándole la corrida que le empapaba los muslos. Después se quedó floja, riéndose y llorando al mismo tiempo, tirándome del pelo para que subiera a besarla.

—Vení para arriba. Quiero sentirte adentro ya. Metémela toda.

Me subí encima. La agarré de la polla con la mano y le pasé la punta por toda la raja, de arriba a abajo, empapándomela, restregándosela contra el clítoris hasta que ella empezó a levantar las caderas buscándome. Le acomodé el glande en la entrada y empujé despacio, mirándola a los ojos. Le levanté las piernas y me apoyé en sus pantorrillas para hundírmela mejor. Cada centímetro fue una pequeña batalla contra el apuro. Sentí cómo se le abría la concha alrededor de mi verga, cómo me apretaba caliente, cómo me tragaba de a poco. Camila apretó los párpados, se mordió el labio, soltó un quejido largo cuando entré entero, hasta que los huevos me tocaron el culo.

—Ay, Dios, qué grande la tenés, tío. Me llenás toda.

—Te amo, tío —dijo después, y me miró de una manera que me partió en dos.

—Yo también, Cami. Yo también.

Empecé a moverme lento, sacándola casi entera y volviendo a hundirla despacio, para que sintiera cada centímetro. Después más rápido, después fuerte, clavándosela hasta el fondo, hasta que la cama empezó a golpear contra la pared. Le agarré una teta con una mano, se la apreté, le pellizqué el pezón. Con la otra le busqué el clítoris entre nuestros cuerpos y se lo empecé a frotar con el pulgar mientras la cogía. Ella me clavaba los talones en el culo, empujándome, pidiéndome más.

—Dale, tío, cogeme, cogeme fuerte, rompeme toda.

La di vuelta sin salir. La puse en cuatro, con la cara contra la almohada y el culo levantado para mí. Me quedé un segundo mirándole el ojete rosado y la concha abierta por mi verga, con un hilo de flujo bajándole por el muslo. Se la volví a meter de golpe y ella gritó contra la tela. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a embestirla como venía queriendo desde que la conocía, mirándole las nalgas rebotar contra mis huesos, escuchando el ruido húmedo de la concha tragándose la verga una y otra vez.

—Tirame del pelo —me pidió—. Dale, tratame como una puta.

Le junté el pelo en el puño y tiré. Camila arqueó la espalda y se me quedó puesta como una perra en celo. Le di una palmada en la nalga, después otra, marcándole la piel blanca de rojo. Cuando ya no pude más le pregunté con los ojos, sin dejar de moverme. Ella asintió y me apretó los muslos con las manos hacia atrás, obligándome a hundirla más.

—Adentro, adentro, acabá adentro mío.

Acabé adentro, con la verga clavada hasta la raíz, sintiendo cómo la corrida me subía desde los huevos y se le vaciaba en el fondo de la concha en tres, cuatro, cinco chorros calientes. Ella se vino conmigo un segundo después, apretándome la polla en espasmos que me exprimieron hasta la última gota. Me caí encima de ella, jadeando, con la boca pegada a su nuca, y me quedé adentro hasta que se me ablandó y se me resbaló sola, con un hilo blanco de semen escurriéndosele por los labios.

***

Quedamos un rato así, sin hablar. Después fui a buscar las copas, traje la segunda botella y nos servimos en la cama, desnudos, con las piernas cruzadas como dos chicos que se acaban de descubrir un secreto. Camila se pasó dos dedos por la concha, se los llevó a la boca y me miró fijo mientras se los chupaba.

—Ramiro —me dijo, seria—. Esto no se lo cuento a nadie. Ni a mi mejor amiga.

—Yo tampoco, Cami. Esto se queda entre vos y yo.

—Quedate a dormir.

—Me quedo.

Pedimos una pizza por una aplicación. Cuando llegó, ella se puso una de mis camisas y nada más, sin bombacha, con la corrida mía todavía escurriéndosele por el muslo, y abrió la puerta así, descarada, mientras el repartidor trataba de no mirarle las piernas. Comimos sentados en el piso, con la caja entre los dos, riéndonos de cualquier cosa. Eran casi las once cuando volvimos a meternos en la cama.

***

La segunda vez fue distinta. Más lenta, menos urgencia. Le pedí que se diera vuelta y le besé la espalda completa, vértebra por vértebra, hasta llegar al culo que tanto me había mareado durante años. Se lo mordí despacio, una nalga y después la otra, dejándole las marcas rojas de los dientes. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua por el surco, de arriba a abajo, deteniéndome en el ojete rosado, dándole vueltas ahí con la punta hasta que ella empezó a mover las caderas. Bajé más, le abrí las piernas con cuidado, le clavé la lengua en el coño desde atrás. Le metí dos dedos en la concha y el pulgar apoyado contra el otro agujero, y así, con las dos manos ocupadas y la boca chupándole todo lo que encontraba, la hice venirse otra vez, gimiendo contra la almohada, temblando desde las piernas hasta la nuca.

Cuando se dio vuelta para devolverme el favor, me empujó al respaldo y se acomodó entre mis piernas. Me agarró la verga con una mano y los huevos con la otra, y me miró desde abajo con los ojos brillando. Empezó pasándome la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta, después me la lamió como si fuera un helado, después me la metió en la boca despacio, mirándome, hasta que sentí la punta contra su garganta. Empezó a chupármela con paciencia, tragándomela hasta el fondo, con los cachetes hundidos, mientras con la otra mano me acariciaba los huevos. Cada vez que la sacaba, me miraba con esos ojos de sobrina buena que me hacían perder la cabeza. Me hizo una cosa con los labios y la lengua, un giro con la lengua alrededor de la corona mientras me la sacudía con la mano, que casi me deja sin sentido.

—Pará, pará, que termino acá —le dije, agarrándole la cara con las dos manos.

—¿No querés? ¿No querés acabarme en la boca?

—Otro día, prometido. Ahora quiero adentro tuyo otra vez.

Me acosté boca arriba. Ella se montó encima, agarró mi verga con la mano, se la apoyó en la entrada de la concha y se sentó despacio, hundiéndosela ella misma centímetro por centímetro hasta el fondo. Se quedó así, mirándome desde arriba, con el pelo cayéndole sobre un hombro y las tetitas paradas apuntándome a la cara. Empezó a moverse primero suave, ondulando las caderas, después subiendo y bajando, después clavándome las uñas en el pecho mientras se saltaba encima de la verga como si me quisiera vaciar los huevos. Le agarré las tetas, le pellizqué los pezones, le di una palmada en el culo cada vez que bajaba. Cuando la vi cerca, le agarré las caderas y empecé a embestirla desde abajo, chocándole el pubis con cada envión.

—Me vengo, me vengo, me vengo —repetía—. Vení conmigo, tío, vení adentro.

Acabamos juntos, con un grito que ojalá las paredes del edificio no hayan registrado del todo. Sentí cómo la concha me estrujaba la verga en olas mientras yo le descargaba adentro por segunda vez esa noche.

Se desplomó sobre mí, con la polla todavía metida, empapados los dos. La abracé. Me quedé dormido con la mano sobre su teta, contando las pulsaciones de su corazón hasta que dejé de contar.

***

Nos despertamos al amanecer, todavía abrazados. Sin decir nada empezamos a tocarnos otra vez, casi por inercia. Yo estaba duro desde el sueño y ella se dio vuelta de costado, dándome la espalda, buscándome el bulto con el culo. Le levanté la pierna de arriba, le acomodé la verga en la entrada y la penetré de costado, despacio, mientras le besaba la nuca y le agarraba una teta con la mano libre. Fue un polvo lento, mañanero, casi ceremonioso, moviéndome apenas, sintiéndola apretada y todavía llena de mi corrida de la noche. Ella movía las caderas para atrás para recibirme, buscando el ritmo justo. Le mordí el hombro, le busqué el clítoris con los dedos y se lo froté despacio hasta que empezó a temblar. Nos vinimos los dos sin apuro, casi en silencio, ella mordiéndose la mano para no gritar, yo vaciándome adentro por tercera vez.

Nos quedamos en silencio mucho rato, mirando el techo, con las manos enganchadas.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.

—Lo que se hace siempre con los secretos lindos, tío. Cuidarlo.

Camila se metió a la ducha. Yo no quise bañarme. Le dije, sin vergüenza ya, que quería llevarme su olor pegado un rato más. Me preparó un café, comimos tostadas, hablamos de cualquier cosa como si la noche anterior hubiera sido un sueño compartido.

En la puerta, antes de irme, me abrazó largo. Me besó como si supiera exactamente lo que estaba haciendo y por qué.

—Tío.

—¿Qué?

—El próximo viernes Cecilia está, ¿no?

—Sí.

—El otro entonces.

Bajé en el ascensor con la sonrisa peor disimulada de la historia. Manejé hasta casa con la ventanilla baja y el perfume de Camila todavía en la piel y el gusto de su concha todavía en la boca. Y sí, ya pasaron tres semanas desde aquella noche, y todavía, cuando me acuerdo, se me pone dura y se me hace un nudo en la garganta al mismo tiempo. No me arrepiento. Y, por cómo vienen las cosas, tampoco voy a tener que esperar mucho para volver a hundírsela hasta el fondo.

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Comentarios(8)

SilviaN88

Buenisimo!!! Me enganche desde el titulo, sigue escribiendo por favor

PabloSCR

Necesito una segunda parte, no puede quedar asi. Demasiado bueno

ElSolitarioLect

Me recordo a algo que me paso hace mucho... ese tipo de secretos que guardas para siempre. Muy bien contado.

diana_78

Como siguio despues? Volvio a pasar o fue solo esa noche?

Balta63

Lo lei de un tiron, no pude parar. Buena pluma, se siente real.

Caro_1984

El morbo del secreto es lo que mas me gusto. Eso de quedarte con algo que nadie puede saber...

hansolo69

tremendo relato jaja

LorenaMdQ

El que no tuvo un secreto asi que tire la primera piedra jajaja. Gracias por compartirlo.

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